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Archive for the ‘Arte & Activismo’ Category

Ramona

Quizá no era el momento ni el lugar oportuno o quizá nunca tendrían otro instante para poder lograr lo que se habían propuesto.

Ramona suspiró mirando hacia afuera de la casa, fijó su vista en las montañas azules y en la niebla que poco a poco descendía cubriendo todo a su paso; no pensó en su madre ni en su padre, tampoco en la pequeña milpa recién sembrada ni en la ceniza ardiente que aún brincaba desde el fogón. Pensó en ella, en su piel morena, en los surcos de dolor y trabajo marcados sobre su piel. Pensó en cada lágrima y cada golpe que aquella vida le había propinado, pensó en su orgullo herido y si, también pensó en el hueco de su estómago que no dejaba de crujir.

Quizá fue en ese momento en el que nació de su corazón aquellas tristes palabras sobre ser mujer, ser pobre y ser indígena; o tal vez las tuvo en la punta de la lengua desde que nació. Lo que sé de cierto, es que aquella mañana Ramona decidió el rumbo de su vida.

Trenzó sus largos cabellos negros como el frijol, se puso el pasamontañas y se encaminó hacia la delgada puerta de junco y madera que custodiaba su casa. Afuera, cientos de compañeros y compañeras la esperaban; no se veían sus rostros, no. Pero ella conocía el fulgor en sus miradas, sabía que Anastasio estaba allí, que Juancho y Victoria también lo estaban; y es que ellos, todos, compartían el mismo rostro desde el preciso momento de nacer: El del desamparo, el de la injusticia, el de la violencia.

No merecemos perder- susurró para sí misma.

Dio el primer paso fuera de su casa y comenzaron a caminar; ni el lodo ni el monte retrasaban su marcha, era como si el espíritu de la tierra caminara con ellos a la par.

Ella había hecho la estrategia entre madrugadas, bajo la luz de las velas y la luna. Había repasado una y otra vez las formas en que actuarían, había platicado con Marcos y Ana María cada paso a seguir desde semanas atrás; por eso sus pasos firmes, por eso el fuego en su mirada. ¿Quién podría negarles su derecho a vivir con dignidad?

Alguien puso un arma en sus manos, la tomó con fuerza y la puso sobre su pecho. Allí recordó a su mamá, el olor de maíz en su cabello, el brillo en su mirada al cocinar. De ella había heredado las ganas, de ella había heredado el corazón.

Caminaron y caminaron por los senderos que solo ellos conocían, unos en silencio, otros cantando. La fila de herederos del pasado peleando después de 500 años por su presente; a lo lejos se escuchaban los cohetes, un nuevo año, una nueva batalla, un nuevo por venir.

Al llegar a San Cristóbal ya había cientos de compañeros reunidos en la plaza, los mestizos, los blancos, y algunos pocos milicos vestidos de paisanos; estaban en silencio y con los ojos pelados.

Ramona lideraba el contingente que hizo caer la cabecera municipal, en pocas horas lo haría también Ocosingo, Altamirano y Las Margaritas. La declaración de guerra ya había sido leída y entregada a un puñado de reporteros atrapados en el conflicto.

Allá, en Los Pinos ya se habían girado las órdenes de asesinato. Salinas no quería conflictos, así que tampoco testigos. No se escucharon sirenas, ni se vislumbraron luces; sin embargo, Ramona lo tenía todo preparado.

Cuando cobijados por la oscuridad de la noche pasó el primer convoy, una explosión hizo temblar los mismos cimientos de la catedral de San Cristóbal, seguido de la explosión se escucharon los gritos, unos de dolor, otros de victoria.

Que fusiones tan extrañas daban las guerras; los hijos del mismo sol peleando entre sí, viviendo, muriendo, siempre dependiendo del bando que eligieran.

Uno a uno fueron cayendo los camiones, uno a uno fueron muriendo los soldados. Las carreteras se convirtieron en enormes fogatas embravecidas por el viento que soplaba del sur y es que el señor del viento también era moreno.

Fue una noche larga, una de violencia, pero también de justicia. Una noche sin luna a pesar de la sangre, una noche similar a la que otros, muchos años atrás habían vivido; una noche en la que perdieron los que hoy habían ganado.

Al amanecer, Chiapas tenía un nuevo rostro. Uno de piel tostada y ojos infinitamente negros; un rostro que generalmente es ignorado entre las calles y mercados, un rostro que solo se admira en libros de historia o en museos, sin embargo, desde la primera luz del alba, ese rostro se había adueñado de México entero.

Allí estaban, nunca se fueron.

Ramona caminó entre los hierros retorcidos y la sangre coagulada, con pistola en mano y fuego en la mirada. El general ya había sido retenido más allá de la plaza; con el uniforme azul lleno de tierra y de lágrimas. Cosa curiosa era aquél hombre, sin la gorra ni las estrellas parecía alguien cualquiera. ¿Acaso sangraba el General Muerte? ¿Un corazón latía en aquél pecho arrugado y rosáceo?

Ramona sería la encargada de averiguarlo, ella lo recordaba bien. El General Muerte había entrado a su casa una vez hacía muchos años; su madre la había escondido dentro del petate enrollado al escuchar su voz y sus pasos.

-Quédate allí quietecita y no hagas ruido- le dijo

Ramona asintió con los ojos cerrados.

Segundos después, el General Muerte había entrado. Era más joven, más fuerte desde luego, pero a pesar de las arrugas en su cara, casi nada había cambiado

Ramona lo vio todo desde la palma tejida; sobre su madre, sobre su cuerpo, sobre su espalda. Escuchó su risa y sus bramidos mientras su madre apretaba los dientes para no asustarla; ella la vio también, desde luego. Las lágrimas corriendo por sus mejillas y su cabello destrenzado. Después, sus ojitos pequeños se quedaron fijos en aquél par de manos que lentamente apretaron el largo cuello de su madre hasta que dejó de respirar. Después, el general Muerte pateó su cuerpo, se colocó de nuevo el pantalón y salió con la misma calma con la que había entrado.

Ramona se paró frente a él, levantando su cara con fuerza. Miró dentro de sus ojos acuosos esperando encontrar un rastro del alma de su madre, pero allí, en ese vacío no había nada.

Con sus manos pequeñas y firmes, colocó la pistola entre los labios de aquél hombre que suplicaba piedad.

– ¡Piedad! – pidió mirándola

-En este país no hay piedad para el vencido- respondió ella jalando el gatillo.

El general Riviello había caído y allá en la Ciudad de México también habían muerto los demás jefes de gabinete; infiltrados en el corazón del estado mayor, varios compañeros habían asesinado al presidente a mitad de una reunión televisada.

Ramona no sabía que sucedería en el resto de México, pero para la selva y para el espíritu de su madre por fin había llegado la independencia.

 (***)

Ucronía de mi autoría realizada en mi Taller de Literatura Creativa en la Casa de la Cultura de Celaya.

La ucronía es un subgénero literario que se propone una reconstrucción alternativa de la historia, basándose en eventos que, si bien nunca sucedieron, pudieron haber ocurrido si los acontecimientos hubieran tomado otro sentido.

 

Texto: Paola Klug

Fotografía: Selva Lacandona; Chiapas, México / Raúl Ortega

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Fragmento de mi participación en el Foro de “La Familia, la Mujer y la Seguridad”

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¡Hola! Tengo el gusto de invitarte al Taller de Creación literaria que impartiré a partir del próximo 15 de Mayo en la Casa de la Cultura de Celaya. Si quieres saber qué aprenderás en él ¡Sigue leyendo!

Este es el primer taller literario y sensorial que se imparte en Celaya, nunca ha habido uno igual. Aprenderás a escribir cuentos, novela y poesía por medio de tus propias historias y sentidos; toda la inspiración para crear mundos está dentro de ti, yo solo te enseñaré a hacerla brotar respetando tu propia voz e identidad.

Trabajaremos en la creación y psicología de personajes, en la ambientación y en todas las herramientas técnicas disponibles para convertirte en un escritor (a)

Al terminar el taller, tendrás la habilidad necesaria para escribir como un profesional. ¡Sé parte de este proyecto innovador y alcanza tus sueños!

Información:

-El taller inicia el 15 de mayo y termina el 25 de Octubre (6 meses)
-Será impartido Martes y Jueves de 4:00 a 6:00 Pm en la Casa de la Cultura.
-No es necesaria la experiencia para participar en él.
-Está diseñado para personas de 15 años en adelante.
-Tiene un costo de $725.72
-Ya incluye el material
-Al finalizar obtendrás un reconocimiento por parte del Sistema Municipal de Arte y Cultura y serás parte de una Antología ¡tu primer obra publicada!
-Solo tienes que ir al departamento de formación artística a llenar tu formato y obtener tu lugar.

https://www.facebook.com/events/1631369413625763/?active_tab=about

Para mayores informes escribe a: paolamklug@gmail.com

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Hace un par de meses el profesor Alejandro Almanza promovió un programa de lectura en varias secundarias de San José Iturbide; en el mismo, fue avalado por los directores que fuera usado mi libro “Los Relatos de las Brujas Morenas” para fomentar la lectura, la comprensión lectora y el aprendizaje entre pares con 18 grupos de las secundarias de las comunidades de La Escondida, Galomo y Patolito. Ayer, todos los chicos que leyeron el libro asistieron al encuentro conmigo a exponer sus dudas, comentarios y opiniones sobre mis cuentos tanto como los directores, maestros y la coordinadora de la SEP en el municipio. Durante el encuentro respondí preguntas tan interesantes de los chavos, me cuestionaron las razones, la inspiración, la postura de los protagonistas e inclusive los finales; fue algo maravilloso, la atención recíproca, el diálogo y el cariño de todos ellos me ha dejado una de las más increíbles experiencias en mi vida en todos los niveles. Gracias infinitas al profe Almanza por hacer posible todo esto, gracias a los directores, a la coordinadora, maestros y a todos esos chicos y chicas que leyeron con tanto ahínco mis cuentos 🖤

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Ella era la más querida hija de Ilanguipuca. La hizo de agua, piedra y espuma; su alma fluía con la misma dulzura y arrojo que el mismo Gualcarque, por eso Ilanguipuca la envió a caminar entre los hombres.

Le dio una buena madre- de esas que reciben a las nuevas vidas y son el soporte de otras mujeres- y la envió del otro lado del caudal del río.

Nació lenca, nació guardiana, nació mujer. Le dieron la luz en el nombre y le enseñaron la tradición y la palabra.

Berta creció entre la hierba y el río en Intibucá, entre el canto y magia de las otras guardianas y la fuerza digna de los hombres que defendían su libertad.

Conoció desde pequeña la sed de justicia y el hambre de saber. Y aprendió de la paz en los viejos cantos de la guerra; fue la suya el alma descolonizada, morena como su madre tierra, libre como su pueblo lenca, mágica como la mujer.

Creció llevando un arma en los labios: la palabra. Y con ella luchó innumerables batallas. Amó y fue amada; de sus entrañas brotaron cuatro semillas que también florecieron en el maizal de la resistencia, en el río de la sororidad.

Berta fue asesinada por los enemigos de Ilanguipuca, de la madre tierra, de la Pachamama. Murió y su espíritu fue absorbido nuevamente por el Gualcarque volviéndose una vez más la niña del río, la guardiana, la chamana. Ilanguipuca la abrazó con fuerza curando con sus manos-raíces todas las heridas infligidas a su hija más amada. La carne, la sangre y el hueso se transformaron en el agua, en la piedra y en la espuma una vez más.

La niña del río volvió a su hogar: Desde la corriente del río que sigue fluyendo libre por su sangre derramada continua su lucha, su ejemplo, su protección.

La niña del río llama a sus hermanos y hermanas; los hijos del maíz y las hijas de la luna. Aquellos que escuchan la canción del monte, aquellas que escuchan la canción del mar.

Por el Gualcarque.

Por Berta.

Por Ilanguipuca…

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Texto: Paola Klug

Fotografía:  Ñundeui «Al pie del cielo» Mario Mutschlechner

Para: Berta Cáceres

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El frío de aquella madrugada que se había hecho eterna se le clavaba en los huesos; atrás había quedado el calor de su hogar. Suspiró brevemente pensando en sus hijos, recordando si los había arropado bien, si habían cenado y en cuales habían sido las últimas palabras que les dijo antes de enviarlos a dormir. Cerró sus ojos con fuerza tratando de obligarse a recordar, necesitaba saber, re-sentir.
Ya no tenía más tiempo que perder, lo sabía. No habría más planes a futuro, no para ella. Todo lo que tenía era un ayer y el ahora; justo ese instante que odiaba con todas sus ganas, ese momento al que le habían enseñado a temer pero del cual se aferraba con todas sus fuerzas. Estos eran sus últimos pensamientos, los últimos deseos para sus hijos: un susurro entre el brezal que se llevaría el viento con el rocío poco después del amanecer.
Hacía unos minutos que había dejado de sentir su cuerpo, el frío había anestesiado el dolor que le habían causado pero le provocaba uno nuevo: la certeza de un adiós de plástico y de color azul que cubría su rostro. El aire se le escapó de pronto y con él se esfumó su vida. A sus manos les negaron el tacto con la tierra, la última caricia de la primera madre a la que debe volver.
Que las montañas y los barrancos hagan justicia a tu partida. Adiós Anabel, adiós…
 
En memoria de Anabel Flores / Paola Klug

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Procesión

¿Ha visto a mi hijo? Ya le busqué en los caminos, en el monte, en el río; ya busqué entre mis entrañas, entre mis recuerdos, en el eco de las sonrisas que de niño soltaba al jugar y aún no lo encuentro.

¿Han visto a mi hija? Salió en la mañana hace dos días pero no ha vuelto. Ya la busqué en el puerto, en el malecón y en la plaza; he buscado en mis pupilas, en mis lágrimas y en las grietas de mis manos.

¿Han visto a mi nieta? La levantaron ayer; solo dejaron sus huellas, sus gritos y un charco de sangre que reconoce mi sangre. La he buscado en el maizal y en los platanares; entre la tumba de sus padres y de sus hermanos.

¿Han visto a mi hermano? Se lo llevaron hace dos años, le he buscado en el viento, en la montaña y en el bosque de pinos y cedros. Ya revolví diez fosas, encontré otros hermanos, hijos, hijas, nietas y nietos.

He hallado padres, he hallado madres y pequeños pares de zapatos.

He hallado dientes, he hallado huesos y campos sembrados con dolor y pena; he hallado fragmentos de pesadillas y de sueños; encontré futuros sin nombre y sin rostro cubiertos con tierra y lágrimas y plegarias secas.

¿Donde está papá? ¿Donde está mamá? /¿En que fosa? ¿En que zanja? ¿En que río?

¿Donde está mi hijo? ¿Donde está mi hija? / ¿Tiene aliento? ¿Tiene hambre? ¿Tiene frío?

¿Los cubre de la lluvia el manto de niebla?

¿Los cubre del sol la sombra de una ceiba?

Seguimos buscando en un camino de sal, en el campo santo por la vida de tantos.

Procesión de estaciones, de eclipses, tormentas y huracanes. Seguimos guiándonos por las voces del fuego y el polvo; los recuerdos se niegan a convertirse en ceniza…

¿Donde están? Nos hacen falta.

1951, Fototeca INAH

Texto: Paola Klug

Mujeres cubiertas con rebozos caminan frente a un maguey, México, 1951, Fototeca INAH

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