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La Bruja de la Escondida

Dedicado a los alumnos de la Telesecundaria 679 de San José Iturbide y al profesor Alejandro Almanza. Gracias por su amor, siempre los tengo en mi corazón.

I

Su madre murió de resultas cuando ella nació; el único recuerdo que tenía de ella era el olor a hierbabuena. María Jerónima siempre creyó que así olían los cabellos de su mamá.

Don Bernardo- su padre- la llevó a la Escondida con su nueva esposa unos meses después y es que a los hombres no les queda la viudez, no saben qué hacer con la ropa sucia, el comal caliente y los hijos para criar. Ella se llamaba Cilia, era una mujer rechoncha, de cabello crispado y pecas en la cara; Doña Cilia no quería a María Jerónima y se ganó el amor de su padre a la mala: con infusiones de puyomate pulverizado en las comidas que le hacía en la fonda; sin embargo, para mal o para peor, tenía que convivir con la muchachita hasta que fuera lo suficientemente grande para darla en matrimonio o mandarla a trabajar a una de las casas de San José Iturbide.

María Jerónima no tuvo una infancia particularmente feliz, pero tampoco triste.  Creció entre sahuaros y nopales, entre bardas de piedra y viejos cedros movidos por el aire frío que el norte llevaba al pueblo cada que la tarde caía.  Sus amigos eran los conejos que corrían de acá para allá en el viejo porche que su papá había hecho con madera y pencas de maguey secas. Aunque también le gustaba platicar con los renacuajos que se movían de atrás para adelante en los pocos charcos que dejaba la temporada de lluvia en aquél lugar. Con los años, las cosas fueron cambiando y durante algún tiempo, María Jerónima tuvo más personas con las cuales hablar y de quienes aprender por la buena lo que Doña Cilia le enseñaba por las malas.

En aquellos tiempos era normal que las mujeres prontas a casarse fueran “depositadas” en las casas decentes para que aprendieran a realizar las labores que sus esposos esperaban de ellas; la casa de Doña Cilia y Don Bernardo era una de esas casas, a final de cuentas él era uno de los alabanceros más respetados en la región y de Doña Cilia nadie podía decir nada malo, excepto María Jerónima a la que nadie le había preguntado nada. De aquella docena de muchachas que fueron depositadas en su hogar, María Jerónima aprendió a cocinar, bordar y usar el telar con destreza; también cantaba viejas canciones de amores perdidos y tejía canastas hermosas con sus pequeñas manos, era cuando las hacía que se sentía en contacto con su madre, con la verdadera: el olor de la hierba buena se alzaba entre el polvo y el viento abrazándola con suavidad.

Una noche cualquiera soñó con ella, estaba allí, de pie junto a su petate mirándola con dulzura. Traía el cabello suelto y un largo vestido blanco.

Se sentó a su lado y comenzó a acariciar su rostro. María Jerónima lloraba, pero no por tristeza ni por dolor. Lloraba porque nunca había sentido el tacto de su madre, porque nunca se había visto reflejada en sus pupilas, ni escuchado su voz. Lloraba porque el amor que sentía la inundaba por completo y la hacía sentir como las flores del garambullo cuando empiezan a retoñar.

-Nunca me he ido y nunca me iré- le dijo.

Tú eres yo y eres todos los que estuvieron antes de ti. Somos la raíz del árbol en el que te convertirás, pero tú debes hacer crecer el tronco y las ramas. Míranos en la luz y en la oscuridad, siéntenos entre el sol y entre la lluvia; míranos María Jerónima y aprende a mirarte a ti misma. Mañana encontrarás tu camino hacia las montañas, allí está tu hogar.

Una vez dicho esto, su madre desapareció dejando en su lugar un ligero vaho que María Jerónima inhaló con profundidad. Cuando el vapor entró en el interior de su cuerpo, la muchacha despertó a mitad de la oscuridad con el corazón latiendo con fuerza.

Miró hacia todos lados espantada; su padre dormía profundamente, sus ronquidos se mezclaban con los de Doña Cilia atravesando la gruesa puerta de madera de su habitación hasta llegar al pasillo. Afuera, un rayito de luna iluminaba pálidamente la tierra. María Jerónima volvió a tenderse sobre el petate, no quería moverse, ni pensar, ni distraerse con nada. Quería retener las palabras de su madre en el interior de su pecho para que jamás olvidara el tono de su voz, ni tampoco su mensaje.

Al amanecer, la humedad lo invadía todo. El cielo estaba pinto, las nubes manchadas de gris y carmín flotaban pesadas en el horizonte.

A Doña Cilia le costaba respirar, el poner las tortillas sobre el comal representaba un esfuerzo tremendo; las gotas redondas de sudor resbalaban por su frente y se perdían entre los pliegues de su cuello.  Doña Cilia le causaba nauseas a María Jerónima aquella mañana y es que después de haber visto a su madre en sueños era incapaz de entender cómo su padre había terminado casándose con ella; aunque claro está, ella no sabía la verdad.

Aquella mañana era especial. María Jerónima se uniría por primera vez a Don Bernardo y a sus compadres en un viaje hacia el cerro del Águila; una vez al año iban a cazar a ese lugar, esa sería la primera vez que ella les acompañaría ya que Doña Cilia se sentía mal. Desde luego, la muchachita no iría a empuñar un arma ni a corretear conejos; a ella solo le tocaba prender un fuego, calentar las tortillas metidas en el tenate y cocinar en las brasas lo que fuera que los hombres hubieran podido cazar en el cerro.

Y así fue que lo hicieron; después de más de una hora de camino, Don Bernardo y el resto de los hombres dejaron a María Jerónima en uno de los claros y se alejaron rumbo a las cañadas dejándola con leña cortada, un pequeño machete y una docena de nubes negras sobre su cabeza; María Jerónima estaba en la oscuridad a mitad del día, había una docena de matices distintos de gris en el cielo dándole un aspecto casi espectral a los troncos de mezquite secos y también a los sahuaros.

Una punzada en su estómago la molestó de repente y los delgados vellos de sus brazos morenos se erizaron de inmediato; estaba sola en un lugar al que apenas conocía y sintió miedo. Dejó a un lado el machete y comenzó a prender el fuego intentando distraerse de su temor. Las llamas naranjas y rojas empezaron a devorar muy lentamente la madera podrida, María Jerónima se llenó del olor del humo negro que se elevaba a un cielo del mismo color. El único sonido que se escuchaba era el de las chispas de leña ardiendo, hasta aquella muchachita se percató de que eso era extraño, no cantaba el tezahuil, ni el aire entre las ramas. No croaban las ranas, ni se oían los pasos lejanos de los cazadores.

Un silbido llamó su atención haciéndola voltear de inmediato; detrás de ella flotaba un delgado y fino polvo entre la luz de un pequeño rayo de luz que se había colado entre las nubes. Si María Jerónima hubiera sido creyente, aquello le hubiera parecido una especie de milagro, pero a sus escasos diecisiete años ella intuía que el dios al que con tanto ahínco le rezaba su padre solo se amaba a sí mismo y no tenía tiempo para nada más que su propia adoración. A su nariz llegó de nuevo el olor del mezquite, pero mezclado con otro olor; uno más profundo, uno más antiguo. Ese olor le resultaba conocido, pero era incapaz de identificarlo ¿era alhelí? ¿garambullo?

El silbido volvió a escucharse de nuevo y esta vez parecía envolver el cerro entero. María Jerónima se puso de pie, tomó el machete entre sus manos y miró en todas las direcciones; cuando su cabeza giró hacia el norte, se encontró con la silueta de un anciano que caminaba hacia ella. Traía un sombrero grande sobre la cabeza y un sarape viejo y roto sobre la espalda; de su rostro colgaba una barba larga y blanca, tan blanca como el corazón de las pitayas. La muchacha dejó de apretar el mango del machete y relajó sus brazos, en su interior sabía que aquél hombre no le haría daño; de alguna manera sintió que era parte del destino que debía afrontar según el sueño que tuvo con su mamá.

El anciano caminó en silencio hasta encontrarse frente a frente con María Jerónima, entre sus manos arrugadas sostenía el cadáver de una serpiente coralillo, misma que ofreció a la muchacha.

-Una ofrenda para el fuego- le dijo.

María Jerónima la tomó con cuidado y se alejó hacia la fogata. Tomó asiento entre la hierba y comenzó a despellejar al animal.

-Veo que no te asusta- le dijo el viejo sentándose frente a ella.

– ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Qué daño puede hacerme si ya está muerta?

El anciano sonrió.

– ¿Y qué sabes sobre la muerte niña?

María Jerónima quitó de un soplido el mechón de cabello que bajaba sobre su frente y miró con seriedad al anciano. Por dentro, seguía sintiendo miedo de él, pero no del cotidiano. No del miedo que le provocaba su padre o sus compadres, no del que alguna vez le provocó el sacerdote de la parroquia ni del que le provocaba Doña Cilia con sus golpes, era un temor distinto, más fuerte, pero uno del que también debía reponerse.

-Solo sé que se llevó a mi madre justo cuando nací. Nunca la he visto, ni escuchado ni olido; jamás se ha aparecido ante mí ni la he visto rodeando el camposanto por las noches. Nunca ha tomado la comida del altar la noche de muertos, ni la he escuchado cantar en las noches de tormenta. No la conozco señor, se fue antes de que yo pudiera verla.

 -Dime algo niña. ¿Te gustaría revivir el momento? De ser posible… ¿te gustaría recordar tu nacimiento y la muerte de tu madre?

María Jerónima se quedó sin aliento; por un instante, solo por un instante sintió que su corazón se detenía. ¿Qué clase de pregunta era esa? ¿quién era ese hombre? Se puso de pie y estiró su brazo hacia el anciano.

-Mi padre no tardará en llegar señor y se molestará mucho si está usted conmigo, por favor llévese su serpiente y váyase por donde vino.

-Tu padre tardará horas en llegar y no te encontrará aquí. Pero niña, aún no me has respondido. ¿Te gustaría? ¡Dime! ¡Te gustaría?

El cuerpo de María Jerónima se sintió pesado, como las veces en que uno despierta a mitad de un sueño y es incapaz de hablar o de moverse; como cuando su papá decía que se le subía el muerto.  La muchacha cayó de bruces a la hierba junto al fuego, no podía gritar, no podía moverse; cerró los ojos y pensó en su madre, en sus cabellos, en la mirada bondadosa de sus ojos, en el olor de su piel. Pensó en decir si, pero las palabras se atoraron en su garganta.

Al abrir los ojos, el anciano estaba hincado junto a ella. Con sus dedos tibios y gruesos puso tizne de la hoguera en la frente de María Jerónima, recitó unas palabras en una lengua que ella no conocía, que jamás había escuchado y después puso su cara sobre la de ella. María Jerónima no podía dejar de ver entre sus ojos; eran nubes, soles, abismos… un vacío en forma de pupila, una pupila que giraba como el gavilán sobre su presa.

Estaba mareada y en la oscuridad; un abanico de palma se balanceaba una y otra vez sobre su frente. Sentía un dolor profundo en las caderas y en el vientre, un dolor que superaba cualquier que hubiese sentido, uno que la desgarraba y le impedía respirar. Entre sus pies ardía una olla repleta de hierbas y alcohol, gritó de dolor y se llevó las manos al vientre para encontrarse con un bulto que se movía repetidamente. María Jerónima gritó con fuerza, trató de incorporarse con dificultad solo para darse cuenta de que ella ya no era ella. Ese cuerpo que tanto dolía no le pertenecía, aunque el dolor era suyo y de nadie más; el olor la trajo a la realidad, el olor del sudor en su frente y su cabello: La hierbabuena.

¿Acaso estaba soñando? ¿Cómo era posible?

Ella era su madre trayéndose a sí misma a la vida y a la vez muriendo.

Veía la sombra de las mujeres que iban y venían a su lado sin poder ver su rostro con claridad, manos que tocaban su vientre, lo empujaban de un lado a otro con la ayuda de un rebozo y abrían sus piernas con delicadeza. Escuchó las palabras de aliento, susurros femeninos que el viento le arrebataba de forma egoísta dejándola sola con su dolor y con ella misma.  Sentía un amargo veneno fluyendo por sus venas hasta llegar a su corazón, sabía a leche amarga, ramas de muralla y hojas de monte calvario; lo sintió en su boca y también en su pecho.

Un silbido se escuchó del otro lado de la puerta, sintió algo que la desgarraba desde su interior y se abría paso hacia afuera; pujó con fuerza, abrió sus piernas y dejó que aquello que también era ella se deslizara hacia la vida.

Las lágrimas llenaron sus ojos, el dolor había cesado por completo. Una de las mujeres tomó al bebé y lo puso sobre su pecho. Cuando el cordón que la unía a ella fue cortado, ella volvió a sumirse en la oscuridad. No pudo ver su rostro, no pudo tocar sus manos ni sentir su olor.

Escuchó el llanto, el golpeteo del agua de lluvia que empezaba a caer, los pasos de Don Bernardo alejándose a la casa de Cilia. Olió las flores de la corona que levantaron cuando su cuerpo fue enterrado, a las mujeres sombras hablándole sobre su muerte tal y como marca la tradición, ya que es necesario hacerle saber al muerto que ya está lejos para que no vuelva nunca.

Durante algún tiempo, María Jerónima experimento más nacimientos y más muertes. Fue su madre, su abuela, su bisabuela y más atrás. Fue cada hombre y mujer que la trajo al mundo y cada muerto que la recibió al nacer.

Después volvió la oscuridad, el mareo, el gavilán surcando el cielo gris, las pupilas del viejo y muy a lo lejos, el canto del tezahuil.

Abrió los ojos para encontrarse recostada en la hierba, allí en el cerro, allí junto al viejo.

-Ahora ya sabes quién es- le dijo él mientras ella se incorporaba.

La muerte son las olas que se juntan en el mar, las chispas de un fuego que jamás deja de arder, el cebo de unas velas que nunca se apagan. Ahora que recuerdas todas tus muertes María Jerónima ¿qué te atará a la vida?

-La imagen borrosa en el agua- le respondió con la garganta seca.

– ¿Qué imagen?

-Entre la vida y la muerte hay un pozo y en el pozo hay agua cristalina, es fría, es limpia. Más todas las veces en que me asomé a ella había un reflejo difuso. No era una sombra, tampoco una luz, era una oportunidad.

– ¿Oportunidad de qué?

 – De ser la corteza, las ramas y flores de mi propio árbol. Ya conozco las raíces, ya puedo crecer sobre ellas.

Una vez dicho esto, el anciano sonrió de nuevo. Ayudó a María Jerónima a levantarse y le tendió la mano.

– ¿Estás lista?

Ella asintió con la cabeza.

Ambos se perdieron en la espesura del monte alejándose cada vez más de los cazadores. Cuando Don Bernardo volvió junto a sus compadres solo encontró el fuego apagado y el machete junto a la leña, rezó durante días, meses y años por el regreso de su hija, pero su dios jamás lo escuchó.

II

Muchos años después, cuando estaba en el lecho de muerte escuchó un silbido, se lo hizo saber a Doña Cilia en susurros, misma que salió inmediatamente del cuarto esperando que fuera el padre que venía a dar la extremaunción a su marido.

Cuando la vieja salió, Don Bernardo encontró a su lado a su hija. Ella no había cambiado ni un poco desde la última vez que la vio, tenía los mismos ojos, la misma piel tersa y la misma mirada dulce de su madre. El anciano se sobresaltó y con dificultad trató de incorporarse de la cama.

– ¿Ya estoy muerto? ¿Has venido por mí?

-Aun no padre y no seré yo quien te lleve adónde vas.

– ¿Dónde has estado hija? ¿por qué tardaste tanto en volver? – preguntó el viejo con los ojos llorosos.

-Lejos y cerca padre; pero nunca me fui, no realmente. Cada noche venía a verte, te veía rezar en tu silla con la biblia amarillenta entre tus manos, veía tus ojos iluminados por las velas hasta que se quedaban dormidos. Te escuchaba respirar tranquilamente y te visitaba en tus sueños.

– ¿Qué estás diciendo María Jerónima?

Don Bernardo se percató de algo al sentarse sobre la cama. Su hija estaba allí y era tan real como él, podía tocarla, escucharla, mirarla y sentirla, pero algo estaba mal; no era solo que los años no hubiesen pasado sobre ella ¿habían sido diez? ¿veinte? María Jerónima estaba allí, pero no estaba su sombra.

Las luces de las velas a su alrededor hacían que cada cosa en la habitación se reflejara en el piso o en la pared, pero a ella no. El hombre podía ver con toda claridad su propia sombra, la de la silla, los huacales y la cama, pero la de su hija no. Sintió escalofríos.

– ¿Tu sombra? ¿dónde está tu sombra?

María Jerónima sonrió.

-No está papá, no la necesito.

– ¿Eso qué significa?

-Las sombras no vuelan, por eso la dejo siempre junto a mis piernas.

María Jerónima se alzó la falda de cuadros hasta las rodillas permitiendo a su padre mirar el vacío dejado en su lugar.

Apretó con fuerza el escapulario que colgaba sobre su pecho y dio un grito que terminó apagándose instantes después de empezar. El sudor más frío de su vida corría hacia debajo de su frente y su corazón palpitaba violentamente.

-Cilia envenenó a mi madre e intentó envenenarme a mí con tu ayuda, aunque tú no eras consiente de eso.  Te quitó lo mejor de tu vida y agotó todos tus años; la amaste por un engaño endulzado con miel y amaranto; no te culpo por ello padre, pero tenías que saberlo antes de marcharte.

Me fui padre, porque era un capullo que jamás abriría a tu lado; me fui porque era un brote al cual Cilia y tú tarde o temprano iban a desyerbar.  Ahora mi nombre es nunca, soy pinole de maíz negro, el silencio en las montañas y el orgullo de mi madre.

Hoy te reunirás con ella y vivirás un sueño del que no querrás despertar jamás.

De nuevo el silbido se escuchó afuera y una ligera corriente de aire hizo bailar la llama de las velas.

Ahora recuéstate padre, que la hora de partir ha llegado – le dijo tomándolo de las manos y acomodando la pesada y dura almohada rellena de retazos con la que el hombre acostumbraba a dormir.

Don Bernardo se dejó caer sobre la cama, entre sus manos seguía sosteniendo el escapulario como si fuera su propia vida que se le podría escurrir entre los dedos. No maldijo ni bendijo a nadie, ni si quiera dio una última mirada a su hija o trató de buscar a Cilia. Sus labios se cerraron por el miedo y la confusión, pero también por la necesidad de descansar y volver a ver a aquella mujer a la que tanto amó; el anciano murió buscando la sombra de su hija en el piso de tierra roja, con los ojos abiertos y con la amarga verdad en su corazón.

María Jerónima no derramó lágrimas por su padre, ella conocía a la muerte y no le temía más. Se quedó junto al cuerpo de su padre por unos minutos, mirándolo como cuando era niña. Besó con cuidado su frente y después se fue.

III

Al otro día ya por la noche, Don Bernardo estaba siendo velado en la casa. Flores blancas rodeaban su cuerpo tendido en el otate con las manos entrelazadas y amarradas con una palma; su ombligo ya había sido tapado con cal, limón y vinagre para evitar la corrupción y su cabeza descansaba sobre un par de tabiques, recordatorio del polvo que fue al nacer y el polvo en el que se convirtió al morir.

Hombres, mujeres y niños de toda la Escondida entraban y salían de la casa para dejar sus respetos al difunto y a la viuda llorosa que estaba sentada junto a él y junto a la cruz de cal bajo el difunto; los ancianos del pueblo habían comenzado a cantar el alabado con los ojos tristes y cansados mirando a su compañero envuelto a medias en la mortaja.

Las flamas de las velas de cebo alumbraban la fría estancia, los sollozos de las mujeres y el llanto de los más pequeños envolvían de dolor y pesadumbre la casa de Don Bernardo.

Aquél momento de intimidad fue roto por María Jerónima, lentamente se abrió paso entre las personas hasta llegar al cuerpo de su padre. Cuando Cilia levantó la cabeza para saber la razón de los gritos ahogados y los murmullos tuvo un desasombro inmediato; el frío le caló hasta los huesos y sintió palidecer los latidos de su corazón. Sufrió un susto meco, según dijeron los que fueron.  No pudo moverse, ni hablar, ni dejar de temblar; las flores rojas entre sus manos cayeron al suelo.

María Jerónima la miró con los ojos del gavilán mientras colocaba sus manos en el pecho de su padre; por un instante que pareció una eternidad, los ojos negros de esa muchacha a la que tanto había odiado se clavaron en su pecho impidiéndole respirar; con dificultad se llevó las manos a la cabeza. Le dolía como jamás le había dolido nada, su rostro de por si ancho, comenzó a hincharse más.

María Jerónima dejó entre las manos de su padre los colmillos de una víbora, la misma que el Padre Tiempo había puesto en las suyas tantos años atrás. Sin decir una sola palabra, se envolvió en el rebozo negro y salió de la misma forma en que había entrado sin que nadie la volviera a ver jamás.

A partir de aquel día, Cilia comenzó su suplicio. Era incapaz de dormir y casi no podía comer, el dolor de cabeza no se le fue jamás y su cuerpo comenzó a decaer con rapidez.  Doña Laureana la atendió durante semanas enteras con ungüento de manteca y ceniza de tortillas  orejonas de comal, contó sus latidos con maíz prieto y la trató usando compresas de tulipán, pero nada pudo salvar a Doña Cilia de su destino y murió sola sin que Doña Laureana pudiera levantarle la sombra:  María Jerónima se la había llevado consigo adonde fuese que se hubiera ido.

A partir de entonces le llamaron La bruja de la Escondida, algunos aseguraban que se había convertido en la luz de fuego que volaba sobre el cerro del águila cada anochecer; otros que se había convertido a sí misma en el tezahuil que cantaba poco antes de que alguien del pueblo muriera; lo cierto es que ahora tendría dos sombras para esconder.

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Don Tristeza

La primavera había llegado un par de días atrás trayendo consigo el calor y los colores habituales de la temporada; el sol hacía mella en mi piel ya de por sí morena. Mientras caminaba, vi a los ancianos sentados bajo la sombra, llevaban sus sombreros largos de palma y camisas blancas y arremangadas, sus miradas estaban cansadas al igual que la mía. Las suyas por la edad, por todo aquello que habían visto, probado, comido y vivido; la mía por aquello que se había desprendido de mi corazón durante aquella tarde.

El aire soplaba con tibieza y fatiga entre las ramas del pirul y las bugambilias, también parecía cansado.

Me senté sobre la tierra mirando los retoños de la cebada abrirse paso en ella, a mi lado estaba el agua que inundaba la pequeña represa, una piedra pesada y redonda retenía su paso hacia la parcela. Miré hacia ambos lados para asegurarme de que estaba sola, metí mis pies al agua fría y con fuerza deslicé la piedra hacia un lado permitiendo que el agua fluyera libremente hacia los canales.

Miré detenidamente su paso, para darme cuenta de que me sentía exactamente como ella.

La misma piedra que me había atrapado durante años ahora me hacía sentir desparramada e incompleta sobre la tierra árida y desquebrajada por el calor; ya no estaba ahogada en un río de sentimientos, ahora, las palabras que él había pronunciado unas horas antes, me absorbían haciéndome desaparecer en las entrañas de un vacío profundo y oscuro del cual no sabía escapar. ¿Sería que de todo ese dolor terminaría naciendo una mazorca o un racimo de hierbas silvestres? Mis lágrimas fueron a dar a la tierra como si fueran una promesa más, la única que quizá podría ser cumplida entre nosotros.

Un crujido me hizo voltear, Don Tristeza venía caminando sobre el borde del mezquital. Llevaba puesto un chaleco café que combinaba con el tono sepia de su sombrero, su caminar era lento como el de cualquiera de los otros viejos, pero era más firme. Yo nunca había preguntado la razón de su apodo, uno no hace eso por aquí. Los sobre nombres en este pueblo, los ponen por los motivos más ridículos y más extraños que cualquiera de fuera podría imaginarse y como en la mayoría de los casos, los implicados rara vez saben que son llamados de tal manera, así que jamás se me ocurrió preguntar. Yo tampoco sabía su nombre y cuando me llegaba a topar con él solo nos saludábamos con un movimiento de cabeza, así que Don Tristeza era un misterio para mí, tanto como yo lo era para él.

Limpié mis lágrimas en un intento desesperado de pasar desapercibida, pero fracasé. Sin más, aquél anciano de rostro afable se sentó a mi lado. Nunca había reparado en sus facciones, porque nunca lo había tenido tan cerca de mí. Sus ojos eran verdes y oscuros como las aceitunas maduras, su nariz aguileña se fundía con las líneas curvas debajo de sus labios y su cara estaba llena de arrugas bronceadas como las de cualquier hombre de campo. Viéndolo así, él no me parecía triste, solo sabio.

Extendió su mano hacía mí, ofreciéndome su pañuelo: Un trozo de paliacate que alguna vez había sido rojo.

– ¿Le importa si vuelvo a poner la piedra en su lugar? De otra manera se inundará la parcela y se echarán a perder los brotes.

-No, al contrario. Por favor discúlpeme, no era mi intención ocasionar ningún daño- le respondí moviendo yo misma la piedra para impedir que el agua siguiera su cauce.

El anciano prendió un cigarro y me ofreció uno a mí, lo tomé agradecida.

– ¿Sabe por qué me dicen como me dicen? – me preguntó inhalando el humo del cigarrillo, su olor era tan fuerte como el de un puro.

Negué con la cabeza un poco avergonzada, de alguna forma me sentí descubierta.

-Hace mucho tiempo cuando yo era joven conocí a una muchachita como usted. Ella no era de aquí y pensándolo bien, creo que era de ese tipo de personas que en realidad no pertenecen a ningún lado.

Cuando llegó era feliz, pero al marcharse lo hizo triste. Verá, en aquellos tiempos las cosas eran distintas, los jóvenes no decidíamos nada en realidad, fuéramos hombres o mujeres teníamos que seguir el plan que los adultos habían trazado para nosotros desde poco después de nacer. Cómo nos ganaríamos la vida, donde viviríamos, que heredaríamos y con quienes nos casaríamos, esas eran decisiones ya habían sido tomadas por nuestros padres y si uno no las cumplía con cabalidad entonces estaría deshonrando a su sangre, no eran cosas que uno podía tomar a la ligera ¿me entiende?

Ella llegó aquí con sus padres, era delgada, sonriente y sus ojos parecían dos soles de tanto brillar. Cuando la conocí me enamoré de ella de inmediato, no podía dejar de pensar en su rostro, en su risa y en todo aquello que viviríamos juntos. Tendríamos una docena de chamacos y siempre estaríamos juntos; una tarde parecida a esta, la tomé desprevenida por allá- dijo señalando con sus dedos al camino rural con los huizaches a cada lado.

Me paré frente a ella con todo el valor que pude juntar y le conté mis planes a su lado, ella solo sonrió y después de quedarse callada durante minutos que a mí me parecieron horas, me miró a los ojos y me dijo que no tendríamos doce niños, solo tres. Imagine mi felicidad, y también mi sorpresa- dijo el anciano sonriente.

Desde aquella tarde nos hicimos inseparables, yo iba a buscarla cada mañana a la esquina de su casa y la llevaba hasta la fábrica adonde trabajaba, al atardecer iba a recogerla y la acompañaba por el petróleo para las lámparas, a la botica o a la mercería a comprar lo que su mamá le encargaba; inclusive bailamos un par de piezas en la fiesta de San Isidro, a pesar de mi torpeza.

Don Tristeza sonrió con nostalgia y continuó con su historia:

-Sin embargo, yo ya estaba comprometido a casarme con Mónica de la Cruz. Ella era la hija menor del compadre de mi papá, uno de los pocos ganaderos prósperos de aquellos tiempos; así que cuando mis padres se enteraron de mis nuevos planes de vida, la cosa se puso fea. Me prohibieron ver a la muchacha, tampoco tenía permitido hablarle y mucho menos buscarla. Claro está que yo no les hice caso y busqué formas de mantenerme a su lado, pero mis papás apretaron cada vez más.

– ¿Y ella que hizo?

-Ella aguantó como esa piedra que rodaste. Lo hizo durante meses, hasta que mis papás hablaron con los de Mónica y decidieron adelantar la boda; a los diecisiete años uno ya era un hombre, ya podía responder por una familia y ya se sabía ganar el pan así que no era raro acelerar las cosas cuando estaban en riesgo los planes.

– ¿Lo habló con ella? Le pregunté

– Ya habíamos acordado huir juntos, nos quedamos de ver en el puente que baja desde el Cerro del Culiacán; de allí nos iríamos caminando toda la noche hasta llegar al Valle o a Cortázar y de allí agarraríamos un camión que nos llevara lejos, adonde pudiéramos cumplir las promesas que nos hicimos durante tanto tiempo.

– ¿Y qué pasó entonces? De pronto, la historia de aquél anciano se había vuelto de forma inexplicable la mía también y por un momento dejé de pensar en mi dolor para sentir el de alguien más.

-Mi hermano era un pequeño granuja en aquellos años, él escuchó todo y me delató con mi padre; después de azotarme con el chicote de su caballo me amarró a uno de los postes del corral y obligó a mi madre a dejarme allí hasta el amanecer. Él subió en su animal con rumbo al puente dejándome llorar desconsolado; los vecinos me vieron llorando y desde esa noche me llamaron “el tristeza” … el “don” lo agregaron con los años.

– ¿Qué hizo su papá en el puente? ¿Trajo a la muchacha de vuelta?

El anciano se quedó callado mirando el ligero vaivén de las ramas a nuestro alrededor, una lágrima bajó por sus mejillas hasta caer en la tierra, justo en el mismo sitio donde cayeron las mías.

-Nunca supe exactamente qué le dijo mi padre; solo sé que le rompió el corazón al igual que yo. Le hizo creer que yo la había abandonado y ella se fue, caminando sola los pasos que tendríamos que haber recorrido los dos. Ella desapareció de mi vida durante muchos años dejándome el silencio, el dolor y la ira que ella también sintió al marcharse.

– ¿Y se casó con la tal Mónica?

-No, no me casé con ella. Pero tampoco seguí a la mujer que amaba. Me quedé aquí esperando…

– ¿Ella nunca volvió?

-Si, después de muchos años lo hizo. Justo el día en que me casé con Martina; ella era una buena mujer, una devota de su familia, amable y callada. No tenía la luz ni el fuego de la que siempre amé, pero me daba tranquilidad estar con ella.  Ya casi acababa la ceremonia cuando la puerta de la parroquia se abrió, el rechinido me hizo voltear.

Allí estaba ella, con dos hermosas niñas de cada lado y una más en sus brazos. Tres niñas, tres …

Ya era tarde para volver atrás, ya había hecho una promesa y lo peor es que yo había decidido por mi propia voluntad hacerla. Ella solo me miró, aquellos dos soles en sus ojos se volvieron lunas y después tormentas. La vi desaparecer de nuevo con el rostro lleno de lágrimas, mismas que yo compartí en el altar junto a la nueva mujer en mi vida.

Días después, agarré valor, me embrutecí con el mezcal e intenté hablar con ella, acercarme, decirle lo que pasó en verdad, pero ella no quería verme. Yo había roto nuestro de tal manera que ninguna palabra, explicación o justificación sería capaz de arreglarlo.

Los rumores no tardaron en llegar, ya sabe, la historia de pueblo chico. Supe que después de aquella noche en que mi padre la encontró, ella sufrió mucho, vagó durante meses en diferentes pueblos y ciudades, rodó más de lo que cualquier ser humano debería rodar. Pero siempre me recordó, siempre quiso hacer realidad nuestros sueños y siempre me amó, por eso volvió a este lugar y al hacerlo me encontró viviendo nuestro sueño a lado de otra mujer. ¿Se imagina lo que sintió?

Un par de meses después dejó a sus niñas bajo el cuidado de su madre y caminó hasta la presa del conejo. Alguna vez hablamos de hacer nuestra casa cerca de allí, nunca faltaría el agua en la siembra y siempre habría pan en nuestra mesa. Aquella noche, ella entró a las aguas oscuras y frías para desaparecer para siempre en ellas. Uno de los pastores la vio entrar cuando venía de regreso, trató de ayudarla y al no poder hacerlo vino por ayuda. La buscamos durante días enteros, yo estuve allí por más de un mes tratando de encontrar su cuerpo. Nunca pude despedirme de ella, nunca pude decirle cuanto la amaba realmente.

-Esa mujer… ¿Cuál era su nombre? – le pregunté con los ojos llenos de lágrimas y un nudo en la garganta.

-Esa mujer era Cotita, su abuela.

Para ser justos, debo decir que los dos lloramos a igual medida. Él lo hacía con sus heridas viejas, era un hombre roto desde hacía mucho tiempo, yo lo hacía por mi abuela, por él y también por mi ahora que estaba repitiéndose la historia. El mismo amor, el mismo dolor, las mismas promesas. Aunque él tenía razón en algo, Cotita nunca había pertenecido a ningún lado, su corazón contenía demasiada luz y demasiada oscuridad para este mundo, a veces yo me sentía igual, aunque me faltaba valor para dormirme en el agua como lo hizo ella.

– ¿Y usted? ¿Por qué estaba llorando aquí? – me preguntó con preocupación.

-Ya no me hable de usted, es como si fuera mi abuelo. Oí de su historia toda mi vida, sin saber que se trataba de usted, ni que tan cerca lo tenía-  le dije apretando su mano.

Él me sonrió y después me pregunto porque estaba llorando sentada allí cuando me encontró.

-Lloraba porque él no me ama lo suficiente.

– ¿Lo suficiente para qué?

-Para estar conmigo- le respondí.

Sé que el ama lo que es cuando está a mi lado, pero cuando estamos separados se pierde dentro de sí mismo y se odia por ello, pero está tan acostumbrado a ese odio que no puede dejarlo. La ira pesa más en su alma que el amor que puede sentir por sí mismo o por mí.

Su corazón absorbe el agua, pero de él no brotan más que promesas que se desvanecen a la menor provocación- dije señalando la tierra.

Esta tarde dijo la verdad, fue tan sincero como pudo, eso pude sentirlo, y al principio, no lo niego… al escucharlo sentí alivio, como si al pronunciar esas palabras me hubieran arrebatada una carga muy pesada de la espalda, pero al pasar los minutos, eché de menos el peso de la ilusión porque ya no había nada a lo cual poder aferrarme. No había nada más que este vacío en mi interior que antes llenaba por completo él. Al dejarme sin ninguna esperanza, me sentí huérfana, desnuda, desamparada en medio de un mundo que no podía reconocer sin él.

El anciano me miró con ternura.

– El mundo no finge contigo Alondra.

La vida es corta, por favor no esperes como lo hice yo. Desde luego uno, es incapaz de obligar a los demás a sentir algo, de hecho, es imposible hacerlo hasta con uno mismo; por más que intenté, jamás pude sentir nada más que agradecimiento por Martina. Murió tratando de sanar una herida que por cobardía me hice a mí mismo y le hice a Cotita y ahora mírame, llorando junto a ti por lo que pudo haber sido de mi vida y por todo el dolor que pude ahorrarles a ellas dos.

No luches contra lo que sientes ahora, no tiene sentido porque es una pelea perdida.  Lo amas ahora y probablemente lo ames siempre porque así lo has decidido, pero lejos de lastimarte con su recuerdo, abrázate a ti misma con tu realidad. Seguramente conocerás a otras personas, sentirás otros amores, pero ese que se queda dentro de ti a partir de ahora, te acompañará hasta el último día de tu vida así que hazlo tu amigo, no tu verdugo. Ustedes son algo que no existe más que en un lugar que él quiere desaparecer y tú, por tu propio bien, debes aceptarlo.

Talvez, en el corazón de ese hombre que amas está naciendo ahora otro “Don Tristeza” pero no dejes que en ti resurja la sombra de Cotita. Ahora venga, debemos irnos ya antes de que anochezca.

Se levantó con dificultad y me ayudó a hacer lo mismo; me acompañó en silencio hasta llegar a la casa, aquella a la que hacía muchos años atrás le dio el amor y el dolor más grande de su vida. Antes de atravesar la puerta, miré hacia atrás. Don Tristeza sonreía despidiéndose de mi con la mano para después perderse entre las callejuelas mal iluminadas del pueblo.

Texto y Fotografía: Paola Klug

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Habíamos caminado durante horas enteras sobre la carretera mientras una brisa ligera caía sobre nuestras cabezas; de cada lado se alzaban enormes los pinos y los abetos repletos de musgo y pequeños hongos blancos. A lo lejos se escuchaba la canción del río y los susurros de los fantasmas acurrucados entre la maleza y las cruces de madera; algunos habían muerto allí, sobre nuestros pasos. Otros habían dejado su último aliento entre las hojas secas y los acantilados mucho tiempo atrás, cuando el rostro de Tláloc había sido grabado entre las piedras que ahora cubrían celosamente las enredaderas.

Subimos por la presa hasta llegar al último dinamo; aspiramos el aire frío que soplaba sobre nuestros rostros. Las copas de los árboles estaban cubiertas por la niebla matinal, froté mis manos varias veces antes de continuar.

Dejamos atrás el nido de víboras y también la cueva del diablo; esa en donde dicen que los españoles enterraron algo del oro que pudieron rescatar en la noche triste.

Con cada paso entre la hojarasca, uno termina olvidándose de sí mismo y se convierte en rama, en nube, en las pequeñas piñas que caen de los abetos.  La niebla bajó de entre los árboles cubriéndonos a nosotros en la más húmeda oscuridad, recordé cuanto miedo le tenía mi padre a eso: Decía que las veces que perdió su espíritu fue a causa de ella; sin embargo, el que la niebla robara mi espíritu me hizo sentir bien. Caminaba sin alma, sin nombre ni sombra entre las entrañas del bosque; un bosque que mi papá temía y que yo amaba más que a nada.

En silencio llegamos a la parte más alta, la hierba verde y húmeda había desaparecido dejando en su lugar un sinfín de maleza quemada por el frío; había vida por doquier disfrazada de muerte, pero ella también estaba presente…

La vi entre las cuencas vacías del cráneo de una pequeña serpiente que yacía sobre unas piedras rodeadas por un círculo de tierra.

-No toques eso- me dijo.

Solo las brujas vienen hasta acá para hacer sus hechizos en la noche. Ven, acércate.

Miré una vez más entre los ojos de la muerte para después caminar hasta donde estaba él.

Me tendió la mano y me ayudó a subir al peñasco en donde se había trepado.

Los dos estábamos por encima de la niebla, de las nubes, de los árboles, del mundo entero. Debajo se veían las salientes piedras de la pared montañosa, filosas y pacientes esperando la sangre para su ofrenda.

Las copas de los pinos parecían triángulos pequeños y distantes y el río una serpiente que zigzagueaba más allá del horizonte para perderse entre las entrañas de la tierra negra.

No había nadie por encima de mí y sin embargo yo era lo más pequeño que podía ver. Lloré al entender mi grandeza, pero también mi insignificancia; ambos conceptos tenían sentido para mí estando allí.

El espíritu del viento me llamaba, parecía tan fácil seguirlo. ¿Era un canto o el hechizo dejado por las brujas para hacerme parte de ellas?

Él me detuvo con firmeza. Era mi primera pinta y no podía morir, no todavía.

Me quedé absorta mirando hacia abajo, hacia los lados, hacia arriba. Cada nube que rozaba mis manos, cada movimiento que el aire causaba en mi cuerpo, las pequeñas gotas de rocío que no dejaban de caer y se aferraban a mis cabellos y también a sus largas y oscuras pestañas me hacía estremecer.

No quería bajar, no quería irme; quería ser como las bolas de fuego que volaban en el bosque cada noche, como el cráneo blanquecino de la serpiente, como la sangre seca sobre las piedras. Si la niebla había robado mi alma, la había escondido allí. Sin embargo, debíamos partir, regresar a la escuela, a la normalidad.

Nunca he vuelto a sentir aquello; ningún silencio me ha parecido tan perfecto, ninguna oscuridad tan bella, ningún reflejo tan similar.  Pero a lo largo de los años he muerto varias veces en ese bosque, en esas cumbres, en ese río, en esas piedras.

Mi alma sigue allí, entre las copas de los abetos cubierta por la niebla. Vuela entre las noches sobre las cruces de madera podrida y arde entre los ojos de la muerte; se hizo parte del río y de los murmullos que espantan a los viajeros.

Volveré siendo ceniza, más allá de la cueva del diablo y el nido de las serpientes; volveré para ser tan grande como aquella montaña y tan insignificante como las palabras que uso para describir su magia, seré la canción y el espíritu que la entone hasta el final de los tiempos.

Cuento escrito para el Sol del Bajío / Taller Diezmo de Palabras

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Texto: Paola Klug

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Clarita y su muerte

-Puedes orar cuanto quieras; al cielo o a la tierra. Pedirle ayuda a dios, al diablo, a los santos, a los ángeles o a los dioses antiguos; de cualquier manera, tu voz y tus plegarias no serán escuchadas por nadie, se perderán en el viento hasta convertirse en parte de él y recorrerán las estrellas hasta ser un eco más que no tenga respuesta.

No importa cuánto mires hacia el cielo azul, nadie está viéndote a ti. Ni tus fantasmas, ni tus ancestros; todo cuanto has conocido y se ha ido, es ahora ajeno a ti y a tu dolor o tu rabia. Las estrellas están tan ciegas como yo- me dijo.

¿Sabes cómo perdí la vista? – me preguntó tocándose los ojos cerrados.

-No, nunca me lo contó mi madre.

-Era una tarde hermosa Clementina; el sol aún brillaba en el cielo, pero también estaba la luna; redonda y blanca plasmada en el horizonte sobre las copas de los cedros. El aire era frío, estábamos a mitad del invierno y yo lo sentía quemar mis mejillas. Era una niña de no más de diez u once años. Fue entonces que ella apareció.

– ¿Quién abuela?

-Una mujer, la más hermosa que había visto en mi vida. Tenía la mirada dulce de mi abuela y la sonrisa de mi madre. Sus cabellos eran largos y los llevaba sueltos, olían a jazmín, clavel, geranio y flores silvestres. Tardé mucho en volver a oler aquella combinación de flores, fue dos años después de que ella apareció ante mí. Justo en el camposanto el día que enterramos a mi padre.

Me dijo, Clarita… Clarita, no creas en todo lo que tus ojos ven.

Se acercó a mi muy despacio, yo no le tenía miedo, quizá porque me recordaba a alguien. Parecía una buena mujer…

Se sentó a mi lado junto a la hierba muerta y con sus dedos me señaló el estanque que estaba frente a nosotros.

– ¿Qué ves allí Clarita? -me preguntó

-El sol y las nubes- le respondí

-Ahora mira hacia el cielo y dime que ves.

Yo le obedecí y miré lo mismo.

-El sol y las nubes.

– ¿En dónde están realmente niña?

Señalé hacia el cielo.

-Pero tus ojos también ven a las nubes y al sol ahogándose entre las ondas del agua. ¿Entonces en dónde están?

-En el cielo señora.

– ¿Entonces tus ojos mienten? ¿O el sol y las nubes están arriba y abajo al mismo tiempo?

No supe que responder.

-No temas Clarita, en ocasiones es más fácil entender las cosas con los ojos cerrados. Deberás perdonarme por dos cosas ahora niña. La primera es que te sumiré en la oscuridad para que puedas aprender, la segunda es porque en algún momento estarás segura de que te abandoné; pero no lo haré Clarita, volveré por ti y traeré conmigo lo que te he quitado.

De los ojos de aquella mujer brotaron un par de lágrimas, las puso entre sus dedos y humedeció con ellas mis ojos. Desde ese momento dejé de ver…

– ¿Quién era ella abuela?

-La muerte Clementina, era la muerte.

Esta vez era yo la que no sabía que decir. ¿Acaso la vejez y la enfermedad estaban minando la mente de la abuela? ¿Estaría tan débil ya? El doctor había dicho que si le dábamos los cuidados necesarios podría estar con nosotros un par de años más.

-Tampoco hay que creerles a los doctores niña. Ellos no saben todo lo que creen – me dijo mientras me agarraba la mano y sonreía. Sentí un escalofrío, era como si me hubiese leído la mente.

Ella cumplirá su promesa Clementina, vendrá por mi esta noche, pero antes de llevarme me devolverá la luz; después de ver tu cara podré irme en paz. Ahora ve a la cocina y tráeme un poco de café.

Me levanté de la cama y caminé hacia la puerta. Mi abuela se veía en paz, incluso sonreía. La fiebre había cedido.

Mientras el agua se calentaba le marqué a mamá, estaba preocupada por la abuela. Si había algo de verdad en sus palabras y moría esta noche, ella tendría que estar a su lado para despedirla. Marqué una y otra vez sin respuesta alguna, hasta que el agua hirvió y el olor del café se apoderó de la cocina. Tomé una taza y la llené, después regresé al lado de la abuela.

-No te preocupes por tu madre Clementina. Ella y yo nos despedimos hace muchos años y ambas estamos en paz- dijo mientras se reincorporaba de la cama y extendía sus manos hacia mí.

Tomó la taza entre sus manos y le dio un sorbo a su café; después, con un movimiento de cabeza me invitó a sentarme junto a ella otra vez.

-A pesar de estar ciega, mi vida fue más fácil que la de los demás. Ella tuvo razón, la oscuridad me permitió entender más cosas y moverme por el mundo. Extrañaba el azul del cielo, las nubes lilas del atardecer y los granos de café que mi madre tostaba en el comal, pero cada que yo desfallecía y me entristecía, ella regresaba a mi lado y me enseñaba cosas distintas; leer el miedo en la voz y sentir la mentira en las palabras. Aprendí a conocer si ver, a sentir sin mirar y también a amar y odiar sin ser engañada por las apariencias.

Así conocí a tu abuelo y así me enamoré de él. Sentí su fuerza y su cariño sin necesidad de ver su rostro y amé a tu madre sin conocer el color de sus ojos. La amé con cada rincón de mi piel y con cada hebra de mis cabellos; pero supe desde el primer instante que ella no me amaría de la misma forma y nunca la culpé por ello.  No tengo nada que reprocharle a tu madre y tú tampoco debes hacerlo; el amor debe fluir, aunque lastime Clementina, porque cuando se estanca comienza a pudrirse y echa a perder todo a su alrededor. El amor de mi hija, no fue capaz de moverse; así que terminó por secarse con el tiempo. Por eso la dejé ir y ella me dejó ir a mí; solo de esa manera, tu madre podría encontrar su camino y ese sendero la condujo hacia ti. Eso fue lo mejor que nos pasó a las tres.

No quiero que la culpes por nada, ni que te culpes a ti misma. Yo la amo, te amo a ti y estoy feliz de abrazar por fin a mi destino. Cuando tu abuelo murió, quise morir con él. Pasé días y noches enteras rezándole a dios porque me llevara a su lado, cuando me desesperé hice lo mismo con el diablo. No me importaba adonde fuera mi alma ni cuan condenada estuviera siempre que pudiese estar con él; en esos momentos de soledad, desesperación y tristeza ella apareció de nuevo y me confesó la verdad, aunque escuché un temblor en su voz.

Dijo que yo no encontraría a tu abuelo en ningún lado y que solo hay dos seres capaces de escuchar las oraciones que día a día se amontonan en el viento, pero ninguna de ellas puede arrancar de nuestros corazones lo que sentimos y queremos dejar de sentir. Una es la vida, que va tan rápido y tan ligeramente que es incapaz de dar marcha atrás; escucha a lo lejos las peticiones, las llamadas de auxilio, las palabras no dichas a tiempo y el llanto desconsolado de las personas y las confunde con el canto del viento, de las nubes y el sol. La vida no tiene tiempo para mirar hacia atrás ni para cambiar nada de lo que ya está hecho.

La otra es ella, la muerte. Que solo puede mirar y esperar a que llegue su momento; puede ir hacia atrás y hacia adelante, permanecer unos segundos en el instante en el que la buscan y después se esfuma como la espuma del mar. No puede ser sorprendida por nadie. Está hastiada, aburrida, cansada; tan cansada que prefiere no escuchar. Cuando la gente la llama se cubre los oídos y camina hacia otro lado. Después de todo, terminará por llegar aun cuando la gente ya no desee morir.

– ¿Y qué pasará entonces abuela? ¿Qué pasará contigo esta noche? -le pregunté con un nudo en la garganta y los ojos repletos de lágrimas.

-Vendrá por mí y me llevará con ella.

– ¿Adonde?

-Adonde no necesitaré ojos, ni labios, ni manos, ni voz. Adonde sabré todo sin conocer nada; adonde la luz se une con la oscuridad y los recuerdos se disuelven en el aire como el café en el agua. Iré adonde olvidaré todo hasta ser olvidada. A la nada que es el todo, a la espiral que se levanta cada anochecer. Y no debes llamarme ni llorar por mi Clementina, porque no vendré, ni te escucharé, ni te recordaré; no deberás sufrir por mí, porque yo dejaré de sufrir por todo. Fluiré como el agua del manantial de aquella mañana, me ahogaré con el sol, las nubes, la luna y las copas de los cedros. Lo único que se mantendrá de mí aquí, será lo que lleves dentro de tu pecho así que no lo guardes con rencor, dolor ni amargura; hazlo con paz y dulzura, tal y como será mi despedida.

Dame unos minutos para despedirme de la vida y regresa más tarde para despedirme de ti.

Mi abuela me dejó sin palabras. ¿Qué podía yo decirle a Clarita después de eso? Quería llorar, gritar, agarrarme fuerte de sus manos para que no se fuera. Quería maldecir a la muerte, golpearla, destruirla; así de grande era mi impotencia. No quería dejarla ir, pero tampoco quería tenerla atada a mi miedo. Salí de su habitación con las manos temblorosas; no quise mirar hacia la cama, ni escuchar lo que susurraba hacia la ventana. Esas palabras no estaban destinadas a mí y no tenía derecho a escucharlas.

Crucé el pasillo hasta llegar a la sala, en la pared había una vieja fotografía enmarcada en carrizo. Mi abuelo, mi abuela y mi madre de niña aparecían en ella; el abuelo llevaba un sombrero de paja y una guayabera blanca, la abuela un vestido de bolitas y un mandil floreado y mi madre tenía una mueca extraña en su cara que me hizo sonreír. Tal vez en ese momento, aún se querían. Tal vez nunca han dejado de quererse, pero el amor de las dos cambió y se convirtió en algo que no soy capaz de ver ni entender; quizá la abuela tiene razón y no hay que confiar siempre en lo que uno ve sino en lo que uno siente.

Lloré sin querer, despacio y en silencio para no mortificar a mi abuela; minutos después volvió a llamarme. Al escuchar su voz, sentí mucho miedo. Caminé muy lentamente de regreso, queriendo atrapar el tiempo con mis pasos.

Al llegar a su habitación, la encontré de pie junto a la cama con su cabello cano y suelto.

-Acércate mi querida Clementina- me dijo.

Lo hice mientras mis piernas temblaban; no tenía miedo de mi abuela, ni de la despedida sino de la energía que podía palparse en la habitación. La luz estaba encendida, estábamos solas, pero no lo estábamos. Mis ojos me engañaban, pero mi corazón no.

-Lo has entendido hija, no puedes verla, pero sabes que está aquí. Ha venido a buscarme, cumplió su promesa. Pero antes de irme, te quiero ver.

-Pero abuelita…

Ella giró su rostro; sus ojos estaban abiertos. Sentí que el piso daba vueltas y que mi corazón saldría de mi pecho.

Su mirada era tierna y alegre, sus ojos de color azul. Más azules que el cielo en el invierno y que la capa de hielo que cubre las piletas al amanecer.

Me miró y sonrió.

-Ahora lo entiendo todo- dijo acariciando mi rostro.

No tuve miedo de ella porque me parecía conocida, tú tienes la cara de mi muerte y eres lo más lindo que pude ver. Fuiste lo último que vi al perder mis ojos y serás lo último que vea al perder mi vida; serás lo último que olvide y lo que más quiera. Adiós mi niña, sin lágrimas ni lamentos. Déjame ir en paz.

Acaricié su rostro y su cabello y me abracé a ella con fuerza; dejé de sentir miedo cuando dejé de escuchar su respiración. Clarita se fue abrazada a mí, cerré sus ojos con mis manos y besé sus mejillas.

La dejé acostada sobre la cama y salí de la casa sin poder pensar, sin poder sentir. El teléfono sonó un par de horas después, era mi madre preguntando por la abuela. Al responderle nos quedamos las dos en silencio, tampoco eran necesarias las palabras.

A la mañana siguiente la llevamos a enterrar, olí el cabello de la muerte a mi lado. No me quitó los ojos, pero se llevó un pedacito de mi corazón; sé que de mi dolor y mi oscuridad aprenderé cosas, que un día vendrá también por mí y que me llevará al olvido terso y silencioso al que vamos todos cuando nuestros ojos se cierran y podemos comenzar a ver.

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Texto: Paola Klug

Fotografía: Roasting coffee beans de Fran Antmann

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Juana Baca

La conocí una tarde de julio cuando el viento soplaba fuerte desde la sierra; un rebozo azul cubría sus cabellos negros y parte de su frente. Juana me miraba como el coyote mira al conejo poco antes de encajar sus colmillos en él.

Aún recuerdo su blusa rosa con bordados de flores que combinaba tan bien con su piel morena y su sonrisa mestiza.

-No la mire de frente, capaz que le hace mal de ojo- me susurró la marchanta.

Esa es la bruja del mezquital. Juana Baca, la que vive en el monte dijo, para persignarse después.

Le pagué el puñado de verdolagas frescas y me alejé del puesto y de aquella enigmática mujer no sin antes mirarla de nuevo para recordarla después.

Pocos metros adelante me la encontré de nuevo, estaba parada junto a la panadería de Don Andrés; yo era nueva en el pueblo, no tenía más que un par de meses allí; no me había metido en problemas con nadie y no tenía ganas de empezar con ello.

Bajé la mirada y seguí caminando. Juana me alcanzó.

-Soñé contigo, dijo con su voz ronca. Estaba esperándote desde ayer.

-Creo que me confunde, aquí nadie me espera porque nadie me conoce- le respondí.

-Te equivocas, yo sé quién eres- me dijo esbozando una media sonrisa

Ahora acompáñame que tenemos mucho por hacer.

-Discúlpeme, de verdad creo que aquí hay un error. No tengo nada que hacer con usted porque no la conozco y ya voy tarde hacia mi casa.

– ¿Y qué harás en tu casa si no hay nadie allí? ¿Crees que no te he visto llorar en la ventana aferrándote a tu tristeza y tu soledad? ¿Vas tarde a qué? Puedo ir por ti otro día, pero no tiene caso estar esperando más. Tienes que acompañarme ahora- dijo mirándome como si sus ojos pudieran atravesar mi piel.

Sus palabras me tomaron por sorpresa, me asustaron y me hicieron entristecer. Mi cuerpo entero se rebelaba a la idea de acompañarla, había algo en esa mujer que me erizaba la piel. Caminé rápidamente con el corazón latiendo de forma violenta intentando dejarla atrás hasta que desapareció de mi vista entre el polvo que una mula levantó en el camino.

Cada día la encontraba de nuevo a mi paso; llegó un momento en el que dejé de salir de casa por el miedo a no poder enfrentarla y es que con el paso de los días la curiosidad por descubrir lo que aquella mujer quería de mi fue en aumento. Ya casi no comía y cuando cerraba mis ojos para dormir, era su imagen lo único que se me venía a la cabeza antes del sueño.

No fue hasta después de un mes que cambié el curso de mi destino y acepté seguirla, allá adonde mi alma se perdió para siempre.

Caminamos en silencio la mayor parte del trayecto, dejamos la calzada principal para ingresar a un pequeño sendero rodeado de nopales, mezquites y biznagas. Juana Baca llevaba el rebozo sobre la espalda, el aire nos daba en la cara y pude oler en sus cabellos el dulce aroma de la manzanilla. Ella andaba delante de mí, su caminar era ondulante como una serpiente y ágil como el del venado; anduvimos subiendo entre las piedras del monte, quitándonos del cabello y las ropas las espinas de los huizaches hasta llegar a su hogar.

De adobe y juncos estaba construida su casa; afuera un corral vacío y detrás del pozo se erguía un enorme garambullo. Juana Baca me invitó a pasar con una sonrisa en la cara; adentro había dos petates enrollados junto a la ventana, un fogón al centro y una vieja mesa de madera repleta de pequeñas ollas de barro. El techo entero estaba repleto de hierbas y flores secas volteadas hacia abajo; junto a la pared brillaban un par de cirios de sebo y más allá del metate sobre la tierra roja descansaban un morral de cuero, tres guajes y un viejo mortero de madera.

-Desde hoy este es tu hogar. Arrojarás en el pozo todas tus tristezas para que el agua del Laja se las lleve lejos; no habrán más lágrimas en tus ojos ni más huecos en tu corazón. Desde hoy soy lo único que tienes y eres lo único que tengo. Te enseñaré lo que eres y también lo que soy y cuando me vaya ya no estarás sola porque sabrás estar contigo.

Si en algún momento de mi vida las palabras me faltaron fue en ese; enmudecí y palidecí por igual ante la última luz de la tarde que se colaba por la ventana.

Los días pasaron como las nubes blancas sobre el cielo azul, Juana Baca me enseñó a endulzar mis recuerdos en piloncillo y alimentar a las palomillas que se posaban en la palma de mi mano; hechizamos con mecate y danzamos con las yucas bajo la luna menguante. De ella aprendí la canción del monte y el arrullo suave con la que el viento duerme al lobero antes de ser cortado. Juana Baca me enseñó a llamar la lluvia y a secar la tierra; ella fue la luz de mis noches y la sangre que bombeaba mi corazón.

Recuerdo mirarla junto al fogón mientras machacaba las flores de pirul que encontramos en la Hoya de Cintora; sus ojos soñaban con otros tiempos. Juana Baca estaba atrapada en otro mundo, en otra historia, en otro amor. Casi podía sentir su nostalgia como sentía el calor del fuego u olía la leña quemándose entre las brasas.

Su magia era blanca como el granizo en la montaña y negra como el huitlacoche. Juana Baca era luna y también sol; frágil y dura, tormenta y arroyo.

La última noche que la vi, poco antes de despedirse puso sus labios sobre los míos. Su beso sabía a menta, su piel a cempasúchil; Juana Baca, la bugambilia en mis ojos, la enredadera en mis piernas.

Aquella noche antes del alba enterró sus piernas debajo del garambullo y se echó a volar; Juana de fuego surcó el cielo para perderse como una luciérnaga en la inmensidad del desierto. La vi alejarse más allá de mis ojos, de mis silencios, de mis recuerdos…

Su ausencia era amarga como el xoconostle, pero dulce como el licor de anís.

La busqué durante años entre la sierra y los valles; entre los pueblos y las ciudades. Juana Baca desapareció para siempre.

Con el paso del tiempo la herida se cerró y volví a danzar sin dolor; ella tenía razón, después de todo aprendí a estar conmigo. Volví a llamar a las tormentas y a cantar con los coyotes en la luna llena como me enseñó; poco después tejí mis alas con palmas para volar junto a los tecolotes cuando el invierno tocó la puerta de madera.

Fue entonces que dejé la casa, el pozo, el garambullo y sus piernas; esta vez la que tenía que marcharse mecida por el viento frío de diciembre era yo.

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Texto: Paola Klug

Fotografía: Rodrigo Díaz Guzmán

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¡Por fin llegó el momento de presentarles a mis nahualitas! Estas muñecas artesanales son la razón por la que he estado tan ausente desde hace un par de meses, pero la espera valió cada minuto y desvelo desde el inicio de esta aventura para mí. Pero déjenme contarles todo desde el principio: Como saben, desde niña he sentido por igual la fascinación por las brujas que por las muñecas, así que el unir estos dos elementos tan importantes en mi vida en una muñeca, que a su vez estuviera inspirada en los personajes de mis cuentos fue algo tan importante como mágico en mi existencia.

El primer reto fue la elección de la primera colección de muñecas ¿qué brujas deberían tomar vida para convertirse en nahualitas? Fue un proceso difícil, sin embargo y después de muchas noches, fui capaz de elegir. Una vez seleccionados los personajes, recurrí a mi imaginación y tracé varios bocetos de sus atuendos, peinados, facciones y lo más importante, su color de piel. Siempre he sentido que falta la representación de la piel morena entre las muñecas mexicanas; inclusive las más artesanales o clásicas, como en el caso de las mazahuas, así que mi más grande compromiso era crear una línea de muñecas con la variedad, belleza y magia de nuestra piel morena.

En esta primera colección de nahualitas podrán encontrar a Fausta Justina (“Las Faustas”) a Itza (“La niña del cacao”) a La Mariposa (“La Mariposa”) a la Bruja Yaqui (“La Bruja Yaqui”) Ayauh (“Tejido de estrellas”) a la Curandera (“Curando las penas”) a Frida (“Lluvia de estrellas”) y como sorpresa, quiero presentarles a Niebla Coyote, ella es una Tlahuelpuchi del pueblo chichimeca.  No conocen su historia porque no la he publicado en la red; solo tendrán acceso a ella quienes adquieran la muñeca.

Cada nahualita está pintada a mano y también he teñido la manta de su piel a la vieja usanza; pero no he hecho todo yo. Doña Berta Gómez, una hermosa y fuerte mujer a la que adoro y admiro, me ha acompañado desde el principio del nacimiento de las nahualitas. Entre las dos seleccionamos las telas entre las mercerías de varios pueblos de Guanajuato porque buscábamos no solo la calidad de las mismas, también su identidad rural. Y es que cada nahualita está vestida con las mismas telas que las mujeres reales de los ranchos vecinos. Doña Berta se ha encargado de coser su ropa y el resto de los elementos los he creado yo.

Las nahualitas son muñecas de arte que representan el folclor, espiritualidad e identidad de las mujeres antiguas tal como en mis cuentos, pero en ellos y en las nahualitas también está la esencia y la sabiduría de las mujeres del presente; el espíritu protector de las abuelas, la fuerza y el misticismo de las brujas guerreras y el orgullo y dignidad latente de los pueblos originarios está presente en cada una de ellas.

Es un país tan lleno de cultura, tradiciones y colores como México, es necesario el orgullo por nuestra piel y origen; nunca es demasiado tarde para encontrar el amor por lo que somos para dar pasos firmes y seguros en nuestro caminar, ese es el mensaje principal que quiero dar con las nahualitas.

¡Pero eso no es todo! Cada nahualita contiene el cuento en el que nació junto a la historia extendida de su personaje y comentarios extras sobre su origen. Lo que ha sido otro reto, pero ha resultado en algo verdaderamente maravilloso.

Bañadas en rayos de luna y bendecidas por el rocío nocturno, las nahualitas son las únicas muñecas artesanales mexicanas que nacieron del sonido de la caracola, el aleteo de la polilla y el anochecer eterno del Tlaltícpac, el hogar de las brujas morenas; también tienen una hermosa historia de su nacimiento y el resto de la misma, quedará en manos de quienes adquieran una.

WEB: https://nahualitas.wordpress.com/

Mail de compras: coyotedeniebla@gmail.com

FB: Nahualitas

Instagram: @nahualitas

 

 

 

 

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El fantasma de la abuela se presentaba de vez en cuando entre la casa, su cabello cano estaba cubierto por aquél rebozo gastado de color gris que llevaba siempre con ella haciendo contraste con el intenso azul de las paredes de donde colgaban las ollas y las cazuelas de barro.

La veía ir y venir lentamente desde el patio de la casa, allá adonde cuando quieren florean las nochebuenas hasta la puerta de su antigua habitación; hoy ocupada por cajas y cachivaches que toda la familia ha venido a dejar poco después de su muerte.

Nunca habló conmigo, de hecho, jamás me volteó a ver. En ocasiones, ya que se me pasaba el susto me hacía sentir que el fantasma era yo y no ella. Se apretujaba con fuerza sus manos como cuando estaba nerviosa y suspiraba mirando por la ventana para luego desaparecer.

La última noche en que se me apareció la vi llorar sentada junto al guajolote blanco del corral.  Lo acariciaba con cariño mientras el animal cloqueaba moviendo la cola de un lado como cuando piensa atacar; sin embargo, no lo hizo. Sé que la veía tan claramente como yo, que sentía sus manos recorrer sus plumas y que probablemente, era capaz de oler el aroma de las flores de cempaxúchitl impregnadas en su piel.

Yo me quedé pasmada, mirándola desde adentro de la casa; allí junto a la ofrenda que con tanto ahínco había preparado para ella. Acababa de poner su taza de café y los panes de piloncillo que desayunaba cada mañana cuando se apareció.

Pensé que se acercaría al altar, que estaría orgullosa de mí por haberlo hecho tan bien y tan grande solo para ella; pero no fue así. Solo se acercó a oler las flores mirándolas con infinita tristeza.

– ¿Hasta cuándo acabará? – la escuché decir

Y después salió despacito por la puerta arrastrando los pies.

Mientras estaba con el guajolote comenzó a llover; era una lluvia ligera y casi imperceptible. Como el rocío que cubre el maizal antes de que amanezca, pero el aire estaba frío como si el invierno hubiera llegado ya. La abuela miró hacia arriba y secó sus lágrimas; se levantó de la tierra y sacudió la tierra de su mandil.

Un trueno cimbró la casa, el campo, al guajolote y también a mi corazón.

En la vereda se acercaba un hombre; un gran sombrero le cubría la cabeza y venía envuelto en un jorongo de lana oscura.  De la nada, un manto de niebla cayó sobre el pueblo, cubriéndonos a todos en ella.

Con mis manos temblorosas detenía una veladora tratando de distinguir la identidad del hombre que andaba afuera; la abuela caminó hasta llegar a su lado, pero ella ya no era ella. En alguno de los pasos que dio se desprendió de sus arrugas, de sus canas y su infelicidad. La mujer que abrazaba a ese hombre era más joven que yo, aunque se parecía mucho a mí.

Era la abuela convertida en la mujer que siempre fue y nunca pudimos ver.

Fue allí que recordé la historia de su corazón roto, de su primer amor, de ese que les fue negado por todos en el pueblo.

Ella se había comprometido con ese hombre a escondidas de la familia, pero cuando la descubrieron la obligaron a casarse con el abuelo.  Los condenaron a ambos a verse día con día sin poder hablarse, tocarse ni escucharse. Los forzaron a todo, pero jamás pudieron matar el amor que ambos llevaban en su corazón.

¿Hasta cuándo acabará? -Preguntó ella.

Acabó con el abrazo, con el beso prometido en la oscuridad, con las palabras susurradas bajo la lluvia, tal y como debió ser en primer lugar.

Lloré al verlos partir, sabía que ella no volvería aparecerse de nuevo. La lealtad a la sangre le había costado mucho en vida, le había costado mucho en muerte. Lloré hasta quedar dormida, hasta cansarme de pedirle perdón por lo que habían hecho con ella, hasta romper ciclos y cadenas.

Al amanecer, alguien tocó con fuerza a la puerta una y otra y otra vez.

Era Doña Quintina; necesitaba que fuera a preparar el velorio de Don Silvio, su marido.  Habían encontrado al viejito tirado junto al maizal envuelto en su jorongo de lana, la lluvia de la noche anterior lo agarró desprevenido metiéndosele en los huesos.  El frío lo había matado y el frío le devolvió a su amor.

Me vestí con rapidez, tomé el rebozo de la abuela y lo coloqué en mi cabeza. Al cerrar la puerta de la casa sonreí al saber por fin el nombre del hombre al que la vieja había amado tanto.

Acaricié la espalda de Doña Quintina para consolarla y caminé hacia su casa junto a ella. Jamás le dije a nadie lo que vi aquella noche de muertos, yo solo fui testigo del secreto que se descubrió entre las nubes del copal y la niebla.

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Texto: Paola Klug

Fotografía: Huipil de Tapar. Oaxaca, 1962 de Mariana Yampolsky

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