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¿Sabes lo que ocurre cuando hurtas la comida de los difuntos en el altar? Descúbrelo junto a Mitli, en el primer episodio de esta aventura.
 
Mictlán contiene 18 Cuentos sobre Día de Muertos, todos ellos inéditos y escritos por Paola Klug. Tiene un costo de $200 pesos, es un libro con formato artesanal. Escribe a paolamklug@gmail.com para mayores informes. Suscríbete a mi canal para no perderte ninguno de los episodios: Paola Klug
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Algunas fotitos de Villa Progreso, Querétaro que me acabo de robar 🤭 Esas pequeñitas participaron en mi taller de creación de cuento infantil y debo decir que son asombrosas 💜 Nacieron 4 nuevas escritoras queretanas 🙏Gracias EspacioLibre, Maurick Ilich y a la Casa de la cultura de Villa Progreso Ezequiel Montes por la invitación y hospitalidad 😘

FIL Cortazar

Gracias Centro Cultural Cortazar por invitarme a participar en la Feria del libro 📙Gracias INFINITAS a todos los asistentes💚 Fue un honor estar con ustedes.

 

Gente hermosa de Querétaro: Nos vemos el próximo domingo 19 de mayo en punto de las 11 de la mañana en el jardín principal de Villa Progreso, Ezequiel Montes 🖤 Estaré leyendo algunos cuentos para ustedes 🤗

Gente bonita de Cortazar: Nos vemos el 16 de mayo en La Feria del Libro en punto de las 6 de la tarde; estaré presentando la conferencia de Las Brujas en México y llevaré mis Relatos de las Brujas Morenas. ¡Nos vemos en la plaza cívica!  Revisa el programa en el siguiente link:

 

Programa

Un agradecimiento infinito a todos los que asistieron al taller de Literatura Creativa el día de ayer, gracias por su atención, por sus ganas de absorber y sus ganas de dar. México necesita y merece escritores como ustedes 🤗
Gracias a Centro CREA.  por el espacio y por todas las oportunidades que brindan a los artistas. Nos vemos en el próximo taller, estén al pendiente de la página para conocer la fecha.

La novia

Los ojos de María Vicenta miraban con atención la lumbre; las formas del fuego danzaban bajo el compás de su corazón, ese que acababa de romperse quedito y casi sin hacer ruido.

Dicen que, para ver el alma de una persona, es necesario mirarla a través del agua y de ser cierto, si alguna persona hubiera estado allí, hubiera encontrado que el alma de aquella mujer estaba rota.  Pero estaba sola y las únicas testigos de su dolor callado eran sus propias lágrimas; esas que veían las llamas y también el rincón de donde tristemente habían salido.

Suspiró con dificultad, era ya un árbol viejo y seco a pesar de su edad, a pesar de sus sueños.

No más de treinta años, no más de unas cuantas arrugas y un par de canas distribuidas por aquí y por allá entre sus largos cabellos; pero cuanto sabía del dolor María Vicenta, cuanto sabía del dolor y también de la soledad; esa que la atormentaba cuando todos dormían, esa que le acompañaba al despertar y que se aferraba a ella cual si fuera sombra.

Se levantó despacio, limpiándose las lágrimas con el rebozo verde que le había comprado su tata hace muchos años. Se puso de pie e infló su pecho, así como el gallo y el guajolote. Dejó que el aire frío de la madrugada llenara el hueco que llevaba dentro hasta que respirar dolió, porque la vida duele tanto como el vacío.

Fue quitando uno a uno los listones trenzados a su cabello y los dejó caer sobre sus pies agrietados a causa del camino. Poco después cayó el vestido blanco, ese que había sido usado por su abuela y también por su madre; el recuerdo oprimía su corazón, pero ¿cómo se quita uno lo vivido?

Un dolor se anidó a la mitad de su pecho, María Vicenta ladeó su cabeza y sonrió de vergüenza. Y en su risa se dibujaba la angustia, se dibujaba la pena.

Justo en ese momento, una estrella fugaz caía desde el cielo desnudo trayendo consigo la sombra de la muerte.

María Vicenta miró sus manos, no había remordimiento, ni tampoco esperanza. Era libre de elegir algo por primera vez en su vida y eligió la partida.

Se despidió con dolor, porque es igual la ida que la vuelta.

Y con los ojos cerrados se vació de sí misma a través de dos heridas que se abrían por sus brazos hasta llegar las muñecas. Y las gladiolas blancas se hicieron rojas y el vestido de novia se volvió carmesí, tal como el amanecer, tal como el tibio fogón, tal como los ojos de su madre que a distancia la llamaban allí, en la puerta de lo que llaman infierno. Justo entre el corral y la barda de madera.

Poquitos días después fue encontrado el novio colgado de un árbol allá por la cantera.

Nadie supo jamás porque no llegó a la iglesia.

 

Fotografía: Rosa Rolanda

Texto: Paola Klug