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Archive for the ‘Arte & Activismo’ Category

Ella era la más querida hija de Ilanguipuca. La hizo de agua, piedra y espuma; su alma fluía con la misma dulzura y arrojo que el mismo Gualcarque, por eso Ilanguipuca la envió a caminar entre los hombres.

Le dio una buena madre- de esas que reciben a las nuevas vidas y son el soporte de otras mujeres- y la envió del otro lado del caudal del río.

Nació lenca, nació guardiana, nació mujer. Le dieron la luz en el nombre y le enseñaron la tradición y la palabra.

Berta creció entre la hierba y el río en Intibucá, entre el canto y magia de las otras guardianas y la fuerza digna de los hombres que defendían su libertad.

Conoció desde pequeña la sed de justicia y el hambre de saber. Y aprendió de la paz en los viejos cantos de la guerra; fue la suya el alma descolonizada, morena como su madre tierra, libre como su pueblo lenca, mágica como la mujer.

Creció llevando un arma en los labios: la palabra. Y con ella luchó innumerables batallas. Amó y fue amada; de sus entrañas brotaron cuatro semillas que también florecieron en el maizal de la resistencia, en el río de la sororidad.

Berta fue asesinada por los enemigos de Ilanguipuca, de la madre tierra, de la Pachamama. Murió y su espíritu fue absorbido nuevamente por el Gualcarque volviéndose una vez más la niña del río, la guardiana, la chamana. Ilanguipuca la abrazó con fuerza curando con sus manos-raíces todas las heridas infligidas a su hija más amada. La carne, la sangre y el hueso se transformaron en el agua, en la piedra y en la espuma una vez más.

La niña del río volvió a su hogar: Desde la corriente del río que sigue fluyendo libre por su sangre derramada continua su lucha, su ejemplo, su protección.

La niña del río llama a sus hermanos y hermanas; los hijos del maíz y las hijas de la luna. Aquellos que escuchan la canción del monte, aquellas que escuchan la canción del mar.

Por el Gualcarque.

Por Berta.

Por Ilanguipuca…

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Texto: Paola Klug

Fotografía:  Ñundeui «Al pie del cielo» Mario Mutschlechner

Para: Berta Cáceres

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El frío de aquella madrugada que se había hecho eterna se le clavaba en los huesos; atrás había quedado el calor de su hogar. Suspiró brevemente pensando en sus hijos, recordando si los había arropado bien, si habían cenado y en cuales habían sido las últimas palabras que les dijo antes de enviarlos a dormir. Cerró sus ojos con fuerza tratando de obligarse a recordar, necesitaba saber, re-sentir.
Ya no tenía más tiempo que perder, lo sabía. No habría más planes a futuro, no para ella. Todo lo que tenía era un ayer y el ahora; justo ese instante que odiaba con todas sus ganas, ese momento al que le habían enseñado a temer pero del cual se aferraba con todas sus fuerzas. Estos eran sus últimos pensamientos, los últimos deseos para sus hijos: un susurro entre el brezal que se llevaría el viento con el rocío poco después del amanecer.
Hacía unos minutos que había dejado de sentir su cuerpo, el frío había anestesiado el dolor que le habían causado pero le provocaba uno nuevo: la certeza de un adiós de plástico y de color azul que cubría su rostro. El aire se le escapó de pronto y con él se esfumó su vida. A sus manos les negaron el tacto con la tierra, la última caricia de la primera madre a la que debe volver.
Que las montañas y los barrancos hagan justicia a tu partida. Adiós Anabel, adiós…
 
En memoria de Anabel Flores / Paola Klug

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Procesión

¿Ha visto a mi hijo? Ya le busqué en los caminos, en el monte, en el río; ya busqué entre mis entrañas, entre mis recuerdos, en el eco de las sonrisas que de niño soltaba al jugar y aún no lo encuentro.

¿Han visto a mi hija? Salió en la mañana hace dos días pero no ha vuelto. Ya la busqué en el puerto, en el malecón y en la plaza; he buscado en mis pupilas, en mis lágrimas y en las grietas de mis manos.

¿Han visto a mi nieta? La levantaron ayer; solo dejaron sus huellas, sus gritos y un charco de sangre que reconoce mi sangre. La he buscado en el maizal y en los platanares; entre la tumba de sus padres y de sus hermanos.

¿Han visto a mi hermano? Se lo llevaron hace dos años, le he buscado en el viento, en la montaña y en el bosque de pinos y cedros. Ya revolví diez fosas, encontré otros hermanos, hijos, hijas, nietas y nietos.

He hallado padres, he hallado madres y pequeños pares de zapatos.

He hallado dientes, he hallado huesos y campos sembrados con dolor y pena; he hallado fragmentos de pesadillas y de sueños; encontré futuros sin nombre y sin rostro cubiertos con tierra y lágrimas y plegarias secas.

¿Donde está papá? ¿Donde está mamá? /¿En que fosa? ¿En que zanja? ¿En que río?

¿Donde está mi hijo? ¿Donde está mi hija? / ¿Tiene aliento? ¿Tiene hambre? ¿Tiene frío?

¿Los cubre de la lluvia el manto de niebla?

¿Los cubre del sol la sombra de una ceiba?

Seguimos buscando en un camino de sal, en el campo santo por la vida de tantos.

Procesión de estaciones, de eclipses, tormentas y huracanes. Seguimos guiándonos por las voces del fuego y el polvo; los recuerdos se niegan a convertirse en ceniza…

¿Donde están? Nos hacen falta.

1951, Fototeca INAH

Texto: Paola Klug

Mujeres cubiertas con rebozos caminan frente a un maguey, México, 1951, Fototeca INAH

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¿Te sientes solo? flotando entre cadáveres y balas a tu alrededor. ¿Tienes miedo? Es un largo camino entre sangre derramada y oscuridad.

¿Te sientes solo? Con tu cuerpo mutilado enterrado en el monte, mientras escuchas a lo lejos el llanto de tu madre. ¿Tienes miedo? ¿La metralla ya ha dejado de sonar?

Te han arrancado el rostro, las huellas dactilares pero no lograron sacarte los recuerdos del corazón. ¿Sientes tristeza? Tu muerte no ha cambiado al mundo, ¡míralos! siguen sonriendo, reinando en su palacio de mentiras. ¿Aun tienes frío?

Los otros te buscan, han salido a las calles pero sus gritos se perdieron como tú. La niebla de la indiferencia ha cubierto la indignación. ¡Mira a tu alrededor! El mundo sigue girando a pesar de tu dolor, de las lágrimas silenciosas de tu padre. ¡Y estamos tan lejos de casa!

¿Te sientes solo? Yo si, dulce Osiris… Aun no he encontrado mis pedazos…

Mis manos están lejos de mis pies, sin cabeza y con recuerdos. ¿Donde estamos Osiris? ¿Esto ha acabado ya? ¿La lluvia, la tierra y los gusanos marcan un nuevo inicio?

El lodo que resbala entre mis piernas no me deja descansar ¿Escuchas Osiris? ¿Escuchas? El canto frío de la sirena ¿vienen más como nosotros allí? ¿Recorrieron el mismo camino? ¿Vieron la misma placa antes de morir? Seth tiene uniforme Osiris…

¿Aun salen palabras de tu boca? ¡Habla! ¡Habla! Me siento sola rodeada entre estas sombras.

¿Sabes donde estamos? Solo veo un arbusto, solo escucho a los grillos. ¡La luna se tiñó con nuestra sangre Osiris! ¿nos convertiremos en estrellas? Me siento sola, la bala en mi pecho aun me quema. ¿Tu sangre sigue tibia? ¡Allí está otra vez! el zumbido de un casquillo incrustado en mi cráneo.

Siguen fluyendo entre mis venas los  sueños a borbotones. El futuro se fue Osiris, se fue lejos de nosotros.

¿Donde estamos? ¿Donde estamos Osiris? Mis ojos ya se han cerrado…

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Texto: Paola Klug / La Pinche Canela

Fotografía: Ghost In The Forest de Elena Nani

(“Osiris” es mi forma de no olvidar #Ayotzinapa ) Espero que como el Osiris mitológico, en algún momento podamos juntar los pedazos de esas vidas arrancadas de una forma tan cobarde y dar vida y luz a partir de esas muertes)

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La Mujer Raíz

Como sucede con todas las semillas, hubo un tiempo en el que la mujer raíz no fue más que un pequeño brote lleno de verdor y vida; sus pequeñas hojas se movían libres y alegres con la canción del viento. Tiempo después y gracias a las caricias del sol y a los golpes de la lluvia la mujer raíz se convirtió en una flor de hermosos pétalos, en sus cabellos estaba impregnado el olor de la tierra tanto como el de las nubes; conforme los años pasaron, la flor se fue convirtiendo en un árbol y aunque su corteza comenzó a volverse dura no lo hizo su corazón, adquirió la sabiduría del roble y el encino, se sabía bella ya no como la semilla, ni como la flor sino bella como solo puede serlo un árbol; y sus ramas crecieron grandes y fuertes y poco a poco fueron retoñando de ella otras semillas y otras flores que con el pasar de los años también se volverían árboles.

Y cuando esto pasó, de esta mujer comenzaron a brotar raíces que envolvieron su cuerpo. Ella miraba asombrada las marcas sobre su corteza y lejos de sentirse triste como el resto de las mujeres, ella sonrió. ¿Quién se atrevería a negar la belleza de su naturaleza? ¿Quién negaría que las marcas forjadas con el tiempo, tanto las dolorosas como las dulces son propias del camino recorrido a lo largo de nuestras vidas? La mujer raíz sabía  que todos por igual llevaban marcas visibles e invisibles y que esas marcas no eran más que un recordatorio de la vida misma…

Nadie juzga a un árbol por su corteza ¿porqué se juzgan los seres humanos por las marcas y cicatrices en su cuerpo?

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 Texto e Ilustración: Paola Klug / La Pinche Canela 

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Putas relativas

Hace algún tiempo alguien me dijo que las palabras por si mismas no valen nada; lo que pesa sobre ellas no es la intención de quién las pronuncia o escribe sino de quién las recibe. Uno le da a las palabras el valor que uno desee.

La primera vez que me llamaron puta yo tenía doce años; en aquel entonces poco sabía de sexo o del intercambio monetario que las sexo-servidoras realizan; la persona que me lo dijo era una vecina que vivía eternamente enojada con mi madre; me llamo puta por estorbar su camino a la tienda de la colonia.

Años después, conforme crecí y llegué a ser la persona que ahora soy me llamaron puta por haber tenido relaciones sexuales, aunque nadie jamás me pagó por decidir sobre mi cuerpo ni por ejercer mi sexualidad.

Ellas me llamaban puta porque yo era libre, ellos me llamaban puta por las mismas razones. Me han llamado puta por tener sexo y también por negarme a tenerlo; me han llamado puta por no vivir de acuerdo a los estándares morales seguidos no solo por hombres sino también por mujeres.

He sido puta por negarme a aceptar un papel que la sociedad ha creado, por no aceptar un rol impuesto; y es que el significado de ser puta en este lugar ya es un asunto relativo:

Heterosexuales, bisexuales y lesbianas han sido llamadas putas, amas de casa, trabajadoras y estudiantes también. La “putez” es como la muerte, no respeta color, raza, religión ni condiciones sociales. Somos putas para ellos y putas para nosotras mismas.

Si una mujer muestra su cuerpo, es puta.

Si una mujer tiene relaciones con más de una pareja sexual, es puta.

Si una mujer no llega virgen al matrimonio es puta.

Si una mujer no cree en el matrimonio, si…también es puta.

El ser putas en nuestro estigma, nuestra letra escarlata, negra o neón –según los gustos personales-

Todo lo que hagamos, pensamos, deseemos, anhelemos o callemos nos convierte en putas. ¿Por qué? Por qué en la historia de la humanidad, toda aquella mujer que haya tomado las riendas de su propia vida, que haya vivido de acuerdo a su voluntad y que se haya opuesto con firmeza a un yugo ha estado ligada a la magia y a la libre sexualidad –

Brujas y putas.

Lo lamentable de todo este asunto ni siquiera es la intención con la que los varones nos etiquetan, sino con la que otras mujeres lo hacemos. Hemos sido cómplices de un juego en el que solo nosotras perdemos.

Nos seguirán llamando putas –sea que cobremos o no lo hagamos- eso no parará, porque la necesidad social de avergonzar a la mujer por su cuerpo, sus deseos y su sexualidad es una de las bases principales del sistema en el que vivimos.

Lo único que cambiará es el significado que la mujer le dé a esa palabra. Podemos seguir permitiendo que la usen como una espada en contra nuestra o podemos hacerla nuestra de una manera distinta.

Después de todo soy una puta desde los doce años; ya sea por qué me puse en el camino de una mujer frustrada que creyó que mi sexualidad era una ofensa o simplemente por tener en mis manos el poder de mi existencia.


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Texto de su servidora publicado por la revista digital Hey You

 

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Una abuela chinanteca de las montañas de Veracruz me habló una vez sobre las canas de su cabello refiriéndose a ellas como la niebla del tiempo. Ella decía que era incapaz de comprender porque las mujeres modernas –jóvenes y maduras- hacían todo lo posible para cubrir la niebla en su cabeza; a final de cuentas cada hebra blanca y plateada no era más que el reflejo del amor que la luna sentía por nosotras.
Estas palabras pueden o no significar algo para nosotras, las mujeres modernas; pero no dejan de ser mágicas y nos dan la oportunidad de ver las cosas – nuestras canas- desde un enfoque diferente. Después de escucharla me quedé pensando hasta qué punto y porqué razones me he teñido el cabello desde hace años. La primera vez que lo hice fue por falta de amor de propio; mi cabello era caoba y el de mi madre era rubio y yo quería parecerme a ella; ustedes saben que importante es para cualquier mujer la aceptación de los demás y en aquel entonces nadie creía que mi madre era mi madre pues no nos parecemos en nada. El resultado fue desastroso, me veía horrible y tuve que teñirlo nuevamente para no tener que ver nuevamente a esa mujer desconocida en el reflejo del espejo. Con el tiempo lo seguí tiñendo de distintos colores, siempre con la esperanza de evidenciar algún cambio interno – ustedes saben de qué hablo- Si terminaba una relación, si comenzaba otra, si me sentía feliz, triste o sola siempre era mi cabello el que tenía que pagar por ello. Toneladas de peróxido, químicos y tintes fueron colocados una y otra vez sobre mi cabeza. Miles de cortes mutilaron mi cabello pero no fue hasta pasados los veintitantos que las primeras canas comenzaron a aparecer.
Mi primera reacción fue el miedo. Miedo a envejecer y es que eso me habían enseñado durante toda mi vida. Los cuentos de hadas nunca mostraban una princesa canosa y en las películas y en la televisión las mujeres con cabello de niebla pertenecían a la tercera edad; pero momento, yo no tenía ni treinta años y ya estaba visualizándome como de setenta ¿Esto es normal? Claro que no, pero es parte de la propaganda que todas nosotras nos vemos obligadas a consumir desde que somos niñas.
Las canas no representan la edad de las personas, no son exclusivas de las jóvenes ni de las adultas, de las delgadas, ni de las llenitas; son como la celulitis, como los vellos que cubren nuestra piel, como las cejas o las pestañas sin embargo a ellas nos han enseñado a temerles y odiarlas. Cuando falleció mi hermano, mi cabello se cubrió de canas y yo estaba muy molesta por ello. Detestaba ver mi cabeza llena de hebras blancas, verlas crecer una y otra vez a pesar de que acababa de teñir mi cabello algunos días antes; me miraba al espejo y las arrancaba, incluso llegué a llorar al ver que la batalla que había iniciado contra mi propio cuerpo estaba perdida. Y ese es el punto al que quiero llegar, estamos peleando contra nosotras mismas a causa de la opinión de los demás, a causa de las imposiciones estéticas de personas que también se odian a sí mismas. Por eso la celulitis es inaceptable, por eso el depilarse las axilas y las piernas es casi obligatorio, por eso es mal visto que una mujer tenga vello facial o tenga los dientes manchados: Nos venden una forma de vida imposible y sin cuestionarlos se las compramos.
Cada una de nosotras es bella porque es única, nosotras representamos una de las miles de formas de la naturaleza y todo lo que de nosotros brote –sea del color que sea- es parte de nosotras mismas.
Hemos sido engañadas por el sistema de las apariencias; nos han usado como maniquíes, como correctores imperfectos del Photoshop y nunca seremos como ellos dictan que seamos, jamás alcanzaremos los estándares que exigen por mucho que sigamos renegando de nosotras mismas.
Quizá las canas sean una muestra de amor de la luna, un saludo del tiempo que hemos caminado en esta tierra o productos de un mal momento en nuestras vidas; lo que es cierto es que son nuestras, es que ellas somos nosotras – tal como las venas debajo de nuestra piel o las uñas en nuestras manos y pies-
Y lo importante de esto no es si seguirás cubriéndolas o no, sino que ahora la decisión la tomarás después de cuestionarte a ti misma las razones para hacerlo.
Desde tiempos ancestrales las mujeres hemos prestado atención especial a nuestros cabellos; ha sido símbolo de magia y de fuerza, sobre él se han trazado las victorias y las derrotas de nuestro género. Hemos cubierto nuestras cabezas o las hemos llevado arriba con orgullo, pero últimamente hemos olvidado que es parte de nosotras ¿Pintarías tu sangre de morado porque el rojo represente vejez o descuido? No, y no lo harías porque consideras que tu sangre es más importante que tu cabello; y justo a esto me refería al hablar de la batalla que tenemos contra nosotras mismas.
Con esto no quiero decir que debes dejar de teñírtelo, en absoluto. La única finalidad de estas palabras es darte la oportunidad de ver la niebla de tu cabello desde otra perspectiva; una que no escucharás en televisión, una que no intenta venderte nada sino por el contrario, darte el valor de lo natural.
Tengo treinta y tres años, mi cabeza tiene mucha niebla últimamente y estoy segura de que seguirá brotando sin importar lo que haga; puedo aceptar mi naturaleza o seguir fingiendo que el tono negro azulado de mi cabello es real, lo que es cierto es que por primera vez en mi vida soy responsable de las decisiones que tomo sobre mi cuerpo sin dejar que nada ni nadie influya sobre mi templo personal.

g-02Fotografía: Graciela Iturbide

 

 

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