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Don Tristeza

La primavera había llegado un par de días atrás trayendo consigo el calor y los colores habituales de la temporada; el sol hacía mella en mi piel ya de por sí morena. Mientras caminaba, vi a los ancianos sentados bajo la sombra, llevaban sus sombreros largos de palma y camisas blancas y arremangadas, sus miradas estaban cansadas al igual que la mía. Las suyas por la edad, por todo aquello que habían visto, probado, comido y vivido; la mía por aquello que se había desprendido de mi corazón durante aquella tarde.

El aire soplaba con tibieza y fatiga entre las ramas del pirul y las bugambilias, también parecía cansado.

Me senté sobre la tierra mirando los retoños de la cebada abrirse paso en ella, a mi lado estaba el agua que inundaba la pequeña represa, una piedra pesada y redonda retenía su paso hacia la parcela. Miré hacia ambos lados para asegurarme de que estaba sola, metí mis pies al agua fría y con fuerza deslicé la piedra hacia un lado permitiendo que el agua fluyera libremente hacia los canales.

Miré detenidamente su paso, para darme cuenta de que me sentía exactamente como ella.

La misma piedra que me había atrapado durante años ahora me hacía sentir desparramada e incompleta sobre la tierra árida y desquebrajada por el calor; ya no estaba ahogada en un río de sentimientos, ahora, las palabras que él había pronunciado unas horas antes, me absorbían haciéndome desaparecer en las entrañas de un vacío profundo y oscuro del cual no sabía escapar. ¿Sería que de todo ese dolor terminaría naciendo una mazorca o un racimo de hierbas silvestres? Mis lágrimas fueron a dar a la tierra como si fueran una promesa más, la única que quizá podría ser cumplida entre nosotros.

Un crujido me hizo voltear, Don Tristeza venía caminando sobre el borde del mezquital. Llevaba puesto un chaleco café que combinaba con el tono sepia de su sombrero, su caminar era lento como el de cualquiera de los otros viejos, pero era más firme. Yo nunca había preguntado la razón de su apodo, uno no hace eso por aquí. Los sobre nombres en este pueblo, los ponen por los motivos más ridículos y más extraños que cualquiera de fuera podría imaginarse y como en la mayoría de los casos, los implicados rara vez saben que son llamados de tal manera, así que jamás se me ocurrió preguntar. Yo tampoco sabía su nombre y cuando me llegaba a topar con él solo nos saludábamos con un movimiento de cabeza, así que Don Tristeza era un misterio para mí, tanto como yo lo era para él.

Limpié mis lágrimas en un intento desesperado de pasar desapercibida, pero fracasé. Sin más, aquél anciano de rostro afable se sentó a mi lado. Nunca había reparado en sus facciones, porque nunca lo había tenido tan cerca de mí. Sus ojos eran verdes y oscuros como las aceitunas maduras, su nariz aguileña se fundía con las líneas curvas debajo de sus labios y su cara estaba llena de arrugas bronceadas como las de cualquier hombre de campo. Viéndolo así, él no me parecía triste, solo sabio.

Extendió su mano hacía mí, ofreciéndome su pañuelo: Un trozo de paliacate que alguna vez había sido rojo.

– ¿Le importa si vuelvo a poner la piedra en su lugar? De otra manera se inundará la parcela y se echarán a perder los brotes.

-No, al contrario. Por favor discúlpeme, no era mi intención ocasionar ningún daño- le respondí moviendo yo misma la piedra para impedir que el agua siguiera su cauce.

El anciano prendió un cigarro y me ofreció uno a mí, lo tomé agradecida.

– ¿Sabe por qué me dicen como me dicen? – me preguntó inhalando el humo del cigarrillo, su olor era tan fuerte como el de un puro.

Negué con la cabeza un poco avergonzada, de alguna forma me sentí descubierta.

-Hace mucho tiempo cuando yo era joven conocí a una muchachita como usted. Ella no era de aquí y pensándolo bien, creo que era de ese tipo de personas que en realidad no pertenecen a ningún lado.

Cuando llegó era feliz, pero al marcharse lo hizo triste. Verá, en aquellos tiempos las cosas eran distintas, los jóvenes no decidíamos nada en realidad, fuéramos hombres o mujeres teníamos que seguir el plan que los adultos habían trazado para nosotros desde poco después de nacer. Cómo nos ganaríamos la vida, donde viviríamos, que heredaríamos y con quienes nos casaríamos, esas eran decisiones ya habían sido tomadas por nuestros padres y si uno no las cumplía con cabalidad entonces estaría deshonrando a su sangre, no eran cosas que uno podía tomar a la ligera ¿me entiende?

Ella llegó aquí con sus padres, era delgada, sonriente y sus ojos parecían dos soles de tanto brillar. Cuando la conocí me enamoré de ella de inmediato, no podía dejar de pensar en su rostro, en su risa y en todo aquello que viviríamos juntos. Tendríamos una docena de chamacos y siempre estaríamos juntos; una tarde parecida a esta, la tomé desprevenida por allá- dijo señalando con sus dedos al camino rural con los huizaches a cada lado.

Me paré frente a ella con todo el valor que pude juntar y le conté mis planes a su lado, ella solo sonrió y después de quedarse callada durante minutos que a mí me parecieron horas, me miró a los ojos y me dijo que no tendríamos doce niños, solo tres. Imagine mi felicidad, y también mi sorpresa- dijo el anciano sonriente.

Desde aquella tarde nos hicimos inseparables, yo iba a buscarla cada mañana a la esquina de su casa y la llevaba hasta la fábrica adonde trabajaba, al atardecer iba a recogerla y la acompañaba por el petróleo para las lámparas, a la botica o a la mercería a comprar lo que su mamá le encargaba; inclusive bailamos un par de piezas en la fiesta de San Isidro, a pesar de mi torpeza.

Don Tristeza sonrió con nostalgia y continuó con su historia:

-Sin embargo, yo ya estaba comprometido a casarme con Mónica de la Cruz. Ella era la hija menor del compadre de mi papá, uno de los pocos ganaderos prósperos de aquellos tiempos; así que cuando mis padres se enteraron de mis nuevos planes de vida, la cosa se puso fea. Me prohibieron ver a la muchacha, tampoco tenía permitido hablarle y mucho menos buscarla. Claro está que yo no les hice caso y busqué formas de mantenerme a su lado, pero mis papás apretaron cada vez más.

– ¿Y ella que hizo?

-Ella aguantó como esa piedra que rodaste. Lo hizo durante meses, hasta que mis papás hablaron con los de Mónica y decidieron adelantar la boda; a los diecisiete años uno ya era un hombre, ya podía responder por una familia y ya se sabía ganar el pan así que no era raro acelerar las cosas cuando estaban en riesgo los planes.

– ¿Lo habló con ella? Le pregunté

– Ya habíamos acordado huir juntos, nos quedamos de ver en el puente que baja desde el Cerro del Culiacán; de allí nos iríamos caminando toda la noche hasta llegar al Valle o a Cortázar y de allí agarraríamos un camión que nos llevara lejos, adonde pudiéramos cumplir las promesas que nos hicimos durante tanto tiempo.

– ¿Y qué pasó entonces? De pronto, la historia de aquél anciano se había vuelto de forma inexplicable la mía también y por un momento dejé de pensar en mi dolor para sentir el de alguien más.

-Mi hermano era un pequeño granuja en aquellos años, él escuchó todo y me delató con mi padre; después de azotarme con el chicote de su caballo me amarró a uno de los postes del corral y obligó a mi madre a dejarme allí hasta el amanecer. Él subió en su animal con rumbo al puente dejándome llorar desconsolado; los vecinos me vieron llorando y desde esa noche me llamaron “el tristeza” … el “don” lo agregaron con los años.

– ¿Qué hizo su papá en el puente? ¿Trajo a la muchacha de vuelta?

El anciano se quedó callado mirando el ligero vaivén de las ramas a nuestro alrededor, una lágrima bajó por sus mejillas hasta caer en la tierra, justo en el mismo sitio donde cayeron las mías.

-Nunca supe exactamente qué le dijo mi padre; solo sé que le rompió el corazón al igual que yo. Le hizo creer que yo la había abandonado y ella se fue, caminando sola los pasos que tendríamos que haber recorrido los dos. Ella desapareció de mi vida durante muchos años dejándome el silencio, el dolor y la ira que ella también sintió al marcharse.

– ¿Y se casó con la tal Mónica?

-No, no me casé con ella. Pero tampoco seguí a la mujer que amaba. Me quedé aquí esperando…

– ¿Ella nunca volvió?

-Si, después de muchos años lo hizo. Justo el día en que me casé con Martina; ella era una buena mujer, una devota de su familia, amable y callada. No tenía la luz ni el fuego de la que siempre amé, pero me daba tranquilidad estar con ella.  Ya casi acababa la ceremonia cuando la puerta de la parroquia se abrió, el rechinido me hizo voltear.

Allí estaba ella, con dos hermosas niñas de cada lado y una más en sus brazos. Tres niñas, tres …

Ya era tarde para volver atrás, ya había hecho una promesa y lo peor es que yo había decidido por mi propia voluntad hacerla. Ella solo me miró, aquellos dos soles en sus ojos se volvieron lunas y después tormentas. La vi desaparecer de nuevo con el rostro lleno de lágrimas, mismas que yo compartí en el altar junto a la nueva mujer en mi vida.

Días después, agarré valor, me embrutecí con el mezcal e intenté hablar con ella, acercarme, decirle lo que pasó en verdad, pero ella no quería verme. Yo había roto nuestro de tal manera que ninguna palabra, explicación o justificación sería capaz de arreglarlo.

Los rumores no tardaron en llegar, ya sabe, la historia de pueblo chico. Supe que después de aquella noche en que mi padre la encontró, ella sufrió mucho, vagó durante meses en diferentes pueblos y ciudades, rodó más de lo que cualquier ser humano debería rodar. Pero siempre me recordó, siempre quiso hacer realidad nuestros sueños y siempre me amó, por eso volvió a este lugar y al hacerlo me encontró viviendo nuestro sueño a lado de otra mujer. ¿Se imagina lo que sintió?

Un par de meses después dejó a sus niñas bajo el cuidado de su madre y caminó hasta la presa del conejo. Alguna vez hablamos de hacer nuestra casa cerca de allí, nunca faltaría el agua en la siembra y siempre habría pan en nuestra mesa. Aquella noche, ella entró a las aguas oscuras y frías para desaparecer para siempre en ellas. Uno de los pastores la vio entrar cuando venía de regreso, trató de ayudarla y al no poder hacerlo vino por ayuda. La buscamos durante días enteros, yo estuve allí por más de un mes tratando de encontrar su cuerpo. Nunca pude despedirme de ella, nunca pude decirle cuanto la amaba realmente.

-Esa mujer… ¿Cuál era su nombre? – le pregunté con los ojos llenos de lágrimas y un nudo en la garganta.

-Esa mujer era Cotita, su abuela.

Para ser justos, debo decir que los dos lloramos a igual medida. Él lo hacía con sus heridas viejas, era un hombre roto desde hacía mucho tiempo, yo lo hacía por mi abuela, por él y también por mi ahora que estaba repitiéndose la historia. El mismo amor, el mismo dolor, las mismas promesas. Aunque él tenía razón en algo, Cotita nunca había pertenecido a ningún lado, su corazón contenía demasiada luz y demasiada oscuridad para este mundo, a veces yo me sentía igual, aunque me faltaba valor para dormirme en el agua como lo hizo ella.

– ¿Y usted? ¿Por qué estaba llorando aquí? – me preguntó con preocupación.

-Ya no me hable de usted, es como si fuera mi abuelo. Oí de su historia toda mi vida, sin saber que se trataba de usted, ni que tan cerca lo tenía-  le dije apretando su mano.

Él me sonrió y después me pregunto porque estaba llorando sentada allí cuando me encontró.

-Lloraba porque él no me ama lo suficiente.

– ¿Lo suficiente para qué?

-Para estar conmigo- le respondí.

Sé que el ama lo que es cuando está a mi lado, pero cuando estamos separados se pierde dentro de sí mismo y se odia por ello, pero está tan acostumbrado a ese odio que no puede dejarlo. La ira pesa más en su alma que el amor que puede sentir por sí mismo o por mí.

Su corazón absorbe el agua, pero de él no brotan más que promesas que se desvanecen a la menor provocación- dije señalando la tierra.

Esta tarde dijo la verdad, fue tan sincero como pudo, eso pude sentirlo, y al principio, no lo niego… al escucharlo sentí alivio, como si al pronunciar esas palabras me hubieran arrebatada una carga muy pesada de la espalda, pero al pasar los minutos, eché de menos el peso de la ilusión porque ya no había nada a lo cual poder aferrarme. No había nada más que este vacío en mi interior que antes llenaba por completo él. Al dejarme sin ninguna esperanza, me sentí huérfana, desnuda, desamparada en medio de un mundo que no podía reconocer sin él.

El anciano me miró con ternura.

– El mundo no finge contigo Alondra.

La vida es corta, por favor no esperes como lo hice yo. Desde luego uno, es incapaz de obligar a los demás a sentir algo, de hecho, es imposible hacerlo hasta con uno mismo; por más que intenté, jamás pude sentir nada más que agradecimiento por Martina. Murió tratando de sanar una herida que por cobardía me hice a mí mismo y le hice a Cotita y ahora mírame, llorando junto a ti por lo que pudo haber sido de mi vida y por todo el dolor que pude ahorrarles a ellas dos.

No luches contra lo que sientes ahora, no tiene sentido porque es una pelea perdida.  Lo amas ahora y probablemente lo ames siempre porque así lo has decidido, pero lejos de lastimarte con su recuerdo, abrázate a ti misma con tu realidad. Seguramente conocerás a otras personas, sentirás otros amores, pero ese que se queda dentro de ti a partir de ahora, te acompañará hasta el último día de tu vida así que hazlo tu amigo, no tu verdugo. Ustedes son algo que no existe más que en un lugar que él quiere desaparecer y tú, por tu propio bien, debes aceptarlo.

Talvez, en el corazón de ese hombre que amas está naciendo ahora otro “Don Tristeza” pero no dejes que en ti resurja la sombra de Cotita. Ahora venga, debemos irnos ya antes de que anochezca.

Se levantó con dificultad y me ayudó a hacer lo mismo; me acompañó en silencio hasta llegar a la casa, aquella a la que hacía muchos años atrás le dio el amor y el dolor más grande de su vida. Antes de atravesar la puerta, miré hacia atrás. Don Tristeza sonreía despidiéndose de mi con la mano para después perderse entre las callejuelas mal iluminadas del pueblo.

Texto y Fotografía: Paola Klug

Grecia Rubio es una de las jóvenes más talentosas y creativas que he tenido el placer de conocer; es creadora de un colorido y hermoso proyecto llamado Rublié Lamat, mismo en el que funde el amor por sus propias raíces familiares con la palabra maya “Lamat” que significa estrella y representa la belleza y el arte, dos virtudes que se encuentran en sus creaciones.

En Rublié Lamat hallarán una gran variedad de accesorios diseñados y creados a mano por Grecia; en ellos encontrarán formas, símbolos y representaciones hermosas de nuestros pueblos originarios combinados con el colorido y el calor mestizo de nuestro lindo país.

En cada una de sus piezas está plasmada el respeto y el amor que Grecia siente por México. La energía que de ella emana, se traspasa a sus creaciones, otorgando sonrisas y un sentimiento de alegría desde que uno los ve. De verdad, hace cosas maravillosas.

Sin más les dejo las fotos de algunas de sus creaciones; como es costumbre, debajo de las mismas encontrarán los datos de contacto de Grecia. Con todo el corazón, espero que apoyen y difundan el proyecto de esta encantadora regiomontana porque está haciendo un esfuerzo tremendo y con cada una de sus piezas, pone el nombre de México muy en alto gracias a su carisma, creatividad y trabajo.

En Rublié Lamat hallarán carteras tan bellas como está; todas pintadas a mano por Grecia. ¿Está de más decir cuanto amo esa canción? En Rublié Lamat también hay porta-lentes y porta-pasaportes para que sin importar adonde salgas, siempre lleves un pedacito de México a tu lado.

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Este lindo llavero tiene incluido un Si´Kuli (Ojo de Dios) un elemento ceremonial sagrado para los wixáricas (huicholes) Por tradición, el Si´Kuli está dedicado a Tate’ Naaliwa’mi si’kuli, la Madre Agua. Una figura escencial en la cosmogonía wixárika; el Si´Kuli protege y bendice; este ojo de Dios está hecho a mano y lo encuentras en Rublié Lamat.

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El ámbar siempre ha sido una pieza especial para los pueblos originarios de este continente; un símbolo de magia, protección y sanación natural. Los aretes de Rublié Lamat tienen ámbar “rústico” es decir, no han sido procesados. Lo que los hace mucho más especiales y sin duda alguna, bellísimos.

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Por último y no menos importante quiero mostrarles esta linda gargantilla de Frida; quién les guste a muchos o no, sigue y seguirá siendo un icono en la cultura popular mexicana. Los colores, las formas y los trenzados alrededor de su cara (también hecha a mano) con una muestra del más hermoso arte mestizo

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Rublié Lamat está ubicada en Monterrey, pero hace envíos a toda la república mexicana así que no hay excusa para no hacerse de una de sus bellísimas creaciones. ¡Sigamos apoyando el comercio local y dándoles un lugar especial en nuestros hogares y corazones a diseñadores, artesanos y productores tan increíbles como Grecia!

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Datos de contacto:

Mail: greciarublie@gmail.com

FB: Rublié Lamat (bazar)

“Del Lugar de donde Soy” es uno de mis poemas cuyo arreglo y música podrá encontrarse en el disco “Tierra” de Amelia Escalante. Si desean adquirir cualquiera de sus discos o requieren de su presencia en alguna presentación, festival o evento cultural, por favor escriban a: amelia_eskalante@hotmail.com

 

Letra: Paola Klug.
Arreglos y voz: Amelia Escalante.
Video: Rocío O. Matehuala

Celaya, Guanajuato. Casa del Diezmo. 25/01/2017

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Habíamos caminado durante horas enteras sobre la carretera mientras una brisa ligera caía sobre nuestras cabezas; de cada lado se alzaban enormes los pinos y los abetos repletos de musgo y pequeños hongos blancos. A lo lejos se escuchaba la canción del río y los susurros de los fantasmas acurrucados entre la maleza y las cruces de madera; algunos habían muerto allí, sobre nuestros pasos. Otros habían dejado su último aliento entre las hojas secas y los acantilados mucho tiempo atrás, cuando el rostro de Tláloc había sido grabado entre las piedras que ahora cubrían celosamente las enredaderas.

Subimos por la presa hasta llegar al último dinamo; aspiramos el aire frío que soplaba sobre nuestros rostros. Las copas de los árboles estaban cubiertas por la niebla matinal, froté mis manos varias veces antes de continuar.

Dejamos atrás el nido de víboras y también la cueva del diablo; esa en donde dicen que los españoles enterraron algo del oro que pudieron rescatar en la noche triste.

Con cada paso entre la hojarasca, uno termina olvidándose de sí mismo y se convierte en rama, en nube, en las pequeñas piñas que caen de los abetos.  La niebla bajó de entre los árboles cubriéndonos a nosotros en la más húmeda oscuridad, recordé cuanto miedo le tenía mi padre a eso: Decía que las veces que perdió su espíritu fue a causa de ella; sin embargo, el que la niebla robara mi espíritu me hizo sentir bien. Caminaba sin alma, sin nombre ni sombra entre las entrañas del bosque; un bosque que mi papá temía y que yo amaba más que a nada.

En silencio llegamos a la parte más alta, la hierba verde y húmeda había desaparecido dejando en su lugar un sinfín de maleza quemada por el frío; había vida por doquier disfrazada de muerte, pero ella también estaba presente…

La vi entre las cuencas vacías del cráneo de una pequeña serpiente que yacía sobre unas piedras rodeadas por un círculo de tierra.

-No toques eso- me dijo.

Solo las brujas vienen hasta acá para hacer sus hechizos en la noche. Ven, acércate.

Miré una vez más entre los ojos de la muerte para después caminar hasta donde estaba él.

Me tendió la mano y me ayudó a subir al peñasco en donde se había trepado.

Los dos estábamos por encima de la niebla, de las nubes, de los árboles, del mundo entero. Debajo se veían las salientes piedras de la pared montañosa, filosas y pacientes esperando la sangre para su ofrenda.

Las copas de los pinos parecían triángulos pequeños y distantes y el río una serpiente que zigzagueaba más allá del horizonte para perderse entre las entrañas de la tierra negra.

No había nadie por encima de mí y sin embargo yo era lo más pequeño que podía ver. Lloré al entender mi grandeza, pero también mi insignificancia; ambos conceptos tenían sentido para mí estando allí.

El espíritu del viento me llamaba, parecía tan fácil seguirlo. ¿Era un canto o el hechizo dejado por las brujas para hacerme parte de ellas?

Él me detuvo con firmeza. Era mi primera pinta y no podía morir, no todavía.

Me quedé absorta mirando hacia abajo, hacia los lados, hacia arriba. Cada nube que rozaba mis manos, cada movimiento que el aire causaba en mi cuerpo, las pequeñas gotas de rocío que no dejaban de caer y se aferraban a mis cabellos y también a sus largas y oscuras pestañas me hacía estremecer.

No quería bajar, no quería irme; quería ser como las bolas de fuego que volaban en el bosque cada noche, como el cráneo blanquecino de la serpiente, como la sangre seca sobre las piedras. Si la niebla había robado mi alma, la había escondido allí. Sin embargo, debíamos partir, regresar a la escuela, a la normalidad.

Nunca he vuelto a sentir aquello; ningún silencio me ha parecido tan perfecto, ninguna oscuridad tan bella, ningún reflejo tan similar.  Pero a lo largo de los años he muerto varias veces en ese bosque, en esas cumbres, en ese río, en esas piedras.

Mi alma sigue allí, entre las copas de los abetos cubierta por la niebla. Vuela entre las noches sobre las cruces de madera podrida y arde entre los ojos de la muerte; se hizo parte del río y de los murmullos que espantan a los viajeros.

Volveré siendo ceniza, más allá de la cueva del diablo y el nido de las serpientes; volveré para ser tan grande como aquella montaña y tan insignificante como las palabras que uso para describir su magia, seré la canción y el espíritu que la entone hasta el final de los tiempos.

Cuento escrito para el Sol del Bajío / Taller Diezmo de Palabras

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Texto: Paola Klug

Clarita y su muerte

-Puedes orar cuanto quieras; al cielo o a la tierra. Pedirle ayuda a dios, al diablo, a los santos, a los ángeles o a los dioses antiguos; de cualquier manera, tu voz y tus plegarias no serán escuchadas por nadie, se perderán en el viento hasta convertirse en parte de él y recorrerán las estrellas hasta ser un eco más que no tenga respuesta.

No importa cuánto mires hacia el cielo azul, nadie está viéndote a ti. Ni tus fantasmas, ni tus ancestros; todo cuanto has conocido y se ha ido, es ahora ajeno a ti y a tu dolor o tu rabia. Las estrellas están tan ciegas como yo- me dijo.

¿Sabes cómo perdí la vista? – me preguntó tocándose los ojos cerrados.

-No, nunca me lo contó mi madre.

-Era una tarde hermosa Clementina; el sol aún brillaba en el cielo, pero también estaba la luna; redonda y blanca plasmada en el horizonte sobre las copas de los cedros. El aire era frío, estábamos a mitad del invierno y yo lo sentía quemar mis mejillas. Era una niña de no más de diez u once años. Fue entonces que ella apareció.

– ¿Quién abuela?

-Una mujer, la más hermosa que había visto en mi vida. Tenía la mirada dulce de mi abuela y la sonrisa de mi madre. Sus cabellos eran largos y los llevaba sueltos, olían a jazmín, clavel, geranio y flores silvestres. Tardé mucho en volver a oler aquella combinación de flores, fue dos años después de que ella apareció ante mí. Justo en el camposanto el día que enterramos a mi padre.

Me dijo, Clarita… Clarita, no creas en todo lo que tus ojos ven.

Se acercó a mi muy despacio, yo no le tenía miedo, quizá porque me recordaba a alguien. Parecía una buena mujer…

Se sentó a mi lado junto a la hierba muerta y con sus dedos me señaló el estanque que estaba frente a nosotros.

– ¿Qué ves allí Clarita? -me preguntó

-El sol y las nubes- le respondí

-Ahora mira hacia el cielo y dime que ves.

Yo le obedecí y miré lo mismo.

-El sol y las nubes.

– ¿En dónde están realmente niña?

Señalé hacia el cielo.

-Pero tus ojos también ven a las nubes y al sol ahogándose entre las ondas del agua. ¿Entonces en dónde están?

-En el cielo señora.

– ¿Entonces tus ojos mienten? ¿O el sol y las nubes están arriba y abajo al mismo tiempo?

No supe que responder.

-No temas Clarita, en ocasiones es más fácil entender las cosas con los ojos cerrados. Deberás perdonarme por dos cosas ahora niña. La primera es que te sumiré en la oscuridad para que puedas aprender, la segunda es porque en algún momento estarás segura de que te abandoné; pero no lo haré Clarita, volveré por ti y traeré conmigo lo que te he quitado.

De los ojos de aquella mujer brotaron un par de lágrimas, las puso entre sus dedos y humedeció con ellas mis ojos. Desde ese momento dejé de ver…

– ¿Quién era ella abuela?

-La muerte Clementina, era la muerte.

Esta vez era yo la que no sabía que decir. ¿Acaso la vejez y la enfermedad estaban minando la mente de la abuela? ¿Estaría tan débil ya? El doctor había dicho que si le dábamos los cuidados necesarios podría estar con nosotros un par de años más.

-Tampoco hay que creerles a los doctores niña. Ellos no saben todo lo que creen – me dijo mientras me agarraba la mano y sonreía. Sentí un escalofrío, era como si me hubiese leído la mente.

Ella cumplirá su promesa Clementina, vendrá por mi esta noche, pero antes de llevarme me devolverá la luz; después de ver tu cara podré irme en paz. Ahora ve a la cocina y tráeme un poco de café.

Me levanté de la cama y caminé hacia la puerta. Mi abuela se veía en paz, incluso sonreía. La fiebre había cedido.

Mientras el agua se calentaba le marqué a mamá, estaba preocupada por la abuela. Si había algo de verdad en sus palabras y moría esta noche, ella tendría que estar a su lado para despedirla. Marqué una y otra vez sin respuesta alguna, hasta que el agua hirvió y el olor del café se apoderó de la cocina. Tomé una taza y la llené, después regresé al lado de la abuela.

-No te preocupes por tu madre Clementina. Ella y yo nos despedimos hace muchos años y ambas estamos en paz- dijo mientras se reincorporaba de la cama y extendía sus manos hacia mí.

Tomó la taza entre sus manos y le dio un sorbo a su café; después, con un movimiento de cabeza me invitó a sentarme junto a ella otra vez.

-A pesar de estar ciega, mi vida fue más fácil que la de los demás. Ella tuvo razón, la oscuridad me permitió entender más cosas y moverme por el mundo. Extrañaba el azul del cielo, las nubes lilas del atardecer y los granos de café que mi madre tostaba en el comal, pero cada que yo desfallecía y me entristecía, ella regresaba a mi lado y me enseñaba cosas distintas; leer el miedo en la voz y sentir la mentira en las palabras. Aprendí a conocer si ver, a sentir sin mirar y también a amar y odiar sin ser engañada por las apariencias.

Así conocí a tu abuelo y así me enamoré de él. Sentí su fuerza y su cariño sin necesidad de ver su rostro y amé a tu madre sin conocer el color de sus ojos. La amé con cada rincón de mi piel y con cada hebra de mis cabellos; pero supe desde el primer instante que ella no me amaría de la misma forma y nunca la culpé por ello.  No tengo nada que reprocharle a tu madre y tú tampoco debes hacerlo; el amor debe fluir, aunque lastime Clementina, porque cuando se estanca comienza a pudrirse y echa a perder todo a su alrededor. El amor de mi hija, no fue capaz de moverse; así que terminó por secarse con el tiempo. Por eso la dejé ir y ella me dejó ir a mí; solo de esa manera, tu madre podría encontrar su camino y ese sendero la condujo hacia ti. Eso fue lo mejor que nos pasó a las tres.

No quiero que la culpes por nada, ni que te culpes a ti misma. Yo la amo, te amo a ti y estoy feliz de abrazar por fin a mi destino. Cuando tu abuelo murió, quise morir con él. Pasé días y noches enteras rezándole a dios porque me llevara a su lado, cuando me desesperé hice lo mismo con el diablo. No me importaba adonde fuera mi alma ni cuan condenada estuviera siempre que pudiese estar con él; en esos momentos de soledad, desesperación y tristeza ella apareció de nuevo y me confesó la verdad, aunque escuché un temblor en su voz.

Dijo que yo no encontraría a tu abuelo en ningún lado y que solo hay dos seres capaces de escuchar las oraciones que día a día se amontonan en el viento, pero ninguna de ellas puede arrancar de nuestros corazones lo que sentimos y queremos dejar de sentir. Una es la vida, que va tan rápido y tan ligeramente que es incapaz de dar marcha atrás; escucha a lo lejos las peticiones, las llamadas de auxilio, las palabras no dichas a tiempo y el llanto desconsolado de las personas y las confunde con el canto del viento, de las nubes y el sol. La vida no tiene tiempo para mirar hacia atrás ni para cambiar nada de lo que ya está hecho.

La otra es ella, la muerte. Que solo puede mirar y esperar a que llegue su momento; puede ir hacia atrás y hacia adelante, permanecer unos segundos en el instante en el que la buscan y después se esfuma como la espuma del mar. No puede ser sorprendida por nadie. Está hastiada, aburrida, cansada; tan cansada que prefiere no escuchar. Cuando la gente la llama se cubre los oídos y camina hacia otro lado. Después de todo, terminará por llegar aun cuando la gente ya no desee morir.

– ¿Y qué pasará entonces abuela? ¿Qué pasará contigo esta noche? -le pregunté con un nudo en la garganta y los ojos repletos de lágrimas.

-Vendrá por mí y me llevará con ella.

– ¿Adonde?

-Adonde no necesitaré ojos, ni labios, ni manos, ni voz. Adonde sabré todo sin conocer nada; adonde la luz se une con la oscuridad y los recuerdos se disuelven en el aire como el café en el agua. Iré adonde olvidaré todo hasta ser olvidada. A la nada que es el todo, a la espiral que se levanta cada anochecer. Y no debes llamarme ni llorar por mi Clementina, porque no vendré, ni te escucharé, ni te recordaré; no deberás sufrir por mí, porque yo dejaré de sufrir por todo. Fluiré como el agua del manantial de aquella mañana, me ahogaré con el sol, las nubes, la luna y las copas de los cedros. Lo único que se mantendrá de mí aquí, será lo que lleves dentro de tu pecho así que no lo guardes con rencor, dolor ni amargura; hazlo con paz y dulzura, tal y como será mi despedida.

Dame unos minutos para despedirme de la vida y regresa más tarde para despedirme de ti.

Mi abuela me dejó sin palabras. ¿Qué podía yo decirle a Clarita después de eso? Quería llorar, gritar, agarrarme fuerte de sus manos para que no se fuera. Quería maldecir a la muerte, golpearla, destruirla; así de grande era mi impotencia. No quería dejarla ir, pero tampoco quería tenerla atada a mi miedo. Salí de su habitación con las manos temblorosas; no quise mirar hacia la cama, ni escuchar lo que susurraba hacia la ventana. Esas palabras no estaban destinadas a mí y no tenía derecho a escucharlas.

Crucé el pasillo hasta llegar a la sala, en la pared había una vieja fotografía enmarcada en carrizo. Mi abuelo, mi abuela y mi madre de niña aparecían en ella; el abuelo llevaba un sombrero de paja y una guayabera blanca, la abuela un vestido de bolitas y un mandil floreado y mi madre tenía una mueca extraña en su cara que me hizo sonreír. Tal vez en ese momento, aún se querían. Tal vez nunca han dejado de quererse, pero el amor de las dos cambió y se convirtió en algo que no soy capaz de ver ni entender; quizá la abuela tiene razón y no hay que confiar siempre en lo que uno ve sino en lo que uno siente.

Lloré sin querer, despacio y en silencio para no mortificar a mi abuela; minutos después volvió a llamarme. Al escuchar su voz, sentí mucho miedo. Caminé muy lentamente de regreso, queriendo atrapar el tiempo con mis pasos.

Al llegar a su habitación, la encontré de pie junto a la cama con su cabello cano y suelto.

-Acércate mi querida Clementina- me dijo.

Lo hice mientras mis piernas temblaban; no tenía miedo de mi abuela, ni de la despedida sino de la energía que podía palparse en la habitación. La luz estaba encendida, estábamos solas, pero no lo estábamos. Mis ojos me engañaban, pero mi corazón no.

-Lo has entendido hija, no puedes verla, pero sabes que está aquí. Ha venido a buscarme, cumplió su promesa. Pero antes de irme, te quiero ver.

-Pero abuelita…

Ella giró su rostro; sus ojos estaban abiertos. Sentí que el piso daba vueltas y que mi corazón saldría de mi pecho.

Su mirada era tierna y alegre, sus ojos de color azul. Más azules que el cielo en el invierno y que la capa de hielo que cubre las piletas al amanecer.

Me miró y sonrió.

-Ahora lo entiendo todo- dijo acariciando mi rostro.

No tuve miedo de ella porque me parecía conocida, tú tienes la cara de mi muerte y eres lo más lindo que pude ver. Fuiste lo último que vi al perder mis ojos y serás lo último que vea al perder mi vida; serás lo último que olvide y lo que más quiera. Adiós mi niña, sin lágrimas ni lamentos. Déjame ir en paz.

Acaricié su rostro y su cabello y me abracé a ella con fuerza; dejé de sentir miedo cuando dejé de escuchar su respiración. Clarita se fue abrazada a mí, cerré sus ojos con mis manos y besé sus mejillas.

La dejé acostada sobre la cama y salí de la casa sin poder pensar, sin poder sentir. El teléfono sonó un par de horas después, era mi madre preguntando por la abuela. Al responderle nos quedamos las dos en silencio, tampoco eran necesarias las palabras.

A la mañana siguiente la llevamos a enterrar, olí el cabello de la muerte a mi lado. No me quitó los ojos, pero se llevó un pedacito de mi corazón; sé que de mi dolor y mi oscuridad aprenderé cosas, que un día vendrá también por mí y que me llevará al olvido terso y silencioso al que vamos todos cuando nuestros ojos se cierran y podemos comenzar a ver.

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Texto: Paola Klug

Fotografía: Roasting coffee beans de Fran Antmann

Siempre he sentido admiración por las personas que crean mundos distintos por medio del arte; personas con la suficiente sensibilidad, talento y magia propia que son capaces de transformar con la palabra, las notas, las letras, el pincel y sus manos todo y todos quienes los rodean. Santiago Savi es uno de esos seres que pueden hacerlo. Maneja a la perfección cada uno de los colores que lleva dentro de su alma, plasma con tanta facilidad en el lienzo tanto aquellas criaturas místicas que aguardan sigilosas entre los bosques, los ríos y los antiguos templos como los rostros morenos de nuestras mujeres raíz; de esas con huipiles floreados, las de vestidos de manta y las que cubren su pena con el rebozo de la tristeza. Santiago es hijo de Mayahuel y Xochipilli, su alma es mixteca y su mirada jarocha.

Es uno de los artistas que más admiro y una de las personas que más aprecio, también es el padre de este “Nahual pensador” que desde ayer custodia mis sueños.

Por favor visiten su página, encontrarán maravillas en ese, su mundo 🌙🐾

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Juana Baca

La conocí una tarde de julio cuando el viento soplaba fuerte desde la sierra; un rebozo azul cubría sus cabellos negros y parte de su frente. Juana me miraba como el coyote mira al conejo poco antes de encajar sus colmillos en él.

Aún recuerdo su blusa rosa con bordados de flores que combinaba tan bien con su piel morena y su sonrisa mestiza.

-No la mire de frente, capaz que le hace mal de ojo- me susurró la marchanta.

Esa es la bruja del mezquital. Juana Baca, la que vive en el monte dijo, para persignarse después.

Le pagué el puñado de verdolagas frescas y me alejé del puesto y de aquella enigmática mujer no sin antes mirarla de nuevo para recordarla después.

Pocos metros adelante me la encontré de nuevo, estaba parada junto a la panadería de Don Andrés; yo era nueva en el pueblo, no tenía más que un par de meses allí; no me había metido en problemas con nadie y no tenía ganas de empezar con ello.

Bajé la mirada y seguí caminando. Juana me alcanzó.

-Soñé contigo, dijo con su voz ronca. Estaba esperándote desde ayer.

-Creo que me confunde, aquí nadie me espera porque nadie me conoce- le respondí.

-Te equivocas, yo sé quién eres- me dijo esbozando una media sonrisa

Ahora acompáñame que tenemos mucho por hacer.

-Discúlpeme, de verdad creo que aquí hay un error. No tengo nada que hacer con usted porque no la conozco y ya voy tarde hacia mi casa.

– ¿Y qué harás en tu casa si no hay nadie allí? ¿Crees que no te he visto llorar en la ventana aferrándote a tu tristeza y tu soledad? ¿Vas tarde a qué? Puedo ir por ti otro día, pero no tiene caso estar esperando más. Tienes que acompañarme ahora- dijo mirándome como si sus ojos pudieran atravesar mi piel.

Sus palabras me tomaron por sorpresa, me asustaron y me hicieron entristecer. Mi cuerpo entero se rebelaba a la idea de acompañarla, había algo en esa mujer que me erizaba la piel. Caminé rápidamente con el corazón latiendo de forma violenta intentando dejarla atrás hasta que desapareció de mi vista entre el polvo que una mula levantó en el camino.

Cada día la encontraba de nuevo a mi paso; llegó un momento en el que dejé de salir de casa por el miedo a no poder enfrentarla y es que con el paso de los días la curiosidad por descubrir lo que aquella mujer quería de mi fue en aumento. Ya casi no comía y cuando cerraba mis ojos para dormir, era su imagen lo único que se me venía a la cabeza antes del sueño.

No fue hasta después de un mes que cambié el curso de mi destino y acepté seguirla, allá adonde mi alma se perdió para siempre.

Caminamos en silencio la mayor parte del trayecto, dejamos la calzada principal para ingresar a un pequeño sendero rodeado de nopales, mezquites y biznagas. Juana Baca llevaba el rebozo sobre la espalda, el aire nos daba en la cara y pude oler en sus cabellos el dulce aroma de la manzanilla. Ella andaba delante de mí, su caminar era ondulante como una serpiente y ágil como el del venado; anduvimos subiendo entre las piedras del monte, quitándonos del cabello y las ropas las espinas de los huizaches hasta llegar a su hogar.

De adobe y juncos estaba construida su casa; afuera un corral vacío y detrás del pozo se erguía un enorme garambullo. Juana Baca me invitó a pasar con una sonrisa en la cara; adentro había dos petates enrollados junto a la ventana, un fogón al centro y una vieja mesa de madera repleta de pequeñas ollas de barro. El techo entero estaba repleto de hierbas y flores secas volteadas hacia abajo; junto a la pared brillaban un par de cirios de sebo y más allá del metate sobre la tierra roja descansaban un morral de cuero, tres guajes y un viejo mortero de madera.

-Desde hoy este es tu hogar. Arrojarás en el pozo todas tus tristezas para que el agua del Laja se las lleve lejos; no habrán más lágrimas en tus ojos ni más huecos en tu corazón. Desde hoy soy lo único que tienes y eres lo único que tengo. Te enseñaré lo que eres y también lo que soy y cuando me vaya ya no estarás sola porque sabrás estar contigo.

Si en algún momento de mi vida las palabras me faltaron fue en ese; enmudecí y palidecí por igual ante la última luz de la tarde que se colaba por la ventana.

Los días pasaron como las nubes blancas sobre el cielo azul, Juana Baca me enseñó a endulzar mis recuerdos en piloncillo y alimentar a las palomillas que se posaban en la palma de mi mano; hechizamos con mecate y danzamos con las yucas bajo la luna menguante. De ella aprendí la canción del monte y el arrullo suave con la que el viento duerme al lobero antes de ser cortado. Juana Baca me enseñó a llamar la lluvia y a secar la tierra; ella fue la luz de mis noches y la sangre que bombeaba mi corazón.

Recuerdo mirarla junto al fogón mientras machacaba las flores de pirul que encontramos en la Hoya de Cintora; sus ojos soñaban con otros tiempos. Juana Baca estaba atrapada en otro mundo, en otra historia, en otro amor. Casi podía sentir su nostalgia como sentía el calor del fuego u olía la leña quemándose entre las brasas.

Su magia era blanca como el granizo en la montaña y negra como el huitlacoche. Juana Baca era luna y también sol; frágil y dura, tormenta y arroyo.

La última noche que la vi, poco antes de despedirse puso sus labios sobre los míos. Su beso sabía a menta, su piel a cempasúchil; Juana Baca, la bugambilia en mis ojos, la enredadera en mis piernas.

Aquella noche antes del alba enterró sus piernas debajo del garambullo y se echó a volar; Juana de fuego surcó el cielo para perderse como una luciérnaga en la inmensidad del desierto. La vi alejarse más allá de mis ojos, de mis silencios, de mis recuerdos…

Su ausencia era amarga como el xoconostle, pero dulce como el licor de anís.

La busqué durante años entre la sierra y los valles; entre los pueblos y las ciudades. Juana Baca desapareció para siempre.

Con el paso del tiempo la herida se cerró y volví a danzar sin dolor; ella tenía razón, después de todo aprendí a estar conmigo. Volví a llamar a las tormentas y a cantar con los coyotes en la luna llena como me enseñó; poco después tejí mis alas con palmas para volar junto a los tecolotes cuando el invierno tocó la puerta de madera.

Fue entonces que dejé la casa, el pozo, el garambullo y sus piernas; esta vez la que tenía que marcharse mecida por el viento frío de diciembre era yo.

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Texto: Paola Klug

Fotografía: Rodrigo Díaz Guzmán