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La Sal y el Pozo

 

Estrella había perdido su camino varias veces ya; aquella mañana soleada se quedó parada a mitad del cruce mirando los dos senderos que tenía frente a sí.

A su lado derecho, había un camino recto en el que los pasos de muchos antes que ella, habían trazado el rumbo sobre aquella árida tierra. A su lado izquierdo se extendía una senda inhóspita que terminaba perdiéndose entre la hierba y los cactus que se alzaban majestuosos -mucho más altos que su cabeza. Estrella sabía que lo que estaba buscando tenía que estar escondido; no había manera alguna de llegar a él con facilidad, así que, en realidad, no había mucho que pensar.

Dio una última mirada a la derecha y suspiró, perdiéndose a sí misma de nuevo entre la maleza.

Durante el trayecto, Estrella pensó en todo aquello que la había llevado a ese preciso momento en su vida: Pensó en su sangre enmohecida de tan poco correr, pensó en los otros caminos que hacen los que migran- tal como lo hizo ella y pensó en el amor que se había extinguido adentro de su corazón, tal como lo hace el ocote carbonizado en el fogón de una cocina.

Estrella lloró un poquito mientras caminaba, porque sabía que ese camino acabaría con ella y es que cuando uno decide caminar por aquí, deja todo lo que uno fue y todo lo que uno es sobre la tierra, y los recuerdos que uno lleva se quedan prendidos entre las espinas de los nopales, para que cuando llegue la lluvia se evaporen en el sol y se conviertan en los susurros del mundo.

Mientras pensaba en ello, un alegre ladrido la sorprendió. Unos metros adelante de donde estaba, brincoteaba un perro de cola esponjosa y orejas largas; su ladrido no era más que un saludo y es que Ombligo siempre es amable con los que llegan porque conoce su dolor, yo estoy segura de que lo huele en el aire.

Más allá de Ombligo está levantada mi casa y a mitad del patio, el pozo que marca el final del camino.

Cuando Estrella llegó junto a mí, aún tenía los ojos hinchados por el llanto y sus labios se apretaban uno contra el otro tratando de silenciarse mutuamente.  La recibí con una sonrisa y una mirada amable- eso lo aprendí de Ombligo-

-Buenos días- me dijo- a pesar de que ya eran más de las cinco, y es que la pena nubla hasta el tiempo que corre por nuestra piel, por eso los que sufren lo hacen sin miramientos durante semanas, meses o años.

-Buenas tardes- le respondí señalando el sol en el cielo.

Estrella lo miró y me sonrió con timidez como queriendo disculparse por no poder ver más allá de ella.

– ¡Anda niña, ven aquí! hoy apretó mucho el calor. ¿Quieres un poco de agua?

Estrella dijo que sí con la voz entrecortada por la tierra acumulada en su garganta.

La dejé sentada en la silla del portal sacudiéndose el polvo de sus cabellos ondulados, sus ojos permanecían fijos en el pozo, la sal y las flores a su alrededor, pero no dijo nada.

Saqué agua fresca y se la di en un cuenco de madera. Estrella lo tomó entre sus manos y la bebió sin pestañear ni una sola vez.

-Gracias – dijo al terminar, secándose con el brazo el agua vertida en su cara.

Me senté a su lado en la otra silla y nos quedamos calladas mirando hacia afuera, y es que el paisaje aquí no es basto, pero alcanza para distraer a las almas con cosas más bellas que su propio dolor.

Frente a nosotros estaba el monte, rodeado de pequeñas casas de adobe y tendederos. De la chimenea de la panadería se elevaba dulcemente una delgada línea de humo blanquecino que impregnaba el pueblo con olor a masa y piloncillo.

-Sé porque estás aquí y espero que tú también lo sepas- le dije rompiendo el silencio.

Estrella no me respondió con palabras, pero lo hizo al quedarse quieta.

-Hace muchos años estuve en ese mismo lugar ¿sabes? Era incapaz de sostener los pedazos rotos de mi corazón. Cada amanecer y cada anochecer, era él lo único que venía a mi cabeza.

Cientos de porqués lanzados al viento sin respuestas, cientos de lágrimas cayendo sobre mis pies; y entonces, una noche subí allí, a lo alto del monte mientras todo el pueblo dormía.

Estrella me miró con curiosidad.

– ¿Y qué hizo?

-Hable con él y no fue fácil hacerlo.

– ¿Él estaba allí?

-Esa es la cuestión- verás, hay personas que están siempre contigo, aunque no lo estén ¿O no es eso lo que te trajo aquí? – le pregunté.

Asintió con tristeza.

-La noche era fría, muy fría y mis brazos no dejaban de temblar, pero conforme las palabras salieron de mi boca, mi sangre comenzó a calentarse; la ira, la rabia, la decepción, todas se incendiaron dentro de mí y el frío desapareció.

¿Por qué lo hiciste? – le pregunté

Te dejé entrar y creciste en mí y te dejé envolverme; y te vi llorar y te vi reír y cubrí con flores todas tus mentiras.

Estuve allí, zurciendo cada herida que el pasado había realizado en tu corazón y limpié de tu rostro cada lágrima que lloraste a escondidas; hiciste que tu noche oscureciera mis mañanas y aun así te amé, con todos tus defectos, tus secretos y tus fallas.

Y te amé y me amé por ti, amé por los dos ya que eras incapaz de amar a alguien más que a ti mismo. Y cuando entendí que mi amor no podría cambiarte seguí allí, te sostuve en las caídas y me mentí mil veces a mí misma- aunque eso es culpa mía.

Te creí, soñé contigo y soñé por ti e hice de tu dolor mi dolor y de tu angustia la mía. Y, aun así, te fuiste.

Te vi morir dentro de mí, lenta y dolorosamente. Un adiós silencioso hizo que en la despedida cayeran las máscaras- la tuya y la mía. Y cuando vi tu rostro desnudo y callado, ya no te reconocí. Y entendí que tú nunca me habías amado porque no me conocías y entendí que lo que yo amaba en ti, era algo que no existía.

Los ojos castaños de Estrella se llenaron de llanto al escucharme, pero yo continué hablando, no porque no me importara su dolor sino porque ya lo conocía.

-Él no respondió nada porque a veces, el silencio lo dice todo- le dije

Y fue hasta que lo entendí que bajé del monte y cuando bajé del monte, todo el pueblo habló de mí. Pero yo ya sabía que las palabras no importaban, no más que las acciones.

Y día a día, ellos venían hasta aquí a pisar mi jardín y robarse mi agua sin disculparse o darme una explicación- le conté mientras señalaba al pueblo.

¿Sabes por qué lo hacían? – le pregunté

-No- me respondió confundida

-Porque a la gente le gusta despedazar a los heridos. No aceptan el dolor porque temen sufrir y ese miedo lo hace crueles; si sufres y lo notan, no sufrirán contigo. Fingirán sonrisas mientras pisan lo que queda de ti.  Así que una noche mientras miraba las estrellas se me ocurrió una idea: Rodeé mi pozo con sal y flores y desde ese mismo día en la mañana, ellos dejaron de venir.

¿Sabes por qué?

-No- respondió de nuevo.

-Cambié de lugar su miedo.

Ahora creen que el agua del pozo está maldita y que lo los embrujaré. Ya no se acercan al jardín, ya no se roban mi agua; ya no le temen a mi dolor, ahora me temen a mí.

Estrella sonrió al entender las palabras.

– ¿Y bien? ¿Estás lista?

Ella miró fijamente el reflejo del pozo y del monte y del pueblo en un charco que la lluvia había hecho mientras hablábamos. Sonrió de nuevo y se puso de pie.

-Lo estoy.

Ombligo caminó hacia ella y lamió sus manos cariñosamente; yo también me puse de pie.

Ombligo, Estrella y yo caminamos hacia el pozo mientras la lluvia caía sobre nosotros.  Hice que se sentara en la orilla de la piedra negra y cerrara sus ojos.

Tomé la jícara, la llené de agua y la arrojé sobre su cabeza. Y es que yo creo que uno nace y muere muchas veces mientras camina por aquí, unos renacen en fuego, otros con la tierra, otros por la pura voluntad de su corazón. Estrella por su parte solo, necesitaba un chapuzón para empezar de nuevo; después del bautizo, agarró camino al monte para despedirse de su propio muerto.

No la volví a ver por aquí, pero no era necesario hacerlo; el pozo me contó que encontró a su propio Ombligo y que ahora vive bien entre su cerco de sal y flores.

Texto: Paola Klug

Fotografía: Fran Antmann

 

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El Susurro

Hay tantas formas de caer de la gracia de dios que sería imposible enumerarlas todas, su castigo es tan certero como el filo del látigo con el que el destino golpea al pecador. Yo caí de ella, profunda y hondamente. No lo pedí, por supuesto, ni tampoco lo busqué, pero igual terminé cayendo y al hacerlo me convertí en algo que nunca pensé ser, algo que estaba alejado de todo aquello que había querido para mí, pero eso es algo que me ha enseñado esta vida: lo que está hecho para uno, llegará, tal y como lo hace el rayo en la copa del árbol o el granizo en el trigal y es que para que exista luz en el mundo, también debe hacerlo la oscuridad.

Mi padre había muerto poco tiempo atrás y con él se había llevado todo lo que yo conocía y poseía; a mi madre jamás la conocí, ella había partido de este mundo también, justo cuando yo di mi primer respiro. Mi abuela siempre dijo que yo le había arrebatado la vida.

-Ella la chupo toditita- decía con las cuentas del rosario de madera entre las manos.

Desde que la engendró hasta que la trajo al mundo ¡Cuánto sufrió mi muchachita! Esa chamaca nació con la sangre de Caín, está maldita hasta los huesos- decía

Mi padre la mandaba a callar, pero poco se podía hacer para lograrlo. La serpiente decidida a morder, lo hacía sin temor al machetazo.

Ella también murió; completamente sola y acurrucada en la cama. Recuerdo que despedía un olor nauseabundo, como el de los perros que llegué a encontrar hinchados en la orilla del río. Sus ojos estaban tan abiertos como si fueran platos y su boca fría y arrugada estaba abierta también, como si la muerte hubiera llegado por ella antes de que el grito que tenía atorado en la garganta pudiera salir. Yo me quedé mirándola por mucho tiempo antes de avisarle a mi padre, antes de avisarle a nadie que ya se había muerto Catita. Miré una a una las zanjas que el tiempo había abierto en su piel seca, vi como la poquita luz de sus canas se fue disolviendo hasta desvanecerse en la madeja de cabellos enjutos que caía hasta llegar a la almohada.

A su alrededor revoloteaban un par de moscas; iban de aquí para allá desde su cabeza hasta sus pequeños pies tapados por la cobija. Me imaginé que tardarían un par de días en aparecer sus huevecillos en el interior de Catita, que de sus entrañas secas brotarían cientos de miles de larvas que terminaría dando a luz tres metros bajo tierra. Los gusanos serían sus nuevos hijos y su mandíbula desdentada podría volver a sonreír al sentir la vida germinando de nuevo entre sus huesos.  En eso estaba cuando llegó papá y al ver la escena me obligó a salir y llamarle a Doña Meche para que fuera por el doctor del pueblo y diera aviso a la autoridad.

Nunca supe si los gusanos pudieron nacer de Catita, pero en las noches me consolaba pensando que sí y que le gustaría ser la madre de las larvas de mosca, porque bien se lo merecía.

Años después se fue papá y su muerte no fue tan tranquila. Alguien prendió fuego a la casa de Doña Meche con los dos adentro; no fue un accidente, todos lo supimos debido al fuerte olor de gasolina.

Los encerraron por fuera y ambos ardieron hasta convertirse en cenizas. Don Carlos, el esposo de Doña Meche, jamás volvió al pueblo y nunca más se supo de él. Y así fue que quedé sola en el mundo; sin madre, ni abuela, ni padre ni parcela. Esa última se la quedaron mis primos, porque son hombres. Pero no me quisieron llevar a mí, porque todo lo que toco se muere- o eso es lo que dicen.

Por eso creo que caí de la gracia de dios, si es que alguna vez la tuve, claro. Quizá Catita tenía razón, quizá todos la tenían y en mí, había algo malo. Todos en el Susurro me temían y se alejaban; desde el río hasta los lavaderos y desde el molino hasta el puente, solo se escuchaban historias extrañas sobre quién era y qué hacía, especialmente después de lo que sucedió aquella noche de diciembre.

Recuerdo que había comenzado a llover, las gotas eran finas y extremadamente frías. La niebla ya cubría gran parte del pueblo y seguía bajando desde el cerro azul, a lo lejos, empezaron a escucharse los truenos y poquito después los relámpagos iluminaron con su luz púrpura las tejas de las casas, el claustro y el campanario de la iglesia.

Yo iba por el camino real tratando de llegar rápido a la casa cuando ellos tres aparecieron interrumpiendo mi paso; al verlos caminar lentamente hacia mí sentí miedo, no los conocía, no pertenecían a este lugar. Eran más grandes que cualquiera en el Susurro y sus ojos eran inusualmente extraños; más vivos, más brillantes, más salvajes.

Como si su presencia no fuera suficiente motivo para causar miedo, todo sonido en el Susurro desapareció: ni los truenos, ni la caída de las gotas sobre las baldosas ni el canto del viento se escuchó. El pueblo se convirtió en un páramo gris cubierto de niebla y de silencio.

Me quedé inmóvil, no porque no quisiera correr sino porque mis pies no me respondían. Y entre más ganas tenía de alejarme, más me costaba mantenerme en pie; cuando todas las fuerzas desaparecieron de mí, solo atiné a dejarme caer sobre el lodazal y esperar la muerte. La vi entre sus ojos, entre sus fauces abiertas, entre las gotas de lluvia detenidas en su pelaje grueso.

Sus ojos amarillentos dejaron de posarse entre los míos y los tres, al mismo tiempo levantaron sus cabezas para comenzar a aullar de una forma atemorizante.  Mi piel se erizó, nunca había sentido algo así; ni siquiera unos segundos antes con la certeza de una muerte segura entre sus colmillos. Miraban hacia arriba de mi aullándole a algo o alguien que flotaba sobre mi cabeza.

Podía sentir su presencia sobre mí, podía sentir la oscuridad y también el frío de su tacto descendiendo y entrando a mis pulmones, pero no tuve valor para mirar hacia arriba, solo atinaba a buscar entre sus pupilas cristalinas la respuesta a algo que en mi interior ya sabía.

Quizá fue un instante o una eternidad, y es que al filo del abismo el tiempo parece no tener importancia, pero me encontré allí, hincada sobre el fango, bañada por la lluvia, cubierta de niebla y rodeada por tres enormes perros que le aullaban a la muerte, al horror y a la oscuridad de un halo espectral colocado sobre mi cabeza.

Sentí las miradas, escuché el crujir de las ventanas, el cuchicheo del otro lado de las puertas. El Susurro haciéndole el honor a su nombre, el Susurro haciéndome en cada hogar una nueva historia.

Los perros dejaron de aullar y sus miradas se transformaron, perdiendo el brillo y la fiereza. Me olfatearon, movieron la cola y después se alejaron dejándome sola, aunque en realidad, ya nunca jamás lo estuve.

A partir de aquella noche, una comitiva de espíritus me acompañaba noche y día; podía ver sus sombras desvanecerse en los rincones y en los caminos. Docenas de siluetas con formas distintas, pero siempre bañadas por la oscuridad; inclusive Catita llegó una noche a la casa, justo cuando yo cenaba. Su piel era de color grisáceo y la mitad de su rostro estaba carcomida; sus ojos seguían abiertos como salidos de los párpados y tenía el vientre hinchado.

Al verla, pensé en los gusanos. Sentí asco y cubrí con una servilleta mi plato de frijoles; ella no me dijo nada, pero no era necesario que lo hiciera. Yo sabía lo que pensaba y ella también me leía. Un escalofrío recorrió mis brazos, me levanté de la silla y caminé hacia el otro lado de la habitación; tomé una vela y la prendí.

-Váyase en paz abuela- le dije iluminando su rostro con la tenue luz de la candela

Cerró sus ojos y aquella mirada repleta de odio se desvaneció entre los juncos y la madera de la habitación. Lentamente lo hizo el resto de ella hasta que desapareció por completo.

Día tras día y noche tras noche, ellos venían y se iban sin que yo supiera adonde; quizá solo se disolvían en la oscuridad de la que estaban hechos o se convertían en pedacitos de viento y salían volando por la ventana. Jamás vi una luz aparecer, ni un solo ángel llegó a conversar conmigo en mis sueños. Y pasaron los días, los meses y los años y mi alma no volvió a encontrar descanso.

Yo misma era una sombra disolviendo sombras, un ser consumido por la muerte de otros sin poder morir, pero con el mismo deseo de desaparecer.

Y no fue hasta que el conche silbó una mañana de noviembre que mi vida terminó. Fue la primera y última vez que escuché el silbido del guajolote; hinchó el pecho, esponjó sus alas y de su pico brotó el llamado de la muerte. No sentí miedo, ni tampoco dolor, creo que fue la primera vez en mi vida que sentí esperanza.

Me dejé caer al piso y allí tendida y rodeada por mil sombras agradecí el poder morir. No hubo recuerdos dulces ni palabras de despedida, solo una larga y última mirada al pueblo que me vio nacer y me dejó morir.

Fijé mis ojos al cementerio tratando de imaginar en donde quedaría mi cuerpo. ¿junto a mi madre? ¿junto a Catita? ¿Junto a papá?

De pronto ella apareció y un dolor insoportable se apoderó de mi pecho. Una mujer embarazada y vestida de luto caminaba entre las tumbas y las flores marchitas; su vientre me llamó, era un túnel de luz, un imán, un remolino.

Mi alma se desprendió dolorosamente de mi cuerpo antes de poder gritar ¡no!

Estoy maldita, volveré a nacer…

Texto: Paola Klug

Fotografía: Cecilia Portal / Mujer otomí en la milpa

El Valle de las Ánimas tiene 26 cuentos, todos inéditos a excepción del primero que escribí hace más de seis años. Comparto la mitad de este libro con David Avello Gaete, él es un escritor chileno que plasma en cada cuento la tristeza, el dolor y las huellas que dejó en su país esa dictadura tan difícil que les tocó vivir. Por otro lado, mis cuentos van y vienen por México y Centroamérica, en cada uno hay un fantasma – por lo menos- tratando de encontrar su camino fuera del Valle.

Fueron poquito más de ocho meses de trabajo silencioso y secreto, tanto en la elaboración de cuentos como en la del libro en general. Es una obra cargada de emociones y que puede ser leída y entendida por cualquiera, ya que para desgracia de este continente, no hay país en el que no hayan fosas, no hayan muertos y no haya dolor.

Me parece que de todos mis libros, este puede ser el más triste porque es un reflejo del ayer y del ahora, pero también queda la esperanza de que no represente el futuro.

“De norte a sur se escuchan los susurros; los ecos de las ánimas que se niegan a partir de un valle repleto de dolor. Sin importar la forma, el color ni el tiempo, una caravana de espíritus con mil nombres y mil rostros se congregan en la América Latina pidiendo una voz, una lágrima o un recuerdo.

El Valle de las Ánimas es su hogar, un páramo oscuro y melancólico adonde no deja de llover jamás..”

Ramona

Quizá no era el momento ni el lugar oportuno o quizá nunca tendrían otro instante para poder lograr lo que se habían propuesto.

Ramona suspiró mirando hacia afuera de la casa, fijó su vista en las montañas azules y en la niebla que poco a poco descendía cubriendo todo a su paso; no pensó en su madre ni en su padre, tampoco en la pequeña milpa recién sembrada ni en la ceniza ardiente que aún brincaba desde el fogón. Pensó en ella, en su piel morena, en los surcos de dolor y trabajo marcados sobre su piel. Pensó en cada lágrima y cada golpe que aquella vida le había propinado, pensó en su orgullo herido y si, también pensó en el hueco de su estómago que no dejaba de crujir.

Quizá fue en ese momento en el que nació de su corazón aquellas tristes palabras sobre ser mujer, ser pobre y ser indígena; o tal vez las tuvo en la punta de la lengua desde que nació. Lo que sé de cierto, es que aquella mañana Ramona decidió el rumbo de su vida.

Trenzó sus largos cabellos negros como el frijol, se puso el pasamontañas y se encaminó hacia la delgada puerta de junco y madera que custodiaba su casa. Afuera, cientos de compañeros y compañeras la esperaban; no se veían sus rostros, no. Pero ella conocía el fulgor en sus miradas, sabía que Anastasio estaba allí, que Juancho y Victoria también lo estaban; y es que ellos, todos, compartían el mismo rostro desde el preciso momento de nacer: El del desamparo, el de la injusticia, el de la violencia.

No merecemos perder- susurró para sí misma.

Dio el primer paso fuera de su casa y comenzaron a caminar; ni el lodo ni el monte retrasaban su marcha, era como si el espíritu de la tierra caminara con ellos a la par.

Ella había hecho la estrategia entre madrugadas, bajo la luz de las velas y la luna. Había repasado una y otra vez las formas en que actuarían, había platicado con Marcos y Ana María cada paso a seguir desde semanas atrás; por eso sus pasos firmes, por eso el fuego en su mirada. ¿Quién podría negarles su derecho a vivir con dignidad?

Alguien puso un arma en sus manos, la tomó con fuerza y la puso sobre su pecho. Allí recordó a su mamá, el olor de maíz en su cabello, el brillo en su mirada al cocinar. De ella había heredado las ganas, de ella había heredado el corazón.

Caminaron y caminaron por los senderos que solo ellos conocían, unos en silencio, otros cantando. La fila de herederos del pasado peleando después de 500 años por su presente; a lo lejos se escuchaban los cohetes, un nuevo año, una nueva batalla, un nuevo por venir.

Al llegar a San Cristóbal ya había cientos de compañeros reunidos en la plaza, los mestizos, los blancos, y algunos pocos milicos vestidos de paisanos; estaban en silencio y con los ojos pelados.

Ramona lideraba el contingente que hizo caer la cabecera municipal, en pocas horas lo haría también Ocosingo, Altamirano y Las Margaritas. La declaración de guerra ya había sido leída y entregada a un puñado de reporteros atrapados en el conflicto.

Allá, en Los Pinos ya se habían girado las órdenes de asesinato. Salinas no quería conflictos, así que tampoco testigos. No se escucharon sirenas, ni se vislumbraron luces; sin embargo, Ramona lo tenía todo preparado.

Cuando cobijados por la oscuridad de la noche pasó el primer convoy, una explosión hizo temblar los mismos cimientos de la catedral de San Cristóbal, seguido de la explosión se escucharon los gritos, unos de dolor, otros de victoria.

Que fusiones tan extrañas daban las guerras; los hijos del mismo sol peleando entre sí, viviendo, muriendo, siempre dependiendo del bando que eligieran.

Uno a uno fueron cayendo los camiones, uno a uno fueron muriendo los soldados. Las carreteras se convirtieron en enormes fogatas embravecidas por el viento que soplaba del sur y es que el señor del viento también era moreno.

Fue una noche larga, una de violencia, pero también de justicia. Una noche sin luna a pesar de la sangre, una noche similar a la que otros, muchos años atrás habían vivido; una noche en la que perdieron los que hoy habían ganado.

Al amanecer, Chiapas tenía un nuevo rostro. Uno de piel tostada y ojos infinitamente negros; un rostro que generalmente es ignorado entre las calles y mercados, un rostro que solo se admira en libros de historia o en museos, sin embargo, desde la primera luz del alba, ese rostro se había adueñado de México entero.

Allí estaban, nunca se fueron.

Ramona caminó entre los hierros retorcidos y la sangre coagulada, con pistola en mano y fuego en la mirada. El general ya había sido retenido más allá de la plaza; con el uniforme azul lleno de tierra y de lágrimas. Cosa curiosa era aquél hombre, sin la gorra ni las estrellas parecía alguien cualquiera. ¿Acaso sangraba el General Muerte? ¿Un corazón latía en aquél pecho arrugado y rosáceo?

Ramona sería la encargada de averiguarlo, ella lo recordaba bien. El General Muerte había entrado a su casa una vez hacía muchos años; su madre la había escondido dentro del petate enrollado al escuchar su voz y sus pasos.

-Quédate allí quietecita y no hagas ruido- le dijo

Ramona asintió con los ojos cerrados.

Segundos después, el General Muerte había entrado. Era más joven, más fuerte desde luego, pero a pesar de las arrugas en su cara, casi nada había cambiado

Ramona lo vio todo desde la palma tejida; sobre su madre, sobre su cuerpo, sobre su espalda. Escuchó su risa y sus bramidos mientras su madre apretaba los dientes para no asustarla; ella la vio también, desde luego. Las lágrimas corriendo por sus mejillas y su cabello destrenzado. Después, sus ojitos pequeños se quedaron fijos en aquél par de manos que lentamente apretaron el largo cuello de su madre hasta que dejó de respirar. Después, el general Muerte pateó su cuerpo, se colocó de nuevo el pantalón y salió con la misma calma con la que había entrado.

Ramona se paró frente a él, levantando su cara con fuerza. Miró dentro de sus ojos acuosos esperando encontrar un rastro del alma de su madre, pero allí, en ese vacío no había nada.

Con sus manos pequeñas y firmes, colocó la pistola entre los labios de aquél hombre que suplicaba piedad.

– ¡Piedad! – pidió mirándola

-En este país no hay piedad para el vencido- respondió ella jalando el gatillo.

El general Riviello había caído y allá en la Ciudad de México también habían muerto los demás jefes de gabinete; infiltrados en el corazón del estado mayor, varios compañeros habían asesinado al presidente a mitad de una reunión televisada.

Ramona no sabía que sucedería en el resto de México, pero para la selva y para el espíritu de su madre por fin había llegado la independencia.

 (***)

Ucronía de mi autoría realizada en mi Taller de Literatura Creativa en la Casa de la Cultura de Celaya.

La ucronía es un subgénero literario que se propone una reconstrucción alternativa de la historia, basándose en eventos que, si bien nunca sucedieron, pudieron haber ocurrido si los acontecimientos hubieran tomado otro sentido.

 

Texto: Paola Klug

Fotografía: Selva Lacandona; Chiapas, México / Raúl Ortega

Fragmento de mi participación en el Foro de “La Familia, la Mujer y la Seguridad”

 

¡Hola! Tengo el gusto de invitarte al Taller de Creación literaria que impartiré a partir del próximo 15 de Mayo en la Casa de la Cultura de Celaya. Si quieres saber qué aprenderás en él ¡Sigue leyendo!

Este es el primer taller literario y sensorial que se imparte en Celaya, nunca ha habido uno igual. Aprenderás a escribir cuentos, novela y poesía por medio de tus propias historias y sentidos; toda la inspiración para crear mundos está dentro de ti, yo solo te enseñaré a hacerla brotar respetando tu propia voz e identidad.

Trabajaremos en la creación y psicología de personajes, en la ambientación y en todas las herramientas técnicas disponibles para convertirte en un escritor (a)

Al terminar el taller, tendrás la habilidad necesaria para escribir como un profesional. ¡Sé parte de este proyecto innovador y alcanza tus sueños!

Información:

-El taller inicia el 15 de mayo y termina el 25 de Octubre (6 meses)
-Será impartido Martes y Jueves de 4:00 a 6:00 Pm en la Casa de la Cultura.
-No es necesaria la experiencia para participar en él.
-Está diseñado para personas de 15 años en adelante.
-Tiene un costo de $725.72
-Ya incluye el material
-Al finalizar obtendrás un reconocimiento por parte del Sistema Municipal de Arte y Cultura y serás parte de una Antología ¡tu primer obra publicada!
-Solo tienes que ir al departamento de formación artística a llenar tu formato y obtener tu lugar.

https://www.facebook.com/events/1631369413625763/?active_tab=about

Para mayores informes escribe a: paolamklug@gmail.com

La procesión de mujeres dolor se extendía más allá de lo que mi vista alcanzara a ver; iban y venían con sus ojos llorosos y sus rostros pálidos. En sus labios, se encerraban los rezos, las maldiciones, las memorias. En sus manos sostenían las velas de cebo, las cuentas de los días y las noches sin comer y sin dormir.

Niñas, jóvenes y ancianas tomaban lugar en los banquillos de la parroquia para contar sus penas. La niña madre, la joven vendida, la mujer fantasma sin vientre ni entrañas. Sus palabras flotaban en el aire como el humo del copal, denso, pesado y con el aroma impregnado de su piel: a tierra, a caña, a hierba, a sal.

Descalzas, ágiles, sombrías. Una tras otra empotrando su pena en el altar.

Un muro alto lleno de recuerdos, de hijos desaparecidos o asesinados; de hijas perdidas en la cascada del tiempo, de golpes y amenazas, de miedo. Sus rostros cubiertos por las mantillas negras de tul y de razo, sus ojos puestos en la Madre Soledad.

Allí estaba ella, inmóvil y silenciosa escuchando la pena, escuchando el llanto.

Nuestra Señora de la Tristeza, patrona de las mujeres. Cabello negro, piel morena, ojos cafés; madre sin voz ni mirada.  Formada de nuestras lágrimas, tallada con nuestro canto, endurecida con nuestros años.

La madre de todas, sin paraíso ni promesas, sin ángeles, ni santos. Solo ella, como solo nosotras: La Madre Tristeza, la Madre Soledad.

¿A quién debía prenderle mi vela? ¿a la abuela golpeada ¿a la madre sin hijos? ¿a la hija con el corazón roto? ¿a mi propio dolor?

Sin prisa nos mira, tomando todo de nosotras: Las flores, los recuerdos, las lágrimas y las sonrisas.

Todas de pie, ya habrá tiempo para hincarse fuera. Lejos de ella y de lo que por la boca escupe; sin máscaras ni maquillaje, con el rostro lavado por nuestros propios mares caminamos, mostrando lo que somos y lo que dejamos de ser. Sin juicio, ni condena, sin arrepentimiento, ni gloria.

Ella, eterna desde el principio del tiempo. Escondida en cuevas, ojos de agua y pueblos. Llevada de un lado a otro por cada mujer, en cada era, en cada espacio. Sin rezos ni credos, con mil nombres, y ni una sola promesa.

La Señora de los corazones rotos, la Señora de los fantasmas, La Señora de las Fosas, La Señora del vacío, La Señora de la ausencia, La Señora del dolor.

No pedimos perdón, no conocemos el pecado. No pedimos consuelo, estás hecha de nuestro llanto. Nuestra sangre se esparce en la tierra, con ella se bañan los monstruos.

Más de un diezmo cada una deja a sus pies: las promesas rotas, los días de espera, las miradas al cielo, los pies agrietados, los estómagos vacíos de los vástagos.

El coro de espíritus canta nuestras propias alabanzas: La hija del campesino, la madre del maestro, la hermana del caído, la esposa del arriero; y después se hace el silencio. El silencio primero de la creación y el último de la muerte:

Y entonces la Madre llora, llora por ella, llora por todas.

Y sus lágrimas de lodo caen al piso y de él brotan el rastrojo y la ruda.

Nuestra Señora de la tristeza no es virgen, ella nos ha parido a todas.

Y cuando acaba de llorar cierra sus ojos

Y cuando ella duerme, todas nos vamos.

Y en su altar dejamos nuestra pena, la sangre, las velas y los cráneos.

Y en sus manos dejamos el linaje y sus cadenas, los ecos del pasado.

Y en sus labios dejamos lo que no decimos, todo lo que callamos.

Y salimos en silencio hacia la milpa, hacia la ciudad o el campo

Y nos vamos volando sin piernas ni memoria

Hasta que la vida nos rompa otro pedazo.

***

Texto: Paola Klug

Fotografía: Eva Lépiz