Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Eros’ Category

Juana Baca

La conocí una tarde de julio cuando el viento soplaba fuerte desde la sierra; un rebozo azul cubría sus cabellos negros y parte de su frente. Juana me miraba como el coyote mira al conejo poco antes de encajar sus colmillos en él.

Aún recuerdo su blusa rosa con bordados de flores que combinaba tan bien con su piel morena y su sonrisa mestiza.

-No la mire de frente, capaz que le hace mal de ojo- me susurró la marchanta.

Esa es la bruja del mezquital. Juana Baca, la que vive en el monte dijo, para persignarse después.

Le pagué el puñado de verdolagas frescas y me alejé del puesto y de aquella enigmática mujer no sin antes mirarla de nuevo para recordarla después.

Pocos metros adelante me la encontré de nuevo, estaba parada junto a la panadería de Don Andrés; yo era nueva en el pueblo, no tenía más que un par de meses allí; no me había metido en problemas con nadie y no tenía ganas de empezar con ello.

Bajé la mirada y seguí caminando. Juana me alcanzó.

-Soñé contigo, dijo con su voz ronca. Estaba esperándote desde ayer.

-Creo que me confunde, aquí nadie me espera porque nadie me conoce- le respondí.

-Te equivocas, yo sé quién eres- me dijo esbozando una media sonrisa

Ahora acompáñame que tenemos mucho por hacer.

-Discúlpeme, de verdad creo que aquí hay un error. No tengo nada que hacer con usted porque no la conozco y ya voy tarde hacia mi casa.

– ¿Y qué harás en tu casa si no hay nadie allí? ¿Crees que no te he visto llorar en la ventana aferrándote a tu tristeza y tu soledad? ¿Vas tarde a qué? Puedo ir por ti otro día, pero no tiene caso estar esperando más. Tienes que acompañarme ahora- dijo mirándome como si sus ojos pudieran atravesar mi piel.

Sus palabras me tomaron por sorpresa, me asustaron y me hicieron entristecer. Mi cuerpo entero se rebelaba a la idea de acompañarla, había algo en esa mujer que me erizaba la piel. Caminé rápidamente con el corazón latiendo de forma violenta intentando dejarla atrás hasta que desapareció de mi vista entre el polvo que una mula levantó en el camino.

Cada día la encontraba de nuevo a mi paso; llegó un momento en el que dejé de salir de casa por el miedo a no poder enfrentarla y es que con el paso de los días la curiosidad por descubrir lo que aquella mujer quería de mi fue en aumento. Ya casi no comía y cuando cerraba mis ojos para dormir, era su imagen lo único que se me venía a la cabeza antes del sueño.

No fue hasta después de un mes que cambié el curso de mi destino y acepté seguirla, allá adonde mi alma se perdió para siempre.

Caminamos en silencio la mayor parte del trayecto, dejamos la calzada principal para ingresar a un pequeño sendero rodeado de nopales, mezquites y biznagas. Juana Baca llevaba el rebozo sobre la espalda, el aire nos daba en la cara y pude oler en sus cabellos el dulce aroma de la manzanilla. Ella andaba delante de mí, su caminar era ondulante como una serpiente y ágil como el del venado; anduvimos subiendo entre las piedras del monte, quitándonos del cabello y las ropas las espinas de los huizaches hasta llegar a su hogar.

De adobe y juncos estaba construida su casa; afuera un corral vacío y detrás del pozo se erguía un enorme garambullo. Juana Baca me invitó a pasar con una sonrisa en la cara; adentro había dos petates enrollados junto a la ventana, un fogón al centro y una vieja mesa de madera repleta de pequeñas ollas de barro. El techo entero estaba repleto de hierbas y flores secas volteadas hacia abajo; junto a la pared brillaban un par de cirios de sebo y más allá del metate sobre la tierra roja descansaban un morral de cuero, tres guajes y un viejo mortero de madera.

-Desde hoy este es tu hogar. Arrojarás en el pozo todas tus tristezas para que el agua del Laja se las lleve lejos; no habrán más lágrimas en tus ojos ni más huecos en tu corazón. Desde hoy soy lo único que tienes y eres lo único que tengo. Te enseñaré lo que eres y también lo que soy y cuando me vaya ya no estarás sola porque sabrás estar contigo.

Si en algún momento de mi vida las palabras me faltaron fue en ese; enmudecí y palidecí por igual ante la última luz de la tarde que se colaba por la ventana.

Los días pasaron como las nubes blancas sobre el cielo azul, Juana Baca me enseñó a endulzar mis recuerdos en piloncillo y alimentar a las palomillas que se posaban en la palma de mi mano; hechizamos con mecate y danzamos con las yucas bajo la luna menguante. De ella aprendí la canción del monte y el arrullo suave con la que el viento duerme al lobero antes de ser cortado. Juana Baca me enseñó a llamar la lluvia y a secar la tierra; ella fue la luz de mis noches y la sangre que bombeaba mi corazón.

Recuerdo mirarla junto al fogón mientras machacaba las flores de pirul que encontramos en la Hoya de Cintora; sus ojos soñaban con otros tiempos. Juana Baca estaba atrapada en otro mundo, en otra historia, en otro amor. Casi podía sentir su nostalgia como sentía el calor del fuego u olía la leña quemándose entre las brasas.

Su magia era blanca como el granizo en la montaña y negra como el huitlacoche. Juana Baca era luna y también sol; frágil y dura, tormenta y arroyo.

La última noche que la vi, poco antes de despedirse puso sus labios sobre los míos. Su beso sabía a menta, su piel a cempasúchil; Juana Baca, la bugambilia en mis ojos, la enredadera en mis piernas.

Aquella noche antes del alba enterró sus piernas debajo del garambullo y se echó a volar; Juana de fuego surcó el cielo para perderse como una luciérnaga en la inmensidad del desierto. La vi alejarse más allá de mis ojos, de mis silencios, de mis recuerdos…

Su ausencia era amarga como el xoconostle, pero dulce como el licor de anís.

La busqué durante años entre la sierra y los valles; entre los pueblos y las ciudades. Juana Baca desapareció para siempre.

Con el paso del tiempo la herida se cerró y volví a danzar sin dolor; ella tenía razón, después de todo aprendí a estar conmigo. Volví a llamar a las tormentas y a cantar con los coyotes en la luna llena como me enseñó; poco después tejí mis alas con palmas para volar junto a los tecolotes cuando el invierno tocó la puerta de madera.

Fue entonces que dejé la casa, el pozo, el garambullo y sus piernas; esta vez la que tenía que marcharse mecida por el viento frío de diciembre era yo.

01

Texto: Paola Klug

Fotografía: Rodrigo Díaz Guzmán

Anuncios

Read Full Post »

Crónica de los amantes

Antes de entrar a la fría habitación ya sentía su aliento sobre mi cuello;  mi vientre cosquilleaba de nervios, aun así controle mis ganas de tenderme sobre la alfombra sucia del pasillo para que él me tomara frente a los que esperaban su turno.

La puerta se abrió con un ligero rechinido, al frente una ventana empañada a causa de la lluvia; al centro la cama y frente a ella un espejo que reflejaría durante la noche entera nuestras siluetas despojadas de moral.  Arrojó las cosas sobre el taburete antes de arrojarme a mi sobre la cama; con su  lengua envenenó mi garganta, con sus labios corrompió mis dientes. Me besó como si se nos fuera la vida, como si la muerte pudiera llegar a hurtar nuestra respiración en cualquier  momento.  Engulló mi alma, engulló mi voluntad; y me dejé ir entre sus manos como un barco sometido por las olas del mar.

Arrancó mi ropa con fuerza, con la misma desesperación con la que latían nuestros corazones; y sus dedos tibios siguieron el rastro que dejó su lengua sobre mi cuerpo. Me  recorrió  como si mi piel fuese un mapa sin mas tesoros que su calidez; estrujó mis muslos hasta llegar a mis caderas y dejó las marcas  de sus dientes en ellas.

-Eres mía – me dijo en un susurro

Yo quería negarme, argumentar que no soy una propiedad; mas la voluptuosidad me había silenciado. Un gemido pequeño, casi imperceptible salió por mis labios entreabiertos. Sus manos subieron hasta mis senos y de ellos absorbió mis dudas; me miraba como el cazador a la presa, con sus ojos fijos entre las sombras que caían sobre mi rostro.  Baje la guardia y él giró violentamente mi cuerpo, me tenía boca abajo mientras sus manos apretaban con furor mi cuello; algo estalló entre mis piernas cuando me penetró, quizá la oscuridad , quizá el mismo infierno con gusto a paraíso.

Tenerlo dentro fue mi pecado y mi absolución; sus dedos conquistando mi abismo eran las estrellas del cielo que caía irremediablemente sobre mi. Sin justificación, ni razones, solo la gloria manifestándose en mi  – la sumisión sexual- decía Nin.

Las horas corrían lentamente, yo lo devoraba como él a mi; dos animales insaciables en medio de una frenética danza de poder. Mis caderas se convirtieron en serpientes que él hipnotizaba con su voz, la Medusa cautiva en un cuarto de hotel.  Su lengua exaltada humedecía las heridas que sus dientes me provocaban. Caballos desbocados en el valle del olvido; solos, sin nadie mas en el mundo, sin nada que importase más que el acto de la posesión.

Descansos etéreos mientras la lluvia caía lejana; discusiones sin sentido, lágrimas y palabras hirientes cuyo único propósito era la reconciliación, la recompensa lasciva que era otorgada entre  el sudor y los gemidos.  Noche lúbrica, atemporal como la energía desprendida en cada orgasmo.

Al final la despedida, las marcas de un incendio sobre mi piel lacerada;  el adiós , el aullido de dos lobos que se alejan de la manada que recién formaron, cada uno por su camino esperando la próxima luna llena, la próxima noche lluviosa.

tumblr_mkhjontjbL1rwai7ao1_500

 

Read Full Post »

De ventanas y otras historias

Se conocieron por casualidad – como todas las cosas interesantes –

Entre los dos hubo química: sonrisas, miradas, roces de manos y piernas y de vez en cuando un intercambio mínimo de palabras en un flirteo que duró toda la tarde.  El hotel en donde se encontraron era fresco y amplio, con  pisos de barro barnizado y macetas colgadas por doquier.

Cuando el evento terminó y cayó la noche, ella se despidió de todos, él le dio un abrazo fuerte y dos besos- uno en cada mejilla- ¡que interesante forma de socializar tiene la élite cultural! – pensó ella en silencio y subió por el ascensor.

La  recámara de ella estaba junto a la de él – por casualidad también-

Ella estaba ansiosa y tomó un baño con agua caliente para relajarse,  se recostó húmeda y desnuda sobre la cama. Encendió la televisión para distraerse, pero lo cierto es que seguía pensando en él;  con cuidado y discreción abrió un poco la cortina de la ventana que daba al corredor y prendió la mortecina luz de la lámpara en el  buró para que las miradas volvieran a encontrarse cuando él regresara a su habitación. Apagó el televisor y tomó un libro,  Lived in bars  sonaba en el radio.

Él estaba acostado sobre la cama, ella lamía sus formas geométricas, mordía sus planetas y sus galaxias. Las lenguas se encontraron sin una sola palabra en la boca. Las manos de él se llenaron con los pequeños senos de ella. Pintó en su cuerpo cientos de figuras, letras y símbolos. La penetró una y otra vez como la pluma hace con el  tintero.

Ella estaba húmeda.

Toc, Toc

Ella estaba  adormilada.

Toc, Toc

Tocaban la puerta, se enredó entre la sabana. Ya había amanecido.

Era él

-¿Descansaste?

– Si, un poco – ella estaba confundida-

-Disculpa que te moleste  pero olvidé empacar mi pasta de dientes. ¿ Tendrás un poco?

-Claro, permíteme un minuto.

Ella le entregó la pasta,  él le agradeció, ella tomó otro baño, empacó y se fue sin despedirse.

Él aun conserva la pasta, ella aun recuerda aquella ventana cuando Cat Power suena en la radio.

nudewomanassbackbedblackandwhite-affe77b9c5322455dc906e448cad5a9d_h

Read Full Post »