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Archive for the ‘Mis Cuentos’ Category

Ramona

Quizá no era el momento ni el lugar oportuno o quizá nunca tendrían otro instante para poder lograr lo que se habían propuesto.

Ramona suspiró mirando hacia afuera de la casa, fijó su vista en las montañas azules y en la niebla que poco a poco descendía cubriendo todo a su paso; no pensó en su madre ni en su padre, tampoco en la pequeña milpa recién sembrada ni en la ceniza ardiente que aún brincaba desde el fogón. Pensó en ella, en su piel morena, en los surcos de dolor y trabajo marcados sobre su piel. Pensó en cada lágrima y cada golpe que aquella vida le había propinado, pensó en su orgullo herido y si, también pensó en el hueco de su estómago que no dejaba de crujir.

Quizá fue en ese momento en el que nació de su corazón aquellas tristes palabras sobre ser mujer, ser pobre y ser indígena; o tal vez las tuvo en la punta de la lengua desde que nació. Lo que sé de cierto, es que aquella mañana Ramona decidió el rumbo de su vida.

Trenzó sus largos cabellos negros como el frijol, se puso el pasamontañas y se encaminó hacia la delgada puerta de junco y madera que custodiaba su casa. Afuera, cientos de compañeros y compañeras la esperaban; no se veían sus rostros, no. Pero ella conocía el fulgor en sus miradas, sabía que Anastasio estaba allí, que Juancho y Victoria también lo estaban; y es que ellos, todos, compartían el mismo rostro desde el preciso momento de nacer: El del desamparo, el de la injusticia, el de la violencia.

No merecemos perder- susurró para sí misma.

Dio el primer paso fuera de su casa y comenzaron a caminar; ni el lodo ni el monte retrasaban su marcha, era como si el espíritu de la tierra caminara con ellos a la par.

Ella había hecho la estrategia entre madrugadas, bajo la luz de las velas y la luna. Había repasado una y otra vez las formas en que actuarían, había platicado con Marcos y Ana María cada paso a seguir desde semanas atrás; por eso sus pasos firmes, por eso el fuego en su mirada. ¿Quién podría negarles su derecho a vivir con dignidad?

Alguien puso un arma en sus manos, la tomó con fuerza y la puso sobre su pecho. Allí recordó a su mamá, el olor de maíz en su cabello, el brillo en su mirada al cocinar. De ella había heredado las ganas, de ella había heredado el corazón.

Caminaron y caminaron por los senderos que solo ellos conocían, unos en silencio, otros cantando. La fila de herederos del pasado peleando después de 500 años por su presente; a lo lejos se escuchaban los cohetes, un nuevo año, una nueva batalla, un nuevo por venir.

Al llegar a San Cristóbal ya había cientos de compañeros reunidos en la plaza, los mestizos, los blancos, y algunos pocos milicos vestidos de paisanos; estaban en silencio y con los ojos pelados.

Ramona lideraba el contingente que hizo caer la cabecera municipal, en pocas horas lo haría también Ocosingo, Altamirano y Las Margaritas. La declaración de guerra ya había sido leída y entregada a un puñado de reporteros atrapados en el conflicto.

Allá, en Los Pinos ya se habían girado las órdenes de asesinato. Salinas no quería conflictos, así que tampoco testigos. No se escucharon sirenas, ni se vislumbraron luces; sin embargo, Ramona lo tenía todo preparado.

Cuando cobijados por la oscuridad de la noche pasó el primer convoy, una explosión hizo temblar los mismos cimientos de la catedral de San Cristóbal, seguido de la explosión se escucharon los gritos, unos de dolor, otros de victoria.

Que fusiones tan extrañas daban las guerras; los hijos del mismo sol peleando entre sí, viviendo, muriendo, siempre dependiendo del bando que eligieran.

Uno a uno fueron cayendo los camiones, uno a uno fueron muriendo los soldados. Las carreteras se convirtieron en enormes fogatas embravecidas por el viento que soplaba del sur y es que el señor del viento también era moreno.

Fue una noche larga, una de violencia, pero también de justicia. Una noche sin luna a pesar de la sangre, una noche similar a la que otros, muchos años atrás habían vivido; una noche en la que perdieron los que hoy habían ganado.

Al amanecer, Chiapas tenía un nuevo rostro. Uno de piel tostada y ojos infinitamente negros; un rostro que generalmente es ignorado entre las calles y mercados, un rostro que solo se admira en libros de historia o en museos, sin embargo, desde la primera luz del alba, ese rostro se había adueñado de México entero.

Allí estaban, nunca se fueron.

Ramona caminó entre los hierros retorcidos y la sangre coagulada, con pistola en mano y fuego en la mirada. El general ya había sido retenido más allá de la plaza; con el uniforme azul lleno de tierra y de lágrimas. Cosa curiosa era aquél hombre, sin la gorra ni las estrellas parecía alguien cualquiera. ¿Acaso sangraba el General Muerte? ¿Un corazón latía en aquél pecho arrugado y rosáceo?

Ramona sería la encargada de averiguarlo, ella lo recordaba bien. El General Muerte había entrado a su casa una vez hacía muchos años; su madre la había escondido dentro del petate enrollado al escuchar su voz y sus pasos.

-Quédate allí quietecita y no hagas ruido- le dijo

Ramona asintió con los ojos cerrados.

Segundos después, el General Muerte había entrado. Era más joven, más fuerte desde luego, pero a pesar de las arrugas en su cara, casi nada había cambiado

Ramona lo vio todo desde la palma tejida; sobre su madre, sobre su cuerpo, sobre su espalda. Escuchó su risa y sus bramidos mientras su madre apretaba los dientes para no asustarla; ella la vio también, desde luego. Las lágrimas corriendo por sus mejillas y su cabello destrenzado. Después, sus ojitos pequeños se quedaron fijos en aquél par de manos que lentamente apretaron el largo cuello de su madre hasta que dejó de respirar. Después, el general Muerte pateó su cuerpo, se colocó de nuevo el pantalón y salió con la misma calma con la que había entrado.

Ramona se paró frente a él, levantando su cara con fuerza. Miró dentro de sus ojos acuosos esperando encontrar un rastro del alma de su madre, pero allí, en ese vacío no había nada.

Con sus manos pequeñas y firmes, colocó la pistola entre los labios de aquél hombre que suplicaba piedad.

– ¡Piedad! – pidió mirándola

-En este país no hay piedad para el vencido- respondió ella jalando el gatillo.

El general Riviello había caído y allá en la Ciudad de México también habían muerto los demás jefes de gabinete; infiltrados en el corazón del estado mayor, varios compañeros habían asesinado al presidente a mitad de una reunión televisada.

Ramona no sabía que sucedería en el resto de México, pero para la selva y para el espíritu de su madre por fin había llegado la independencia.

 (***)

Ucronía de mi autoría realizada en mi Taller de Literatura Creativa en la Casa de la Cultura de Celaya.

La ucronía es un subgénero literario que se propone una reconstrucción alternativa de la historia, basándose en eventos que, si bien nunca sucedieron, pudieron haber ocurrido si los acontecimientos hubieran tomado otro sentido.

 

Texto: Paola Klug

Fotografía: Selva Lacandona; Chiapas, México / Raúl Ortega

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La procesión de mujeres dolor se extendía más allá de lo que mi vista alcanzara a ver; iban y venían con sus ojos llorosos y sus rostros pálidos. En sus labios, se encerraban los rezos, las maldiciones, las memorias. En sus manos sostenían las velas de cebo, las cuentas de los días y las noches sin comer y sin dormir.

Niñas, jóvenes y ancianas tomaban lugar en los banquillos de la parroquia para contar sus penas. La niña madre, la joven vendida, la mujer fantasma sin vientre ni entrañas. Sus palabras flotaban en el aire como el humo del copal, denso, pesado y con el aroma impregnado de su piel: a tierra, a caña, a hierba, a sal.

Descalzas, ágiles, sombrías. Una tras otra empotrando su pena en el altar.

Un muro alto lleno de recuerdos, de hijos desaparecidos o asesinados; de hijas perdidas en la cascada del tiempo, de golpes y amenazas, de miedo. Sus rostros cubiertos por las mantillas negras de tul y de razo, sus ojos puestos en la Madre Soledad.

Allí estaba ella, inmóvil y silenciosa escuchando la pena, escuchando el llanto.

Nuestra Señora de la Tristeza, patrona de las mujeres. Cabello negro, piel morena, ojos cafés; madre sin voz ni mirada.  Formada de nuestras lágrimas, tallada con nuestro canto, endurecida con nuestros años.

La madre de todas, sin paraíso ni promesas, sin ángeles, ni santos. Solo ella, como solo nosotras: La Madre Tristeza, la Madre Soledad.

¿A quién debía prenderle mi vela? ¿a la abuela golpeada ¿a la madre sin hijos? ¿a la hija con el corazón roto? ¿a mi propio dolor?

Sin prisa nos mira, tomando todo de nosotras: Las flores, los recuerdos, las lágrimas y las sonrisas.

Todas de pie, ya habrá tiempo para hincarse fuera. Lejos de ella y de lo que por la boca escupe; sin máscaras ni maquillaje, con el rostro lavado por nuestros propios mares caminamos, mostrando lo que somos y lo que dejamos de ser. Sin juicio, ni condena, sin arrepentimiento, ni gloria.

Ella, eterna desde el principio del tiempo. Escondida en cuevas, ojos de agua y pueblos. Llevada de un lado a otro por cada mujer, en cada era, en cada espacio. Sin rezos ni credos, con mil nombres, y ni una sola promesa.

La Señora de los corazones rotos, la Señora de los fantasmas, La Señora de las Fosas, La Señora del vacío, La Señora de la ausencia, La Señora del dolor.

No pedimos perdón, no conocemos el pecado. No pedimos consuelo, estás hecha de nuestro llanto. Nuestra sangre se esparce en la tierra, con ella se bañan los monstruos.

Más de un diezmo cada una deja a sus pies: las promesas rotas, los días de espera, las miradas al cielo, los pies agrietados, los estómagos vacíos de los vástagos.

El coro de espíritus canta nuestras propias alabanzas: La hija del campesino, la madre del maestro, la hermana del caído, la esposa del arriero; y después se hace el silencio. El silencio primero de la creación y el último de la muerte:

Y entonces la Madre llora, llora por ella, llora por todas.

Y sus lágrimas de lodo caen al piso y de él brotan el rastrojo y la ruda.

Nuestra Señora de la tristeza no es virgen, ella nos ha parido a todas.

Y cuando acaba de llorar cierra sus ojos

Y cuando ella duerme, todas nos vamos.

Y en su altar dejamos nuestra pena, la sangre, las velas y los cráneos.

Y en sus manos dejamos el linaje y sus cadenas, los ecos del pasado.

Y en sus labios dejamos lo que no decimos, todo lo que callamos.

Y salimos en silencio hacia la milpa, hacia la ciudad o el campo

Y nos vamos volando sin piernas ni memoria

Hasta que la vida nos rompa otro pedazo.

***

Texto: Paola Klug

Fotografía: Eva Lépiz

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La Golondrina

 

“Algunos dicen que son los recuerdos los que te definen, pero no lo creo; lo que te define es la forma en que te enfrentas a ellos…”

 

I

 

-Dicen que quienes nos odian lo hacen porque solo son capaces de verse a sí mismos en nuestros ojos, pero es más terrible cuando son nuestros propios ojos los que encuentran tal odio reflejándose en el agua.

Ya era viejo cuando naciste. Mis cabellos estaban encanecidos y mis manos arrugadas. Era viejo, sí, pero sabía más de la vida que tú y que ella también, quizá un poco de la sabiduría de nana Eustolia se me pegó en el camino.

Desde la primera vez que te cargué entre mis brazos lo supe, supe que serías distinta a todos los demás.

Lo vi en mis sueños, lo vi en tus ojos.

Tenías el alma de una golondrina, pequeña y libre. Desde niña buscabas la lluvia, te alegraba el alma el olor a tierra mojada, el aire tibio en la cara; tú te irías a buscar aquello que eras lejos de tu sangre y lejos de tu tierra- después hizo una pausa y suspiró. Estaba a mis espaldas, así que no podía verlo, pero tampoco quería hacerlo.

-Lloré muchas noches en silencio viéndote dormir, imaginando todo lo que verías lejos del pueblo cuando llegara tu hora; pensando en todo aquello que sufrirías para encontrarte un lugar y, aun así, con todo ese dolor lo supe.

Eras mi hija, pero nunca me perteneciste ni tampoco a tu madre. Naciste de ella, pero te debías solo a ti; tal como las flores, como el aire, como la vida misma.

Cuando empezaste a crecer supe que ya eras lo que necesitabas ser; que todo eso que buscarías afuera, ya lo llevabas dentro y, aun así, te dejé partir para que coleccionaras las heridas que necesitabas llevar y caminaras los pasos que necesitabas dar.  No te cargué con dolor, ni te impuse mi ejemplo, ni tampoco el suyo.  Te dejé ser tú cuando te alejaste de aquí. Y ahora estas aquí, has vuelto, con el cansancio en los ojos y el corazón seco. ¿Te sientes desgarrada hija? -me preguntó con desesperación aferrando sus manos a mis hombros.

¡Pues eso es la vida! El ir y venir, el caer y el levantarse.

Mil lágrimas escurrían de mis ojos al escucharlo.

-Tenías que arder, morir las veces que fueran necesarias para vivir de nuevo. Ni las lluvias, ni las sequías, ni los atardeceres duran para siempre, lo mismo pasará con tu dolor y tu rabia. Fuiste lo que querías ser y hoy tendrás que decidir lo que serás ahora. ¡Abre los ojos Rita! ¡Mírate en el agua! Y dime que ves.

 

II

 

Me aferré al pantalón de mi padre con los ojos cerrados; tenía miedo de abrirlos, de ver aquello en lo que me convertí.  Estaba allí, hincada junto a él con una olla de barro entre mis piernas. Recordé cuando era pequeña, cuando la vida era más fácil y simple; recordé el olor a la hierba en el jardín, los colibríes revoloteando sobre nuestras cabezas, la tibieza de sus manos negras.

Ahora tenía que abrir los ojos, mirar el rostro sin máscaras. Volver a cruzar la eternidad en mi propia mirada; enfrentar todo aquello que había dejado atrás. Tendría que abrir mi carne, traer de nuevo a mí el olor nauseabundo de aquel aliento en mi espalda, y después, salir del lodo y volar.

Y, aun así, que cómoda era esta oscuridad. La quietud de la soledad, el silencio de la conmiseración. ¿Tenía que volar de nuevo? ¿Sentir mis alas despedazadas batirse en un viento tan crudo y hostil?

Abrí mis ojos, me miré en el agua y tembló mi cuerpo.

Mis cabellos despeinados, las ojeras negras, mis ojos perdidos en el ayer y en el mañana. ¿Dónde estaba yo? ¿Mi ahora, mi aquí?

Mi vida tan llena de fantasmas, que cantan, que lloran, que aúllan.

¿Dónde estaba yo en esa maraña?

En la mitad de un bosque solitario y oscuro, en la sima de las paredes montañosas que solo me obsequiaban una puerta de bruma, adentro de un edificio gris y sucio en donde pinté mis sueños con trozos de carbón.

Estaba entre sus manos, entre sus dientes; atrapada entre la única cuerda de su guitarra. Alumbrada por un fuego ajeno, con olor a tierra y a sangre. Con las uñas repletas de heridas y los ojos hinchados por la falta de sueño y exceso de lágrimas.

Volví a sentir los golpes, a escuchar las palabras. Una maldición caía cada noche sobre mí por los espíritus azules que descendían cada noche del cerro y hacían aullar a los perros; después se esfumaban como el amor, como la familia, como la libertad.

Estaba sola, tan sola en un laberinto de piedras y humo, topando a cada tramo con mis manos raspadas y mis rodillas sangrantes. Tres araños en la cara, uno en la frente, uno en la mejilla y otro en la nariz y, sin embargo, dolía más la indiferencia. Tener los ojos abiertos mientras los demás preferían cerrarlos antes de verme pasar.

Aquella tarde, él llegó. Puso la trampa, abrió una jaula y la golondrina entró.

Herida como solo una mujer entiende, con las alas débiles y temblorosas, con el pico amarrado con un listón. La golondrina cerró sus ojos imaginándose al viento, imaginando su vuelo para distraer el dolor; incapaz de enfrentar al captor, a la jaula, la sal que salía de sus pupilas formando ríos y océanos en los que otras como ella murieron ahogadas.

Voló dentro de sí hasta perderse en sus propios paisajes, en la quietud de un nido tibio y oscuro, en la sonrisa de la niña que la veía volar a su lado, en el mandil que la abuela fantasma colgaba en el mandarino.

La golondrina quedó allí, inmóvil y silenciosa a mitad de un piso de concreto.  Con los ojos fijos en la nada en que se convirtió: Un ente de piedra, un suspiro de cal.

-Allí estaba yo papá, tendida sobre el suelo; tragando dolor y bilis, lamiendo mi sangre para que su aliento desapareciera de mi piel. Incrustándome las uñas en mis brazos para olvidar ese dolor que se negaba a desaparecer.

Allí quedé yo papá, esperando que el gallo cantara para espantar a las ánimas, para que la luz entrara por la ventana y el calor del sol me cantara una canción que me hiciera reír; pero no cantó el gallo, ni los espíritus se fueron, ni la luz entró, ni el sol cantó para mí.  Estaba sola cubierta de silencio y oscuridad.

Entonces lo entendí, entendí que eso era la vida.

Y sentí la herida expandirse y supurar; la sentí abrirse camino dentro de mi piel hasta llegar a mi alma. La sentí carcomer lo mejor de mí entre las ramas de epazote y los sorbos de anís. Fue entonces que le quité el cordel del pico, y la hice arrastrarse a la salida, la obligué a abrir los ojos y escapar.

Volví papá. Volví porque la única forma de curarme es regresar a mí.

Dejé la olla de barro sobre el piso y me levanté. Mi padre había desaparecido también; era el último fantasma que necesitaba ver antes de renacer de entre mis propias ruinas.

III

 

Machaqué la fruta con la azúcar morena, desgarré los retoños de rosa y jazmín entre la piedra áspera del metate; de la semilla amarga brotó el remedio, de la hierba fresca algunos recuerdos guardados en mi corazón. Me recordé corriendo a toda prisa hacia el corral sintiendo en mis pies descalzos la caricia de la tierra, la sonrisa oculta de mi madre y su mirada de venado herido.

Alejé de mi cabeza los recuerdos; los buenos y los malos mientras mis brazos se estiraban de arriba hacia abajo por todo lo largo del mortero. Fue un instante, uno pequeño y fugaz en el que me parecía haber dejado de existir; sin nada que recordar, sin nada que resentir – ya que todo me parecía nuevo y ajeno-  yo era un pedazo de nada flotando en el todo. Y nunca, ningún otro momento me pareció más hermoso.

No estoy segura, pero probablemente sonreí.

Cuando el polvo se hizo pasta la deposité junto a la bañera de madera apostada a la mitad de la habitación; deshojé cuatro flores blancas- una por cada abuela- y las dejé flotar hasta que sus rostros aparecieron en el agua tibia; el vapor se volvió susurro, el calor caricia. Mis cuatro golondrinas heridas habían vuelto a volar y ahora era mi turno de retomar el vuelo.

Dejé caer mi ropa en la tierra y así, cubierta solamente por mi cabello entré a la bañera. Engullí con nauseas la masa pastosa mezclada con miel y polen; cerré mis ojos y comencé a soñar.

La oscuridad me envolvió lentamente hasta dejarme varada en una tempestad.

Abandonada a mitad de una tormenta, entre el caer de una lluvia portentosa que me arrastró desde un puente hacia el lodazal. Las heridas viejas se abrieron, mi cuerpo golpeado era empujado de un lado hacia otro entre la corriente de lodo y rocas; en la tierra firme apareció una luz, pequeña y débil pero consistente. Me así de algo ¿un tronco? ¿una piedra? Algo, lo suficientemente filoso para atravesar por completo mi piel y hacer a mis manos sangrar. Con dificultad llegué a la orilla, arrastrándome como la serpiente que en cada zigzagueo deja jirones de su piel a lo largo de la vereda.

Caminé siguiendo la luz que se escapaba en la espesura del bosque; la lluvia había cedido por completo y aquellas nubes negras y pesadas habían desaparecido para ceder  su lugar a la luna más grande que yo haya visto.

Escuché un ruido, el crujir de algo en las entrañas de aquél lugar. Giré mi cabeza hacia todos lados tratando de encontrar el origen del sonido sin poder lograrlo; mi estómago se revolvió, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Así chirriaba la puerta de aquella jaula, fue lo último que escuché aquella noche, fue el último de mis gritos ahogados en una noche sin luna ni estrellas.

La ira apareció cediendo de inmediato al miedo; miedo a mi cuerpo despojado de mi alma, miedo a la mirada vacía, al pozo que se abría en sus pupilas para devorarme de nuevo.

Una mano tomó la mía, seguida por otra y otra y otra más.

-Cuatro son los vientos, cuatro las raíces – dijo una

-No puedes curar a nadie sino eres capaz de sanarte tú- dijo otra

-Cuatro son las estaciones, cuatro las ruedas que hacen girar al mundo- dijo otra más.

Pero aquella que permanecía en silencio me tomó entre sus brazos arrugados y tibios y suspiró.

-El aire está lleno de tus recuerdos; tu semilla cayó, la semilla es tu alma; habrá que envolverla en hojas para que vuelvas a ti.

Las cuatro me dieron vueltas, giraron conmigo en la espiral de flores y sal. Tomaron mi alma; pequeña y amarilla como la flor de coyol. La envolvieron en palmas y ramas de cordoncillo, le untaron alcohol y alcanfor y la dejaron arder.

-Mira el fuego Rita; en él arde esa noche y esa piel. En él arden las lágrimas que lloró la luna por ti. Oscura es la mañana, pero ya aclarará.

-Eres el agua Rita, el agua del río, del pozo y del mar; el agua al que no define una noche, el agua sin bordes. Desborda las manos que aprietan tu garganta, ahoga esas cuencas vacías, el gruñido del cerdo.

-El animal morirá para que no mueras tú.

En el centro de mi corazón cansado prendieron un anafre; en la palma herida de mis manos el polvo triste que cubre la memoria de las montañas.

-Siempre vivirán las golondrinas, siempre volverán a volar. Aprende al soñar Rita, aprende al soñar…

Abrí los ojos con esperanza; había olvidado esa sensación.

Miré mi reflejo en el fondo del agua – esa que también era yo- la golondrina había desaparecido, un gavilán ocupaba su lugar. El rostro de mi alma había emergido de la noche que cambié de piel.

Las llagas provocadas por aquél terrible recuerdo se volvieron flores de papel que fueron deshaciéndose en el viento cada vez que volé…

 

 

 

Las golondrinas dejaron de ser víctimas cuando cambiaron de plumaje; la pesadilla duró unos minutos, unas horas, unos días, pero no durará siempre. Estira tus alas, lejos del dolor y cerca del perdón; allí encontrarás a tus hermanas y a tus cuatro abuelas, todas listas para sanar tu corazón. Te quiero…

 

Fotografía. “The unclean Spirit entered…” / Joey Watkins

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En Mictlán encontrarás 17 cuentos de mi autoría inspirados en esta hermosa y mística celebración de origen mexicano. Cada uno de ellos nació entre la flor de cempasúchil, el café y la caña. Mictlán es un libro de edición de autor, tiene un costo de $200 (Más gastos de envío).

Pedidos e información: paolamklug@gmail.com

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Te esperaré

Te esperaré aquí, entre las flores y las velas, entre las luces los y cantos. Te esperaré sentada, hasta que el polvo se disipe y las lluvias se vayan, limpiando la tristeza de las calles a su paso.

Te esperaré en la casa que huele a caña, que huele a atole, que huele a ti; y no habrá más tierra en mi garganta, ni lágrimas que nublen mis ojos. Te esperaré aquí, adonde teníamos que vernos antes, en otra tarde, en otro tiempo.

Te esperaré bajo las nubes y el papel picado; entre el caramelo, el chocolate y el café. Te esperaré aquí, hasta que las luces de neón se apaguen y se prendan los cirios. Entre los rezos de los ancianos y las abuelas y las miradas cristalinas de los niños. Y vendrás sin miedos y ya no habrá más gritos.

Y pondré un círculo de sal que proteja tu alma y pondré un vaso de agua que refresque tus sueños; hasta que vuelvas tú, hasta que vaya yo, hasta que volvamos a estar juntos.

Te esperaré porque sé que volverás, así como todos han vuelto.

Te esperaré aquí, entre las flores y las velas. Entre las luces y los cantos…

Texto: Paola Klug

Memo Vasquez Fotografía / “La luz de la promesa”

IN MEMORIAM / 19 SEPTIEMBRE 2017

IN MEMORIAM / 19 SEPTIEMBRE 2017

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El secreto de Cándida

Cándida llegó a mi vida cuando yo era muy pequeña aún; con el tiempo se convirtió en parte de mi familia; no sabría decir si era mi abuela, mi madre, mi hermana o mi hija porque parecía ser todo a la vez.

Tenía un andar lento y una sonrisa discreta, ambas cosas estaban relacionadas con los golpes que le propinaba su esposo, aunque ni con todas las patadas y manoteos fue capaz de quitarle aquél brillo travieso que se asomaba en el par de capulines negros que tenía por ojos… ¡aunque vaya que lo intentó!

Cuando juntó el valor suficiente para abandonarlo, Cándida se refugió en nosotros y nosotros nos refugiamos en ella. Con el paso del tiempo, sus canas se volvieron amarillas y las arrugas aparecieron en su rostro marrón. A veces, ella era dulce como la limonada azucarada que nos daba cuando teníamos tos, pero en ocasiones era amarga como la salsa de xoconostle que hacía cuando estaba de malas.

Aún recuerdo su rostro iluminado por el fogón; sus manos regordetas y arrugadas iban de un lado para otro entre la mesa, buscando ollas, cubiertos, hierbas; pasaba de aquí para allá con el metate y el molino, con la flor de calabaza y las hojas de almendra.

Cándida me enseñó a cocinar, pero había un secreto que siempre se guardó: Cada Navidad sin falta, se metía a la cocina poco antes del amanecer cerrando la puerta con candado tras de sí. Adentro guardaba el maíz blanco, el perejil, los chiles guajillos y el ajo; en la mañana escuchábamos el picoteo del cuchillo sobre la madera y poco antes del mediodía se oía el último cloqueo de las gallinas antes de morir. De vez en cuando, Cándida tarareaba una canción para después sumergirse en el silencio y en el vapor de la olla.

Mi hermano y yo jugábamos afuera de la cocina, nos asomábamos de vez en cuando entre las rendijas de madera podrida esperando ver lo que Cándida hacía, pero su grueso mandil azul lo cubría todo, entonces perdíamos el interés y salíamos a correr al campo hasta que llegara la hora de prepararnos para la misa de Gallo. Cándida nunca nos acompañaba, siempre decía que su dios, su virgen y sus santos los encontraba solo en la cocina y aunque a mi mamá le molestaran tales afirmaciones, nunca intentó obligarla a ir a misa.

Cuando regresábamos de la parroquia y llegaba la hora de cenar, Cándida abría la puerta de la cocina y el olor a pozole llenaba cada rincón de nuestro hogar; ella servía cada plato y nos miraba comer con una infinita alegría plasmada en su cara. Cándida era feliz viéndonos comer, pero lo era más cuando mi madre y las mujeres del pueblo le pedían la receta del pozole y ella lo negaba.

-Es un secreto que se irá conmigo hasta la tumba- decía complacida consigo misma.

Durante años, Cándida fue fiel a su promesa. La llevaban de un lado para otro en el pueblo, de una cocina en otra preparando pozoles secretos y haciendo felices a otras familias, sin que ninguna mujer supiera nunca que era lo que lo hacía tan especial.

Todo cambió cuando mi hermano volvió de la ciudad del brazo de Filomena; ella era su esposa. Una joven de cabellos rubios y sonrisa grande; sus ojos eran del color de los rayos del sol en cualquier amanecer de invierno y sus manos pequeñas como las de un niño. Filomena era ágil, amable y gentil y todos en casa nos prendimos de ella de inmediato, Cándida no fue la excepción.

Con el lento pasar del tiempo, León tuvo que irse de nuevo a trabajar a la ciudad y se llevó a Filomena con él. Fue durante la despedida que Cándida le tendió una carta, colocándola cuidadosamente entre sus blancas manos. En aquél pequeño pedazo de papel estaba escrito el secreto que guardó de todos durante tantos años.

Cándida le entregó a Filomena la receta de las sonrisas más lindas de mi hermano.

Las nubes, los soles y las lunas pasaron desde aquella mañana. Vimos venir las estaciones con todos sus cambios; llegó la primavera con los retoños de rosas, higos y granadas, el verano con sus aires y tormentas y cuando llegó el otoño y todo empezó a morir, mi hermano también lo hizo.

El ocre en la tierra y el carmín en el cielo cubrieron nuestro duelo; ningún otro atardecer me pareció más triste, más doloroso y más bello que el de aquél día. Cándida y mi madre lloraron hasta quedarse dormidas, yo solo enmudecí, morí un poco como ellas, como Filomena, como las flores del jardín.

Ella volvió con el rostro pálido y la mirada perdida; parecía más pequeña, más frágil, más rota.

Nunca le preparó el pozole a León, después del funeral se fue llevándose consigo el secreto.

Ahora, Cándida se ha ido, mi madre también. Yo solo tengo los recuerdos de algo que probé, de las sonrisas que compartí, de lo que la muerte se llevó y del secreto que jamás conocí pero que recordaré siempre…

Texto: Paola Klug

Fotógrafo: Desconocido / Tomada de Tumblr

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Este libro que incluye 13 historias diferentes sobre mujeres mágicas, místicas, pero sobre todo humanas. Son historias de las Brujas color de la tierra, hijas de la luna, la lluvia y el viento.

Costo : $200 más gastos de envío.

(Envíos nacionales e internacionales)

IG: Paola Klug

 Ventas e informes: paolamklug@gmail.com

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