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Imagina una empresa mexicana en donde las sensaciones, el amor por el cine y la literatura y todos aquellos olores que son capaces de remitirte a los recuerdos más dulces que tienes, sean capaces de mezclarse y caber en un solo frasco de cristal. A eso puedes agregarle que toda esa magia es creada por una madre y una hija que comparten el mismo sueño, la misma sangre y el mismo linaje.

Ellas crean velas aromáticas de forma casera; cada una vertida a mano y hechas con cera de soya. Entre las dos seleccionan los libros, películas y series que las inspiren a crear, buscan los ingredientes que sus corazones asocian con la obra y terminan haciendo de una vela toda una experiencia creativa, artística y maravillosa.

Yo conocí a Clara y a Natalia gracias a una amiga muy querida y desde el primer instante me enamoré de su trabajo; así que pensé en algo… ¿Qué olor tendrían las Brujas Morenas de mis Relatos? Lo primero que se me vino a la mente al cerrar los ojos fue el mazapán, también el café, la tierra, el maíz y la canela y fue así que nació “La Antigua” la primera vela aromática inspirada en mis propias brujas. Tiene el color de la tierra y el olor del primer café de la mañana, antes de que el sol salga y los gallos comiencen a cantar, huele a ese café de olla que solo puede disfrutarse en el campo y en la orilla de la playa.

 Esta vela no sería posible, no existiría, no traería luz a mis noches frías y brumosas sin el trabajo de este par de artistas; algo que siempre les agradeceré. “La Antigua” lleva el nombre de uno de los cuentos que vienen en mis Relatos de las Brujas morenas; mismo que está inspirado en una mujer llamada Luna, ella es capaz de absorber el dolor de los demás tanto como es capaz de transferir a otros su tristeza por medio del tacto. La magia de Luna la vuelve solitaria y en “La Antigua” quedó plasmado a la perfección el silencio de su vida y el lugar adonde caminó: Antigua, un pueblo mágico de Veracruz.  Ya sea que hayan leído los Relatos o no, el poder disfrutar del olor de “La Antigua” que Interludio: Aromas que inspiran logró captar en un frasco valdrá toda la pena.

Pero eso no es todo, entre las otras velas que encontrarán en Interludio: Aromas que inspiran está la famosa cerveza de mantequilla de Harry Potter (Caramelo de Canela) y la vela Pan de Muerto (con la fragancia de aquellas personas que te han inspirado en vida)

¿Quieren saber más? Hay velas de Amelie, El señor de los Anillos, Hansel y Grethel, Cumbres Borrascosas, novelas románticas, Jane Austen, El amor en tiempos de cólera, Como agua para chocolate, El libro de la Selva, el amor, los lectores, el café, los finales felices, Moby Dick, El Principito ¡y muchas más! Los invito a seguir a Interludio: Aromas que inspiran y también a apoyar a estas increíbles mujeres, a fomentar su trabajo y claro está ¡a comprar La Antigua!

Sus precios son súper económicos, la calidad de las velas es impecable y el trabajo que desarrollan en la creación, diseño y elaboración de estas velas caseras es impresionante. La fragancia de sus velas dura horas aún cuando las hayas apagado, su olor se mete dentro de tu corazón y te hace sonreír. Te lo prometo.

Apoyemos y amemos lo hecho en México por manos mexicanas.

Interludio: Aromas que inspiran hace envíos nacionales

Contacto:

FB: Interludio: Aromas que inspiran

IG: interludioshop

Mail: interludioshop@gmail.com

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Entrevista realizada en el programa Comunidad 1080 de Radio Mexiquense con respecto a mi libro “Mictlán”

Pedidos e informes: paolamklug@gmail.com

En Mictlán encontrarás 17 cuentos de mi autoría inspirados en esta hermosa y mística celebración de origen mexicano. Cada uno de ellos nació entre la flor de cempasúchil, el café y la caña. Mictlán es un libro de edición de autor, tiene un costo de $200 (Más gastos de envío).

Pedidos e información: paolamklug@gmail.com

Te esperaré

Te esperaré aquí, entre las flores y las velas, entre las luces los y cantos. Te esperaré sentada, hasta que el polvo se disipe y las lluvias se vayan, limpiando la tristeza de las calles a su paso.

Te esperaré en la casa que huele a caña, que huele a atole, que huele a ti; y no habrá más tierra en mi garganta, ni lágrimas que nublen mis ojos. Te esperaré aquí, adonde teníamos que vernos antes, en otra tarde, en otro tiempo.

Te esperaré bajo las nubes y el papel picado; entre el caramelo, el chocolate y el café. Te esperaré aquí, hasta que las luces de neón se apaguen y se prendan los cirios. Entre los rezos de los ancianos y las abuelas y las miradas cristalinas de los niños. Y vendrás sin miedos y ya no habrá más gritos.

Y pondré un círculo de sal que proteja tu alma y pondré un vaso de agua que refresque tus sueños; hasta que vuelvas tú, hasta que vaya yo, hasta que volvamos a estar juntos.

Te esperaré porque sé que volverás, así como todos han vuelto.

Te esperaré aquí, entre las flores y las velas. Entre las luces y los cantos…

Texto: Paola Klug

Memo Vasquez Fotografía / “La luz de la promesa”

IN MEMORIAM / 19 SEPTIEMBRE 2017

IN MEMORIAM / 19 SEPTIEMBRE 2017

El secreto de Cándida

Cándida llegó a mi vida cuando yo era muy pequeña aún; con el tiempo se convirtió en parte de mi familia; no sabría decir si era mi abuela, mi madre, mi hermana o mi hija porque parecía ser todo a la vez.

Tenía un andar lento y una sonrisa discreta, ambas cosas estaban relacionadas con los golpes que le propinaba su esposo, aunque ni con todas las patadas y manoteos fue capaz de quitarle aquél brillo travieso que se asomaba en el par de capulines negros que tenía por ojos… ¡aunque vaya que lo intentó!

Cuando juntó el valor suficiente para abandonarlo, Cándida se refugió en nosotros y nosotros nos refugiamos en ella. Con el paso del tiempo, sus canas se volvieron amarillas y las arrugas aparecieron en su rostro marrón. A veces, ella era dulce como la limonada azucarada que nos daba cuando teníamos tos, pero en ocasiones era amarga como la salsa de xoconostle que hacía cuando estaba de malas.

Aún recuerdo su rostro iluminado por el fogón; sus manos regordetas y arrugadas iban de un lado para otro entre la mesa, buscando ollas, cubiertos, hierbas; pasaba de aquí para allá con el metate y el molino, con la flor de calabaza y las hojas de almendra.

Cándida me enseñó a cocinar, pero había un secreto que siempre se guardó: Cada Navidad sin falta, se metía a la cocina poco antes del amanecer cerrando la puerta con candado tras de sí. Adentro guardaba el maíz blanco, el perejil, los chiles guajillos y el ajo; en la mañana escuchábamos el picoteo del cuchillo sobre la madera y poco antes del mediodía se oía el último cloqueo de las gallinas antes de morir. De vez en cuando, Cándida tarareaba una canción para después sumergirse en el silencio y en el vapor de la olla.

Mi hermano y yo jugábamos afuera de la cocina, nos asomábamos de vez en cuando entre las rendijas de madera podrida esperando ver lo que Cándida hacía, pero su grueso mandil azul lo cubría todo, entonces perdíamos el interés y salíamos a correr al campo hasta que llegara la hora de prepararnos para la misa de Gallo. Cándida nunca nos acompañaba, siempre decía que su dios, su virgen y sus santos los encontraba solo en la cocina y aunque a mi mamá le molestaran tales afirmaciones, nunca intentó obligarla a ir a misa.

Cuando regresábamos de la parroquia y llegaba la hora de cenar, Cándida abría la puerta de la cocina y el olor a pozole llenaba cada rincón de nuestro hogar; ella servía cada plato y nos miraba comer con una infinita alegría plasmada en su cara. Cándida era feliz viéndonos comer, pero lo era más cuando mi madre y las mujeres del pueblo le pedían la receta del pozole y ella lo negaba.

-Es un secreto que se irá conmigo hasta la tumba- decía complacida consigo misma.

Durante años, Cándida fue fiel a su promesa. La llevaban de un lado para otro en el pueblo, de una cocina en otra preparando pozoles secretos y haciendo felices a otras familias, sin que ninguna mujer supiera nunca que era lo que lo hacía tan especial.

Todo cambió cuando mi hermano volvió de la ciudad del brazo de Filomena; ella era su esposa. Una joven de cabellos rubios y sonrisa grande; sus ojos eran del color de los rayos del sol en cualquier amanecer de invierno y sus manos pequeñas como las de un niño. Filomena era ágil, amable y gentil y todos en casa nos prendimos de ella de inmediato, Cándida no fue la excepción.

Con el lento pasar del tiempo, León tuvo que irse de nuevo a trabajar a la ciudad y se llevó a Filomena con él. Fue durante la despedida que Cándida le tendió una carta, colocándola cuidadosamente entre sus blancas manos. En aquél pequeño pedazo de papel estaba escrito el secreto que guardó de todos durante tantos años.

Cándida le entregó a Filomena la receta de las sonrisas más lindas de mi hermano.

Las nubes, los soles y las lunas pasaron desde aquella mañana. Vimos venir las estaciones con todos sus cambios; llegó la primavera con los retoños de rosas, higos y granadas, el verano con sus aires y tormentas y cuando llegó el otoño y todo empezó a morir, mi hermano también lo hizo.

El ocre en la tierra y el carmín en el cielo cubrieron nuestro duelo; ningún otro atardecer me pareció más triste, más doloroso y más bello que el de aquél día. Cándida y mi madre lloraron hasta quedarse dormidas, yo solo enmudecí, morí un poco como ellas, como Filomena, como las flores del jardín.

Ella volvió con el rostro pálido y la mirada perdida; parecía más pequeña, más frágil, más rota.

Nunca le preparó el pozole a León, después del funeral se fue llevándose consigo el secreto.

Ahora, Cándida se ha ido, mi madre también. Yo solo tengo los recuerdos de algo que probé, de las sonrisas que compartí, de lo que la muerte se llevó y del secreto que jamás conocí pero que recordaré siempre…

Texto: Paola Klug

Fotógrafo: Desconocido / Tomada de Tumblr

 

 

Este libro que incluye 13 historias diferentes sobre mujeres mágicas, místicas, pero sobre todo humanas. Son historias de las Brujas color de la tierra, hijas de la luna, la lluvia y el viento.

Costo : $200 más gastos de envío.

(Envíos nacionales e internacionales)

IG: Paola Klug

 Ventas e informes: paolamklug@gmail.com

Esperanza

Ella debía curarse a sí misma, había olvidado quién era antes de que le rompieran el corazón.  Había nacido sin luz, como el resto de nosotros; enviada a vivir entre la oscuridad y la delgada línea que la divide con el resplandor de la muerte.

Había encontrado su ombligo envuelto con una espiga de trigo de la misma cosecha que usaron para darle su primer atole. Lo sacó con cuidado de aquella bolsa color obispo y lo arrojó al fuego; el pasado debe morir para que el futuro pueda nacer; somos instantes bellos porque no perduramos más que un delicado parpadeo de los ojos del universo.

Había sido la mujer cicatriz; la mujer serpiente que se deslizó entre la suave hierba de las promesas antes de cambiar de piel. La mujer viento que voló demasiado lejos de sus raíces. ¿Quién era ahora? ¿Quién era aquella mujer que se reflejaba entre el agua del cántaro y el pozo?

Tomó con fuerza el ojo de venado, la pluma del gavilán y la salvia blanca; sus ojos negros ardieron como los carbones en el fuego. Todos los días olvidaba una parte de sí misma, ya era tiempo de olvidarlo todo, de olvidarse toda para encontrarse entera.

Se dejó caer en el petate y cerró los ojos. Dos lágrimas por la que fue, dos lágrimas por la que era, una sonrisa por quien sería.

Setenta y siete minutos mientras todo ardía; se levantó y se sacudió las enaguas para dejar en las cenizas su mala suerte. La vela aún estaba prendida, una vez que se acabara y levantaran la cruz en su tumba, ella volvería a nacer; ahora era tiempo de desandar el camino envuelta en la claridad de su nuevo sol.

Texto: Paola Klug

Fotografía: “Panteón” / Manuel Alvarez Bravo