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Te esperaré

Te esperaré aquí, entre las flores y las velas, entre las luces los y cantos. Te esperaré sentada, hasta que el polvo se disipe y las lluvias se vayan, limpiando la tristeza de las calles a su paso.

Te esperaré en la casa que huele a caña, que huele a atole, que huele a ti; y no habrá más tierra en mi garganta, ni lágrimas que nublen mis ojos. Te esperaré aquí, adonde teníamos que vernos antes, en otra tarde, en otro tiempo.

Te esperaré bajo las nubes y el papel picado; entre el caramelo, el chocolate y el café. Te esperaré aquí, hasta que las luces de neón se apaguen y se prendan los cirios. Entre los rezos de los ancianos y las abuelas y las miradas cristalinas de los niños. Y vendrás sin miedos y ya no habrá más gritos.

Y pondré un círculo de sal que proteja tu alma y pondré un vaso de agua que refresque tus sueños; hasta que vuelvas tú, hasta que vaya yo, hasta que volvamos a estar juntos.

Te esperaré porque sé que volverás, así como todos han vuelto.

Te esperaré aquí, entre las flores y las velas. Entre las luces y los cantos…

Texto: Paola Klug

Memo Vasquez Fotografía / “La luz de la promesa”

IN MEMORIAM / 19 SEPTIEMBRE 2017

IN MEMORIAM / 19 SEPTIEMBRE 2017

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El secreto de Cándida

Cándida llegó a mi vida cuando yo era muy pequeña aún; con el tiempo se convirtió en parte de mi familia; no sabría decir si era mi abuela, mi madre, mi hermana o mi hija porque parecía ser todo a la vez.

Tenía un andar lento y una sonrisa discreta, ambas cosas estaban relacionadas con los golpes que le propinaba su esposo, aunque ni con todas las patadas y manoteos fue capaz de quitarle aquél brillo travieso que se asomaba en el par de capulines negros que tenía por ojos… ¡aunque vaya que lo intentó!

Cuando juntó el valor suficiente para abandonarlo, Cándida se refugió en nosotros y nosotros nos refugiamos en ella. Con el paso del tiempo, sus canas se volvieron amarillas y las arrugas aparecieron en su rostro marrón. A veces, ella era dulce como la limonada azucarada que nos daba cuando teníamos tos, pero en ocasiones era amarga como la salsa de xoconostle que hacía cuando estaba de malas.

Aún recuerdo su rostro iluminado por el fogón; sus manos regordetas y arrugadas iban de un lado para otro entre la mesa, buscando ollas, cubiertos, hierbas; pasaba de aquí para allá con el metate y el molino, con la flor de calabaza y las hojas de almendra.

Cándida me enseñó a cocinar, pero había un secreto que siempre se guardó: Cada Navidad sin falta, se metía a la cocina poco antes del amanecer cerrando la puerta con candado tras de sí. Adentro guardaba el maíz blanco, el perejil, los chiles guajillos y el ajo; en la mañana escuchábamos el picoteo del cuchillo sobre la madera y poco antes del mediodía se oía el último cloqueo de las gallinas antes de morir. De vez en cuando, Cándida tarareaba una canción para después sumergirse en el silencio y en el vapor de la olla.

Mi hermano y yo jugábamos afuera de la cocina, nos asomábamos de vez en cuando entre las rendijas de madera podrida esperando ver lo que Cándida hacía, pero su grueso mandil azul lo cubría todo, entonces perdíamos el interés y salíamos a correr al campo hasta que llegara la hora de prepararnos para la misa de Gallo. Cándida nunca nos acompañaba, siempre decía que su dios, su virgen y sus santos los encontraba solo en la cocina y aunque a mi mamá le molestaran tales afirmaciones, nunca intentó obligarla a ir a misa.

Cuando regresábamos de la parroquia y llegaba la hora de cenar, Cándida abría la puerta de la cocina y el olor a pozole llenaba cada rincón de nuestro hogar; ella servía cada plato y nos miraba comer con una infinita alegría plasmada en su cara. Cándida era feliz viéndonos comer, pero lo era más cuando mi madre y las mujeres del pueblo le pedían la receta del pozole y ella lo negaba.

-Es un secreto que se irá conmigo hasta la tumba- decía complacida consigo misma.

Durante años, Cándida fue fiel a su promesa. La llevaban de un lado para otro en el pueblo, de una cocina en otra preparando pozoles secretos y haciendo felices a otras familias, sin que ninguna mujer supiera nunca que era lo que lo hacía tan especial.

Todo cambió cuando mi hermano volvió de la ciudad del brazo de Filomena; ella era su esposa. Una joven de cabellos rubios y sonrisa grande; sus ojos eran del color de los rayos del sol en cualquier amanecer de invierno y sus manos pequeñas como las de un niño. Filomena era ágil, amable y gentil y todos en casa nos prendimos de ella de inmediato, Cándida no fue la excepción.

Con el lento pasar del tiempo, León tuvo que irse de nuevo a trabajar a la ciudad y se llevó a Filomena con él. Fue durante la despedida que Cándida le tendió una carta, colocándola cuidadosamente entre sus blancas manos. En aquél pequeño pedazo de papel estaba escrito el secreto que guardó de todos durante tantos años.

Cándida le entregó a Filomena la receta de las sonrisas más lindas de mi hermano.

Las nubes, los soles y las lunas pasaron desde aquella mañana. Vimos venir las estaciones con todos sus cambios; llegó la primavera con los retoños de rosas, higos y granadas, el verano con sus aires y tormentas y cuando llegó el otoño y todo empezó a morir, mi hermano también lo hizo.

El ocre en la tierra y el carmín en el cielo cubrieron nuestro duelo; ningún otro atardecer me pareció más triste, más doloroso y más bello que el de aquél día. Cándida y mi madre lloraron hasta quedarse dormidas, yo solo enmudecí, morí un poco como ellas, como Filomena, como las flores del jardín.

Ella volvió con el rostro pálido y la mirada perdida; parecía más pequeña, más frágil, más rota.

Nunca le preparó el pozole a León, después del funeral se fue llevándose consigo el secreto.

Ahora, Cándida se ha ido, mi madre también. Yo solo tengo los recuerdos de algo que probé, de las sonrisas que compartí, de lo que la muerte se llevó y del secreto que jamás conocí pero que recordaré siempre…

Texto: Paola Klug

Fotógrafo: Desconocido / Tomada de Tumblr

 

 

Este libro que incluye 13 historias diferentes sobre mujeres mágicas, místicas, pero sobre todo humanas. Son historias de las Brujas color de la tierra, hijas de la luna, la lluvia y el viento.

Costo : $200 más gastos de envío.

(Envíos nacionales e internacionales)

IG: Paola Klug

 Ventas e informes: paolamklug@gmail.com

Esperanza

Ella debía curarse a sí misma, había olvidado quién era antes de que le rompieran el corazón.  Había nacido sin luz, como el resto de nosotros; enviada a vivir entre la oscuridad y la delgada línea que la divide con el resplandor de la muerte.

Había encontrado su ombligo envuelto con una espiga de trigo de la misma cosecha que usaron para darle su primer atole. Lo sacó con cuidado de aquella bolsa color obispo y lo arrojó al fuego; el pasado debe morir para que el futuro pueda nacer; somos instantes bellos porque no perduramos más que un delicado parpadeo de los ojos del universo.

Había sido la mujer cicatriz; la mujer serpiente que se deslizó entre la suave hierba de las promesas antes de cambiar de piel. La mujer viento que voló demasiado lejos de sus raíces. ¿Quién era ahora? ¿Quién era aquella mujer que se reflejaba entre el agua del cántaro y el pozo?

Tomó con fuerza el ojo de venado, la pluma del gavilán y la salvia blanca; sus ojos negros ardieron como los carbones en el fuego. Todos los días olvidaba una parte de sí misma, ya era tiempo de olvidarlo todo, de olvidarse toda para encontrarse entera.

Se dejó caer en el petate y cerró los ojos. Dos lágrimas por la que fue, dos lágrimas por la que era, una sonrisa por quien sería.

Setenta y siete minutos mientras todo ardía; se levantó y se sacudió las enaguas para dejar en las cenizas su mala suerte. La vela aún estaba prendida, una vez que se acabara y levantaran la cruz en su tumba, ella volvería a nacer; ahora era tiempo de desandar el camino envuelta en la claridad de su nuevo sol.

Texto: Paola Klug

Fotografía: “Panteón” / Manuel Alvarez Bravo

Fantasmas

Hay lugares en donde las voces de otros tiempos susurran entre las paredes: esas que todo lo ven. Espacios atrapados entre lo que fue, lo que es y lo que será; vivo en un oráculo de adobe pintado con cal y techos de barro que por la mañana huele a jazmín y a guayaba, pero cuando la noche cae, solo se percibe el aroma del polvo dejado por los fantasmas que deambulan silenciosos y tristes por los patios oscuros de esta vieja casona de Celaya.

El sol ha evaporado el color del tapiz, pero no los recuerdos guardados celosamente entre los resquicios y las grietas en donde el tiempo corre en círculos como las manecillas sucias del viejo reloj empotrado en la sala.

Es entonces que aparecen las siluetas de los niños que danzan las rondas a través del patio, sus risas -que parecen ecos- retumban en cada dirección hasta que se cubren a sí mismos en un espeso manto de silencio; después se contraen hacia atrás y hacia adelante para quedarse angustiosamente quietos, convertidos en los oscuros cadáveres de su pasado. Ellos crecieron y después se fueron, volaron lejos del árbol como esas golondrinas que anuncian la lluvia, pero al morir, sus almas volvieron aquí quedando atrapadas a medio vuelo entre los mosquiteros oxidados o las cortinas que cubren los ventanales. Ellos volvieron, pero nunca más se pudieron ir.

Más tarde, aparece el fantasma de una mujer y la casa entera huele a sal; la sal de sus lágrimas, la sal contenida en las nubes cargadas con el agua de la laguna y la sal que guarda entre sus puños cerrados; murmura que ha dejado los tamales sin cocer sobre la mesa; maldice y destroza para después llevarse las manos hacia sus cabellos canos, cascadas formadas de noche, de plata y también de sal y de sol; suspira profundamente y después desaparece en el umbral de la ventana llevándose con ella su aroma. Iracunda, loca, triste y sola.  A veces barre los pasillos enfundada en un sucio rebozo verde o apalea de un lado a otro la tierra negra del bordo hasta que el repique de las campanas de la parroquia la hace desaparecer poco antes del alba.

De vez en vez, llega el anciano. La sombra del hombre que quizá alguna vez fue; camina encorvado, como si la culpa, la vergüenza y el dolor le siguiesen pesando. Su mirada está apagada y en sus manos solo se dibujan las viejas arrugas de un pasado que su alma se negó a abandonar. Llega hasta el rincón del pasillo y después regresa hasta la puerta; no hay palabras, ni susurros, ni suspiros que le traicionen; está solo con su silencio, solo con sus secretos.

A veces siento miedo, a veces tristeza y compasión. Los miro, uno a uno. Sé sus nombres, sus historias, la razón por la cual están aquí y me pregunto si ese también es mi destino. ¿Vagará eternamente mi alma entre los patios y bodegones? ¿Se escucharán mis risas o mis lágrimas entre las vigas de madera y las abandonadas chimeneas? La casa no me responde, tampoco los fantasmas que viven conmigo en ella.

La madera cruje mientras el zarzal canta; huelo el naranjo, huelo el mar, huelo sus muertes, pero la mía no aparece: No quiero morir, solo quiero dejar de ser.

Ellos no quieren desaparecer, por eso están esta noche conmigo. Tienen miedo a volverse aire, polvo, fuego, lluvia; por eso están parados detrás de mí con las velas alumbrando sus rostros mientras escribo. No son fugaces como las estrellas que caen sobre nuestras cabezas, son inmortales… como el dolor, como el amor, como la traición, como la muerte.

 

Texto y Fotografía: Paola Klug

Chipotlearte

Chipotlearte es un increíble proyecto creado por Dafne González Paz, una maravillosa mujer mexicana en cuya sangre fluye el talento y el amor por nuestra cultura. Ella inició su aventura en Argentina; estando lejos de su tierra y su familia comenzó a inspirarse y a crear las más bellas piezas artesanales, mismas que le valieron el reconocimiento de la embajada mexicana en Argentina por difundir nuestra cultura en el sur.

Cada pieza de Chipotlearte es encantadora; todas llevan plasmadas el amor, el color y la magia de nuestro país. Ya sea en su joyería artesanal o en sus accesorios decorativos, podrás hallar un pedacito de México creado y pintado a mano para llevar en el corazón.

A continuación, les mostraré algunas de las bellísimas piezas que pueden encontrar en Chipotlearte y debajo de las fotos, les dejaré los datos de contacto de Dafne para que puedan adquirir sus creaciones y ayudar a difundir nuestro comercio local.

Ella es un ícono de nuestra cultura, la imagen más recurrente de día de muertos. La Catrina, la Garbancera, la flaca o la dientona es parte de nuestra vida durante todo nuestro sendero. En Chipotlearte encontrarás muchas catrinas increíblemente hermosas, puedes personalizar la tuya y se puede usar como adorno durante todo el año en cualquier lugar.

Los collares de Chipotlearte son encantadores ¡y hay para todos los gustos! Estos son mis favoritos:

Por último y no menos importante: ¡Imanes para cocina! ¿quién no quiere ver la carita feliz de una catrina al abrir el refri? Un caracol marino (que amo con toda el alma) y un par de aretes con los catrines más guapos, elegantes y revolucionarios del mundo. ¿No los aman?

 Recuerden que tan importante es apoyar a nuestros artesanos, no solo comprándoles justo sus artículos, también ayudando a difundir sus creaciones, porque ellos están llevando el nombre de México por lo alto. ¡Un abrazo!

Datos de contacto:

FB: Chipotlearte Mèxico

Tienda online: www.etsy.com/mx/shop/Chipotlearte
Mail: chipotlearte@hotmail.com
Pinterest: www.pinterest.com/chipotlearte
Instangram:www.instagram.com/chipotlearte
Flickr: www.flickr.com/photos/chipotle_arte

Entrevista en TV Lince

¡Súper contenta de poder asistir a este programa! Lo realizan jóvenes estudiantes del Instituto Tecnológico de Celaya; son muy lindos, divertidos y atentos. ¡Espero les guste!