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Archive for the ‘Día de Muertos’ Category

Te esperaré

Te esperaré aquí, entre las flores y las velas, entre las luces los y cantos. Te esperaré sentada, hasta que el polvo se disipe y las lluvias se vayan, limpiando la tristeza de las calles a su paso.

Te esperaré en la casa que huele a caña, que huele a atole, que huele a ti; y no habrá más tierra en mi garganta, ni lágrimas que nublen mis ojos. Te esperaré aquí, adonde teníamos que vernos antes, en otra tarde, en otro tiempo.

Te esperaré bajo las nubes y el papel picado; entre el caramelo, el chocolate y el café. Te esperaré aquí, hasta que las luces de neón se apaguen y se prendan los cirios. Entre los rezos de los ancianos y las abuelas y las miradas cristalinas de los niños. Y vendrás sin miedos y ya no habrá más gritos.

Y pondré un círculo de sal que proteja tu alma y pondré un vaso de agua que refresque tus sueños; hasta que vuelvas tú, hasta que vaya yo, hasta que volvamos a estar juntos.

Te esperaré porque sé que volverás, así como todos han vuelto.

Te esperaré aquí, entre las flores y las velas. Entre las luces y los cantos…

Texto: Paola Klug

Memo Vasquez Fotografía / “La luz de la promesa”

IN MEMORIAM / 19 SEPTIEMBRE 2017

IN MEMORIAM / 19 SEPTIEMBRE 2017

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El fantasma de la abuela se presentaba de vez en cuando entre la casa, su cabello cano estaba cubierto por aquél rebozo gastado de color gris que llevaba siempre con ella haciendo contraste con el intenso azul de las paredes de donde colgaban las ollas y las cazuelas de barro.

La veía ir y venir lentamente desde el patio de la casa, allá adonde cuando quieren florean las nochebuenas hasta la puerta de su antigua habitación; hoy ocupada por cajas y cachivaches que toda la familia ha venido a dejar poco después de su muerte.

Nunca habló conmigo, de hecho, jamás me volteó a ver. En ocasiones, ya que se me pasaba el susto me hacía sentir que el fantasma era yo y no ella. Se apretujaba con fuerza sus manos como cuando estaba nerviosa y suspiraba mirando por la ventana para luego desaparecer.

La última noche en que se me apareció la vi llorar sentada junto al guajolote blanco del corral.  Lo acariciaba con cariño mientras el animal cloqueaba moviendo la cola de un lado como cuando piensa atacar; sin embargo, no lo hizo. Sé que la veía tan claramente como yo, que sentía sus manos recorrer sus plumas y que probablemente, era capaz de oler el aroma de las flores de cempaxúchitl impregnadas en su piel.

Yo me quedé pasmada, mirándola desde adentro de la casa; allí junto a la ofrenda que con tanto ahínco había preparado para ella. Acababa de poner su taza de café y los panes de piloncillo que desayunaba cada mañana cuando se apareció.

Pensé que se acercaría al altar, que estaría orgullosa de mí por haberlo hecho tan bien y tan grande solo para ella; pero no fue así. Solo se acercó a oler las flores mirándolas con infinita tristeza.

– ¿Hasta cuándo acabará? – la escuché decir

Y después salió despacito por la puerta arrastrando los pies.

Mientras estaba con el guajolote comenzó a llover; era una lluvia ligera y casi imperceptible. Como el rocío que cubre el maizal antes de que amanezca, pero el aire estaba frío como si el invierno hubiera llegado ya. La abuela miró hacia arriba y secó sus lágrimas; se levantó de la tierra y sacudió la tierra de su mandil.

Un trueno cimbró la casa, el campo, al guajolote y también a mi corazón.

En la vereda se acercaba un hombre; un gran sombrero le cubría la cabeza y venía envuelto en un jorongo de lana oscura.  De la nada, un manto de niebla cayó sobre el pueblo, cubriéndonos a todos en ella.

Con mis manos temblorosas detenía una veladora tratando de distinguir la identidad del hombre que andaba afuera; la abuela caminó hasta llegar a su lado, pero ella ya no era ella. En alguno de los pasos que dio se desprendió de sus arrugas, de sus canas y su infelicidad. La mujer que abrazaba a ese hombre era más joven que yo, aunque se parecía mucho a mí.

Era la abuela convertida en la mujer que siempre fue y nunca pudimos ver.

Fue allí que recordé la historia de su corazón roto, de su primer amor, de ese que les fue negado por todos en el pueblo.

Ella se había comprometido con ese hombre a escondidas de la familia, pero cuando la descubrieron la obligaron a casarse con el abuelo.  Los condenaron a ambos a verse día con día sin poder hablarse, tocarse ni escucharse. Los forzaron a todo, pero jamás pudieron matar el amor que ambos llevaban en su corazón.

¿Hasta cuándo acabará? -Preguntó ella.

Acabó con el abrazo, con el beso prometido en la oscuridad, con las palabras susurradas bajo la lluvia, tal y como debió ser en primer lugar.

Lloré al verlos partir, sabía que ella no volvería aparecerse de nuevo. La lealtad a la sangre le había costado mucho en vida, le había costado mucho en muerte. Lloré hasta quedar dormida, hasta cansarme de pedirle perdón por lo que habían hecho con ella, hasta romper ciclos y cadenas.

Al amanecer, alguien tocó con fuerza a la puerta una y otra y otra vez.

Era Doña Quintina; necesitaba que fuera a preparar el velorio de Don Silvio, su marido.  Habían encontrado al viejito tirado junto al maizal envuelto en su jorongo de lana, la lluvia de la noche anterior lo agarró desprevenido metiéndosele en los huesos.  El frío lo había matado y el frío le devolvió a su amor.

Me vestí con rapidez, tomé el rebozo de la abuela y lo coloqué en mi cabeza. Al cerrar la puerta de la casa sonreí al saber por fin el nombre del hombre al que la vieja había amado tanto.

Acaricié la espalda de Doña Quintina para consolarla y caminé hacia su casa junto a ella. Jamás le dije a nadie lo que vi aquella noche de muertos, yo solo fui testigo del secreto que se descubrió entre las nubes del copal y la niebla.

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Texto: Paola Klug

Fotografía: Huipil de Tapar. Oaxaca, 1962 de Mariana Yampolsky

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Felicia leyó con dificultad el cartel clavado en la pared de adobe de la tienda de Don Mauro, lo leyó en voz alta para que todos los allí reunidos supieran de que se trataba. Por aquellos años pocas personas sabían leer y  Felicia era la única mujer del pueblo que sabía hacerlo, así que cada que alguien necesitaba entender lo que estaba escrito en papel acudían a ella; aquella tarde los niños la llevaron a empujones hasta la tienda motivados por los dibujos en el cartel y a pesar de que el curita del pueblo anunció en las dos primeras misas que aquella reunión no era otra cosa más que obra del diablo, todos querían saber de qué se trataba realmente.

“A toda la comunidad de Mineral de las piedras. Se les invita a participar en el Gran Baile de las Calaveras que se llevará a cabo el próximo día de los difuntos a partir de las 6 de la tarde en el cruce del puente a la entrada del pueblo, favor de llevar su propia máscara”

-¿Qué más dice?

-Solo eso Anselmo – respondió Felicia alborotando el cabello del chamaco

-Pa mí que si es cosa del diablo como dijo el curita, eso de usar máscaras en el día de los difuntos no está bien- dijo Doña Lupe persignándose tres veces seguidas mientras envolvía su cara con el rebozo.

-Yo no sé si sea cosa del diablo o de dios Lupe, lo que sé es que en este pueblo  nunca ha pasado nada similar.

-Seguro es cosa de los comunistas- susurró Don Mauro- me contó mi compadre que apenas llevaron sus desmanes a Juitla y que todo terminó a  balazos frente a la presidencia municipal.

-Lo que su compadre no le contó es que las primeras balas fueron disparadas por los militares Don Mauro.

-¿Y tú como lo sabes chamaca? ¿Lo leíste en uno de tus libros?

-No es necesario leer un libro para saber cómo son las cosas en este lugar, todo lo que sea para el pueblo está prohibido; menos el cobro de intereses ¿O me equivoco Don Mauro?

El hombre de rostro moreno e hinchado se puso  rojo y después blanco, él mejor que nadie sabía los beneficios que daban los intereses. Cada que fiaba cobraba de más a causa de ellos y dejaba más jodidos a los que desde su nacimiento lo eran. Vio a Felicia con coraje y regresó refunfuñando a la tienda no sin antes arrancar el cartel y tirarlo a la mitad de todos quienes se habían reunido.

Lentamente el grupo se fue dispersando hasta que solo quedaron Anselmo y Felicia mirando hacia el cartel silenciosamente.

-¿Vas a ir Felicia?

-No seas metiche y ya vete hacia el molino, seguro que tu madre está esperando el maíz molido desde hace horas.

-Si vas, me llevas-gritó el chamaco mientras corría alejándose  por el camino polvoso que daba al molino.

Felicia sonrió, se agachó para recoger el cartel y caminó de vuelta hasta su casa; Felicia vivía sola desde que sus padres murieron, así que la casa, el corral y la huerta dependían exclusivamente de ella;  las otras mujeres del pueblo  no entendían porque Felicia prefería seguir sola que haberse casado con el hijo de Don Carlos – el caporal de la hacienda- sin embargo a ella no le importaba la opinión que los otros tuvieran sobre ella ni sus decisiones, Felicia estaba tranquila tal y como estaba. Por las mañanas regaba las macetas llenas de flores que adornaban sus ventanas y el largo y fresco pasillo que estaba a la entrada de su hogar; al terminar se preparaba un café y desayunaba alguna pieza de pan, posteriormente daba de comer a las gallinas y a Pancho -el puerco que se negaba a matar- al terminar de limpiar el corral caminaba hasta la pequeña huerta detrás de su casa y con sus propias manos quitaba la mala yerba que crecía junto a sus zanahorias, chiles y calabazas. Regresaba a la cocina con una canasta llena de huevos y vegetales, se bañaba y terminaba su jornada haciendo lo que fuese que tuviera ganas de hacer. En ocasiones caminaba horas enteras entre la espesura de las montañas, se sentaba debajo de un árbol y miraba  a las nubes nadar en el cielo, otras no salía de su casa y devoraba uno a uno los libros que era capaz de conseguir; andaba en el campo mirando atenta el trabajo de los campesinos, enseñaba a leer a quienes se interesaran en hacerlo o cocinaba pasteles de manzana cada noche de luna llena.

Felicia anhelaba atravesar el puente de  Mineral de las piedras y conocer todo cuanto estuviera más allá del límite marcado por las enredaderas y el lila intenso de los quiebra platos; Felicia quería respirar el aire de otros pueblos, de otros campos y lugares,  inclusive el de la capital pero algo que no era capaz de explicar la mantenía atada en este lugar.

Llegando a casa dobló cuidadosamente el cartel y lo colocó sobre la mesa; caminó hasta el sótano y buscó el baúl de madera vieja en que su madre había guardado sus cosas durante años. Todo cuanto sacaba estaba lleno de polvo y tenía olor a humedad, prendas viejas de tafetán, costuras en manta, hilos gastados y agujas rotas. Sacó todo hasta llegar al fondo del baúl y fue debajo de un rosario de cuentas de plata que encontró lo que buscaba: una máscara con el rostro de la muerte que su padre había traído de un viaje a Michoacán.

Limpió delicadamente las líneas negras pintadas a mano sobre el cartón, pasó un trapo sobre los dientes amarillentos de la máscara hasta que aquella sonrisa etérea pareció brillar entre sus manos. Felicia pocas veces pensaba en la muerte, sin embargo el ver aquella representación la hizo reflexionar; ella no creía que la muerte fuese así, blanca, flaca, fría. La muerte debía ser diferente para cada persona, seguramente adoptaría una imagen familiar para poder acercarse a quienes se llevaba con ella.

Felicia arrojó todo de vuelta al baúl, lo cerró y subió por las escaleras de madera podrida hasta llegar nuevamente a la mesa; colocó la máscara junto al cartel y lanzó un largo suspiro. Ya estaba decidida, acudiría al baile de las calaveras aun cuando fuera la única del pueblo en hacerlo.

Y pasaron los días y las noches; conforme el día de muertos se acercaba los rumores sobre aquél evento se incrementaban. Los más aventurados aseguraban su presencia aun cuando la iglesia amenazaba con excomulgar a quienes desobedecieran la orden divina de no asistir; las mujeres estaban espantadas al igual que los militares. Los niños por el contrario eran los más emocionados, cada tarde planeaban secretamente la mejor ruta para salir de sus hogares mientras sus familias visitaban a los difuntos en el cementerio.

Por fin había llegado el día, el pueblo olía a flor de muerto y dulce de calabaza. Cada pared, cada ventana y cada puerta estaban adornadas con flores moradas y naranjas, cientos de hojas de papel picado colgaban de los árboles mientras eran mecidas por el viento del invierno más crudo que se había sentido en años. El mercado estaba lleno de puestos repletos con calaveras de dulce y chocolate, veladoras de todos tamaños y ollas llenas de comida, tanto para los vivos como para los muertos.

Felicia estaba emocionada desde la noche anterior; ya había preparado su rebozo nuevo, su falda de color azul celeste y la blusa blanca que le había bordado su madre poco antes de morir. Cepilló sus cabellos y los trenzó cuidadosamente hasta lograr una corona sobre su cabeza; misma que decoró con una flor de cempaxúchitl. Antes de salir de su casa rumbo al baile, prendió un par de veladoras, hizo un camino de flores que llegaban hasta el pequeño altar que levantó en honor de sus padres y colocó los tarros de café y atole que a ellos tanto les gustaban en vida.

El atardecer había caído sobre Mineral de las Piedras y el único ruido que se escuchaba entre las calles empedradas era el provocado por los incontables rezos de las mujeres del pueblo en el cementerio. Los aves marías flotaban en el viento hasta alcanzar a las golondrinas que sin más y de un aleteo los abrazaban entre sus plumas hasta que el silencio lo envolvía todo nuevamente. Felicia llevaba la máscara entre sus manos, caminaba lentamente mientras inhalaba con fuerza el olor  a incienso mezclado con el pan horneado horas atrás. No había nadie entre las calles, pareciera que el pueblo estaba completamente deshabitado.

-Cobardes – se dijo para sus adentros.

Pasando la curva y debajo de los pirules y los laureles se encontraba el puente de piedra, el lugar de reunión para el baile de calaveras. Felicia sintió un pinchazo en el estómago, seguramente a causa de los nervios. Sus manos comenzaron a sudar y sus piernas temblaban ligeramente. Tanto el puente como los árboles habían sido decorados magistralmente; cada resquicio entre las piedras llevaba una flor de cempaxúchitl dentro; encima del puente se encontraban encendidas cientos de veladoras cuya cera se derretía hasta llegar a la tierra negra que cubría lo que alguna vez fue un río. De los árboles colgaban pergaminos de distintos colores con diferentes figuras que parecían danzar conforme el aire los acariciaba.

Felicia se colocó la máscara cuidadosamente y comenzó a caminar hacia el puente vacío. Miró con atención a través de aquél par de huecos de cartón hacia todos lados esperando encontrarse con alguna otra persona, pero se encontraba completamente sola. El viento arreció estremeciendo a Felicia; lejos habían quedado los rezos y el olor a pan, ahora solo se escuchaba el latir de su corazón y lo único que olía era la fragancia de la tierra. Se quedó sentada debajo de un laurel mientras pasaban las horas y cuando estaba a punto de regresar frustrada a su casa un ruido estremecedor la hizo levantarse; primero se escucharon pasos y aquellas pisadas eran tan fuertes que hacían vibras las velas sobre el puente. Luego escuchó música; flautas, cantos y tambores se unían en una misma y alegre tonada. Por fin aquellas misteriosas personas aparecieron tras la curva; gente de todos tamaños y complexiones danzaban con los rostros cubiertos por máscaras tan maravillosas que Felicia se sintió apenada por la sencillez de la suya. Hombres, mujeres y niños corrían hacia su encuentro, en sus manos llevaban flores, otros llevaban velas y unos cuantos más iban con las manos vacías pero no cesaban de aplaudir.

Todos reían y su alegría contagió a Felicia quién termino dejando su timidez a un lado y se unió a aquél extraño grupo de gente feliz. Ella danzó, cantó y brincó como no lo hacía desde niña, una misteriosa sensación de libertad se apoderó de ella; nunca se había sentido tan plena. Las horas pasaron rápidamente y la madrugada ya estaba sobre ellos, Felicia descansaba junto a una fogata que habían prendido tiempo atrás, miraba extasiada las sombras de aquellos que continuaban bailando junto a las chispas ardientes que brotaban del fuego, en algún momento parecía que la luz y la oscuridad se habían unido para danzar juntas.

Una mano pequeña se posó sobre el hombro de Felicia; ella giró rápidamente su cabeza sabiendo de antemano de quién se trataba.

-¡Anselmo! Tus padres van a matarte. ¡Vamos! Te llevaré a tu casa inmediatamente.

El pequeño Anselmo movió la cabeza negativamente, el llevaba el rostro oculto con una máscara de tecolote, pero a pesar de la máscara y el ruido del tambor, Felicia era capaz de escuchar su pegajosa sonrisa.

Se levantó y comenzó a perseguir al pequeño Anselmo que no se cansaba de esquivarla entre los árboles y los huecos del puente.

-Basta ya Anselmo, tienes que parar ya.

-Hagamos un trato Felicia, iremos a casa siempre y cuando respondas tres preguntas. ¿Es justo?

– Está bien, pero sin importar la respuesta nos iremos.

-Estoy de acuerdo.

Anselmo dejó de correr y le tomó la mano alejándola de la danza y la fogata; cuando encontraron un lugar alto para sentarse, el pequeño niño se quitó la máscara mostrando su rostro infantil.

– Primera pregunta: ¿Sabes dónde estamos?

-Claro que lo sé, estamos en la entrada del pueblo.

-Segunda pregunta: ¿Reconoces a ese par que danzan solos junto a la fogata? -Anselmo señaló una pareja que bailaba en el fuego. Eran un hombre y una mujer de edad avanzada a juzgar por las arrugas de su cuello y sus manos. El hombre llevaba cubierto su rostro con una máscara de caballo, la mujer con una máscara de mariposa.

Felicia los miró con atención, algo en ellos le parecía familiar. Sus movimientos lentos, la pequeña joroba en la espalda de aquél hombre y la forma en que la mujer doblaba su rostro cada vez que giraba la hizo pensar en sus padres. Pero tal cosa era imposible, ellos estaban muertos desde hacía años; Felicia sintió pánico, una frialdad inexplicable recorrió su espina dorsal y erizó sus brazos.

-No pueden ser ellos Anselmo.

-¿Por qué no te acercas y te aseguras de que no lo sean?

Felicia se levantó, sus piernas temblaban nuevamente. Caminó con dificultad hacia la fogata mientras Anselmo la seguía; al llegar hasta la pareja se paró frente a ellos. La música dejó de sonar, los ojos de todos aquellos rostros cubiertos se fijaron en Felicia. Con sus manos frías arrancó de un solo golpe la máscara del hombre para encontrarse con la cara de su padre; nunca un grito fue tan desgarrador como el que salió de la garganta de Felicia. Dio varios pasos hacia atrás con las manos sobre sus labios; su madre se quitó la máscara mientras hacía una mueca con su boca desdentada.

Felicia cayó de espaldas, se arrastró con sus brazos y piernas durante  varios metros tratando de alejarse de aquél lugar, de aquella gente.

-No puede ser cierto, esto no puede estar pasando – decía entre sollozos-

Anselmo le marcó un alto a su huida parándose tras ella; de pronto el pequeño pareció adquirir una fuerza descomunal que le impedía seguir avanzando.

-Última pregunta: ¿Recuerdas lo que sucedió aquí?

Felicia no podía articular palabra alguna, su garganta estaba seca y cerrada. Nunca había sentido tanto miedo, nunca había estado tan confundida. Movió sus hombros de arriba hacia abajo para responder un “no sé”

-Te voy a refrescar la memoria, después de que recuerdes nos iremos a casa.

Anselmo puso sus manos sobre la cabeza de Felicia no sin antes cerrarle los ojos. De pronto todos los recuerdos bloqueados aparecieron. Todo empezó muy temprano por la mañana, se escucharon balazos y después muchos gritos, todos en el pueblo salieron a ver qué ocurría. Hombres, mujeres y niños por igual siguieron los estruendos, el llanto y los alaridos hasta llegar al puente de piedra. La parte alta del monte estaba llena de militares, abajo estaban los campesinos que escaparon de  Juitla; la tierra estaba llena de cuerpos y de sangre. Uno de los militares gritó que todos tenían que acercarse o los matarían; iban a investigar quienes estaban apoyando a los “comunistas” y aquellos que estuvieran del lado del gobierno podrían regresar en paz a sus casas.

La gente de Mineral de las piedras se acercó sin saberlo a su propia tumba, Felicia tomó la mano de Anselmo con fuerza para tranquilizarlo. Ya que estuvieron todos reunidos, los militares bajaron y atravesaron el puente. Formaron de un lado a los hombres, del otro lado a las mujeres y a sus chamacas y chamacos.

El primer balazo se lo llevó Don Mauro, el segundo Doña Lupe. Unos tras otros fueron cayendo sin posibilidad de escape; Felicia murió defendiendo a los niños  y fue su cuerpo el que protegió el cadáver del pequeño Anselmo hasta semanas después, cuando los encontraron a todos muertos.

La gente de los poblados cercanos se encargó de darles un buen entierro, y fueron ellos los que adornaron el altar en el puente ya que no habría nadie en Mineral de las Piedras para recibir a los muertos.

Felicia estaba en silencio meciéndose de un lado a otro sobre sí misma como si hubiese perdido la razón.

-¿No lo entiendes? Los vivos pusieron las velas, los que ya estaban muertos vivieron por ustedes. Tenías razón en algo Felicia- dijo Anselmo- yo no soy fría, ni flaca, ni blanca, soy alguien en quienes ustedes confían para llevar a cabo el último viaje. Ahora levántate mi querida amiga, ya no hay nada que temer y el amanecer está por llegar, es hora de ir a casa.

Anselmo besó la frente de Felicia, ella dejó de temblar. Tendió la mano hacia el pequeño niño y sonrió dulcemente; alborotó su cabello como siempre y se reunió con sus padres.

Los antiguos residentes de Mineral de las piedras se reunieron con los nuevos muertos y juntos emprendieron el regreso a su hogar. Felicia no sentía miedo, ni tristeza, ni dolor; se había convertido en otro rezo que tarde o temprano sería llevado lejos, entre las alas de una golondrina.

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Del 31 de Octubre al 2 de Noviembre, en México se celebra el Día de Muertos; tal celebración implica muchas cosas, una de ellas (quizá de las que más me gustan personalmente) es la de personificar por medio del vestuario y/o maquillaje a “entes” de la imaginativa popular, algunos lo hacen para pedir “calaverita” otros para las fiestas que se organizan en esos días y unos más -como en mi caso desde hace unos años- para preservar el misticismo del folclor mexicano.

Este año decidí dedicar mi personificación a una Tlahuelpuchi. Sus orígenes se encuentras principalmente en Tlaxcala. Ellas eran una mezcla entre brujas y vampiros; podían tomar la forma de ciertos animales y se alimentaban exclusivamente de sangre, principalmente de niños pequeños.

La palabra “tlahuelpuchi” proviene del náhuatl y significa “sahumador luminoso” y creo -sin seguridad- que muy posiblemente en la leyenda de las tlahuelpuchi se pudieron haber inspirado para el son jarocho “La Bruja” lo que me hace pensar que sus historias se encuentran por todo el territorio nacional, solo que con distinto nombre.

¡Pronto haré un cuento sobre una de ellas!

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La noche de los llorones Mariana Mayeb

La Llorona es una leyenda que se ha transmitido de generación en generación por toda América Latina; hay versiones distintas sobre su nombre, su anatomía  e incluso su nacionalidad, pero en la mayoría de ellas, el origen de su tragedia es el mismo: Ella asesinó a sus tres hijos en un arranque de desesperación y está condenada a vagar en la tierra hasta encontrar sus espíritus.

Sobre la Llorona se han escrito muchas cosas; ha sido la protagonista de cuentos, obras de teatro, representaciones e inclusive películas sin embargo sus hijos siempre han tenido un papel secundario a pesar de ser las primeras víctimas de su leyenda; es por eso que esta historia les pertenece solo a ellos.

Este cuento es un relato ficticio basado en su leyenda, pero es el único que le da voz e historia a Pepe, Santiago y Alondra. “Los niños del agua, los hijos de la Llorona…”

Texto e idea original: Paola Klug

Ilustración: Mariana Ramos

Para descargar o leer en línea  “Los niños del agua, los hijos de la Llorona” da click en el siguiente link:

LOS NIÑOS DEL AGUA

Dentro de esta edición participaron varios artistas gráficos, diseñadores, ilustradores y pintores mexicanos o de origen mexicano que pusieron todo su empeño, cariño y dedicación en hacer las obras que aparecen al final de la publicación. A ellos todo mi agradecimiento, respeto y cariño.

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Lucrecia ya tenía todo listo para irse al mercado, sus cajas estaban llenas con los dulces de amaranto y alfeñique que había realizado durante la semana anterior; catrinas enfundadas en sus vestidos de papel crepé, cráneos coloridos con ojos de lentejuela y las pequeñas frutas rellenas de mazapán y dulce de calabaza.  Las calaveras de chocolate las llevaba aparte para evitar que se derritieran durante el camino. Subió todas las cajas a la parte posterior de su auto, se despidió de sus hijos y se marchó.

Todo pintaba para ser un gran día; era la inauguración anual de la feria en el mercado y como cada año Lucrecia se había hecho de un buen lugar, desde diversos puntos de la ciudad gente de todas las edades y condiciones iba exclusivamente a buscarla cada temporada de día de muertos ya que el sabor de sus dulces no se podía superar; ella había aprendido el oficio de su madre, tal como está lo había aprendido de su abuelo y éste del suyo; los  dulces y el día de muertos eran tan importantes para su familia como la misma sangre que los unía.

No habían pasado ni treinta minutos cuando el tráfico la detuvo, no es que fuera extraño que a esa hora hubieran tantos carros, lo extraño era que no se movían ni un solo centímetro. Conforme pasaba el tiempo, sus vecinos de carretera e incluso ella misma comenzaron a desesperar, las marchas de los autos se apagaron y los pasajeros comenzaron a salir de los carros para ver que era lo que sucedía.

Lucrecia miraba su reloj con desesperación, en ese momento ya tendría que estar acomodando sus dulces y figurillas en el mercado, dio un reojo a las calaveras de chocolate para asegurarse de que aún seguían en buen estado y suspiró. No había forma de salir de aquél atolladero, tenían una centena de autos delante y sin duda un poco más por detrás así que trató de tomárselo con calma.

Escuchó a un hombre decir que había ocurrido un accidente, un auto se había volteado bloqueando los dos carriles; ni los policías ni los integrantes del servicio médico habían podido hacer nada por la mujer que había muerto dentro del carro así que solo bastaba esperar al ministerio público para retirar el cadáver.

Lucrecia se sintió apenada por el destino de aquella mujer y pensando que los familiares y amigos de esa desconocida tendrían que enfrentar peores problemas que el tráfico dejó de sentirse mal por estar atrapada allí. Pasó una hora y luego otra más, la gente a su alrededor estaba volviéndose loca, los cláxones y los reclamos no dejaban de sonar y de no haber sido por la repentina tormenta que comenzó a caer, Lucrecia estaba segura de que hubiera ocurrido otra tragedia.

Trató de llamar a sus hijos pero no encontraba su teléfono, seguramente lo había dejado olvidado en algún rincón de la cocina.

La noche había caído por completo y salvo los cuartos de algunos automóviles y los relámpagos en el cielo, la carretera estaba en completa oscuridad.

Las gotas de lluvia caían con fuerza y de lado sobre el parabrisas, el viento soplaba a gran velocidad haciendo cantar a los árboles que se balanceaban violentamente sobre la orilla de la carretera. A lo lejos se escucharon varias sirenas y las hélices de un helicóptero que sobrevoló varias veces el lugar.

Lucrecia comenzó a ponerse nerviosa, había algo en el ambiente que le provocaba miedo. Quizá era la oscuridad, quizá era la lluvia o el pensar que la muerte estaba tan cerca de su auto lo cual era una ironía tomando en cuenta que ella cocinaba dulces en su honor.

Fuera cual fuera la razón  de su nerviosismo se convirtió en terror cuando una mujer tocó la ventana del pasajero. Lucrecia brincó del susto, estaba tan abstraída en sus pensamientos que no vio de donde salió aquella mujer que tenía el cabello y las ropas empapadas debido a la lluvia que no dejaba de caer.

Lucrecia abrió la puerta del auto permitiéndole pasar.

-Buenas noches, ¡muchas gracias! Decidí caminar un poco y me atrapó la tormenta, mi carro está más adelante y ya no tengo fuerzas para seguir caminando. Tengo mucho frío.

-Sube – le dijo Lucrecia

La miró con curiosidad mientras subía al auto; era una mujer delgada que no dejaba de temblar, sus cabellos eran largos y oscuros y había algo en su mirada que proyectaba tranquilidad.

Lucrecia buscó en la parte trasera de su auto su chaqueta y se la tendió a la desconocida para tratar de mitigar el frío, estando atrapadas allí era casi imposible que la mujer pudiera recibir atención médica a tiempo si algo se salía de control.

-¿Cómo te llamas?- le preguntó

-Soy Aita- le respondió la joven con una sonrisa

Lucrecia abrió el recipiente donde guardaba las calaveras de chocolate y le ofreció un par a la mujer; misma que las recibió gustosa. Aita colocó los trozos de chocolate en sus labios, cerró los ojos y suspiró.

-Son deliciosas.

Lucrecia le agradeció el comentario y le contó sobre su trabajo y su historia familiar para pasar el tiempo; le habló de su madre y el dulce olor de la cocina cada que ella preparaba los dulces; le contó sobre su abuelo y su habilidad para preparar el amaranto.

-Cuando era pequeña, mi madre nos llevaba a su pueblo. Era un largo camino pero lo recorríamos contentas; dejábamos atrás el tráfico y las aglomeraciones hasta llegar a casa de los abuelos.

Su hogar estaba detrás de la parcela, rodeado de enormes frescos que proveían de sombra y frescura.

Aita escuchaba atenta a Lucrecia con una sonrisa en los labios…

Cuando entrábamos a la casa nuestros pulmones se llenaban con el olor de la madera que ardía en los fogones; yo tostaba las semillas de amaranto en el comal mientras mi madre pelaba las tunas con las que prepararía la miel, las cocía una y otra vez hasta que el líquido que salía de ellas se tornaba oscuro y pegajoso.

Mi abuelo por su parte había puesto a hervir un cazo de cobre en la que colocaba las semillas que yo había tostado, un poco de vinagre y al final la miel de tuna. Los tres nos turnábamos junto al fogón y movíamos constantemente la mezcla con una cuchara de madera, no era hasta que el caramelo estaba listo que lo sacábamos del fuego.

Yo me había encargado de llenar los moldes con manteca, mientras mi abuelo y mi madre amasaban el amaranto; colocábamos con nuestras manos la mezcla entre las cráneos de barro y los dejábamos reposar.

Quizá lo que más me gustaba era decorarlas, los dientes eran cacahuates y los ojos capulines.

Lucrecia se quedó callada, el recuerdo de su abuelo y de su madre había dejado un sabor de melancolía en sus labios.

-Eres afortunada, aún te quedan tus recuerdos. Yo he olvidado a mi madre, a mi abuelo y a todos los que caminaron detrás de mí; sin embargo recuerdo algo que también recuerdas tú.

Lucrecia miró a Aita con desconcierto.

-Rosa María era una buena mujer, al igual que tú también recuerdo el olor de su cocina.

Ahora era Lucrecia la que temblaba.

El día que la visité estaba de pie junto al fogón, su cabello caía con suavidad sobre el carbón que había tiznado su viejo mandil. Me trató con la misma amabilidad que me trataste tú, aunque debo decirte Lucrecia que Silvio, tu abuelo fue un poco más reacio al recibirme.

De los ojos de Lucrecia brotaron lágrimas más grandes que las gotas de lluvia que aún caía; pensaba en sus hijos, en la vida que ahora entendía que se le estaba escapando de sus manos temblorosas.

-No temas por ellos, ni por ti. Tus hijos te recordarán como tú has recordado a tu abuelo y a tu madre y honrarán tu memoria de la misma manera en que tú has honrado la de tus familiares – le dijo Aita mientras le tomaba la mano con dulzura

Ahora ven conmigo, es tu hora de acompañarme. También es un largo camino pero lo recorreremos juntas con una sonrisa en los labios.

Lucrecia sintió un cúmulo de paz recorrer su espíritu, el dolor y el miedo habían quedado atrás. Salió del vehículo y se miró a sí misma entre los fierros retorcidos de su auto. Sobre la carretera mojada estaban regadas las calaveritas, catrinas y caramelos que iba a vender aquella tarde en el mercado.

Aita ya estaba acostumbrada a dar la misma explicación, abrazó a Lucrecia y le susurró al oído:

-La mayoría tarda en darse cuenta, por eso debo ir a buscarlos…

Aita cerró los ojos de Lucrecia con sus manos, le permitió sentir por última vez la lluvia sobre su frente y la brisa de los fresnos de su infancia para después ser acogida por la muerte más dulce, una muerte con sabor a miel de tuna, chocolate y amaranto…

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Texto: Paola Klug

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No recuerdo cuanto tiempo pasé entre mi finca, mis huertas y la casa de mis nuevas amigas, lo que recuerdo es que comencé a sentir curiosidad por visitar nuevos lugares y conocer al resto de las almas que como yo, estaban del otro lado de la olla.

Viajé recorriendo pueblos, montañas y valles; también crucé el océano y los siete ríos de cacao. Anduve de aquí para allá entre todos esos mundos creados por quienes habían dejado atrás el latido y el aliento. Durante años ¿o talvez siglos? recorrí todos los caminos que pude encontrar,  senderos de dulce, de limón y jamoncillo que me llevaron a los lugares más recónditos y mágicos en donde la muerte siempre era una celebración y un motivo de júbilo.

Vi cientos de miles de almas pasar de un lado de la olla hacia el otro; muchos llegaron, muchos se fueron e inclusive mi padre se reunió conmigo una vez que murió; él tenía un lindo rancho lleno de caballos de ate y de zapote negro pasando el puente que abre el camino hacia mi finca.

Fue en la cena que preparé en su honor cuando conocí a Nicanor, era uno de los nietos de la señorita Amalia y tenía poco tiempo de haber llegado aquí. Era alto y tenía los huesos fuertes, en su frente llevaba grabada con muégano una clave de sol.

-Es músico –me confesó su abuela en un cómico susurro

Llevaba puesta una playera extraña que combinaba a la perfección con los pétalos de nanche alrededor de sus ojos. Desde aquella noche, Nicanor y yo nos hicimos grandes amigos y poquito después nos hicimos novios. ¿Pueden imaginarlo?

Pasábamos la mayor parte del tiempo juntos, yo leía o escribía mientras él tocaba su guitarra de palanqueta o practicaba en la batería de mazapán.

¡Era tan divertido! Yo había encontrado a un amigo y a un compañero y estaba feliz por ello.

Nicanor construyó su estudio muy cerca de mi finca y en poco tiempo encontró a un par de calaveras interesadas en formar una banda de rock. ¡Ellos tocaban en todas las fiestas de la región!  Después vino la gira en cada rincón de la olla y tiempo después, cuando él regresó tomamos una decisión. Volveríamos a nacer y a encontrarnos del otro lado ¡sería nuestra primera vez juntos allá!

Honestamente yo no estaba muy segura, me sentía muy tranquila aquí pero entonces recordé que son las aventuras las que alimentan a nuestros espíritus y ningún alma está hecha para permanecer por siempre en un solo lugar; somos luz en movimiento sin importar la carne o el hueso; así que le pusimos fecha a nuestra misión, regresaríamos a la vida durante la noche de los muertos; con un poco de suerte la coincidencia con nuestras nuevas fechas de nacimiento nos darían la oportunidad de encontrarnos con rapidez.

Hoy escribo esta carta sin saber lo que sucederá más tarde, los pétalos de cempaxúchitl ya marcan el sendero de vuelta a la olla y las luces de las velas iluminan nuestro andar y es que la muerte es como la vida, uno nunca sabe qué lo esperará más allá. Los dos hemos visitado a nuestras muertes y tenemos la llave de nuestras puertas, yo viajaré hasta la sierra y Nicanor a la ciudad, ¡deséenos suerte, la vida nos espera!

 

PD Alebrije también nos acompañará.

FIN

 

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