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“Del Lugar de donde Soy” es uno de mis poemas cuyo arreglo y música podrá encontrarse en el disco “Tierra” de Amelia Escalante. Si desean adquirir cualquiera de sus discos o requieren de su presencia en alguna presentación, festival o evento cultural, por favor escriban a: amelia_eskalante@hotmail.com

 

Letra: Paola Klug.
Arreglos y voz: Amelia Escalante.
Video: Rocío O. Matehuala

Celaya, Guanajuato. Casa del Diezmo. 25/01/2017

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Habíamos caminado durante horas enteras sobre la carretera mientras una brisa ligera caía sobre nuestras cabezas; de cada lado se alzaban enormes los pinos y los abetos repletos de musgo y pequeños hongos blancos. A lo lejos se escuchaba la canción del río y los susurros de los fantasmas acurrucados entre la maleza y las cruces de madera; algunos habían muerto allí, sobre nuestros pasos. Otros habían dejado su último aliento entre las hojas secas y los acantilados mucho tiempo atrás, cuando el rostro de Tláloc había sido grabado entre las piedras que ahora cubrían celosamente las enredaderas.

Subimos por la presa hasta llegar al último dinamo; aspiramos el aire frío que soplaba sobre nuestros rostros. Las copas de los árboles estaban cubiertas por la niebla matinal, froté mis manos varias veces antes de continuar.

Dejamos atrás el nido de víboras y también la cueva del diablo; esa en donde dicen que los españoles enterraron algo del oro que pudieron rescatar en la noche triste.

Con cada paso entre la hojarasca, uno termina olvidándose de sí mismo y se convierte en rama, en nube, en las pequeñas piñas que caen de los abetos.  La niebla bajó de entre los árboles cubriéndonos a nosotros en la más húmeda oscuridad, recordé cuanto miedo le tenía mi padre a eso: Decía que las veces que perdió su espíritu fue a causa de ella; sin embargo, el que la niebla robara mi espíritu me hizo sentir bien. Caminaba sin alma, sin nombre ni sombra entre las entrañas del bosque; un bosque que mi papá temía y que yo amaba más que a nada.

En silencio llegamos a la parte más alta, la hierba verde y húmeda había desaparecido dejando en su lugar un sinfín de maleza quemada por el frío; había vida por doquier disfrazada de muerte, pero ella también estaba presente…

La vi entre las cuencas vacías del cráneo de una pequeña serpiente que yacía sobre unas piedras rodeadas por un círculo de tierra.

-No toques eso- me dijo.

Solo las brujas vienen hasta acá para hacer sus hechizos en la noche. Ven, acércate.

Miré una vez más entre los ojos de la muerte para después caminar hasta donde estaba él.

Me tendió la mano y me ayudó a subir al peñasco en donde se había trepado.

Los dos estábamos por encima de la niebla, de las nubes, de los árboles, del mundo entero. Debajo se veían las salientes piedras de la pared montañosa, filosas y pacientes esperando la sangre para su ofrenda.

Las copas de los pinos parecían triángulos pequeños y distantes y el río una serpiente que zigzagueaba más allá del horizonte para perderse entre las entrañas de la tierra negra.

No había nadie por encima de mí y sin embargo yo era lo más pequeño que podía ver. Lloré al entender mi grandeza, pero también mi insignificancia; ambos conceptos tenían sentido para mí estando allí.

El espíritu del viento me llamaba, parecía tan fácil seguirlo. ¿Era un canto o el hechizo dejado por las brujas para hacerme parte de ellas?

Él me detuvo con firmeza. Era mi primera pinta y no podía morir, no todavía.

Me quedé absorta mirando hacia abajo, hacia los lados, hacia arriba. Cada nube que rozaba mis manos, cada movimiento que el aire causaba en mi cuerpo, las pequeñas gotas de rocío que no dejaban de caer y se aferraban a mis cabellos y también a sus largas y oscuras pestañas me hacía estremecer.

No quería bajar, no quería irme; quería ser como las bolas de fuego que volaban en el bosque cada noche, como el cráneo blanquecino de la serpiente, como la sangre seca sobre las piedras. Si la niebla había robado mi alma, la había escondido allí. Sin embargo, debíamos partir, regresar a la escuela, a la normalidad.

Nunca he vuelto a sentir aquello; ningún silencio me ha parecido tan perfecto, ninguna oscuridad tan bella, ningún reflejo tan similar.  Pero a lo largo de los años he muerto varias veces en ese bosque, en esas cumbres, en ese río, en esas piedras.

Mi alma sigue allí, entre las copas de los abetos cubierta por la niebla. Vuela entre las noches sobre las cruces de madera podrida y arde entre los ojos de la muerte; se hizo parte del río y de los murmullos que espantan a los viajeros.

Volveré siendo ceniza, más allá de la cueva del diablo y el nido de las serpientes; volveré para ser tan grande como aquella montaña y tan insignificante como las palabras que uso para describir su magia, seré la canción y el espíritu que la entone hasta el final de los tiempos.

Cuento escrito para el Sol del Bajío / Taller Diezmo de Palabras

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Texto: Paola Klug

Clarita y su muerte

-Puedes orar cuanto quieras; al cielo o a la tierra. Pedirle ayuda a dios, al diablo, a los santos, a los ángeles o a los dioses antiguos; de cualquier manera, tu voz y tus plegarias no serán escuchadas por nadie, se perderán en el viento hasta convertirse en parte de él y recorrerán las estrellas hasta ser un eco más que no tenga respuesta.

No importa cuánto mires hacia el cielo azul, nadie está viéndote a ti. Ni tus fantasmas, ni tus ancestros; todo cuanto has conocido y se ha ido, es ahora ajeno a ti y a tu dolor o tu rabia. Las estrellas están tan ciegas como yo- me dijo.

¿Sabes cómo perdí la vista? – me preguntó tocándose los ojos cerrados.

-No, nunca me lo contó mi madre.

-Era una tarde hermosa Clementina; el sol aún brillaba en el cielo, pero también estaba la luna; redonda y blanca plasmada en el horizonte sobre las copas de los cedros. El aire era frío, estábamos a mitad del invierno y yo lo sentía quemar mis mejillas. Era una niña de no más de diez u once años. Fue entonces que ella apareció.

– ¿Quién abuela?

-Una mujer, la más hermosa que había visto en mi vida. Tenía la mirada dulce de mi abuela y la sonrisa de mi madre. Sus cabellos eran largos y los llevaba sueltos, olían a jazmín, clavel, geranio y flores silvestres. Tardé mucho en volver a oler aquella combinación de flores, fue dos años después de que ella apareció ante mí. Justo en el camposanto el día que enterramos a mi padre.

Me dijo, Clarita… Clarita, no creas en todo lo que tus ojos ven.

Se acercó a mi muy despacio, yo no le tenía miedo, quizá porque me recordaba a alguien. Parecía una buena mujer…

Se sentó a mi lado junto a la hierba muerta y con sus dedos me señaló el estanque que estaba frente a nosotros.

– ¿Qué ves allí Clarita? -me preguntó

-El sol y las nubes- le respondí

-Ahora mira hacia el cielo y dime que ves.

Yo le obedecí y miré lo mismo.

-El sol y las nubes.

– ¿En dónde están realmente niña?

Señalé hacia el cielo.

-Pero tus ojos también ven a las nubes y al sol ahogándose entre las ondas del agua. ¿Entonces en dónde están?

-En el cielo señora.

– ¿Entonces tus ojos mienten? ¿O el sol y las nubes están arriba y abajo al mismo tiempo?

No supe que responder.

-No temas Clarita, en ocasiones es más fácil entender las cosas con los ojos cerrados. Deberás perdonarme por dos cosas ahora niña. La primera es que te sumiré en la oscuridad para que puedas aprender, la segunda es porque en algún momento estarás segura de que te abandoné; pero no lo haré Clarita, volveré por ti y traeré conmigo lo que te he quitado.

De los ojos de aquella mujer brotaron un par de lágrimas, las puso entre sus dedos y humedeció con ellas mis ojos. Desde ese momento dejé de ver…

– ¿Quién era ella abuela?

-La muerte Clementina, era la muerte.

Esta vez era yo la que no sabía que decir. ¿Acaso la vejez y la enfermedad estaban minando la mente de la abuela? ¿Estaría tan débil ya? El doctor había dicho que si le dábamos los cuidados necesarios podría estar con nosotros un par de años más.

-Tampoco hay que creerles a los doctores niña. Ellos no saben todo lo que creen – me dijo mientras me agarraba la mano y sonreía. Sentí un escalofrío, era como si me hubiese leído la mente.

Ella cumplirá su promesa Clementina, vendrá por mi esta noche, pero antes de llevarme me devolverá la luz; después de ver tu cara podré irme en paz. Ahora ve a la cocina y tráeme un poco de café.

Me levanté de la cama y caminé hacia la puerta. Mi abuela se veía en paz, incluso sonreía. La fiebre había cedido.

Mientras el agua se calentaba le marqué a mamá, estaba preocupada por la abuela. Si había algo de verdad en sus palabras y moría esta noche, ella tendría que estar a su lado para despedirla. Marqué una y otra vez sin respuesta alguna, hasta que el agua hirvió y el olor del café se apoderó de la cocina. Tomé una taza y la llené, después regresé al lado de la abuela.

-No te preocupes por tu madre Clementina. Ella y yo nos despedimos hace muchos años y ambas estamos en paz- dijo mientras se reincorporaba de la cama y extendía sus manos hacia mí.

Tomó la taza entre sus manos y le dio un sorbo a su café; después, con un movimiento de cabeza me invitó a sentarme junto a ella otra vez.

-A pesar de estar ciega, mi vida fue más fácil que la de los demás. Ella tuvo razón, la oscuridad me permitió entender más cosas y moverme por el mundo. Extrañaba el azul del cielo, las nubes lilas del atardecer y los granos de café que mi madre tostaba en el comal, pero cada que yo desfallecía y me entristecía, ella regresaba a mi lado y me enseñaba cosas distintas; leer el miedo en la voz y sentir la mentira en las palabras. Aprendí a conocer si ver, a sentir sin mirar y también a amar y odiar sin ser engañada por las apariencias.

Así conocí a tu abuelo y así me enamoré de él. Sentí su fuerza y su cariño sin necesidad de ver su rostro y amé a tu madre sin conocer el color de sus ojos. La amé con cada rincón de mi piel y con cada hebra de mis cabellos; pero supe desde el primer instante que ella no me amaría de la misma forma y nunca la culpé por ello.  No tengo nada que reprocharle a tu madre y tú tampoco debes hacerlo; el amor debe fluir, aunque lastime Clementina, porque cuando se estanca comienza a pudrirse y echa a perder todo a su alrededor. El amor de mi hija, no fue capaz de moverse; así que terminó por secarse con el tiempo. Por eso la dejé ir y ella me dejó ir a mí; solo de esa manera, tu madre podría encontrar su camino y ese sendero la condujo hacia ti. Eso fue lo mejor que nos pasó a las tres.

No quiero que la culpes por nada, ni que te culpes a ti misma. Yo la amo, te amo a ti y estoy feliz de abrazar por fin a mi destino. Cuando tu abuelo murió, quise morir con él. Pasé días y noches enteras rezándole a dios porque me llevara a su lado, cuando me desesperé hice lo mismo con el diablo. No me importaba adonde fuera mi alma ni cuan condenada estuviera siempre que pudiese estar con él; en esos momentos de soledad, desesperación y tristeza ella apareció de nuevo y me confesó la verdad, aunque escuché un temblor en su voz.

Dijo que yo no encontraría a tu abuelo en ningún lado y que solo hay dos seres capaces de escuchar las oraciones que día a día se amontonan en el viento, pero ninguna de ellas puede arrancar de nuestros corazones lo que sentimos y queremos dejar de sentir. Una es la vida, que va tan rápido y tan ligeramente que es incapaz de dar marcha atrás; escucha a lo lejos las peticiones, las llamadas de auxilio, las palabras no dichas a tiempo y el llanto desconsolado de las personas y las confunde con el canto del viento, de las nubes y el sol. La vida no tiene tiempo para mirar hacia atrás ni para cambiar nada de lo que ya está hecho.

La otra es ella, la muerte. Que solo puede mirar y esperar a que llegue su momento; puede ir hacia atrás y hacia adelante, permanecer unos segundos en el instante en el que la buscan y después se esfuma como la espuma del mar. No puede ser sorprendida por nadie. Está hastiada, aburrida, cansada; tan cansada que prefiere no escuchar. Cuando la gente la llama se cubre los oídos y camina hacia otro lado. Después de todo, terminará por llegar aun cuando la gente ya no desee morir.

– ¿Y qué pasará entonces abuela? ¿Qué pasará contigo esta noche? -le pregunté con un nudo en la garganta y los ojos repletos de lágrimas.

-Vendrá por mí y me llevará con ella.

– ¿Adonde?

-Adonde no necesitaré ojos, ni labios, ni manos, ni voz. Adonde sabré todo sin conocer nada; adonde la luz se une con la oscuridad y los recuerdos se disuelven en el aire como el café en el agua. Iré adonde olvidaré todo hasta ser olvidada. A la nada que es el todo, a la espiral que se levanta cada anochecer. Y no debes llamarme ni llorar por mi Clementina, porque no vendré, ni te escucharé, ni te recordaré; no deberás sufrir por mí, porque yo dejaré de sufrir por todo. Fluiré como el agua del manantial de aquella mañana, me ahogaré con el sol, las nubes, la luna y las copas de los cedros. Lo único que se mantendrá de mí aquí, será lo que lleves dentro de tu pecho así que no lo guardes con rencor, dolor ni amargura; hazlo con paz y dulzura, tal y como será mi despedida.

Dame unos minutos para despedirme de la vida y regresa más tarde para despedirme de ti.

Mi abuela me dejó sin palabras. ¿Qué podía yo decirle a Clarita después de eso? Quería llorar, gritar, agarrarme fuerte de sus manos para que no se fuera. Quería maldecir a la muerte, golpearla, destruirla; así de grande era mi impotencia. No quería dejarla ir, pero tampoco quería tenerla atada a mi miedo. Salí de su habitación con las manos temblorosas; no quise mirar hacia la cama, ni escuchar lo que susurraba hacia la ventana. Esas palabras no estaban destinadas a mí y no tenía derecho a escucharlas.

Crucé el pasillo hasta llegar a la sala, en la pared había una vieja fotografía enmarcada en carrizo. Mi abuelo, mi abuela y mi madre de niña aparecían en ella; el abuelo llevaba un sombrero de paja y una guayabera blanca, la abuela un vestido de bolitas y un mandil floreado y mi madre tenía una mueca extraña en su cara que me hizo sonreír. Tal vez en ese momento, aún se querían. Tal vez nunca han dejado de quererse, pero el amor de las dos cambió y se convirtió en algo que no soy capaz de ver ni entender; quizá la abuela tiene razón y no hay que confiar siempre en lo que uno ve sino en lo que uno siente.

Lloré sin querer, despacio y en silencio para no mortificar a mi abuela; minutos después volvió a llamarme. Al escuchar su voz, sentí mucho miedo. Caminé muy lentamente de regreso, queriendo atrapar el tiempo con mis pasos.

Al llegar a su habitación, la encontré de pie junto a la cama con su cabello cano y suelto.

-Acércate mi querida Clementina- me dijo.

Lo hice mientras mis piernas temblaban; no tenía miedo de mi abuela, ni de la despedida sino de la energía que podía palparse en la habitación. La luz estaba encendida, estábamos solas, pero no lo estábamos. Mis ojos me engañaban, pero mi corazón no.

-Lo has entendido hija, no puedes verla, pero sabes que está aquí. Ha venido a buscarme, cumplió su promesa. Pero antes de irme, te quiero ver.

-Pero abuelita…

Ella giró su rostro; sus ojos estaban abiertos. Sentí que el piso daba vueltas y que mi corazón saldría de mi pecho.

Su mirada era tierna y alegre, sus ojos de color azul. Más azules que el cielo en el invierno y que la capa de hielo que cubre las piletas al amanecer.

Me miró y sonrió.

-Ahora lo entiendo todo- dijo acariciando mi rostro.

No tuve miedo de ella porque me parecía conocida, tú tienes la cara de mi muerte y eres lo más lindo que pude ver. Fuiste lo último que vi al perder mis ojos y serás lo último que vea al perder mi vida; serás lo último que olvide y lo que más quiera. Adiós mi niña, sin lágrimas ni lamentos. Déjame ir en paz.

Acaricié su rostro y su cabello y me abracé a ella con fuerza; dejé de sentir miedo cuando dejé de escuchar su respiración. Clarita se fue abrazada a mí, cerré sus ojos con mis manos y besé sus mejillas.

La dejé acostada sobre la cama y salí de la casa sin poder pensar, sin poder sentir. El teléfono sonó un par de horas después, era mi madre preguntando por la abuela. Al responderle nos quedamos las dos en silencio, tampoco eran necesarias las palabras.

A la mañana siguiente la llevamos a enterrar, olí el cabello de la muerte a mi lado. No me quitó los ojos, pero se llevó un pedacito de mi corazón; sé que de mi dolor y mi oscuridad aprenderé cosas, que un día vendrá también por mí y que me llevará al olvido terso y silencioso al que vamos todos cuando nuestros ojos se cierran y podemos comenzar a ver.

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Texto: Paola Klug

Fotografía: Roasting coffee beans de Fran Antmann

Siempre he sentido admiración por las personas que crean mundos distintos por medio del arte; personas con la suficiente sensibilidad, talento y magia propia que son capaces de transformar con la palabra, las notas, las letras, el pincel y sus manos todo y todos quienes los rodean. Santiago Savi es uno de esos seres que pueden hacerlo. Maneja a la perfección cada uno de los colores que lleva dentro de su alma, plasma con tanta facilidad en el lienzo tanto aquellas criaturas místicas que aguardan sigilosas entre los bosques, los ríos y los antiguos templos como los rostros morenos de nuestras mujeres raíz; de esas con huipiles floreados, las de vestidos de manta y las que cubren su pena con el rebozo de la tristeza. Santiago es hijo de Mayahuel y Xochipilli, su alma es mixteca y su mirada jarocha.

Es uno de los artistas que más admiro y una de las personas que más aprecio, también es el padre de este “Nahual pensador” que desde ayer custodia mis sueños.

Por favor visiten su página, encontrarán maravillas en ese, su mundo 🌙🐾

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Juana Baca

La conocí una tarde de julio cuando el viento soplaba fuerte desde la sierra; un rebozo azul cubría sus cabellos negros y parte de su frente. Juana me miraba como el coyote mira al conejo poco antes de encajar sus colmillos en él.

Aún recuerdo su blusa rosa con bordados de flores que combinaba tan bien con su piel morena y su sonrisa mestiza.

-No la mire de frente, capaz que le hace mal de ojo- me susurró la marchanta.

Esa es la bruja del mezquital. Juana Baca, la que vive en el monte dijo, para persignarse después.

Le pagué el puñado de verdolagas frescas y me alejé del puesto y de aquella enigmática mujer no sin antes mirarla de nuevo para recordarla después.

Pocos metros adelante me la encontré de nuevo, estaba parada junto a la panadería de Don Andrés; yo era nueva en el pueblo, no tenía más que un par de meses allí; no me había metido en problemas con nadie y no tenía ganas de empezar con ello.

Bajé la mirada y seguí caminando. Juana me alcanzó.

-Soñé contigo, dijo con su voz ronca. Estaba esperándote desde ayer.

-Creo que me confunde, aquí nadie me espera porque nadie me conoce- le respondí.

-Te equivocas, yo sé quién eres- me dijo esbozando una media sonrisa

Ahora acompáñame que tenemos mucho por hacer.

-Discúlpeme, de verdad creo que aquí hay un error. No tengo nada que hacer con usted porque no la conozco y ya voy tarde hacia mi casa.

– ¿Y qué harás en tu casa si no hay nadie allí? ¿Crees que no te he visto llorar en la ventana aferrándote a tu tristeza y tu soledad? ¿Vas tarde a qué? Puedo ir por ti otro día, pero no tiene caso estar esperando más. Tienes que acompañarme ahora- dijo mirándome como si sus ojos pudieran atravesar mi piel.

Sus palabras me tomaron por sorpresa, me asustaron y me hicieron entristecer. Mi cuerpo entero se rebelaba a la idea de acompañarla, había algo en esa mujer que me erizaba la piel. Caminé rápidamente con el corazón latiendo de forma violenta intentando dejarla atrás hasta que desapareció de mi vista entre el polvo que una mula levantó en el camino.

Cada día la encontraba de nuevo a mi paso; llegó un momento en el que dejé de salir de casa por el miedo a no poder enfrentarla y es que con el paso de los días la curiosidad por descubrir lo que aquella mujer quería de mi fue en aumento. Ya casi no comía y cuando cerraba mis ojos para dormir, era su imagen lo único que se me venía a la cabeza antes del sueño.

No fue hasta después de un mes que cambié el curso de mi destino y acepté seguirla, allá adonde mi alma se perdió para siempre.

Caminamos en silencio la mayor parte del trayecto, dejamos la calzada principal para ingresar a un pequeño sendero rodeado de nopales, mezquites y biznagas. Juana Baca llevaba el rebozo sobre la espalda, el aire nos daba en la cara y pude oler en sus cabellos el dulce aroma de la manzanilla. Ella andaba delante de mí, su caminar era ondulante como una serpiente y ágil como el del venado; anduvimos subiendo entre las piedras del monte, quitándonos del cabello y las ropas las espinas de los huizaches hasta llegar a su hogar.

De adobe y juncos estaba construida su casa; afuera un corral vacío y detrás del pozo se erguía un enorme garambullo. Juana Baca me invitó a pasar con una sonrisa en la cara; adentro había dos petates enrollados junto a la ventana, un fogón al centro y una vieja mesa de madera repleta de pequeñas ollas de barro. El techo entero estaba repleto de hierbas y flores secas volteadas hacia abajo; junto a la pared brillaban un par de cirios de sebo y más allá del metate sobre la tierra roja descansaban un morral de cuero, tres guajes y un viejo mortero de madera.

-Desde hoy este es tu hogar. Arrojarás en el pozo todas tus tristezas para que el agua del Laja se las lleve lejos; no habrán más lágrimas en tus ojos ni más huecos en tu corazón. Desde hoy soy lo único que tienes y eres lo único que tengo. Te enseñaré lo que eres y también lo que soy y cuando me vaya ya no estarás sola porque sabrás estar contigo.

Si en algún momento de mi vida las palabras me faltaron fue en ese; enmudecí y palidecí por igual ante la última luz de la tarde que se colaba por la ventana.

Los días pasaron como las nubes blancas sobre el cielo azul, Juana Baca me enseñó a endulzar mis recuerdos en piloncillo y alimentar a las palomillas que se posaban en la palma de mi mano; hechizamos con mecate y danzamos con las yucas bajo la luna menguante. De ella aprendí la canción del monte y el arrullo suave con la que el viento duerme al lobero antes de ser cortado. Juana Baca me enseñó a llamar la lluvia y a secar la tierra; ella fue la luz de mis noches y la sangre que bombeaba mi corazón.

Recuerdo mirarla junto al fogón mientras machacaba las flores de pirul que encontramos en la Hoya de Cintora; sus ojos soñaban con otros tiempos. Juana Baca estaba atrapada en otro mundo, en otra historia, en otro amor. Casi podía sentir su nostalgia como sentía el calor del fuego u olía la leña quemándose entre las brasas.

Su magia era blanca como el granizo en la montaña y negra como el huitlacoche. Juana Baca era luna y también sol; frágil y dura, tormenta y arroyo.

La última noche que la vi, poco antes de despedirse puso sus labios sobre los míos. Su beso sabía a menta, su piel a cempasúchil; Juana Baca, la bugambilia en mis ojos, la enredadera en mis piernas.

Aquella noche antes del alba enterró sus piernas debajo del garambullo y se echó a volar; Juana de fuego surcó el cielo para perderse como una luciérnaga en la inmensidad del desierto. La vi alejarse más allá de mis ojos, de mis silencios, de mis recuerdos…

Su ausencia era amarga como el xoconostle, pero dulce como el licor de anís.

La busqué durante años entre la sierra y los valles; entre los pueblos y las ciudades. Juana Baca desapareció para siempre.

Con el paso del tiempo la herida se cerró y volví a danzar sin dolor; ella tenía razón, después de todo aprendí a estar conmigo. Volví a llamar a las tormentas y a cantar con los coyotes en la luna llena como me enseñó; poco después tejí mis alas con palmas para volar junto a los tecolotes cuando el invierno tocó la puerta de madera.

Fue entonces que dejé la casa, el pozo, el garambullo y sus piernas; esta vez la que tenía que marcharse mecida por el viento frío de diciembre era yo.

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Texto: Paola Klug

Fotografía: Rodrigo Díaz Guzmán

¡Por fin llegó el momento de presentarles a mis nahualitas! Estas muñecas artesanales son la razón por la que he estado tan ausente desde hace un par de meses, pero la espera valió cada minuto y desvelo desde el inicio de esta aventura para mí. Pero déjenme contarles todo desde el principio: Como saben, desde niña he sentido por igual la fascinación por las brujas que por las muñecas, así que el unir estos dos elementos tan importantes en mi vida en una muñeca, que a su vez estuviera inspirada en los personajes de mis cuentos fue algo tan importante como mágico en mi existencia.

El primer reto fue la elección de la primera colección de muñecas ¿qué brujas deberían tomar vida para convertirse en nahualitas? Fue un proceso difícil, sin embargo y después de muchas noches, fui capaz de elegir. Una vez seleccionados los personajes, recurrí a mi imaginación y tracé varios bocetos de sus atuendos, peinados, facciones y lo más importante, su color de piel. Siempre he sentido que falta la representación de la piel morena entre las muñecas mexicanas; inclusive las más artesanales o clásicas, como en el caso de las mazahuas, así que mi más grande compromiso era crear una línea de muñecas con la variedad, belleza y magia de nuestra piel morena.

En esta primera colección de nahualitas podrán encontrar a Fausta Justina (“Las Faustas”) a Itza (“La niña del cacao”) a La Mariposa (“La Mariposa”) a la Bruja Yaqui (“La Bruja Yaqui”) Ayauh (“Tejido de estrellas”) a la Curandera (“Curando las penas”) a Frida (“Lluvia de estrellas”) y como sorpresa, quiero presentarles a Niebla Coyote, ella es una Tlahuelpuchi del pueblo chichimeca.  No conocen su historia porque no la he publicado en la red; solo tendrán acceso a ella quienes adquieran la muñeca.

Cada nahualita está pintada a mano y también he teñido la manta de su piel a la vieja usanza; pero no he hecho todo yo. Doña Berta Gómez, una hermosa y fuerte mujer a la que adoro y admiro, me ha acompañado desde el principio del nacimiento de las nahualitas. Entre las dos seleccionamos las telas entre las mercerías de varios pueblos de Guanajuato porque buscábamos no solo la calidad de las mismas, también su identidad rural. Y es que cada nahualita está vestida con las mismas telas que las mujeres reales de los ranchos vecinos. Doña Berta se ha encargado de coser su ropa y el resto de los elementos los he creado yo.

Las nahualitas son muñecas de arte que representan el folclor, espiritualidad e identidad de las mujeres antiguas tal como en mis cuentos, pero en ellos y en las nahualitas también está la esencia y la sabiduría de las mujeres del presente; el espíritu protector de las abuelas, la fuerza y el misticismo de las brujas guerreras y el orgullo y dignidad latente de los pueblos originarios está presente en cada una de ellas.

Es un país tan lleno de cultura, tradiciones y colores como México, es necesario el orgullo por nuestra piel y origen; nunca es demasiado tarde para encontrar el amor por lo que somos para dar pasos firmes y seguros en nuestro caminar, ese es el mensaje principal que quiero dar con las nahualitas.

¡Pero eso no es todo! Cada nahualita contiene el cuento en el que nació junto a la historia extendida de su personaje y comentarios extras sobre su origen. Lo que ha sido otro reto, pero ha resultado en algo verdaderamente maravilloso.

Bañadas en rayos de luna y bendecidas por el rocío nocturno, las nahualitas son las únicas muñecas artesanales mexicanas que nacieron del sonido de la caracola, el aleteo de la polilla y el anochecer eterno del Tlaltícpac, el hogar de las brujas morenas; también tienen una hermosa historia de su nacimiento y el resto de la misma, quedará en manos de quienes adquieran una.

WEB: https://nahualitas.wordpress.com/

Mail de compras: coyotedeniebla@gmail.com

FB: Nahualitas

Instagram: @nahualitas

 

 

 

 

Si me han seguido el tiempo suficiente, sabrán cuán importante es para mí el café; esta bebida tiene para mí, los recuerdos más importantes en mi vida. Por eso mismo, es un placer poder presentarles lo que dos jóvenes chiapanecos han creado un proyecto 100% mexicano, llamado Entre Sorbos Café.

David e Iván, al igual que yo y muchas otras personas, asumen que el café es sumamente importante en la cultura de su estado y también en la nacional. Chiapas es un lugar lleno de colores, sabores y aromas y los cafetaleros forman una parte primordial de su identidad. Ellos idearon, planearon y llevaron a cabo son sus propios recursos y esfuerzos el proyecto que les quiero mostrar hoy.

En Entre Sorbos Café encontrarán una gran variedad de granos de Silpetec, Jaltenango, Monte Cristo de Guerrero, Villacorzo; San Fernando, Amatenango de la Frontera principalmente; estos municipios llevan años trabajando en el proceso de siembra, cosecha, selección y elaboración del delicioso café de Chiapas. Sin lugar a dudas, este estado junto a Veracruz son los principales pilares de los cafetales en nuestro país y ambos se distinguen por la calidad, el aroma, el olor y el inigualable sabor de sus granos. Esto lo sé porque durante algunos años trabajé en una cafetería de la CDMX y en los cursos a los cuales tuve que acudir para poder hacer un buen trabajo, me enseñaron a diferenciar el buen café en base a mis sentidos; ahora que lo recuerdo,también trabajé durante todo ese tiempo única y exclusivamente con el café chiapaneco ( mismo que es mi favorito,  por su calidad y por su sabor)

Entre Sorbos Café tiene varias mezclas interesantes para los amantes del café y todas por igual deben ser conocidas, probadas y disfrutadas por cada amante del café en este país.

Sin más, les enseño algunas fotos de mis mezclas orgánicas favoritas: la mezcla fuerte para las noches frías y de mucho trabajo y la mezcla suave para el atardecer (súper recomendadas las dos)  Debajo de las fotos, encontrarán los datos de contacto de Entre Sorbos Café. Apóyenlos, difundan su trabajo y disfruten en una taza grande, el esfuerzo, dedicación y entrega que estos dos jóvenes chiapanecos han puesto desde el inicio en su trabajo.

¡Vayan, vayan! Prometo por la taza del tío Pepe que es el mejor café que han probado en su vida ☕

 

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Datos de contacto:

FB: Entre Sorbos Café

Instagram:  entre_sorbos_cafe

Mail: entresorboscafe@gmail.com

WEB: http://entresorboscafe.com

Tienda: https://www.kichink.com/stores/cafedelsurchiapas

Entre Sorbos café hace envíos nacionales e internacionales.