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Archive for the ‘Fotografias’ Category

Poemural

“Lágrimas de miel”

Que la sal de las lágrimas de tu madre, hermano
se convierta en miel;
gotitas de llanto
que refresquen tus pasos hacia la frontera.

No olvides la hierba donde naciste,
no olvides que eres maíz.
Que ni el, muro ni las rejas
separen tu identidad, ni tus recuerdos
de tu corazón viajero.

Mira hacia atrás, hermano
aférrate a tu raíz;
al dulce canto que los montes y los ríos
susurran en tus oídos
a tu paso.

Que el calor del recuerdo de tu abuela,
mitigue el frío de tus noches nuevas.
Guarda con alegría
la marimba en tu alma,
hermano quetzal, torogoz,
guacamaya y guardabarranco.

Extiende tu arco, hermano arcoíris
Flechas de dignidad contra las balas,
Que las cuatro ramas del fuerte huizache,
Siempre habrán de retoñar.

Poemural creado por la delegación Hidalguense del Movimiento Internacional de Muralistas Italo Grassi, el Fósil y muralistas celayenses en Celaya, Guanajuato. El texto (de mi autoría) está inspirado en su trabajo e integrado en el mural. ¡Fue hermoso hacer esto!

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Segunda sesión de mi Itzpapálotl hecho por Sol Chicoacen Acatzin en Tonatiuh Cuerpo Adornado

(Me encanta como va quedando ღ )

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Detalles: Coatl, Xochitl, Tzompantli.

02

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2014-08-01 14.24.45

La encontré descansando en el cuadro de Nezahualcóyotl; es tan bella….

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2014-07-12_07_53_21

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Mis Nuevos Parches

Lo cierto es que odio tirar mi ropa cuando se desgarra y siempre ando buscando una manera de arreglarla o reciclarla; en base a esto, la semana pasada se rompió uno de mis pantalones favoritos y me negué a despedirme de el, entonces un buen amigo de Celaya me hizo el favor de hacerme estos parches para poder arreglar mi pantalón.   Si quieren comprar los parches por favor contacten con él, hace otras cosas muy chidas: https://www.facebook.com/chako.colors

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Necesitaba desesperadamente escapar del mundo en el que vivía; abrir los ojos a una nueva realidad en donde yo fuera lo que soy, no lo que otros pretendieran que fuera. Necesitaba ir a un lugar que pudiese sanar mis heridas y fue entonces que recordé las palabras de un viejo amigo: “En el agua de los cenotes uno nace de nuevo, deberías ir en cuanto puedas”

Y fue así que esta historia empezó; con dos maletas de ropa llenas, un costal de culpas sobre mi espalda y con la esperanza de renacer y reencontrarme entre la arena blanca y el agua celeste y cristalina de un mar desconocido para mi. Sobrevolando esa zona del país casi a punto de tocar tierra, yo me sentía maravillada. Debajo de nosotros se extendía la selva y el verde de ella se mezclaba con pequeños puntitos azules de tamaños diferentes; a lo lejos, debajo de las nubes blancas, el verde de la selva se convertía en verde de mar y al fondo, en la unión entre el cielo y la tierra, el azul turquesa lo invadía todo en una verdadera ilusión óptica que hizo suspirar a más de uno en el avión. Recuerdo que miré hipnotizada el vaivén de las olas del océano turquesa a través de la ventanilla hasta que la voz del piloto me sacó del trance. Habíamos llegado.

Saliendo del aeropuerto un golpe de calor asestó su brisa tibia sobre mi rostro, las palmeras del camellón se balanceaban lenta y pesadamente. Subí al taxi y respondí todas las preguntas del taxista hasta llegar a la terminal de autobuses; según dijo me esperaban muchas horas de camino.

Compré el boleto de autobús y un paquete de pollo frito con puré de papa mientras esperaba la salida del camión. Cuando llegó la hora, entregué mis maletas y subí al autobús hasta encontrar el número de asiento señalado en el boleto. Salimos puntualmente y atravesamos la ciudad sin mayor problema; como en todos lados ocurre, al dejar atrás los rascacielos y las plazas comerciales uno se encuentra frente a frente con la realidad del lugar adonde va. Comenzaron a aparecer  las casas pequeñas  con techos de lámina o de cartón protegidas con bardas de piedra o de espinas, los rostros que muestran la miseria, el hambre o el dolor de siglos enteros de injusticia grabadas en su ADN.

Al salir de aquellos poblados seguimos nuestro camino sobre una carretera larga – antinaturalmente recta- llena de baches y de hoyos profundos que nos hacían brincar de un lado a otro; la carretera era una herida abierta sobre la selva que seguía viviendo y creciendo en ambos lados. Aun cuando trataba de permanecer atenta en el camino, me era imposible distinguir algo entre la espesura de los árboles y arbustos que custodiaban la entrada a la selva sagrada – así de espesa es-

Pasaron horas que me parecieron eternas sobre ese incómodo camino, el sol se había ocultado tiempo atrás y el camión, junto a los que íbamos dentro habíamos quedado envueltos en una oscuridad tan profunda y tan pesada que por momentos temimos. Sobre la carretera no había alumbrado eléctrico, ni una lámpara, ni una sola luz que pudiera ponerle fin a la oscuridad, eran solo las estrellas que brillaban sobre nosotros las que nos hacían saber que aun no estábamos muertos.

No se cuanto tiempo pasó hasta que apareció la primera curva y con ella la primera luz sobre el camino.

-Ya  llegamos – le dijo una señora a su pequeño hijo- pero pareciera que nos lo dijo a todos puesto que inmediatamente nuestra pesadez y angustia fueron devoradas por la oscuridad de la selva que continuaba allí – silenciosa y acechante-

El calor en aquél poblado era distinto al de la ciudad, no abrumaba. Bajé mis maletas y salí de la terminal en la búsqueda del hotel que había reservado días atrás. No hay palabras suficientes para describir tanta belleza, el camino que franqueaba la entrada del hotel -años antes una hacienda- estaba rodeado de palmeras y bugambilias con colores que yo jamás había visto, bajo mis pies una vereda de adoquines de barro pulido y al final de aquella majestuosa y colorida avenida la recepción del hotel. Me recibieron con una sonrisa, me dieron las llaves y me indicaron donde estaba mi habitación.

Caminé entre los jardines interiores en cuyo centro se levantaban pequeñas fuentes que refrescaban mi andar con su brisa; poco tiempo después ya estaba sobre la cama profundamente dormida por el agotador viaje. No desempaqué ni fui capaz de pensar en nada antes de dormirme, el sueño cayó de lleno sobre mis párpados, mi corazón y mi mente.

Abrí los ojos antes del amanecer, el reloj marcaba las 5:00 de la mañana. Me di un baño, saqué mi ropa de las maletas y la acomodé entre los cajones y el perchero del pequeño clóset de la habitación. A las seis en punto salí de mi cuarto, el sol había salido ya. Sobre el tapete a la entrada de la habitación,  una pequeña víbora color salmón  de no más de cinco centímetros de largo  me daba la bienvenida; definitivamente estaba en otro mundo.

Sobre las tejas de la capilla del hotel reposaba una iguana y entre los árboles frutales y las palmeras había docenas de pájaros entonando la primera canción de la mañana. Yo me sentía inexplicablemente contenta, atrás – sobre la carretera, los camiones y el avión – habían quedado las sombras que entristecían mi vida. Llegué al restaurante y me senté bajo uno de los amplios arcos que se levantaban majestuosos entre las paredes de aquél hermoso lugar, un desayuno frugal y una taza de café me alimentaron aquella mañana que cambiaría el resto de mi vida.

Antes del medio día yo me encontraba nuevamente sobre un taxi que me llevaría donde se encontraban el cenotes más cercano. El camino estaba lleno de polvo y piedras, más allá de mi vista solo se veía la selva…

Pagué mi boleto de entrada y accedí al lugar siguiendo las indicaciones marcadas en las paredes. Había una larga explanada de concreto en la cual se encontraban los puestos de artesanías, ropa y comida; las palapas rodeaban todo el lugar y en cada una de ellas había hamacas colgando para recibir el cansancio de los turistas cansados. Caminé entre los puestos mirando emocionada los collares de ámbar, de turquesa y de cuarzo; las flautas de madera y los platos y tazas realizadas con arcilla. Estaba tan entretenida observando todas esas maravillas hechas por los artesanos que no me dí cuenta de que alguien me miraba a mi con la misma atención que yo ponía a las pulseras y los anillos de plata y latón.

Mi piel se erizó de repente y mi pecho se contrajo de tal manera que se me hizo difícil respirar; mis ojos se llenaron de lágrimas con la misma rapidez que un cántaro se llena de agua al meterlo al río y todo aquello que yo creía haber dejado atrás me alcanzó con tanta fuerza que hizo temblar a todo mi cuerpo.

Pareciese que el tiempo se hubiera detenido, yo podía mirar a todos los que caminaban a mi lado pero nadie me miraba a mi; era un espectro atrapado a la mitad de un centro turístico. Invisible, efímero, sin importancia para nada ni para nadie. Fue entonces que una mano se afianzó a la mía, bajé la vista y fue la primera vez que mis ojos de encontraron con los de Itza.

No miento al decir que nunca había visto a una niña tan pequeña, pareciera que alguien había juntado toda la ternura del mundo y la había compactado en el cuerpecito de Itza. Y no me malentiendan, no es que Itza fuera un aluxe o miembro del pueblo de la gente pequeña, simplemente era chiquita de tamaño.

Me miró con sus ojos negros y brillantes y solo me sonrió. Yo le devolví la sonrisa ¿Qué más podía hacer ante aquél regalo de la vida?

-¿Vas al cenote? – me preguntó

Le respondí que si con la cabeza.

-Cuando regreses ¿me comprarás una pulsera?

De mis labios no salieron palabras, sentía que había perdido la voz; volví a asentir con la cabeza e Itza volvió a sonreírme.

-Ya no te detengas aquí, debes seguir por este camino para encontrar lo que buscas.

Dicho esto Itza se alejó corriendo entre los puestos. Recobré el control sobre mi cuerpo y comencé a caminar tal como ella me lo indicó.

Después de la explanada se abría otro camino, mucho más pequeño y carente de concreto; sobre un árbol pendía un letrero de madera colgado que indicaba la entrada al cenote sagrado. Llegué hasta unas escaleras cinceladas sobre la piedra y miré atenta hacia dentro de la tierra esperando encontrar la profundidad pero me fue imposible, mis ojos solo veían a la oscuridad tragarse a la piedra y a las escaleras, entonces volví a sentir miedo.

Con esfuerzo comencé a descender cada vez más profundamente; me aferraba con fuerza al barandal y a las paredes de piedra hasta que me encontré con un lugareño que gustosamente me ofreció la luz de su linterna hasta que llegué al final de aquél túnel hecho por la naturaleza. El hombre me esperaría y cuidaría de mis pertenencias el tiempo que fuera necesario a cambio de un módico pago; acepté agradecida y seguí caminando tras él hasta llegar al útero de la madre tierra.

La luz de la lámpara de aquél hombre iluminaba dulcemente las aguas calmas y azules del Xibalbá; todo estaba en silencio en una pausa eterna; era aquél lugar donde la vida y la muerte se limpiaban la sangre y la desesperación, era allí adonde los hombres se hacían dioses y los dioses se volvían hombres. Caminé lentamente por la orilla tratando de escuchar los ecos del pasado, pero el único ruido que rompió aquel sepulcral silencio fue el aleteo de los murciélagos que dormían en la parte superior de la cueva y se agitaron a causa de mi presencia.

El hombre se paró junto a mi y me dijo susurrante en el oído:

-Debe entrar si desea sanar, no tenga miedo. Yo estaré aquí.

Temblando le entregué mi cámara y mi mochila, me quité el pantalón y la blusa hasta quedar cubierta únicamente por un traje de baño; arrojé todo hacia el piso ye le supliqué:

-No me deje sola por favor.

-No lo haré, se lo prometo.

Me tendió la mano y comencé a bajar entre las piedras hasta que ellas, junto a mis pies y mis piernas desaparecieron entre la oscuridad y frialdad del agua; me dejé caer, estaba decidida a sanar o a morir, cualquier cosa era mejor que seguir viviendo de esa manera. La forma más literal que encuentro para describir lo que pasó a continuación es que yo me encontraba flotando entre la noche. El hombre había apagado la linterna pero seguía allí, dándome privacidad; la luz del sol llegaba intermitentemente gracias a un hoyo en la parte superior de la caverna, había dejado de tener miedo al acariciar la oscuridad líquida.

Fue entonces que me zambullí por completo. Debajo del agua sentía el chocar de los peces contra mi cuerpo en posición fetal, sentí flotar mis cabellos tratando de regresar desesperadamente a la superficie, sentí mil ojos mirándome más allá del tiempo. El alma de todos y todas aquellas que ingresaron por esta puerta al Xibalbá acariciaban a la mía; pude sentir sus propios miedos, su propio dolor y al final su paz.  La última burbuja de oxígeno en mis pulmones salió por mis labios, pude decidir  quedarme eternamente entre aquella noche húmeda y convertirme en una estrella más o salir a la superficie y entregarme con el mismo placer a la vida y la luz del sol. Llegué nadando al centro del cenote, en donde la raíz de la ceiba sagrada se levantaba más allá de los confines de la tierra y fue entonces que la sonrisa de Itza se apoderó de mi mente; yo elegí vivir para verla una vez más.

*******************

 

Itza no me devolvió la vida, solo me dio una nueva.

Continuará…

Fotos personales tomadas en los cenotes Xkeken, Sambula, Suytun y Zaci; todos ubicados en Valladolid, Yucatán – lugar donde nació esa historia-

 

 

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Escribo sobre Diciembre

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