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¡Hola! Tengo el gusto de invitarte al Taller de Creación literaria que impartiré a partir del próximo 15 de Mayo en la Casa de la Cultura de Celaya. Si quieres saber qué aprenderás en él ¡Sigue leyendo!

Este es el primer taller literario y sensorial que se imparte en Celaya, nunca ha habido uno igual. Aprenderás a escribir cuentos, novela y poesía por medio de tus propias historias y sentidos; toda la inspiración para crear mundos está dentro de ti, yo solo te enseñaré a hacerla brotar respetando tu propia voz e identidad.

Trabajaremos en la creación y psicología de personajes, en la ambientación y en todas las herramientas técnicas disponibles para convertirte en un escritor (a)

Al terminar el taller, tendrás la habilidad necesaria para escribir como un profesional. ¡Sé parte de este proyecto innovador y alcanza tus sueños!

Información:

-El taller inicia el 15 de mayo y termina el 25 de Octubre (6 meses)
-Será impartido Martes y Jueves de 4:00 a 6:00 Pm en la Casa de la Cultura.
-No es necesaria la experiencia para participar en él.
-Está diseñado para personas de 15 años en adelante.
-Tiene un costo de $725.72
-Ya incluye el material
-Al finalizar obtendrás un reconocimiento por parte del Sistema Municipal de Arte y Cultura y serás parte de una Antología ¡tu primer obra publicada!
-Solo tienes que ir al departamento de formación artística a llenar tu formato y obtener tu lugar.

https://www.facebook.com/events/1631369413625763/?active_tab=about

Para mayores informes escribe a: paolamklug@gmail.com

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La procesión de mujeres dolor se extendía más allá de lo que mi vista alcanzara a ver; iban y venían con sus ojos llorosos y sus rostros pálidos. En sus labios, se encerraban los rezos, las maldiciones, las memorias. En sus manos sostenían las velas de cebo, las cuentas de los días y las noches sin comer y sin dormir.

Niñas, jóvenes y ancianas tomaban lugar en los banquillos de la parroquia para contar sus penas. La niña madre, la joven vendida, la mujer fantasma sin vientre ni entrañas. Sus palabras flotaban en el aire como el humo del copal, denso, pesado y con el aroma impregnado de su piel: a tierra, a caña, a hierba, a sal.

Descalzas, ágiles, sombrías. Una tras otra empotrando su pena en el altar.

Un muro alto lleno de recuerdos, de hijos desaparecidos o asesinados; de hijas perdidas en la cascada del tiempo, de golpes y amenazas, de miedo. Sus rostros cubiertos por las mantillas negras de tul y de razo, sus ojos puestos en la Madre Soledad.

Allí estaba ella, inmóvil y silenciosa escuchando la pena, escuchando el llanto.

Nuestra Señora de la Tristeza, patrona de las mujeres. Cabello negro, piel morena, ojos cafés; madre sin voz ni mirada.  Formada de nuestras lágrimas, tallada con nuestro canto, endurecida con nuestros años.

La madre de todas, sin paraíso ni promesas, sin ángeles, ni santos. Solo ella, como solo nosotras: La Madre Tristeza, la Madre Soledad.

¿A quién debía prenderle mi vela? ¿a la abuela golpeada ¿a la madre sin hijos? ¿a la hija con el corazón roto? ¿a mi propio dolor?

Sin prisa nos mira, tomando todo de nosotras: Las flores, los recuerdos, las lágrimas y las sonrisas.

Todas de pie, ya habrá tiempo para hincarse fuera. Lejos de ella y de lo que por la boca escupe; sin máscaras ni maquillaje, con el rostro lavado por nuestros propios mares caminamos, mostrando lo que somos y lo que dejamos de ser. Sin juicio, ni condena, sin arrepentimiento, ni gloria.

Ella, eterna desde el principio del tiempo. Escondida en cuevas, ojos de agua y pueblos. Llevada de un lado a otro por cada mujer, en cada era, en cada espacio. Sin rezos ni credos, con mil nombres, y ni una sola promesa.

La Señora de los corazones rotos, la Señora de los fantasmas, La Señora de las Fosas, La Señora del vacío, La Señora de la ausencia, La Señora del dolor.

No pedimos perdón, no conocemos el pecado. No pedimos consuelo, estás hecha de nuestro llanto. Nuestra sangre se esparce en la tierra, con ella se bañan los monstruos.

Más de un diezmo cada una deja a sus pies: las promesas rotas, los días de espera, las miradas al cielo, los pies agrietados, los estómagos vacíos de los vástagos.

El coro de espíritus canta nuestras propias alabanzas: La hija del campesino, la madre del maestro, la hermana del caído, la esposa del arriero; y después se hace el silencio. El silencio primero de la creación y el último de la muerte:

Y entonces la Madre llora, llora por ella, llora por todas.

Y sus lágrimas de lodo caen al piso y de él brotan el rastrojo y la ruda.

Nuestra Señora de la tristeza no es virgen, ella nos ha parido a todas.

Y cuando acaba de llorar cierra sus ojos

Y cuando ella duerme, todas nos vamos.

Y en su altar dejamos nuestra pena, la sangre, las velas y los cráneos.

Y en sus manos dejamos el linaje y sus cadenas, los ecos del pasado.

Y en sus labios dejamos lo que no decimos, todo lo que callamos.

Y salimos en silencio hacia la milpa, hacia la ciudad o el campo

Y nos vamos volando sin piernas ni memoria

Hasta que la vida nos rompa otro pedazo.

***

Texto: Paola Klug

Fotografía: Eva Lépiz

La Golondrina

 

“Algunos dicen que son los recuerdos los que te definen, pero no lo creo; lo que te define es la forma en que te enfrentas a ellos…”

 

I

 

-Dicen que quienes nos odian lo hacen porque solo son capaces de verse a sí mismos en nuestros ojos, pero es más terrible cuando son nuestros propios ojos los que encuentran tal odio reflejándose en el agua.

Ya era viejo cuando naciste. Mis cabellos estaban encanecidos y mis manos arrugadas. Era viejo, sí, pero sabía más de la vida que tú y que ella también, quizá un poco de la sabiduría de nana Eustolia se me pegó en el camino.

Desde la primera vez que te cargué entre mis brazos lo supe, supe que serías distinta a todos los demás.

Lo vi en mis sueños, lo vi en tus ojos.

Tenías el alma de una golondrina, pequeña y libre. Desde niña buscabas la lluvia, te alegraba el alma el olor a tierra mojada, el aire tibio en la cara; tú te irías a buscar aquello que eras lejos de tu sangre y lejos de tu tierra- después hizo una pausa y suspiró. Estaba a mis espaldas, así que no podía verlo, pero tampoco quería hacerlo.

-Lloré muchas noches en silencio viéndote dormir, imaginando todo lo que verías lejos del pueblo cuando llegara tu hora; pensando en todo aquello que sufrirías para encontrarte un lugar y, aun así, con todo ese dolor lo supe.

Eras mi hija, pero nunca me perteneciste ni tampoco a tu madre. Naciste de ella, pero te debías solo a ti; tal como las flores, como el aire, como la vida misma.

Cuando empezaste a crecer supe que ya eras lo que necesitabas ser; que todo eso que buscarías afuera, ya lo llevabas dentro y, aun así, te dejé partir para que coleccionaras las heridas que necesitabas llevar y caminaras los pasos que necesitabas dar.  No te cargué con dolor, ni te impuse mi ejemplo, ni tampoco el suyo.  Te dejé ser tú cuando te alejaste de aquí. Y ahora estas aquí, has vuelto, con el cansancio en los ojos y el corazón seco. ¿Te sientes desgarrada hija? -me preguntó con desesperación aferrando sus manos a mis hombros.

¡Pues eso es la vida! El ir y venir, el caer y el levantarse.

Mil lágrimas escurrían de mis ojos al escucharlo.

-Tenías que arder, morir las veces que fueran necesarias para vivir de nuevo. Ni las lluvias, ni las sequías, ni los atardeceres duran para siempre, lo mismo pasará con tu dolor y tu rabia. Fuiste lo que querías ser y hoy tendrás que decidir lo que serás ahora. ¡Abre los ojos Rita! ¡Mírate en el agua! Y dime que ves.

 

II

 

Me aferré al pantalón de mi padre con los ojos cerrados; tenía miedo de abrirlos, de ver aquello en lo que me convertí.  Estaba allí, hincada junto a él con una olla de barro entre mis piernas. Recordé cuando era pequeña, cuando la vida era más fácil y simple; recordé el olor a la hierba en el jardín, los colibríes revoloteando sobre nuestras cabezas, la tibieza de sus manos negras.

Ahora tenía que abrir los ojos, mirar el rostro sin máscaras. Volver a cruzar la eternidad en mi propia mirada; enfrentar todo aquello que había dejado atrás. Tendría que abrir mi carne, traer de nuevo a mí el olor nauseabundo de aquel aliento en mi espalda, y después, salir del lodo y volar.

Y, aun así, que cómoda era esta oscuridad. La quietud de la soledad, el silencio de la conmiseración. ¿Tenía que volar de nuevo? ¿Sentir mis alas despedazadas batirse en un viento tan crudo y hostil?

Abrí mis ojos, me miré en el agua y tembló mi cuerpo.

Mis cabellos despeinados, las ojeras negras, mis ojos perdidos en el ayer y en el mañana. ¿Dónde estaba yo? ¿Mi ahora, mi aquí?

Mi vida tan llena de fantasmas, que cantan, que lloran, que aúllan.

¿Dónde estaba yo en esa maraña?

En la mitad de un bosque solitario y oscuro, en la sima de las paredes montañosas que solo me obsequiaban una puerta de bruma, adentro de un edificio gris y sucio en donde pinté mis sueños con trozos de carbón.

Estaba entre sus manos, entre sus dientes; atrapada entre la única cuerda de su guitarra. Alumbrada por un fuego ajeno, con olor a tierra y a sangre. Con las uñas repletas de heridas y los ojos hinchados por la falta de sueño y exceso de lágrimas.

Volví a sentir los golpes, a escuchar las palabras. Una maldición caía cada noche sobre mí por los espíritus azules que descendían cada noche del cerro y hacían aullar a los perros; después se esfumaban como el amor, como la familia, como la libertad.

Estaba sola, tan sola en un laberinto de piedras y humo, topando a cada tramo con mis manos raspadas y mis rodillas sangrantes. Tres araños en la cara, uno en la frente, uno en la mejilla y otro en la nariz y, sin embargo, dolía más la indiferencia. Tener los ojos abiertos mientras los demás preferían cerrarlos antes de verme pasar.

Aquella tarde, él llegó. Puso la trampa, abrió una jaula y la golondrina entró.

Herida como solo una mujer entiende, con las alas débiles y temblorosas, con el pico amarrado con un listón. La golondrina cerró sus ojos imaginándose al viento, imaginando su vuelo para distraer el dolor; incapaz de enfrentar al captor, a la jaula, la sal que salía de sus pupilas formando ríos y océanos en los que otras como ella murieron ahogadas.

Voló dentro de sí hasta perderse en sus propios paisajes, en la quietud de un nido tibio y oscuro, en la sonrisa de la niña que la veía volar a su lado, en el mandil que la abuela fantasma colgaba en el mandarino.

La golondrina quedó allí, inmóvil y silenciosa a mitad de un piso de concreto.  Con los ojos fijos en la nada en que se convirtió: Un ente de piedra, un suspiro de cal.

-Allí estaba yo papá, tendida sobre el suelo; tragando dolor y bilis, lamiendo mi sangre para que su aliento desapareciera de mi piel. Incrustándome las uñas en mis brazos para olvidar ese dolor que se negaba a desaparecer.

Allí quedé yo papá, esperando que el gallo cantara para espantar a las ánimas, para que la luz entrara por la ventana y el calor del sol me cantara una canción que me hiciera reír; pero no cantó el gallo, ni los espíritus se fueron, ni la luz entró, ni el sol cantó para mí.  Estaba sola cubierta de silencio y oscuridad.

Entonces lo entendí, entendí que eso era la vida.

Y sentí la herida expandirse y supurar; la sentí abrirse camino dentro de mi piel hasta llegar a mi alma. La sentí carcomer lo mejor de mí entre las ramas de epazote y los sorbos de anís. Fue entonces que le quité el cordel del pico, y la hice arrastrarse a la salida, la obligué a abrir los ojos y escapar.

Volví papá. Volví porque la única forma de curarme es regresar a mí.

Dejé la olla de barro sobre el piso y me levanté. Mi padre había desaparecido también; era el último fantasma que necesitaba ver antes de renacer de entre mis propias ruinas.

III

 

Machaqué la fruta con la azúcar morena, desgarré los retoños de rosa y jazmín entre la piedra áspera del metate; de la semilla amarga brotó el remedio, de la hierba fresca algunos recuerdos guardados en mi corazón. Me recordé corriendo a toda prisa hacia el corral sintiendo en mis pies descalzos la caricia de la tierra, la sonrisa oculta de mi madre y su mirada de venado herido.

Alejé de mi cabeza los recuerdos; los buenos y los malos mientras mis brazos se estiraban de arriba hacia abajo por todo lo largo del mortero. Fue un instante, uno pequeño y fugaz en el que me parecía haber dejado de existir; sin nada que recordar, sin nada que resentir – ya que todo me parecía nuevo y ajeno-  yo era un pedazo de nada flotando en el todo. Y nunca, ningún otro momento me pareció más hermoso.

No estoy segura, pero probablemente sonreí.

Cuando el polvo se hizo pasta la deposité junto a la bañera de madera apostada a la mitad de la habitación; deshojé cuatro flores blancas- una por cada abuela- y las dejé flotar hasta que sus rostros aparecieron en el agua tibia; el vapor se volvió susurro, el calor caricia. Mis cuatro golondrinas heridas habían vuelto a volar y ahora era mi turno de retomar el vuelo.

Dejé caer mi ropa en la tierra y así, cubierta solamente por mi cabello entré a la bañera. Engullí con nauseas la masa pastosa mezclada con miel y polen; cerré mis ojos y comencé a soñar.

La oscuridad me envolvió lentamente hasta dejarme varada en una tempestad.

Abandonada a mitad de una tormenta, entre el caer de una lluvia portentosa que me arrastró desde un puente hacia el lodazal. Las heridas viejas se abrieron, mi cuerpo golpeado era empujado de un lado hacia otro entre la corriente de lodo y rocas; en la tierra firme apareció una luz, pequeña y débil pero consistente. Me así de algo ¿un tronco? ¿una piedra? Algo, lo suficientemente filoso para atravesar por completo mi piel y hacer a mis manos sangrar. Con dificultad llegué a la orilla, arrastrándome como la serpiente que en cada zigzagueo deja jirones de su piel a lo largo de la vereda.

Caminé siguiendo la luz que se escapaba en la espesura del bosque; la lluvia había cedido por completo y aquellas nubes negras y pesadas habían desaparecido para ceder  su lugar a la luna más grande que yo haya visto.

Escuché un ruido, el crujir de algo en las entrañas de aquél lugar. Giré mi cabeza hacia todos lados tratando de encontrar el origen del sonido sin poder lograrlo; mi estómago se revolvió, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Así chirriaba la puerta de aquella jaula, fue lo último que escuché aquella noche, fue el último de mis gritos ahogados en una noche sin luna ni estrellas.

La ira apareció cediendo de inmediato al miedo; miedo a mi cuerpo despojado de mi alma, miedo a la mirada vacía, al pozo que se abría en sus pupilas para devorarme de nuevo.

Una mano tomó la mía, seguida por otra y otra y otra más.

-Cuatro son los vientos, cuatro las raíces – dijo una

-No puedes curar a nadie sino eres capaz de sanarte tú- dijo otra

-Cuatro son las estaciones, cuatro las ruedas que hacen girar al mundo- dijo otra más.

Pero aquella que permanecía en silencio me tomó entre sus brazos arrugados y tibios y suspiró.

-El aire está lleno de tus recuerdos; tu semilla cayó, la semilla es tu alma; habrá que envolverla en hojas para que vuelvas a ti.

Las cuatro me dieron vueltas, giraron conmigo en la espiral de flores y sal. Tomaron mi alma; pequeña y amarilla como la flor de coyol. La envolvieron en palmas y ramas de cordoncillo, le untaron alcohol y alcanfor y la dejaron arder.

-Mira el fuego Rita; en él arde esa noche y esa piel. En él arden las lágrimas que lloró la luna por ti. Oscura es la mañana, pero ya aclarará.

-Eres el agua Rita, el agua del río, del pozo y del mar; el agua al que no define una noche, el agua sin bordes. Desborda las manos que aprietan tu garganta, ahoga esas cuencas vacías, el gruñido del cerdo.

-El animal morirá para que no mueras tú.

En el centro de mi corazón cansado prendieron un anafre; en la palma herida de mis manos el polvo triste que cubre la memoria de las montañas.

-Siempre vivirán las golondrinas, siempre volverán a volar. Aprende al soñar Rita, aprende al soñar…

Abrí los ojos con esperanza; había olvidado esa sensación.

Miré mi reflejo en el fondo del agua – esa que también era yo- la golondrina había desaparecido, un gavilán ocupaba su lugar. El rostro de mi alma había emergido de la noche que cambié de piel.

Las llagas provocadas por aquél terrible recuerdo se volvieron flores de papel que fueron deshaciéndose en el viento cada vez que volé…

 

 

 

Las golondrinas dejaron de ser víctimas cuando cambiaron de plumaje; la pesadilla duró unos minutos, unas horas, unos días, pero no durará siempre. Estira tus alas, lejos del dolor y cerca del perdón; allí encontrarás a tus hermanas y a tus cuatro abuelas, todas listas para sanar tu corazón. Te quiero…

 

Fotografía. “The unclean Spirit entered…” / Joey Watkins

Recién llego de un viaje maravilloso a San Luis Potosí; nunca había visitado ese estado aunque siempre quise hacerlo así que el poder cumplir ese sueño llevando mis libros lo hizo mucho mejor.  Conocí a personas increíbles y reencontré a otras que me hicieron sentir sumamente feliz. Les recomiendo mucho visitar SLP, es un lugar fenomenal con una arquitectura impresionante y un pueblo amable, hospitalario y lleno de amor para los visitantes. Agradezco a Violeta Cuentera por haberme invitado, a  El Foro de las Palabras y Librería Española  por abrirme las puertas de sus establecimientos para la presentación,  a Huella México por su cariño y hospitalidad (síganlos, son increíbles) y especialmente gracias a todos aquellos y aquellas personas que fueron a visitarme y me llenaron el corazón de felicidad; llevaré sus sonrisas, palabras, abrazos y cariño muy dentro de mi corazón toda mi vida. San Luis Potosí es un lugar maravilloso por la bondad de las personas que allí viven y trabajan. ¡Fue un honor estar entre ustedes y espero volver!

Los espero en  El Foro de las Palabras  junto a la increíble Violeta Cuentera  Calle Comonfort #550 Centro SLP (Entre 5 de mayo y Zaragoza) Viernes 2 de marzo, 20 hrs. Cooperación $100 💕

Hace un par de meses el profesor Alejandro Almanza promovió un programa de lectura en varias secundarias de San José Iturbide; en el mismo, fue avalado por los directores que fuera usado mi libro “Los Relatos de las Brujas Morenas” para fomentar la lectura, la comprensión lectora y el aprendizaje entre pares con 18 grupos de las secundarias de las comunidades de La Escondida, Galomo y Patolito. Ayer, todos los chicos que leyeron el libro asistieron al encuentro conmigo a exponer sus dudas, comentarios y opiniones sobre mis cuentos tanto como los directores, maestros y la coordinadora de la SEP en el municipio. Durante el encuentro respondí preguntas tan interesantes de los chavos, me cuestionaron las razones, la inspiración, la postura de los protagonistas e inclusive los finales; fue algo maravilloso, la atención recíproca, el diálogo y el cariño de todos ellos me ha dejado una de las más increíbles experiencias en mi vida en todos los niveles. Gracias infinitas al profe Almanza por hacer posible todo esto, gracias a los directores, a la coordinadora, maestros y a todos esos chicos y chicas que leyeron con tanto ahínco mis cuentos 🖤

Imagina una empresa mexicana en donde las sensaciones, el amor por el cine y la literatura y todos aquellos olores que son capaces de remitirte a los recuerdos más dulces que tienes, sean capaces de mezclarse y caber en un solo frasco de cristal. A eso puedes agregarle que toda esa magia es creada por una madre y una hija que comparten el mismo sueño, la misma sangre y el mismo linaje.

Ellas crean velas aromáticas de forma casera; cada una vertida a mano y hechas con cera de soya. Entre las dos seleccionan los libros, películas y series que las inspiren a crear, buscan los ingredientes que sus corazones asocian con la obra y terminan haciendo de una vela toda una experiencia creativa, artística y maravillosa.

Yo conocí a Clara y a Natalia gracias a una amiga muy querida y desde el primer instante me enamoré de su trabajo; así que pensé en algo… ¿Qué olor tendrían las Brujas Morenas de mis Relatos? Lo primero que se me vino a la mente al cerrar los ojos fue el mazapán, también el café, la tierra, el maíz y la canela y fue así que nació “La Antigua” la primera vela aromática inspirada en mis propias brujas. Tiene el color de la tierra y el olor del primer café de la mañana, antes de que el sol salga y los gallos comiencen a cantar, huele a ese café de olla que solo puede disfrutarse en el campo y en la orilla de la playa.

 Esta vela no sería posible, no existiría, no traería luz a mis noches frías y brumosas sin el trabajo de este par de artistas; algo que siempre les agradeceré. “La Antigua” lleva el nombre de uno de los cuentos que vienen en mis Relatos de las Brujas morenas; mismo que está inspirado en una mujer llamada Luna, ella es capaz de absorber el dolor de los demás tanto como es capaz de transferir a otros su tristeza por medio del tacto. La magia de Luna la vuelve solitaria y en “La Antigua” quedó plasmado a la perfección el silencio de su vida y el lugar adonde caminó: Antigua, un pueblo mágico de Veracruz.  Ya sea que hayan leído los Relatos o no, el poder disfrutar del olor de “La Antigua” que Interludio: Aromas que inspiran logró captar en un frasco valdrá toda la pena.

Pero eso no es todo, entre las otras velas que encontrarán en Interludio: Aromas que inspiran está la famosa cerveza de mantequilla de Harry Potter (Caramelo de Canela) y la vela Pan de Muerto (con la fragancia de aquellas personas que te han inspirado en vida)

¿Quieren saber más? Hay velas de Amelie, El señor de los Anillos, Hansel y Grethel, Cumbres Borrascosas, novelas románticas, Jane Austen, El amor en tiempos de cólera, Como agua para chocolate, El libro de la Selva, el amor, los lectores, el café, los finales felices, Moby Dick, El Principito ¡y muchas más! Los invito a seguir a Interludio: Aromas que inspiran y también a apoyar a estas increíbles mujeres, a fomentar su trabajo y claro está ¡a comprar La Antigua!

Sus precios son súper económicos, la calidad de las velas es impecable y el trabajo que desarrollan en la creación, diseño y elaboración de estas velas caseras es impresionante. La fragancia de sus velas dura horas aún cuando las hayas apagado, su olor se mete dentro de tu corazón y te hace sonreír. Te lo prometo.

Apoyemos y amemos lo hecho en México por manos mexicanas.

Interludio: Aromas que inspiran hace envíos nacionales

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