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Archive for the ‘Infantiles’ Category

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El Valle de Aradia se había cubierto de nieve; las últimas cosechas ya se habían levantado y ahora solo restaba esperar la llegada de la primavera, sin embargo en aquella época del año todos en el Valle esperaban la fiesta de Júl. Una antigua y mágica celebración invernal.

Mientras los habitantes del Valle se preparaban para la fiesta, fueron atacados repentinamente por seres cuya existencia desconocían, la batalla mágica que se libró para conservar la paz y tranquilidad en Aradia fue peleada por Jengibre y Caramelo, dos brujas que con todo su poder, ingenio y un hechizo jamás usado en las batallas trataron de revertir el ataque lanzado por Saúco –la más poderosa bruja de las montañas-

Descarga o lee en línea “Jengibre & Caramelo” dando click aquí: Jengibre y Caramelo

Texto e ilustración: Paola Klug / La Pinche Canela

El Cuento “Jengibre & Caramelo” puede ser impreso, distribuido y narrado siempre y cuando NO se lucre con él y se cite a su respectiva autora.

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Koltzin

Koltzin pertenece al pueblo de los  Xantilmeh, mitad carne, mitad piedra. Ella vive en un mundo dual en donde el sol la petrifica y los rayos de la luna le permiten moverse con relativa tranquilidad en el mundo de los humanos,  al que alguna vez perteneció.

Hacía muchos años también fue humana, una niña pequeña engendrada de padres nahuas; sin embargo en un descuido fue engañada y llevada por Wéél –el más viejo de los Xantilmeh- a su casa en el interior del monte; en aquél lugar Koltzin comió pan de maíz endulzado con tejocote y tomó varias jícaras de atole dulce ofrecido por aquél extraño pero amable anciano. Una vez que Koltzin se sintió satisfecha cayó rendida en un petate, durmió profundamente por días enteros –mismos en los que su padre y su madre la buscaron sin éxito alguno- solo para despertar convertida en piedra.

Allí estaba ella, tiesa e inmóvil junto a un fogón y una hamaca. Frente a ella estaba  Wéél convertido en piedra también,  mirándola fijamente con sus ojos rocosos bien abiertos.

-Ahora eres una Xantilmeh- le dijo con su voz ronca.

A partir de hoy eres mi hija y esta será tu casa.

Koltzin tenía ganas de llorar pero las piedras no tienen lágrimas.

Ella sabía que los Xantilmeh se transformaban en piedra hasta que el sol se ocultaba entre las montañas, eran los guardianes de los montes, eran embusteros, tramposos  y también se comían a los niños humanos en tamales.

Por lo menos Wéél no se la comió…

Koltzin no dijo nada, el estar echa de piedra era agotador, sin embargo extrañaba a sus padres y se arrepentía de haber ido en búsqueda de aquella cría de coyote que la había alejado tanto de su casa.

Con los años Koltzin olvidó su antigua vida pues su corazón humano se hizo de piedra sin importar la ausencia del sol o la presencia de la luna. Fue entonces  que comenzó a vivir como cualquier otro Xantilmeh lo hacía.

Había aprendido rápido el lenguaje del metlapil, del metate, del petate y de las ollas de barro; conversaba de igual manera con los árboles que con las piedras, con la lluvia, con el viento y con las estrellas. Se había convertido en el orgullo del anciano y era tan sabia y tan fuerte que todos los Xantilmeh por igual la seguían.

La piel de Koltzin se hizo morena como la misma tierra, sus ojos eran grandes y del color de las hojas cuando el otoño cubre el horizonte; de sus cabellos negros pendía una tiara hecha con los cráneos de algunos niños-tamales.

Koltzin era hermosa, pero su belleza era fría y oscura como la del resto de su pueblo.

Ella caminaba junto a los Xantilmeh desde las húmedas cuevas en las entrañas del monte a los poblados cercanos cada que el último rayo de sol se escondía entre las nubes rojas dándole paso al anochecer.

Entonces entraban a las casas mientras los humanos dormían; cocinaban en sus ollas, se mecían en sus hamacas y se calentaban las manos frías entre la lumbre de sus fogones. Si algún humano cometía el error de despertar, los Xantilmeh soplaban sobre él, el mal de aire, enfermándolo de gravedad e inclusive algunas veces matándolo si su espíritu no era demasiado fuerte para enfrentarlo.

Cuando esto ocurría, el poblado entero era rodeado con sal y los Xantilmeh ya no eran bienvenidos; y es que para ellos la sal es veneno.

En cierta ocasión, Wéél sopló sobre un hombre el mal de aire sin darse cuenta de que el joven varón llevaba entre sus manos un puñado de sal que lanzó con fuerza hacia el rostro del anciano.  Wéél  salió despavorido de la casa, arrastrando a su paso las sillas de bejuco y las chispas de un anafre.

El anciano quedó convertido en piedra –para siempre- junto al pozo y el corral. El padre piedra de Koltzin había muerto.

Tampoco pudo llorar su muerte pero decidió vengarse del humano.

Koltzin esperó pacientemente a que las hierbas y rezos del señor medicina del pueblo hicieran efecto sobre él. Esperó a que su cuerpo y su espíritu se recuperaran y prohibió a todos los Xantilmeh acercarse de nuevo al poblado para no levantar sospechas. Como su líder e hija elegida de Wéél, el pueblo de piedra debía obedecerla.

Pasaron siete lunas y cientos de soles; Koltzin observaba escondida desde el monte cada movimiento del joven que se recuperaba lentamente.

Ella comía jilote tierno y tomaba agua de lluvia –si es que la lluvia caía- no importaba el sol ni la luna o las inclemencias del tiempo; Koltzin permanecía oculta  entre el follaje con sus ojos fijos en la casa de adobe.

Fue un anochecer cuando por fin llevó a cabo su venganza. El joven dormía plácidamente en los brazos de su mujer y en compañía de sus dos hijos; Koltzin entró lentamente a la casa,  sus pies pequeños y frágiles caminaron desde la entrada hasta la cocina. Las  cuatro sillas estaban colocadas junto a la pared, el alterón de platos y ollas reposaban sucias junto al fogón cuyo fuego estaba a punto de desaparecer. La mujer había puesto a dormir al metate sobre su lado izquierdo para evitar que los Xantilmeh lo usasen, sin embargo al sentir la presencia de Koltzin, el metate despertó.

-Escucha con atención niña-calabaza, le dijo en voz baja.

La única forma de sacar a los niños de la casa es la misma que usó Wéél para alejarte de la tuya.

Deberás convertirte en la cría de un coyote y lamer tres veces la mano de cada niño, solo de esta forma podrás despertarlos y lograr llevártelos contigo a la casa del monte. Estando allá debes hacer que coman y beban lo que tú les prepares, si no lo hacen jamás se convertirán en un Xantilmeh.

Koltzin agradeció los consejos del metate acariciando sus ásperas patas y continuó su camino. Justo antes de entrar a la pequeña habitación en donde dormía aquella familia,  la Xantilmeh hizo bajar con fuerza su colorido huipil hasta que desapareció dentro de él, segundos después emergió del interior de la prenda bordada en forma de un pequeño y regordete coyote bebé.

Ya en cuatro patas caminó hasta los niños e hizo lo que el metate le indicó. Los pequeños contentos de ver al animalito se mantuvieron en silencio para no despertar a sus padres -que definitivamente lo sacarían a punta pies-

Siguieron al pequeño coyote a través de la puerta y cruzaron sin pensar el umbral, corrieron a su lado entre las calles polvosas del pueblo y el mercado alejándose cada vez más de su hogar.

Cuando se encontraron solos y perdidos a mitad de la noche tuvieron miedo, no podían ver más allá de cuatro pasos a su alrededor, tenían miedo y tenían frío.

Fue entonces que Koltzin apareció nuevamente ante ellos. Se había quitado la tiara de la cabeza y parecía una joven dulce y amable.

-¿Qué hacen a esta hora en el monte hombrecitos? –les preguntó a los niños

-Estábamos siguiendo a un coyote pero lo perdimos – respondió el hermano mayor

Ahora no sabemos cómo regresar a nuestra casa en donde esperan nuestros padres.

-¡Oh! ¡No se preocupen! Yo los llevaré mañana al amanecer; esta noche es muy fría y oscura. Les propongo lo siguiente; hoy dormirán en mi casa y mañana con el primer rayo de sol los llevaré a la suya antes de que sus padres despierten; de esta manera evitarán el castigo y hoy no tendrán que sufrir ni frío ni hambre.

Los hermanos se vieron uno al otro y ninguno encontró una razón para no aceptar la propuesta de la hermosa joven. Ambos sabían lo que ocurriría cuando su padre se enterara de lo sucedido, así que si tenían una forma de ocultar su aventura sin dudarlo un segundo la tomarían.

-Pero nos llevarás a casa antes del amanecer porque mi padre se levanta muy temprano – demandó el hermano mayor

Koltzin asintió con la cabeza y tomó a los dos niños de la mano internándolos cada vez más en la profundidad del monte.

Caminaron y caminaron hasta encontrar un sendero lleno de piedras y musgo. Unos metros abajo divisaron una casa,  una muy pequeña  tejida con palma y carrizo. En el interior de la misma colgaba una hamaca y en el fondo había un horno de piedra. Koltzin los hizo pasar, colocó un par de metates en la tierra y comenzó a cocinar para ellos: Pan de maíz endulzado con miel de maguey y una olla llena de atole dulce. Los niños comieron y comieron hasta quedar exhaustos; Koltzin los miraba complacida.

El resto de la historia ya lo imaginas; días después ambos hermanos se habían convertido en piedra. Eran los nuevos hijos de Koltzin y pertenecían al  pueblo Xantilmeh; de nada sirvió el llanto de su madre o la desesperación de su padre, ellos ya le pertenecían al monte.

Lo sucedido con los niños corrió de boca en boca por todos los rincones de la sierra, nunca más nadie se atrevió a lastimar a un Xantilmeh con la sal; sabían que de hacerlo la hermosa Koltzin regresaría a cobrarse quitándoles lo que más querían.

Puede parecer que los Xantilmeh son malvados, pero en realidad no lo son. Ellos estaban aquí antes que nosotros y los orillamos a huir hacia las cuevas y los montes; no les gustamos ¡eso es verdad! Pero es que les hemos quitado casi todo…

Cada que un árbol es talado, un Xantilmeh muere. Quizá el pueblo de piedra no nos importe pero ellos son el alma de los cerros y los montes, una vez que los desaparezcamos por completo, nosotros también lo haremos.

Koltzin sigue al frente de los Xantilmeh, ya es más vieja de lo que alguna vez fue Wéél y cuando ella muera y se convierta en una piedra eterna sus hijos tomarán las riendas de su pueblo; algunas veces se le ve caminando entre los árboles, otras se le escucha cantando entre las barrancas de la sierra, unos dicen que su cuerpo permanece joven, otros dicen que su piel oscura ya asemeja una corteza…

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Texto: Paola Klug

Ilustración: “Xantilmeh” por Nahualo

Bibliografía: Ser humano y hacer el mundo. La terapeútica nahua en la sierra negra de Puebla: Dra. Laura Elena Romero López

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Tzibi era hijo del fuego y de una estrella. Llegó a la tierra en una noche de tormenta, el cielo lo recibió con relámpagos y truenos que cimbraron a todos los pueblos. Tzibi nació hñähñu y ellos le enseñaron sus artes, con ellos aprendió a usar el escudo, la maza y la flecha, aprendió a leer los mensajes de las estrellas y a platicar con los árboles; quizá de todo lo que su pueblo le enseñó esa era su actividad favorita.

Tzibi escuchaba atento a los ahuehuetes, pero los mezquites jóvenes lo hacían reír con sus bromas y lo entretenían con sus adivinanzas:

“Unas estrellas subieron al cielo, otras quedaron brillando en su vuelo”

-¿Cuáles son esas estrellas joven guerrero? – le preguntaban los mezquites a Tzibi, quién se rascaba la cabeza y decía palabras sin parar para poder ganarle a los árboles.

-¿Los grillos? ¡La rana! No, esperen seguro es la obsidiana.

Los mezquites se reían incontrolables al escuchar las respuestas de Tzibi, entonces el abuelo ahuehuete dejó escuchar su respetable voz:

-Joven Tzibi. Aprende a pensar antes de hablar. Medita la pregunta y busca la respuesta en tu corazón, no en tu estómago.

Tzibi asintió con la cabeza y cerró sus ojos. ¿Qué estrellas brillan mientras vuelan? Se preguntó en silencio.

De pronto la respuesta llegó a la punta de su lengua al recordar las noches que pasaba en el campo lleno de luciérnagas. ¡Ellas eran las estrellas!

-Son las luciérnagas – dijo muy serio tanto a los mezquites como al abuelo Ahuehuete quién lo miró orgulloso.

Así pasaron los días para Tzibi hasta que decidió comenzar a recorrer su propio camino. Ya que los mezquites eran sus amigos decidió irse a vivir a lo que ahora se conoce como el valle del mezquital.

Tomó sus pertenencias y se despidió de todos. De sus nuevos amigos aprendió miles de canciones e historias. Los mezquites le susurraban himnos de batallas lejanas y leyendas de la gente antigua. Pronto, el joven Tzibi comenzó a ser reconocido por toda la región como el que habla con el camino ya que lo veían conversar con todos los árboles del valle. La gente lo invitaba a sus casas y a sus celebraciones puesto que Tzibi sabía todo tipo de historias que encantaban a jóvenes y viejos por igual.

El hijo del sol les contaba sobre las lejanos hogares de los dioses en el cielo, las canciones del río y el arroyo y los sueños del águila y el jaguar. Una mañana fría el pueblo de Tzibi fue atacado por hombres desconocidos y extraños. Con ellos traían el fuego y la enfermedad; pocos sobrevivieron a la batalla pero sufrieron más que los que murieron. Tzibi fue cuidado por los mezquites del valle, lo envolvieron entre sus troncos y le curaron sus heridas con la savia de sus hojas.

Tzibi peleó como todos los guerreros de su pueblo habían hecho, con dignidad y valor – pues nadie debe ser sometido sin pelear por su libertad- aun así sus heridas eran grandes y tardaron mucho tiempo en sanar. El joven Tzibi estaba atrapado entre el reino de la muerte y el reino de la vida, sus ojos permanecieron cerrados pero su corazón ardía con la misma fuerza que su padre en el cielo. El cuidado de los mezquites funcionó y Tzibi se recuperó.

Aun así había un problema: Los hombres que habían atacado a su pueblo seguían allí y si lo veían salir del valle entonces le matarían. Uno de los mezquites tuvo una idea: Con la magia de los árboles y de la tierra convertirían a Tzibi en un tecolote, así nadie lo atacaría y podría seguir ayudando a su pueblo.

Tzibi dudó, pero recordó las palabras del viejo ahuehuete y meditó la idea en su corazón. Si él moría ¿quién le recordaría a su pueblo todas aquellas historias que le dieron origen? Los que habían sobrevivido fueron obligados a cambiar de nombre y a usar palabras en una lengua distinta, con el tiempo terminarían por olvidar quienes eran y eso sería la verdadera muerte de su pueblo.

Entonces Tzibi aceptó la propuesta de los mezquites y les agradeció todos sus cuidados. El mezquite más viejo escondió a Tzibi en una de sus vainas y todos los árboles del valle cantaron la canción que daría vida a la nueva forma del guerrero.

Tzibi salió de la vaina en la primera luna, miró al cielo en donde estaba su madre con sus nuevos ojos más grandes. Sacudió sus enormes alas y dio su primer vuelo sobre sus amigos los mezquites del valle hasta llegar adonde tenían prisionero a su pueblo. Tzibi se postró entre ellos y comenzó a hablarles:

“Pueden cambiar sus nombres, pueden obligarles a usar sus palabras y adorar a su dios, pero nunca podrán cambiar nuestra sangre, ni nuestro origen. Pueden obligarlos a usar sus ropas, pero jamás podrán cubrir con ellas el color de nuestra piel, ni la noche ni la madera de nuestros ojos ni cabellos. Siéntanse orgullosos de lo que son hermanos, no se cubran con culpa ni vergüenza porque somos espíritus libres descendientes del Sol, la luna y las estrellas. Somos hijos de la tierra que no le pertenece a nadie, hermanos del mar y las montañas. Yo vendré aquí a recordarles cada noche de donde han surgido y cada vez que uno de nosotros muera vendré a cantarle a su espíritu para que encuentre el camino a su destino”

Tzibi regresó cada noche como les prometió, aun ahora se le escucha contar sus historias en el campo y en las montañas para que nadie olvide que una vez hubo un pueblo digno de hombres y mujeres valientes que pelearon por la vida, tanto en el valle del mezquital como mucho más allá.

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Texto: Paola Klug

Ilustración: Kitsune Perez (https://instagram.com/kitsuneperez/)

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No recuerdo cuanto tiempo pasé entre mi finca, mis huertas y la casa de mis nuevas amigas, lo que recuerdo es que comencé a sentir curiosidad por visitar nuevos lugares y conocer al resto de las almas que como yo, estaban del otro lado de la olla.

Viajé recorriendo pueblos, montañas y valles; también crucé el océano y los siete ríos de cacao. Anduve de aquí para allá entre todos esos mundos creados por quienes habían dejado atrás el latido y el aliento. Durante años ¿o talvez siglos? recorrí todos los caminos que pude encontrar,  senderos de dulce, de limón y jamoncillo que me llevaron a los lugares más recónditos y mágicos en donde la muerte siempre era una celebración y un motivo de júbilo.

Vi cientos de miles de almas pasar de un lado de la olla hacia el otro; muchos llegaron, muchos se fueron e inclusive mi padre se reunió conmigo una vez que murió; él tenía un lindo rancho lleno de caballos de ate y de zapote negro pasando el puente que abre el camino hacia mi finca.

Fue en la cena que preparé en su honor cuando conocí a Nicanor, era uno de los nietos de la señorita Amalia y tenía poco tiempo de haber llegado aquí. Era alto y tenía los huesos fuertes, en su frente llevaba grabada con muégano una clave de sol.

-Es músico –me confesó su abuela en un cómico susurro

Llevaba puesta una playera extraña que combinaba a la perfección con los pétalos de nanche alrededor de sus ojos. Desde aquella noche, Nicanor y yo nos hicimos grandes amigos y poquito después nos hicimos novios. ¿Pueden imaginarlo?

Pasábamos la mayor parte del tiempo juntos, yo leía o escribía mientras él tocaba su guitarra de palanqueta o practicaba en la batería de mazapán.

¡Era tan divertido! Yo había encontrado a un amigo y a un compañero y estaba feliz por ello.

Nicanor construyó su estudio muy cerca de mi finca y en poco tiempo encontró a un par de calaveras interesadas en formar una banda de rock. ¡Ellos tocaban en todas las fiestas de la región!  Después vino la gira en cada rincón de la olla y tiempo después, cuando él regresó tomamos una decisión. Volveríamos a nacer y a encontrarnos del otro lado ¡sería nuestra primera vez juntos allá!

Honestamente yo no estaba muy segura, me sentía muy tranquila aquí pero entonces recordé que son las aventuras las que alimentan a nuestros espíritus y ningún alma está hecha para permanecer por siempre en un solo lugar; somos luz en movimiento sin importar la carne o el hueso; así que le pusimos fecha a nuestra misión, regresaríamos a la vida durante la noche de los muertos; con un poco de suerte la coincidencia con nuestras nuevas fechas de nacimiento nos darían la oportunidad de encontrarnos con rapidez.

Hoy escribo esta carta sin saber lo que sucederá más tarde, los pétalos de cempaxúchitl ya marcan el sendero de vuelta a la olla y las luces de las velas iluminan nuestro andar y es que la muerte es como la vida, uno nunca sabe qué lo esperará más allá. Los dos hemos visitado a nuestras muertes y tenemos la llave de nuestras puertas, yo viajaré hasta la sierra y Nicanor a la ciudad, ¡deséenos suerte, la vida nos espera!

 

PD Alebrije también nos acompañará.

FIN

 

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Aquella luz verdecina se disipó rápidamente, para mi sorpresa la señorita Amalia y yo estábamos saliendo de un enorme árbol de ceiba cuyas raíces se extendían más allá de donde nuestros ojos alcanzaban a ver.

El olor de la naranja agria y el coco llegaban hacia nosotras desde el océano que podía escuchar romperse a lo lejos.

-¿Mi hermano está aquí? Le pregunté emocionada

-Me parece querida que tendremos que caminar hacia allá para averiguarlo –me respondió mientras las falanges de alfeñique de su dedo anular señalaban un camino de jícaras con veladoras prendidas adentro.

Mientras tomábamos aquél mágico camino hacia lo desconocido observé que en ambos lados de la vereda habían cientos de plantas de albahaca y ruda –frescas y secas- pero todas colgadas sobre las ramas de los árboles a nuestro alrededor. Más adelante encontramos un cúmulo de la arena más blanca y suave que yo había visto jamás, rodeando la arena estaban colocadas varias ollas de barro a modo de floreros que contenían virginias moradas, xpujuc amarillas, cempasúchil y cientos de flores de amor seco, al centro del cúmulo había un letrero hecho en el tronco de un cedro viejo: Hanal Pixán –decía-

-¡Oh! ¡Oh! Gritaba emocionada la señorita Amalia mientras brincaba de un lado a otro haciendo sonar nuevamente su collar de perlas y sus pulseras de oro.

¡Llegaremos a Hanal Pixán! ¡Llegaremos a Hanal Pixán! ¡Corre Nube! Corre o nos los perderemos, es allí adonde está tu hermano ahora.

Me tomó con fuerza de la mano y ambas por igual comenzamos a correr hacia abajo mientras me contaba de qué se trataba todo esto.

-Siempre quise estar aquí ¿sabes? Llegaremos justo el día de muertos y es que es eso es el Hanal Pixán Nube, el día de muertos pero celebrado de una manera muy distinta a la que casi todos conocemos, esta es la fiesta del viento sur, del mar turquesa y de la selva tibia.

Por fin habíamos llegado a la playa, el mar era más azul que el cielo y entre la blanca arena se extendía un largo sendero cubierto de flores naranjas y palmas verdes recién cortadas a juzgar por su olor; sobre él, miles de calaveras como nosotras caminaban en procesión hasta lo que parecía ser un altar colocado junto a unas piedras; fuimos hasta donde los demás estaban y comenzamos a caminar con ellos en la búsqueda de mi hermano.

Durante nuestro trayecto un alma dulce y amable se nos unió. Betty era su nombre…

Llevaba colgado en el cuello un hermoso collar de ámbar y un bello vestido bordado en color verde, azul y naranja. Las cuencas de sus ojos estaban rodeadas por flores rojas de papel estaño y en su frente brillaban algunos caramelos rosados. Al igual que la señorita Amalia, yo y todos los que habitamos en este lado de la olla, Betty estaba hecha de alfeñique.

Como éramos nuevas en el Hanal Pixán y no teníamos ningún familiar que nos brindara la cena aquella hermosa noche, ella se ofreció a llevarnos a su casa una vez que se abriera el portal de las ánimas, sería con ella con quien degustaríamos nuestros alimentos, pero eso no fue todo, no; Doña Betty también nos ayudó a encontrar a mi hermano, a diferencia de la señorita Amalia y de mí, ella tenía a casi todos sus familiares a su lado por lo que fue fácil organizarnos para encontrarnos con él.

-¿Cómo era? –me preguntó con dulzura

-Era muy alto y muy flaco, su risa era contagiosa y estoy segura de que debe traer puesto algo de color verde.

-¡Ya oyeron muchachos! -Gritó Doña Betty ¡A buscar un huesudo gigantón con ropa verde!

Docenas de calaveritas de todos tamaños comenzaron a correr hacia todas direcciones con el encargo de Doña Betty, quién lo encontrara primero podría traer de regreso un litro entero de atole nuevo, balché y chocolate.

No habíamos dado ni cinco pasos cuando alguien gritó ¡Encontré al gigantón! ¡Encontré al gigantón!

Mis piernas y mis brazos temblaron sin parar, desde que él murió lo único que quería era verle de nuevo y ahora que tenía la oportunidad de encontrarme con él era incapaz de moverme.

La señorita Amalia se me acercó con ternura.

-No hay nada que temer Nube, solo hemos cambiado ¿no lo ves? Aquí no hay pretexto alguno para seguir sufriendo, uno siente miedo allá porque desconoce la verdad, pero ya no puedes temerle a lo que tienes frente a tus ojos. Ve con él que te está esperando…

Cada paso que di en su encuentro me pareció una eternidad mientras recordaba nuestros momentos juntos del otro lado de la olla, nuestros juegos y nuestras peleas, nuestras travesuras y nuestros secretos. Un par de calaveritas pequeñas me sacaron de mi ensueño y me llevaron a rastras sobre la arena hasta donde se encontraba mi hermano para poder cobrar el premio.

Él estaba de espaldas a nosotros mirando hacia el mar, el mar que me lo había quitado me lo volvía a dar.

-Hermano –susurré y entonces él volteó

Sus dientes de leche castañearon en una carcajada y se abalanzó hacia mí como cuando era un niño pequeño, nuestros huesos de dulce crujieron entre la arena debido al golpe que nos dimos sin embargo no había dolor, solo una inmensa alegría por vernos de nuevo. En su frente llevaba una flor de olivo y colocada una playera verde-amarillo, nos miramos y volvimos a sonreír.

Todo había quedado atrás, allá, en el otro extremo de la olla.

Nos levantamos de la arena y nos abrazamos mirando hacia el mar, parecía que el alfeñique había endulzado nuestros espíritus, ya que todo lo que sentíamos era afable y tierno. No tardamos en ponernos al día, en contarnos todo acerca de nuestros respectivos lugares, en hablar de papá y de todos a quienes habíamos dejado atrás.

Después le presenté a la Señorita Amalia y también a Doña Betty y su hermosa familia, ella nos avisó que ya era hora de partir, el Hanal Pixán comenzaría y tendríamos que estar todos juntos para evitar perdernos.

Todos nos incorporamos en la procesión, la comida de las ánimas ya estaba lista.

En el cielo retumbó un trueno que hizo cimbrar la arena, las piedras e incluso el mar, sobre nuestras cabezas comenzaron a formarse enormes nubarrones en forma de espiral de los más diversos colores, algunos verdes, morados, rojos y grises y justo cuando pensé que no podía ser más espectacular de entre las nubes comenzó a moldearse una enorme serpiente.

-Es Kukulkán –nos dijo Doña Betty

La serpiente de escamas de nubes descendió hasta la arena, justo en donde estaban las piedras del enorme altar, tocó una de ellas con el cascabel de su cola y desapareció entre las olas del mar, la puerta entre los dos extremos de la olla estaba abierta, los muertos podríamos regresar.

Conforme atravesábamos la puerta podíamos ver cientos de miles de velas hechas con cera de abeja repartidas en cada uno de los caminos, millones de pétalos de distintas flores caían hasta nuestros pies. Tomé a mi hermano y a la señorita Amalia de la mano mientras seguíamos a Doña Betty y su familia.

Íbamos sobre un camino empedrado, de cada lado del mismo la frondosa selva se levantaba majestuosa; escuchábamos a lo lejos el canto de las aves y de los animales nocturnos escondidos entre la maleza. Arriba el cielo repleto de estrellas y la luna llena –tan redonda y hermosa como la recordaba- iluminaban nuestros pasos al compás del viento que hacía temblar la luz de las velas.

-Ya falta poco – dijo Doña Betty mirando hacia nosotros mientras señalaba una casa pintada de amarillo en el extremo del pueblo.

Las calaveras más pequeñas comenzaron a correr emocionadas, se encontrarían de nuevo con sus padres, madres, abuelos, abuelas, hermanos, hermanas y amigos. Los vimos atravesando un enorme portón de madera y perderse en el interior de la casa.

Doña Betty se acercó a nosotros para explicarnos lo que pasaba.

-La primera noche del Hanal Pixán es para los niños y las niñas. Los altares en las casas están llenos de comida, dulces, bebidas y juguetes para ellos – nos dijo mientras atravesábamos la puerta.

Al entrar descubrimos un patio hermosamente decorado con flores. Al fondo y dando la espalda al mar, estaba colocado un precioso altar; sus paredes eran de palma tejida al igual que su techo, la mesa era grande y tenía tres pisos cubiertos por un mantel blanco con varias flores coloridas bordadas a mano.

-Esta noche se conoce  como el Hanal Palal, todo lo que ven sobre el altar es nuevo y fue hecho por nuestra familia: las servilletas, el mantel, las jícaras, las velas de colores y por supuesto la comida. Ellos quieren que sepamos cuan felices están de recibirnos de nuevo.

-Es encantador –le respondí

-Aquí hay atole nuevo, jícamas, mandarinas, dulces de coco, papaya y pan. Abajo están los guisados con pollo y por supuesto, los juguetes que nuestras pequeñas calaveras dejaron aquí.

Pero caminen, caminen por allí y prueben lo que quieren siempre y cuando los niños les den permiso porque hoy es su noche.

Mi hermano y yo fuimos a caminar por la casa, la señorita Amalia prefirió quedarse con Doña Betty y ayudar con lo que hiciera falta. Ambos nos quedamos un buen rato mirando las fotografías de los niños y niñas sobre los altares, estaba conmovida al ver a los pequeños y pequeñas tocar las manos cariñosas de sus madres quien a pesar de no poder verlos, les sentían y sabían cerca.

Una vez terminada su cena, mi hermano y yo terminamos  yendo a jugar con todos ellos entre las olas del mar, pero eso sí, una vez que salió el sol, todos fuimos a descansar entre las urnas del cementerio familiar.

Cuando la noche llegó notamos que todo en el altar había cambiado, esta segunda noche era conocida como U Hanal Nucuch Uinicoob y era para las calaveras adultas, es decir, para nosotros.

El mantel era completamente blanco y estaba decorado con jarras de barro, sahumerios y flores amarillas, sobre la mesa había sal, agua y tamales de la región. Entre las jícaras, los platos y charolas varias ramas de ruda recién cortada, diversas frutas, maíz de colores y docenas de velas blancas.

-Este es el chimole y estos los tamales, encontrarán que tienen varios huesos de pollo dentro, esto es para que no comamos todo tan rápido- dijo sonriente mientras nos servía un plato

Esto lo prepararon nuestras familias especialmente para ustedes, siempre se debe hacerse una comida de más para quienes se perdieron camino a su casa.

-¿Eso fue lo que te pasó? –le pregunté a mi hermano

-No, sé bien donde está la casa pero te explicaré después lo que me trajo aquí. ¡Ahora cenemos! –me respondió sonriente

Puedo decir que nunca había probado algo más rico que el balché y que aquella noche fue una de las más felices que puedo recordar. Todos comimos, reímos, platicamos y bailamos hasta que el amanecer llegó y tal como la noche pasada, con el primer rayo de luz tuvimos que ir a descansar nuevamente.

La tercera noche era conocida como misa Pixán y todos los amigos, familiares y vecinos de Doña Betty se congregaron en el interior del cementerio; fue allí adonde convivimos con los vivos por última vez, llegaron cargados de comida, velas y flores, comieron junto a nosotros y los vimos reír y llorar.

Fue allí que mi hermano se separó de todos y me pidió acompañarlo a la orilla del mar.

-¿Ya visitaste a tu muerte?- me preguntó

-Sí, ya la he visitado

-¿Te habló de la cuarta puerta?

-No exactamente, me dio la llave para abrirla y me dijo que una vez que la abriera sabría hacia donde me conduciría.

-Yo la abriré hoy y quiero que me veas hacerlo.

-¿Adónde te llevará?

-Verás hermanita, aunque de verdad me gusta mucho mi propio lugar tengo una enormes ganas de estar más tiempo en este lado de la olla ¿me entiendes? Quiero seguir aquí y comenzar todo de nuevo.

-¿A qué te refieres?

-A que puedes volver a nacer si lo deseas y yo lo deseo.

Sentí mucha alegría por mi hermano y lo entendía completamente, de hecho estaba segura de que algún día haría lo mismo. Yo intuía hacia donde llevaba la cuarta puerta, quizá por el hecho de que la había abierto varias veces aunque no lo recordara aun, así que solo pude abrazarlo y desearle buena suerte. Esperaba que su nueva familia lo recibiera con el cariño y amor que él se merecía.

-¿Dónde está tu puerta?

-En el mar, tu cuarta puerta siempre te llevará al último lugar en el que estuviste antes de partir. Morí en el mar, volveré a nacer en él.

Lo abracé con fuerza  y me despedí nuevamente de él. Mi hermano caminó hacia las piedras en donde reventaba el océano, sus pies de dulce se sumergieron entre la espuma blanca y las olas turquesas. De su cuello colgaba la llave de la cuarta puerta, la colocó sobre la hendidura de una de las piedras y desapareció abrigado por la luz y el calor de una nueva vida.

De mis ojos brotaron nuevamente las lágrimas de anís, le extrañaría profundamente pero me alegraba tener la certeza de que en algún lo volvería a ver y regresaría con mil historias nuevas para contarme.

Cuando la cuarta puerta se cerró yo regresé con la señorita Amalia y con Doña Betty, permanecimos juntas hasta el octavario del Hanal Pixán, ayude a cargar todos los alimentos que dejaron las familias en los altares de vuelta a nuestros propios lugares, caminamos de vuelta entre las veladoras, las flores y los rezos de las cantoras hasta que el portal entre los dos extremos de la olla se volvió a cerrar.

Después de despedirme de mis nuevas amigas regresé a mi finca, a mis libros, a mi huerta de mandarinas y calabazas para pensar, para sentir, para esperar…

Texto e ilustración: Paola Klug

Continuará…

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Las mandarinas que colgaban de las ramas de aquellos árboles parecían esferas de navidad llenas de vida y olor; la señorita Amalia y yo caminamos sin rumbo fijo por entre aquél hermoso lugar hasta llegar a otra huerta, una más pequeña y repleta de los colores del otoño.

Del suelo brotaban enormes calabazas de distintos colores: verdes, naranjas, blancas e inclusive rojas y más allá de sus retorcidas hojas habían varias carretas cargadas de paja y heno, al llegar junto a ellas descubrimos una pequeña cerca hecha con mazapán y cacahuate y del otro lado de ella, se abría el sendero hacia un bosque de árboles ocres.

-Tienes un lugar hermoso – me dijo la señorita Amalia

En mi pecho sentí una inexplicable sensación de felicidad y pertenencia, si, aquél era mi lugar y sin duda alguna era muy hermoso.

Ambas caminamos entre la alfombra de hojas secas que danzaban al caer desde la punta de aquellos majestuosos árboles hasta llegar a una preciosa finca, los tablones estaban hechos de jamoncillos y piñón al igual que las escaleras que llevaban a un pórtico de muégano.

Sobre cada una de las escaleras habían pequeños faroles que iluminaban el camino con la misma luz ámbar que nos había traído hasta aquí, un arco de flores de cempasúchil junto a otras ramas de nubes secas decoraban la puerta de media luna con cuarzos incrustados.

Una ráfaga de viento con olor a pan y manzana llegó hasta nosotras haciéndonos sonreír.

-¿Entramos? –le pregunté a la señorita Amalia

-¡Anda! ¡Saca la llave! –me respondió emocionada.

Inexplicablemente yo ya sabía cuál era la lleva que debía colocar en la hendidura aun cuando nunca la había usado antes (o por lo menos eso pensaba)

Al entrar fuimos recibidas por el olor del maíz dulce y la crema de mantequilla que procedía de las velas que brillaban dentro; un pasillo de palanquetas se abría ante nosotras, en sus paredes colgaban guajes y docenas de flores secas. Reconocí inmediatamente el olor de libros viejos y caminé por el pasillo hasta encontrar una hermosa habitación tapizada con papel picado en todos los colores.

De lado derecho había un pequeño escritorio en donde reposaba un libro de papel amate abierto de par en par, un tintero y una taza de café. Pude distinguir mi propia letra en las frases escritas en él.

-¿Cómo es posible? Esta es la primera vez que estoy….

-No es la primera, tampoco será la última. Este es tu lugar Nube, siempre lo ha sido, siempre lo será. Cada que te sentías sola y perdida en el otro lado de la olla era porque anhelabas estar aquí, cada que sentías que no pertenecías a ningún otro lado es porque tu alma recordaba este lugar. Esta es tu ida y tu vuelta, tu propio nido cubierto de musgo en el tiempo, es tu esencia y tu corazón.

Ahora coloca el retrato de tu padre en la pared y admiremos tu hogar.

Puse la fotografía de mi padre en una pared junto al librero; en él había docenas de libros e historias, las crónicas de todos mis orígenes distintos, los relatos de mis diferentes sangres y raíces. El árbol de la muerte iluminando las velas de la vida, un cofre hecho con pepitas y un tecolote moldeado en tamarindo.

De lado izquierdo una ventana permitía observar el bosque y las montañas más allá de él,  debajo de la misma había un pequeño ahuecamiento entre el papel picado y los tablones de jamoncillo, dentro de él se encontraba la figura de una mujer tallada en cantera rosa y cubierta de pequeños cristales de azúcar.

Un gracioso maullido me hizo girar la cabeza.

¡Era Alebrije!   Mi hermoso gato negro.

Él murió en el pozo cuando yo era una niña pequeña. Lo tomé entre mis manos y lo abracé con fuerza; su cuerpo era de chocolate, los huesos de su cuerpo de jarabe de coco y sus hermosos ojos verdes de azúcar cristalizada.

Alebrije lamió los huesos de mis manos y mi rostro ante la mirada entretenida de la señorita Amalia, estaba tan contento de verme como yo al reencontrarme con él.

Los tres terminamos de recorrer la casa, habíamos hallado ya tres de las cuatro puertas de las que me habló mi muerte. La primera era la de entrada a mi hogar, la segunda es la que me llevaría de vuelta a su presencia y ahora estábamos frente a la tercera, la que me llevaría a encontrarme con todos aquellos a quienes quisiera ver…

-¿Estás lista para encontrarte con tu hermano?

Asentí feliz con la cabeza. Coloqué a mi pequeño Alebrije entre el piso de palanqueta y tomé entre mis manos la tercera llave, la coloqué sobre la hendidura de la puerta y la abrí.

La señorita Amalia y yo fuimos cegadas por una intensa luz verde que nos envolvió completamente.

(Continuará…)

Texto e ilustración: Paola Klug

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Poco después de ser abrazadas por la oscuridad, la señorita Amalia y yo fuimos envueltas por el dulce aroma del copal, casi podía sentir aquella fragancia meterse entre mis huesos de azúcar; el único ruido que se escuchaba era el choqueteo continuo del collar de perlas y las pulseras de oro que la Señorita Amalia portaba en su cuello y brazos.

Ella seguía tomándome de la mano entre la oscuridad y pasado un tiempo, muy lentamente apareció un delgado rastro de luz ambarina que atravesaba con dificultad el humo del copal.

Caminamos hacia ella entre pétalos de cempasúchil. Fue allí, en ese momento y en ese lugar cuando conocí a la muerte.

Detrás de ella había dos estelas gigantes talladas en piedra y una pared cubierta de papel picado; estaba parada junto a un altar repleto de ollas de barro, frutas y millones de flores. Al escuchar nuestros pasos giró su cabeza y nuestros ojos se encontraron de frente.

Su cabello era largo, negro y brillante, la mitad de su rostro estaba cubierto por una máscara de jade; portaba un huipil blanco y un collar de turquesina. Nos sonrió con dulzura e hizo un gesto con las manos invitándonos a caminar hacia ella.

-Bienvenidas sean –nos dijo con su voz ronca y amable

¡Todos sus movimientos eran tan elegantes!

La señorita Amalia fue la primera en acercarse a ella para contarle el porqué de nuestra visita.

La muerte la escuchó con mucha atención y una vez que la señorita Amalia concluyó con mi historia, ella simplemente me miró.

Cuando lo hizo pude reparar en una cosa que había pasado por alto, de entre la oscuridad en la cuenca de sus ojos podía verse el universo entero, miles de galaxias, millones de estrellas y cometas. Me acerqué cada vez más a ella, atraída por la magia de sus ojos hasta que encontré la tierra, el río, la milpa, la sierra.

-Acércate Nube –me pidió

Por un momento sentí que flotaba, que los huesos de mis pies habían desaparecido y es que dejé de sentir los pétalos y la tierra debajo de ellos.

-Hoy encontrarás tu lugar en este espacio y allí hallarás cuatro puertas: La primera es la de entrada y salida de tu propio rincón, la segunda es la que te conducirá hacia el lugar que te trajo aquí, la tercera te llevará hacia otras casas, hacia todos aquellos que desees visitar.

-¿Y la cuarta?  -pregunté

-Esa la abrirás en su momento, cuando estés lista para hacerlo.

-Pero ¿adónde me llevará?

-Lo sabrás cuando estés frente a ella.

Sin decir una sola palabra más, la muerte me dio la espalda y caminó hacia el altar; de un sahumerio de barro sacó cuatro llaves distintas –todas ellas hechas de hueso-

Las colocó sobre mi mano y volvió a sonreírme.

-Aunque no lo recuerdes tú y yo somos viejas amigas, estuve allí cuando naciste, di los mismos pasos que tú al caminar, aprendimos juntas los secretos y misterios de la vida.

Ahora estamos aquí y debemos hacer lo mismo que hicimos allá, aprender y comprender que lo único que tenemos está aquí en este instante.

Tomó mi mano y tomó la mano de la señorita Amalia llevándonos del otro lado del altar, colocó el amuleto de turquesina sobre una hendidura que se encontraba en una de las estatuas –en la media luna para ser más exacta- y una compuerta se abrió.

-Amalia te acompañará en tu camino hasta que estés lista para caminarlo sola. Ella será tu guía y tu amiga –tal como lo soy yo- y si alguna vez quieres venir a visitarme hallarás siempre mi puerta abierta.

Ahora ve a encontrarte con tu destino amiga mía.

La señorita Amalia y yo entramos por la compuerta mientras la muerte la cerraba, mis ojos se clavaron nuevamente entre los suyos en una despedida silenciosa. Mientras caminábamos hacia aquel lugar que me pertenecía una duda me hizo romper el silencio.

-¿Por qué lleva puesta esa máscara? –le pregunté a la Señorita Amalia

-Aun no lo entiendes ¿verdad?

Negué con la cabeza

Ella es tu propia muerte, no la mía ni la de nadie más. Te lo dijo, estuvo a tu lado cuando naciste, caminó contigo y fue parte de ti desde tu primer aliento. Fue tu compañera y amiga en cada momento de tu vida y llegó aquí contigo justo cuando moriste.

Del otro lado de la máscara encontrarás solo tu cara vacía, el disfraz de la carne y el hueso.

Al escuchar sus palabras sentí un golpeteo en donde antiguamente se encontraba mi corazón, algo parecido al calor que brinda la felicidad se apoderó de mi cuerpo de dulce y sonreí al entender que a pesar de lo que pensaba nunca había estado sola en realidad.

La señorita Amalia me miró divertida.

Seguimos caminando entre la luz de ámbar hasta encontrarnos rodeadas de una huerta enorme llena de árboles de mandarinas.

-¡Estamos cerca de tu hogar!–gritó mientras corría hacia el campo

Yo solo atiné a correr detrás de ella embelesada por la magia y el color de aquél hermoso lugar.

(Continuará…)

Texto e ilustración: Paola Klug

 

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