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Esperanza

Ella debía curarse a sí misma, había olvidado quién era antes de que le rompieran el corazón.  Había nacido sin luz, como el resto de nosotros; enviada a vivir entre la oscuridad y la delgada línea que la divide con el resplandor de la muerte.

Había encontrado su ombligo envuelto con una espiga de trigo de la misma cosecha que usaron para darle su primer atole. Lo sacó con cuidado de aquella bolsa color obispo y lo arrojó al fuego; el pasado debe morir para que el futuro pueda nacer; somos instantes bellos porque no perduramos más que un delicado parpadeo de los ojos del universo.

Había sido la mujer cicatriz; la mujer serpiente que se deslizó entre la suave hierba de las promesas antes de cambiar de piel. La mujer viento que voló demasiado lejos de sus raíces. ¿Quién era ahora? ¿Quién era aquella mujer que se reflejaba entre el agua del cántaro y el pozo?

Tomó con fuerza el ojo de venado, la pluma del gavilán y la salvia blanca; sus ojos negros ardieron como los carbones en el fuego. Todos los días olvidaba una parte de sí misma, ya era tiempo de olvidarlo todo, de olvidarse toda para encontrarse entera.

Se dejó caer en el petate y cerró los ojos. Dos lágrimas por la que fue, dos lágrimas por la que era, una sonrisa por quien sería.

Setenta y siete minutos mientras todo ardía; se levantó y se sacudió las enaguas para dejar en las cenizas su mala suerte. La vela aún estaba prendida, una vez que se acabara y levantaran la cruz en su tumba, ella volvería a nacer; ahora era tiempo de desandar el camino envuelta en la claridad de su nuevo sol.

Texto: Paola Klug

Fotografía: “Panteón” / Manuel Alvarez Bravo

Fantasmas

Hay lugares en donde las voces de otros tiempos susurran entre las paredes: esas que todo lo ven. Espacios atrapados entre lo que fue, lo que es y lo que será; vivo en un oráculo de adobe pintado con cal y techos de barro que por la mañana huele a jazmín y a guayaba, pero cuando la noche cae, solo se percibe el aroma del polvo dejado por los fantasmas que deambulan silenciosos y tristes por los patios oscuros de esta vieja casona de Celaya.

El sol ha evaporado el color del tapiz, pero no los recuerdos guardados celosamente entre los resquicios y las grietas en donde el tiempo corre en círculos como las manecillas sucias del viejo reloj empotrado en la sala.

Es entonces que aparecen las siluetas de los niños que danzan las rondas a través del patio, sus risas -que parecen ecos- retumban en cada dirección hasta que se cubren a sí mismos en un espeso manto de silencio; después se contraen hacia atrás y hacia adelante para quedarse angustiosamente quietos, convertidos en los oscuros cadáveres de su pasado. Ellos crecieron y después se fueron, volaron lejos del árbol como esas golondrinas que anuncian la lluvia, pero al morir, sus almas volvieron aquí quedando atrapadas a medio vuelo entre los mosquiteros oxidados o las cortinas que cubren los ventanales. Ellos volvieron, pero nunca más se pudieron ir.

Más tarde, aparece el fantasma de una mujer y la casa entera huele a sal; la sal de sus lágrimas, la sal contenida en las nubes cargadas con el agua de la laguna y la sal que guarda entre sus puños cerrados; murmura que ha dejado los tamales sin cocer sobre la mesa; maldice y destroza para después llevarse las manos hacia sus cabellos canos, cascadas formadas de noche, de plata y también de sal y de sol; suspira profundamente y después desaparece en el umbral de la ventana llevándose con ella su aroma. Iracunda, loca, triste y sola.  A veces barre los pasillos enfundada en un sucio rebozo verde o apalea de un lado a otro la tierra negra del bordo hasta que el repique de las campanas de la parroquia la hace desaparecer poco antes del alba.

De vez en vez, llega el anciano. La sombra del hombre que quizá alguna vez fue; camina encorvado, como si la culpa, la vergüenza y el dolor le siguiesen pesando. Su mirada está apagada y en sus manos solo se dibujan las viejas arrugas de un pasado que su alma se negó a abandonar. Llega hasta el rincón del pasillo y después regresa hasta la puerta; no hay palabras, ni susurros, ni suspiros que le traicionen; está solo con su silencio, solo con sus secretos.

A veces siento miedo, a veces tristeza y compasión. Los miro, uno a uno. Sé sus nombres, sus historias, la razón por la cual están aquí y me pregunto si ese también es mi destino. ¿Vagará eternamente mi alma entre los patios y bodegones? ¿Se escucharán mis risas o mis lágrimas entre las vigas de madera y las abandonadas chimeneas? La casa no me responde, tampoco los fantasmas que viven conmigo en ella.

La madera cruje mientras el zarzal canta; huelo el naranjo, huelo el mar, huelo sus muertes, pero la mía no aparece: No quiero morir, solo quiero dejar de ser.

Ellos no quieren desaparecer, por eso están esta noche conmigo. Tienen miedo a volverse aire, polvo, fuego, lluvia; por eso están parados detrás de mí con las velas alumbrando sus rostros mientras escribo. No son fugaces como las estrellas que caen sobre nuestras cabezas, son inmortales… como el dolor, como el amor, como la traición, como la muerte.

 

Texto y Fotografía: Paola Klug

Chipotlearte

Chipotlearte es un increíble proyecto creado por Dafne González Paz, una maravillosa mujer mexicana en cuya sangre fluye el talento y el amor por nuestra cultura. Ella inició su aventura en Argentina; estando lejos de su tierra y su familia comenzó a inspirarse y a crear las más bellas piezas artesanales, mismas que le valieron el reconocimiento de la embajada mexicana en Argentina por difundir nuestra cultura en el sur.

Cada pieza de Chipotlearte es encantadora; todas llevan plasmadas el amor, el color y la magia de nuestro país. Ya sea en su joyería artesanal o en sus accesorios decorativos, podrás hallar un pedacito de México creado y pintado a mano para llevar en el corazón.

A continuación, les mostraré algunas de las bellísimas piezas que pueden encontrar en Chipotlearte y debajo de las fotos, les dejaré los datos de contacto de Dafne para que puedan adquirir sus creaciones y ayudar a difundir nuestro comercio local.

Ella es un ícono de nuestra cultura, la imagen más recurrente de día de muertos. La Catrina, la Garbancera, la flaca o la dientona es parte de nuestra vida durante todo nuestro sendero. En Chipotlearte encontrarás muchas catrinas increíblemente hermosas, puedes personalizar la tuya y se puede usar como adorno durante todo el año en cualquier lugar.

Los collares de Chipotlearte son encantadores ¡y hay para todos los gustos! Estos son mis favoritos:

Por último y no menos importante: ¡Imanes para cocina! ¿quién no quiere ver la carita feliz de una catrina al abrir el refri? Un caracol marino (que amo con toda el alma) y un par de aretes con los catrines más guapos, elegantes y revolucionarios del mundo. ¿No los aman?

 Recuerden que tan importante es apoyar a nuestros artesanos, no solo comprándoles justo sus artículos, también ayudando a difundir sus creaciones, porque ellos están llevando el nombre de México por lo alto. ¡Un abrazo!

Datos de contacto:

FB: Chipotlearte Mèxico

Tienda online: www.etsy.com/mx/shop/Chipotlearte
Mail: chipotlearte@hotmail.com
Pinterest: www.pinterest.com/chipotlearte
Instangram:www.instagram.com/chipotlearte
Flickr: www.flickr.com/photos/chipotle_arte

Entrevista en TV Lince

¡Súper contenta de poder asistir a este programa! Lo realizan jóvenes estudiantes del Instituto Tecnológico de Celaya; son muy lindos, divertidos y atentos. ¡Espero les guste!

Dedicado a los alumnos de la Telesecundaria 679 de San José Iturbide y al profesor Alejandro Almanza. Gracias por su amor, siempre los tengo en mi corazón.

I

Su madre murió de resultas cuando ella nació; el único recuerdo que tenía de ella era el olor a hierbabuena. María Jerónima siempre creyó que así olían los cabellos de su mamá.

Don Bernardo- su padre- la llevó a la Escondida con su nueva esposa unos meses después y es que a los hombres no les queda la viudez, no saben qué hacer con la ropa sucia, el comal caliente y los hijos para criar. Ella se llamaba Cilia, era una mujer rechoncha, de cabello crispado y pecas en la cara; Doña Cilia no quería a María Jerónima y se ganó el amor de su padre a la mala: con infusiones de puyomate pulverizado en las comidas que le hacía en la fonda; sin embargo, para mal o para peor, tenía que convivir con la muchachita hasta que fuera lo suficientemente grande para darla en matrimonio o mandarla a trabajar a una de las casas de San José Iturbide.

María Jerónima no tuvo una infancia particularmente feliz, pero tampoco triste.  Creció entre sahuaros y nopales, entre bardas de piedra y viejos cedros movidos por el aire frío que el norte llevaba al pueblo cada que la tarde caía.  Sus amigos eran los conejos que corrían de acá para allá en el viejo porche que su papá había hecho con madera y pencas de maguey secas. Aunque también le gustaba platicar con los renacuajos que se movían de atrás para adelante en los pocos charcos que dejaba la temporada de lluvia en aquél lugar. Con los años, las cosas fueron cambiando y durante algún tiempo, María Jerónima tuvo más personas con las cuales hablar y de quienes aprender por la buena lo que Doña Cilia le enseñaba por las malas.

En aquellos tiempos era normal que las mujeres prontas a casarse fueran “depositadas” en las casas decentes para que aprendieran a realizar las labores que sus esposos esperaban de ellas; la casa de Doña Cilia y Don Bernardo era una de esas casas, a final de cuentas él era uno de los alabanceros más respetados en la región y de Doña Cilia nadie podía decir nada malo, excepto María Jerónima a la que nadie le había preguntado nada. De aquella docena de muchachas que fueron depositadas en su hogar, María Jerónima aprendió a cocinar, bordar y usar el telar con destreza; también cantaba viejas canciones de amores perdidos y tejía canastas hermosas con sus pequeñas manos, era cuando las hacía que se sentía en contacto con su madre, con la verdadera: el olor de la hierba buena se alzaba entre el polvo y el viento abrazándola con suavidad.

Una noche cualquiera soñó con ella, estaba allí, de pie junto a su petate mirándola con dulzura. Traía el cabello suelto y un largo vestido blanco.

Se sentó a su lado y comenzó a acariciar su rostro. María Jerónima lloraba, pero no por tristeza ni por dolor. Lloraba porque nunca había sentido el tacto de su madre, porque nunca se había visto reflejada en sus pupilas, ni escuchado su voz. Lloraba porque el amor que sentía la inundaba por completo y la hacía sentir como las flores del garambullo cuando empiezan a retoñar.

-Nunca me he ido y nunca me iré- le dijo.

Tú eres yo y eres todos los que estuvieron antes de ti. Somos la raíz del árbol en el que te convertirás, pero tú debes hacer crecer el tronco y las ramas. Míranos en la luz y en la oscuridad, siéntenos entre el sol y entre la lluvia; míranos María Jerónima y aprende a mirarte a ti misma. Mañana encontrarás tu camino hacia las montañas, allí está tu hogar.

Una vez dicho esto, su madre desapareció dejando en su lugar un ligero vaho que María Jerónima inhaló con profundidad. Cuando el vapor entró en el interior de su cuerpo, la muchacha despertó a mitad de la oscuridad con el corazón latiendo con fuerza.

Miró hacia todos lados espantada; su padre dormía profundamente, sus ronquidos se mezclaban con los de Doña Cilia atravesando la gruesa puerta de madera de su habitación hasta llegar al pasillo. Afuera, un rayito de luna iluminaba pálidamente la tierra. María Jerónima volvió a tenderse sobre el petate, no quería moverse, ni pensar, ni distraerse con nada. Quería retener las palabras de su madre en el interior de su pecho para que jamás olvidara el tono de su voz, ni tampoco su mensaje.

Al amanecer, la humedad lo invadía todo. El cielo estaba pinto, las nubes manchadas de gris y carmín flotaban pesadas en el horizonte.

A Doña Cilia le costaba respirar, el poner las tortillas sobre el comal representaba un esfuerzo tremendo; las gotas redondas de sudor resbalaban por su frente y se perdían entre los pliegues de su cuello.  Doña Cilia le causaba nauseas a María Jerónima aquella mañana y es que después de haber visto a su madre en sueños era incapaz de entender cómo su padre había terminado casándose con ella; aunque claro está, ella no sabía la verdad.

Aquella mañana era especial. María Jerónima se uniría por primera vez a Don Bernardo y a sus compadres en un viaje hacia el cerro del Águila; una vez al año iban a cazar a ese lugar, esa sería la primera vez que ella les acompañaría ya que Doña Cilia se sentía mal. Desde luego, la muchachita no iría a empuñar un arma ni a corretear conejos; a ella solo le tocaba prender un fuego, calentar las tortillas metidas en el tenate y cocinar en las brasas lo que fuera que los hombres hubieran podido cazar en el cerro.

Y así fue que lo hicieron; después de más de una hora de camino, Don Bernardo y el resto de los hombres dejaron a María Jerónima en uno de los claros y se alejaron rumbo a las cañadas dejándola con leña cortada, un pequeño machete y una docena de nubes negras sobre su cabeza; María Jerónima estaba en la oscuridad a mitad del día, había una docena de matices distintos de gris en el cielo dándole un aspecto casi espectral a los troncos de mezquite secos y también a los sahuaros.

Una punzada en su estómago la molestó de repente y los delgados vellos de sus brazos morenos se erizaron de inmediato; estaba sola en un lugar al que apenas conocía y sintió miedo. Dejó a un lado el machete y comenzó a prender el fuego intentando distraerse de su temor. Las llamas naranjas y rojas empezaron a devorar muy lentamente la madera podrida, María Jerónima se llenó del olor del humo negro que se elevaba a un cielo del mismo color. El único sonido que se escuchaba era el de las chispas de leña ardiendo, hasta aquella muchachita se percató de que eso era extraño, no cantaba el tezahuil, ni el aire entre las ramas. No croaban las ranas, ni se oían los pasos lejanos de los cazadores.

Un silbido llamó su atención haciéndola voltear de inmediato; detrás de ella flotaba un delgado y fino polvo entre la luz de un pequeño rayo de luz que se había colado entre las nubes. Si María Jerónima hubiera sido creyente, aquello le hubiera parecido una especie de milagro, pero a sus escasos diecisiete años ella intuía que el dios al que con tanto ahínco le rezaba su padre solo se amaba a sí mismo y no tenía tiempo para nada más que su propia adoración. A su nariz llegó de nuevo el olor del mezquite, pero mezclado con otro olor; uno más profundo, uno más antiguo. Ese olor le resultaba conocido, pero era incapaz de identificarlo ¿era alhelí? ¿garambullo?

El silbido volvió a escucharse de nuevo y esta vez parecía envolver el cerro entero. María Jerónima se puso de pie, tomó el machete entre sus manos y miró en todas las direcciones; cuando su cabeza giró hacia el norte, se encontró con la silueta de un anciano que caminaba hacia ella. Traía un sombrero grande sobre la cabeza y un sarape viejo y roto sobre la espalda; de su rostro colgaba una barba larga y blanca, tan blanca como el corazón de las pitayas. La muchacha dejó de apretar el mango del machete y relajó sus brazos, en su interior sabía que aquél hombre no le haría daño; de alguna manera sintió que era parte del destino que debía afrontar según el sueño que tuvo con su mamá.

El anciano caminó en silencio hasta encontrarse frente a frente con María Jerónima, entre sus manos arrugadas sostenía el cadáver de una serpiente coralillo, misma que ofreció a la muchacha.

-Una ofrenda para el fuego- le dijo.

María Jerónima la tomó con cuidado y se alejó hacia la fogata. Tomó asiento entre la hierba y comenzó a despellejar al animal.

-Veo que no te asusta- le dijo el viejo sentándose frente a ella.

– ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Qué daño puede hacerme si ya está muerta?

El anciano sonrió.

– ¿Y qué sabes sobre la muerte niña?

María Jerónima quitó de un soplido el mechón de cabello que bajaba sobre su frente y miró con seriedad al anciano. Por dentro, seguía sintiendo miedo de él, pero no del cotidiano. No del miedo que le provocaba su padre o sus compadres, no del que alguna vez le provocó el sacerdote de la parroquia ni del que le provocaba Doña Cilia con sus golpes, era un temor distinto, más fuerte, pero uno del que también debía reponerse.

-Solo sé que se llevó a mi madre justo cuando nací. Nunca la he visto, ni escuchado ni olido; jamás se ha aparecido ante mí ni la he visto rodeando el camposanto por las noches. Nunca ha tomado la comida del altar la noche de muertos, ni la he escuchado cantar en las noches de tormenta. No la conozco señor, se fue antes de que yo pudiera verla.

 -Dime algo niña. ¿Te gustaría revivir el momento? De ser posible… ¿te gustaría recordar tu nacimiento y la muerte de tu madre?

María Jerónima se quedó sin aliento; por un instante, solo por un instante sintió que su corazón se detenía. ¿Qué clase de pregunta era esa? ¿quién era ese hombre? Se puso de pie y estiró su brazo hacia el anciano.

-Mi padre no tardará en llegar señor y se molestará mucho si está usted conmigo, por favor llévese su serpiente y váyase por donde vino.

-Tu padre tardará horas en llegar y no te encontrará aquí. Pero niña, aún no me has respondido. ¿Te gustaría? ¡Dime! ¡Te gustaría?

El cuerpo de María Jerónima se sintió pesado, como las veces en que uno despierta a mitad de un sueño y es incapaz de hablar o de moverse; como cuando su papá decía que se le subía el muerto.  La muchacha cayó de bruces a la hierba junto al fuego, no podía gritar, no podía moverse; cerró los ojos y pensó en su madre, en sus cabellos, en la mirada bondadosa de sus ojos, en el olor de su piel. Pensó en decir si, pero las palabras se atoraron en su garganta.

Al abrir los ojos, el anciano estaba hincado junto a ella. Con sus dedos tibios y gruesos puso tizne de la hoguera en la frente de María Jerónima, recitó unas palabras en una lengua que ella no conocía, que jamás había escuchado y después puso su cara sobre la de ella. María Jerónima no podía dejar de ver entre sus ojos; eran nubes, soles, abismos… un vacío en forma de pupila, una pupila que giraba como el gavilán sobre su presa.

Estaba mareada y en la oscuridad; un abanico de palma se balanceaba una y otra vez sobre su frente. Sentía un dolor profundo en las caderas y en el vientre, un dolor que superaba cualquier que hubiese sentido, uno que la desgarraba y le impedía respirar. Entre sus pies ardía una olla repleta de hierbas y alcohol, gritó de dolor y se llevó las manos al vientre para encontrarse con un bulto que se movía repetidamente. María Jerónima gritó con fuerza, trató de incorporarse con dificultad solo para darse cuenta de que ella ya no era ella. Ese cuerpo que tanto dolía no le pertenecía, aunque el dolor era suyo y de nadie más; el olor la trajo a la realidad, el olor del sudor en su frente y su cabello: La hierbabuena.

¿Acaso estaba soñando? ¿Cómo era posible?

Ella era su madre trayéndose a sí misma a la vida y a la vez muriendo.

Veía la sombra de las mujeres que iban y venían a su lado sin poder ver su rostro con claridad, manos que tocaban su vientre, lo empujaban de un lado a otro con la ayuda de un rebozo y abrían sus piernas con delicadeza. Escuchó las palabras de aliento, susurros femeninos que el viento le arrebataba de forma egoísta dejándola sola con su dolor y con ella misma.  Sentía un amargo veneno fluyendo por sus venas hasta llegar a su corazón, sabía a leche amarga, ramas de muralla y hojas de monte calvario; lo sintió en su boca y también en su pecho.

Un silbido se escuchó del otro lado de la puerta, sintió algo que la desgarraba desde su interior y se abría paso hacia afuera; pujó con fuerza, abrió sus piernas y dejó que aquello que también era ella se deslizara hacia la vida.

Las lágrimas llenaron sus ojos, el dolor había cesado por completo. Una de las mujeres tomó al bebé y lo puso sobre su pecho. Cuando el cordón que la unía a ella fue cortado, ella volvió a sumirse en la oscuridad. No pudo ver su rostro, no pudo tocar sus manos ni sentir su olor.

Escuchó el llanto, el golpeteo del agua de lluvia que empezaba a caer, los pasos de Don Bernardo alejándose a la casa de Cilia. Olió las flores de la corona que levantaron cuando su cuerpo fue enterrado, a las mujeres sombras hablándole sobre su muerte tal y como marca la tradición, ya que es necesario hacerle saber al muerto que ya está lejos para que no vuelva nunca.

Durante algún tiempo, María Jerónima experimento más nacimientos y más muertes. Fue su madre, su abuela, su bisabuela y más atrás. Fue cada hombre y mujer que la trajo al mundo y cada muerto que la recibió al nacer.

Después volvió la oscuridad, el mareo, el gavilán surcando el cielo gris, las pupilas del viejo y muy a lo lejos, el canto del tezahuil.

Abrió los ojos para encontrarse recostada en la hierba, allí en el cerro, allí junto al viejo.

-Ahora ya sabes quién es- le dijo él mientras ella se incorporaba.

La muerte son las olas que se juntan en el mar, las chispas de un fuego que jamás deja de arder, el cebo de unas velas que nunca se apagan. Ahora que recuerdas todas tus muertes María Jerónima ¿qué te atará a la vida?

-La imagen borrosa en el agua- le respondió con la garganta seca.

– ¿Qué imagen?

-Entre la vida y la muerte hay un pozo y en el pozo hay agua cristalina, es fría, es limpia. Más todas las veces en que me asomé a ella había un reflejo difuso. No era una sombra, tampoco una luz, era una oportunidad.

– ¿Oportunidad de qué?

 – De ser la corteza, las ramas y flores de mi propio árbol. Ya conozco las raíces, ya puedo crecer sobre ellas.

Una vez dicho esto, el anciano sonrió de nuevo. Ayudó a María Jerónima a levantarse y le tendió la mano.

– ¿Estás lista?

Ella asintió con la cabeza.

Ambos se perdieron en la espesura del monte alejándose cada vez más de los cazadores. Cuando Don Bernardo volvió junto a sus compadres solo encontró el fuego apagado y el machete junto a la leña, rezó durante días, meses y años por el regreso de su hija, pero su dios jamás lo escuchó.

II

Muchos años después, cuando estaba en el lecho de muerte escuchó un silbido, se lo hizo saber a Doña Cilia en susurros, misma que salió inmediatamente del cuarto esperando que fuera el padre que venía a dar la extremaunción a su marido.

Cuando la vieja salió, Don Bernardo encontró a su lado a su hija. Ella no había cambiado ni un poco desde la última vez que la vio, tenía los mismos ojos, la misma piel tersa y la misma mirada dulce de su madre. El anciano se sobresaltó y con dificultad trató de incorporarse de la cama.

– ¿Ya estoy muerto? ¿Has venido por mí?

-Aun no padre y no seré yo quien te lleve adónde vas.

– ¿Dónde has estado hija? ¿por qué tardaste tanto en volver? – preguntó el viejo con los ojos llorosos.

-Lejos y cerca padre; pero nunca me fui, no realmente. Cada noche venía a verte, te veía rezar en tu silla con la biblia amarillenta entre tus manos, veía tus ojos iluminados por las velas hasta que se quedaban dormidos. Te escuchaba respirar tranquilamente y te visitaba en tus sueños.

– ¿Qué estás diciendo María Jerónima?

Don Bernardo se percató de algo al sentarse sobre la cama. Su hija estaba allí y era tan real como él, podía tocarla, escucharla, mirarla y sentirla, pero algo estaba mal; no era solo que los años no hubiesen pasado sobre ella ¿habían sido diez? ¿veinte? María Jerónima estaba allí, pero no estaba su sombra.

Las luces de las velas a su alrededor hacían que cada cosa en la habitación se reflejara en el piso o en la pared, pero a ella no. El hombre podía ver con toda claridad su propia sombra, la de la silla, los huacales y la cama, pero la de su hija no. Sintió escalofríos.

– ¿Tu sombra? ¿dónde está tu sombra?

María Jerónima sonrió.

-No está papá, no la necesito.

– ¿Eso qué significa?

-Las sombras no vuelan, por eso la dejo siempre junto a mis piernas.

María Jerónima se alzó la falda de cuadros hasta las rodillas permitiendo a su padre mirar el vacío dejado en su lugar.

Apretó con fuerza el escapulario que colgaba sobre su pecho y dio un grito que terminó apagándose instantes después de empezar. El sudor más frío de su vida corría hacia debajo de su frente y su corazón palpitaba violentamente.

-Cilia envenenó a mi madre e intentó envenenarme a mí con tu ayuda, aunque tú no eras consiente de eso.  Te quitó lo mejor de tu vida y agotó todos tus años; la amaste por un engaño endulzado con miel y amaranto; no te culpo por ello padre, pero tenías que saberlo antes de marcharte.

Me fui padre, porque era un capullo que jamás abriría a tu lado; me fui porque era un brote al cual Cilia y tú tarde o temprano iban a desyerbar.  Ahora mi nombre es nunca, soy pinole de maíz negro, el silencio en las montañas y el orgullo de mi madre.

Hoy te reunirás con ella y vivirás un sueño del que no querrás despertar jamás.

De nuevo el silbido se escuchó afuera y una ligera corriente de aire hizo bailar la llama de las velas.

Ahora recuéstate padre, que la hora de partir ha llegado – le dijo tomándolo de las manos y acomodando la pesada y dura almohada rellena de retazos con la que el hombre acostumbraba a dormir.

Don Bernardo se dejó caer sobre la cama, entre sus manos seguía sosteniendo el escapulario como si fuera su propia vida que se le podría escurrir entre los dedos. No maldijo ni bendijo a nadie, ni si quiera dio una última mirada a su hija o trató de buscar a Cilia. Sus labios se cerraron por el miedo y la confusión, pero también por la necesidad de descansar y volver a ver a aquella mujer a la que tanto amó; el anciano murió buscando la sombra de su hija en el piso de tierra roja, con los ojos abiertos y con la amarga verdad en su corazón.

María Jerónima no derramó lágrimas por su padre, ella conocía a la muerte y no le temía más. Se quedó junto al cuerpo de su padre por unos minutos, mirándolo como cuando era niña. Besó con cuidado su frente y después se fue.

III

Al otro día ya por la noche, Don Bernardo estaba siendo velado en la casa. Flores blancas rodeaban su cuerpo tendido en el otate con las manos entrelazadas y amarradas con una palma; su ombligo ya había sido tapado con cal, limón y vinagre para evitar la corrupción y su cabeza descansaba sobre un par de tabiques, recordatorio del polvo que fue al nacer y el polvo en el que se convirtió al morir.

Hombres, mujeres y niños de toda la Escondida entraban y salían de la casa para dejar sus respetos al difunto y a la viuda llorosa que estaba sentada junto a él y junto a la cruz de cal bajo el difunto; los ancianos del pueblo habían comenzado a cantar el alabado con los ojos tristes y cansados mirando a su compañero envuelto a medias en la mortaja.

Las flamas de las velas de cebo alumbraban la fría estancia, los sollozos de las mujeres y el llanto de los más pequeños envolvían de dolor y pesadumbre la casa de Don Bernardo.

Aquél momento de intimidad fue roto por María Jerónima, lentamente se abrió paso entre las personas hasta llegar al cuerpo de su padre. Cuando Cilia levantó la cabeza para saber la razón de los gritos ahogados y los murmullos tuvo un desasombro inmediato; el frío le caló hasta los huesos y sintió palidecer los latidos de su corazón. Sufrió un susto meco, según dijeron los que fueron.  No pudo moverse, ni hablar, ni dejar de temblar; las flores rojas entre sus manos cayeron al suelo.

María Jerónima la miró con los ojos del gavilán mientras colocaba sus manos en el pecho de su padre; por un instante que pareció una eternidad, los ojos negros de esa muchacha a la que tanto había odiado se clavaron en su pecho impidiéndole respirar; con dificultad se llevó las manos a la cabeza. Le dolía como jamás le había dolido nada, su rostro de por si ancho, comenzó a hincharse más.

María Jerónima dejó entre las manos de su padre los colmillos de una víbora, la misma que el Padre Tiempo había puesto en las suyas tantos años atrás. Sin decir una sola palabra, se envolvió en el rebozo negro y salió de la misma forma en que había entrado sin que nadie la volviera a ver jamás.

A partir de aquel día, Cilia comenzó su suplicio. Era incapaz de dormir y casi no podía comer, el dolor de cabeza no se le fue jamás y su cuerpo comenzó a decaer con rapidez.  Doña Laureana la atendió durante semanas enteras con ungüento de manteca y ceniza de tortillas  orejonas de comal, contó sus latidos con maíz prieto y la trató usando compresas de tulipán, pero nada pudo salvar a Doña Cilia de su destino y murió sola sin que Doña Laureana pudiera levantarle la sombra:  María Jerónima se la había llevado consigo adonde fuese que se hubiera ido.

A partir de entonces le llamaron La bruja de la Escondida, algunos aseguraban que se había convertido en la luz de fuego que volaba sobre el cerro del águila cada anochecer; otros que se había convertido a sí misma en el tezahuil que cantaba poco antes de que alguien del pueblo muriera; lo cierto es que ahora tendría dos sombras para esconder.

Don Tristeza

La primavera había llegado un par de días atrás trayendo consigo el calor y los colores habituales de la temporada; el sol hacía mella en mi piel ya de por sí morena. Mientras caminaba, vi a los ancianos sentados bajo la sombra, llevaban sus sombreros largos de palma y camisas blancas y arremangadas, sus miradas estaban cansadas al igual que la mía. Las suyas por la edad, por todo aquello que habían visto, probado, comido y vivido; la mía por aquello que se había desprendido de mi corazón durante aquella tarde.

El aire soplaba con tibieza y fatiga entre las ramas del pirul y las bugambilias, también parecía cansado.

Me senté sobre la tierra mirando los retoños de la cebada abrirse paso en ella, a mi lado estaba el agua que inundaba la pequeña represa, una piedra pesada y redonda retenía su paso hacia la parcela. Miré hacia ambos lados para asegurarme de que estaba sola, metí mis pies al agua fría y con fuerza deslicé la piedra hacia un lado permitiendo que el agua fluyera libremente hacia los canales.

Miré detenidamente su paso, para darme cuenta de que me sentía exactamente como ella.

La misma piedra que me había atrapado durante años ahora me hacía sentir desparramada e incompleta sobre la tierra árida y desquebrajada por el calor; ya no estaba ahogada en un río de sentimientos, ahora, las palabras que él había pronunciado unas horas antes, me absorbían haciéndome desaparecer en las entrañas de un vacío profundo y oscuro del cual no sabía escapar. ¿Sería que de todo ese dolor terminaría naciendo una mazorca o un racimo de hierbas silvestres? Mis lágrimas fueron a dar a la tierra como si fueran una promesa más, la única que quizá podría ser cumplida entre nosotros.

Un crujido me hizo voltear, Don Tristeza venía caminando sobre el borde del mezquital. Llevaba puesto un chaleco café que combinaba con el tono sepia de su sombrero, su caminar era lento como el de cualquiera de los otros viejos, pero era más firme. Yo nunca había preguntado la razón de su apodo, uno no hace eso por aquí. Los sobre nombres en este pueblo, los ponen por los motivos más ridículos y más extraños que cualquiera de fuera podría imaginarse y como en la mayoría de los casos, los implicados rara vez saben que son llamados de tal manera, así que jamás se me ocurrió preguntar. Yo tampoco sabía su nombre y cuando me llegaba a topar con él solo nos saludábamos con un movimiento de cabeza, así que Don Tristeza era un misterio para mí, tanto como yo lo era para él.

Limpié mis lágrimas en un intento desesperado de pasar desapercibida, pero fracasé. Sin más, aquél anciano de rostro afable se sentó a mi lado. Nunca había reparado en sus facciones, porque nunca lo había tenido tan cerca de mí. Sus ojos eran verdes y oscuros como las aceitunas maduras, su nariz aguileña se fundía con las líneas curvas debajo de sus labios y su cara estaba llena de arrugas bronceadas como las de cualquier hombre de campo. Viéndolo así, él no me parecía triste, solo sabio.

Extendió su mano hacía mí, ofreciéndome su pañuelo: Un trozo de paliacate que alguna vez había sido rojo.

– ¿Le importa si vuelvo a poner la piedra en su lugar? De otra manera se inundará la parcela y se echarán a perder los brotes.

-No, al contrario. Por favor discúlpeme, no era mi intención ocasionar ningún daño- le respondí moviendo yo misma la piedra para impedir que el agua siguiera su cauce.

El anciano prendió un cigarro y me ofreció uno a mí, lo tomé agradecida.

– ¿Sabe por qué me dicen como me dicen? – me preguntó inhalando el humo del cigarrillo, su olor era tan fuerte como el de un puro.

Negué con la cabeza un poco avergonzada, de alguna forma me sentí descubierta.

-Hace mucho tiempo cuando yo era joven conocí a una muchachita como usted. Ella no era de aquí y pensándolo bien, creo que era de ese tipo de personas que en realidad no pertenecen a ningún lado.

Cuando llegó era feliz, pero al marcharse lo hizo triste. Verá, en aquellos tiempos las cosas eran distintas, los jóvenes no decidíamos nada en realidad, fuéramos hombres o mujeres teníamos que seguir el plan que los adultos habían trazado para nosotros desde poco después de nacer. Cómo nos ganaríamos la vida, donde viviríamos, que heredaríamos y con quienes nos casaríamos, esas eran decisiones ya habían sido tomadas por nuestros padres y si uno no las cumplía con cabalidad entonces estaría deshonrando a su sangre, no eran cosas que uno podía tomar a la ligera ¿me entiende?

Ella llegó aquí con sus padres, era delgada, sonriente y sus ojos parecían dos soles de tanto brillar. Cuando la conocí me enamoré de ella de inmediato, no podía dejar de pensar en su rostro, en su risa y en todo aquello que viviríamos juntos. Tendríamos una docena de chamacos y siempre estaríamos juntos; una tarde parecida a esta, la tomé desprevenida por allá- dijo señalando con sus dedos al camino rural con los huizaches a cada lado.

Me paré frente a ella con todo el valor que pude juntar y le conté mis planes a su lado, ella solo sonrió y después de quedarse callada durante minutos que a mí me parecieron horas, me miró a los ojos y me dijo que no tendríamos doce niños, solo tres. Imagine mi felicidad, y también mi sorpresa- dijo el anciano sonriente.

Desde aquella tarde nos hicimos inseparables, yo iba a buscarla cada mañana a la esquina de su casa y la llevaba hasta la fábrica adonde trabajaba, al atardecer iba a recogerla y la acompañaba por el petróleo para las lámparas, a la botica o a la mercería a comprar lo que su mamá le encargaba; inclusive bailamos un par de piezas en la fiesta de San Isidro, a pesar de mi torpeza.

Don Tristeza sonrió con nostalgia y continuó con su historia:

-Sin embargo, yo ya estaba comprometido a casarme con Mónica de la Cruz. Ella era la hija menor del compadre de mi papá, uno de los pocos ganaderos prósperos de aquellos tiempos; así que cuando mis padres se enteraron de mis nuevos planes de vida, la cosa se puso fea. Me prohibieron ver a la muchacha, tampoco tenía permitido hablarle y mucho menos buscarla. Claro está que yo no les hice caso y busqué formas de mantenerme a su lado, pero mis papás apretaron cada vez más.

– ¿Y ella que hizo?

-Ella aguantó como esa piedra que rodaste. Lo hizo durante meses, hasta que mis papás hablaron con los de Mónica y decidieron adelantar la boda; a los diecisiete años uno ya era un hombre, ya podía responder por una familia y ya se sabía ganar el pan así que no era raro acelerar las cosas cuando estaban en riesgo los planes.

– ¿Lo habló con ella? Le pregunté

– Ya habíamos acordado huir juntos, nos quedamos de ver en el puente que baja desde el Cerro del Culiacán; de allí nos iríamos caminando toda la noche hasta llegar al Valle o a Cortázar y de allí agarraríamos un camión que nos llevara lejos, adonde pudiéramos cumplir las promesas que nos hicimos durante tanto tiempo.

– ¿Y qué pasó entonces? De pronto, la historia de aquél anciano se había vuelto de forma inexplicable la mía también y por un momento dejé de pensar en mi dolor para sentir el de alguien más.

-Mi hermano era un pequeño granuja en aquellos años, él escuchó todo y me delató con mi padre; después de azotarme con el chicote de su caballo me amarró a uno de los postes del corral y obligó a mi madre a dejarme allí hasta el amanecer. Él subió en su animal con rumbo al puente dejándome llorar desconsolado; los vecinos me vieron llorando y desde esa noche me llamaron “el tristeza” … el “don” lo agregaron con los años.

– ¿Qué hizo su papá en el puente? ¿Trajo a la muchacha de vuelta?

El anciano se quedó callado mirando el ligero vaivén de las ramas a nuestro alrededor, una lágrima bajó por sus mejillas hasta caer en la tierra, justo en el mismo sitio donde cayeron las mías.

-Nunca supe exactamente qué le dijo mi padre; solo sé que le rompió el corazón al igual que yo. Le hizo creer que yo la había abandonado y ella se fue, caminando sola los pasos que tendríamos que haber recorrido los dos. Ella desapareció de mi vida durante muchos años dejándome el silencio, el dolor y la ira que ella también sintió al marcharse.

– ¿Y se casó con la tal Mónica?

-No, no me casé con ella. Pero tampoco seguí a la mujer que amaba. Me quedé aquí esperando…

– ¿Ella nunca volvió?

-Si, después de muchos años lo hizo. Justo el día en que me casé con Martina; ella era una buena mujer, una devota de su familia, amable y callada. No tenía la luz ni el fuego de la que siempre amé, pero me daba tranquilidad estar con ella.  Ya casi acababa la ceremonia cuando la puerta de la parroquia se abrió, el rechinido me hizo voltear.

Allí estaba ella, con dos hermosas niñas de cada lado y una más en sus brazos. Tres niñas, tres …

Ya era tarde para volver atrás, ya había hecho una promesa y lo peor es que yo había decidido por mi propia voluntad hacerla. Ella solo me miró, aquellos dos soles en sus ojos se volvieron lunas y después tormentas. La vi desaparecer de nuevo con el rostro lleno de lágrimas, mismas que yo compartí en el altar junto a la nueva mujer en mi vida.

Días después, agarré valor, me embrutecí con el mezcal e intenté hablar con ella, acercarme, decirle lo que pasó en verdad, pero ella no quería verme. Yo había roto nuestro de tal manera que ninguna palabra, explicación o justificación sería capaz de arreglarlo.

Los rumores no tardaron en llegar, ya sabe, la historia de pueblo chico. Supe que después de aquella noche en que mi padre la encontró, ella sufrió mucho, vagó durante meses en diferentes pueblos y ciudades, rodó más de lo que cualquier ser humano debería rodar. Pero siempre me recordó, siempre quiso hacer realidad nuestros sueños y siempre me amó, por eso volvió a este lugar y al hacerlo me encontró viviendo nuestro sueño a lado de otra mujer. ¿Se imagina lo que sintió?

Un par de meses después dejó a sus niñas bajo el cuidado de su madre y caminó hasta la presa del conejo. Alguna vez hablamos de hacer nuestra casa cerca de allí, nunca faltaría el agua en la siembra y siempre habría pan en nuestra mesa. Aquella noche, ella entró a las aguas oscuras y frías para desaparecer para siempre en ellas. Uno de los pastores la vio entrar cuando venía de regreso, trató de ayudarla y al no poder hacerlo vino por ayuda. La buscamos durante días enteros, yo estuve allí por más de un mes tratando de encontrar su cuerpo. Nunca pude despedirme de ella, nunca pude decirle cuanto la amaba realmente.

-Esa mujer… ¿Cuál era su nombre? – le pregunté con los ojos llenos de lágrimas y un nudo en la garganta.

-Esa mujer era Cotita, su abuela.

Para ser justos, debo decir que los dos lloramos a igual medida. Él lo hacía con sus heridas viejas, era un hombre roto desde hacía mucho tiempo, yo lo hacía por mi abuela, por él y también por mi ahora que estaba repitiéndose la historia. El mismo amor, el mismo dolor, las mismas promesas. Aunque él tenía razón en algo, Cotita nunca había pertenecido a ningún lado, su corazón contenía demasiada luz y demasiada oscuridad para este mundo, a veces yo me sentía igual, aunque me faltaba valor para dormirme en el agua como lo hizo ella.

– ¿Y usted? ¿Por qué estaba llorando aquí? – me preguntó con preocupación.

-Ya no me hable de usted, es como si fuera mi abuelo. Oí de su historia toda mi vida, sin saber que se trataba de usted, ni que tan cerca lo tenía-  le dije apretando su mano.

Él me sonrió y después me pregunto porque estaba llorando sentada allí cuando me encontró.

-Lloraba porque él no me ama lo suficiente.

– ¿Lo suficiente para qué?

-Para estar conmigo- le respondí.

Sé que el ama lo que es cuando está a mi lado, pero cuando estamos separados se pierde dentro de sí mismo y se odia por ello, pero está tan acostumbrado a ese odio que no puede dejarlo. La ira pesa más en su alma que el amor que puede sentir por sí mismo o por mí.

Su corazón absorbe el agua, pero de él no brotan más que promesas que se desvanecen a la menor provocación- dije señalando la tierra.

Esta tarde dijo la verdad, fue tan sincero como pudo, eso pude sentirlo, y al principio, no lo niego… al escucharlo sentí alivio, como si al pronunciar esas palabras me hubieran arrebatada una carga muy pesada de la espalda, pero al pasar los minutos, eché de menos el peso de la ilusión porque ya no había nada a lo cual poder aferrarme. No había nada más que este vacío en mi interior que antes llenaba por completo él. Al dejarme sin ninguna esperanza, me sentí huérfana, desnuda, desamparada en medio de un mundo que no podía reconocer sin él.

El anciano me miró con ternura.

– El mundo no finge contigo Alondra.

La vida es corta, por favor no esperes como lo hice yo. Desde luego uno, es incapaz de obligar a los demás a sentir algo, de hecho, es imposible hacerlo hasta con uno mismo; por más que intenté, jamás pude sentir nada más que agradecimiento por Martina. Murió tratando de sanar una herida que por cobardía me hice a mí mismo y le hice a Cotita y ahora mírame, llorando junto a ti por lo que pudo haber sido de mi vida y por todo el dolor que pude ahorrarles a ellas dos.

No luches contra lo que sientes ahora, no tiene sentido porque es una pelea perdida.  Lo amas ahora y probablemente lo ames siempre porque así lo has decidido, pero lejos de lastimarte con su recuerdo, abrázate a ti misma con tu realidad. Seguramente conocerás a otras personas, sentirás otros amores, pero ese que se queda dentro de ti a partir de ahora, te acompañará hasta el último día de tu vida así que hazlo tu amigo, no tu verdugo. Ustedes son algo que no existe más que en un lugar que él quiere desaparecer y tú, por tu propio bien, debes aceptarlo.

Talvez, en el corazón de ese hombre que amas está naciendo ahora otro “Don Tristeza” pero no dejes que en ti resurja la sombra de Cotita. Ahora venga, debemos irnos ya antes de que anochezca.

Se levantó con dificultad y me ayudó a hacer lo mismo; me acompañó en silencio hasta llegar a la casa, aquella a la que hacía muchos años atrás le dio el amor y el dolor más grande de su vida. Antes de atravesar la puerta, miré hacia atrás. Don Tristeza sonreía despidiéndose de mi con la mano para después perderse entre las callejuelas mal iluminadas del pueblo.

Texto y Fotografía: Paola Klug

Grecia Rubio es una de las jóvenes más talentosas y creativas que he tenido el placer de conocer; es creadora de un colorido y hermoso proyecto llamado Rublié Lamat, mismo en el que funde el amor por sus propias raíces familiares con la palabra maya “Lamat” que significa estrella y representa la belleza y el arte, dos virtudes que se encuentran en sus creaciones.

En Rublié Lamat hallarán una gran variedad de accesorios diseñados y creados a mano por Grecia; en ellos encontrarán formas, símbolos y representaciones hermosas de nuestros pueblos originarios combinados con el colorido y el calor mestizo de nuestro lindo país.

En cada una de sus piezas está plasmada el respeto y el amor que Grecia siente por México. La energía que de ella emana, se traspasa a sus creaciones, otorgando sonrisas y un sentimiento de alegría desde que uno los ve. De verdad, hace cosas maravillosas.

Sin más les dejo las fotos de algunas de sus creaciones; como es costumbre, debajo de las mismas encontrarán los datos de contacto de Grecia. Con todo el corazón, espero que apoyen y difundan el proyecto de esta encantadora regiomontana porque está haciendo un esfuerzo tremendo y con cada una de sus piezas, pone el nombre de México muy en alto gracias a su carisma, creatividad y trabajo.

En Rublié Lamat hallarán carteras tan bellas como está; todas pintadas a mano por Grecia. ¿Está de más decir cuanto amo esa canción? En Rublié Lamat también hay porta-lentes y porta-pasaportes para que sin importar adonde salgas, siempre lleves un pedacito de México a tu lado.

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Este lindo llavero tiene incluido un Si´Kuli (Ojo de Dios) un elemento ceremonial sagrado para los wixáricas (huicholes) Por tradición, el Si´Kuli está dedicado a Tate’ Naaliwa’mi si’kuli, la Madre Agua. Una figura escencial en la cosmogonía wixárika; el Si´Kuli protege y bendice; este ojo de Dios está hecho a mano y lo encuentras en Rublié Lamat.

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El ámbar siempre ha sido una pieza especial para los pueblos originarios de este continente; un símbolo de magia, protección y sanación natural. Los aretes de Rublié Lamat tienen ámbar “rústico” es decir, no han sido procesados. Lo que los hace mucho más especiales y sin duda alguna, bellísimos.

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Por último y no menos importante quiero mostrarles esta linda gargantilla de Frida; quién les guste a muchos o no, sigue y seguirá siendo un icono en la cultura popular mexicana. Los colores, las formas y los trenzados alrededor de su cara (también hecha a mano) con una muestra del más hermoso arte mestizo

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Rublié Lamat está ubicada en Monterrey, pero hace envíos a toda la república mexicana así que no hay excusa para no hacerse de una de sus bellísimas creaciones. ¡Sigamos apoyando el comercio local y dándoles un lugar especial en nuestros hogares y corazones a diseñadores, artesanos y productores tan increíbles como Grecia!

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Datos de contacto:

Mail: greciarublie@gmail.com

FB: Rublié Lamat (bazar)